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El bife de chorizo

Una de las decepciones más grandes de mi vida me la llevé el día que pedí mi primer bife de chorizo en un restaurante.

Una de las decepciones más grandes de mi vida me la llevé el día que pedí mi primer bife de chorizo en un restaurante. La decepción no tuvo nada que ver con el producto final, que es un milagro, un regalo que Dios nos dio a los argentinos, como las Cataratas del Iguazú o el Aconcagua.

Papá Noel no existe y el bife de chorizo tampoco

Sinceramente no recuerdo cómo estaba aquel bife de chorizo iniciático, tendría unos cinco o seis años (lo que, ahora que lo pienso, no habla muy bien de mis padres, dispuestos a que el nene se zampe 400 gramos de carne en una cena), pero con toda certeza, le hacía honor a la estirpe que representaba. La decepción, decía, no tuvo nada que ver con el producto, sino con la expectativa que me había generado el nombre. No podría decir qué era exactamente lo que esperaba, pero sin dudas, algo más relacionado a la palabra chorizo que a la palabra bife.

Comprendamos que la fantasía y la imaginación de un niño es algo a tener en cuenta. Mejor dicho, la desilusión de esperar algo que no sólo no llega, sino que además llega otra cosa que nada tiene que ver con  la expectativa. Parece una nimiedad “no te vas a traumar por eso”, tampoco será necesario hacer terapia e incluir una sesión que protagonice el bife de chorizo “fallido”. Lo sé, pero son esas historias, anécdotas, que por alguna razón quedan dando vueltas, no se pierden con los años. Todos (o la gran mayoría) recuerda ese momento en que descubrió que el señor de traje colorado y barba blanca se parecía demasiado a los padres…bueno, yo también recuerdo que en mi plato sirvieron algo muy rico, pero poco se parecía a un chorizo con forma de bife.

¿Por qué y mil veces por qué? (Perdón a los “choriceros”)

¿Por qué se llama así? Lo que voy a decir me va a ganar detractores, y menos mal que en Ser Argentino no publican la dirección de los columnistas, porque sería casi imposible evitar la manifestación de una turba iracunda en la puerta de mi casa, pero el chorizo me parece un producto un tanto menor. Es decir, no es que sea menor en sí mismo, de hecho como mínimo lo ingiero unas dos veces por semana, pero al lado de la entraña, del vacío o del asado de tira, es, aceptémoslo, un poco mediocre. Entonces, ¿por qué elegir justo esa palabra para uno de los cortes más nobles de la vaca? ¿Para decepcionar niños? Menos mal que eso sólo es posible al principio, porque es algo tan pero tan rico, que aunque se llamara bola de plutonio, yo, por lo menos, lo seguiría eligiendo.

Compromiso de Sherlock Holmes o de nerd desventurado

Después de toda la historia y descargo, sé que no habrá alternativa: tendré que hacer un trabajo de ¿investigación? Ya tengo planeada una segunda parte para la nota, éste asunto no quedará en la nebulosa de la ignorancia. Más allá de mi clara subjetividad con el pobre chorizo (es que al fin de cuentas, es un sub producto, manufactura de recortes de carnes), quisiera saber la razón de por qué ese bendito bife, que tanto disfruto comer, fue bautizado con un nombre tan peculiar. Estén atentos, ya hice mi lista de carnicerías, atendidas por expertos que podrán colaborar con la respuesta. Una parte de mi sabe de ante mano que probablemente sean más de una las versiones y que al final, tendré que elegir cuál me cierra, más por cuestión de fe que de certeza.

 

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