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Cuando los milagros valen

El fraile catamarqueño Fray Mamerto Esquiú fue beatificado por el papa Francisco. Un hombre de Dios, pero también del pueblo y de la política.

¿Cuál es el límite entre la brujería y el milagro divino? ¿Quién tiene la potestad para decidir qué suceso sobrenatural entra dentro de la categoría de lo venerable y cuál es pura superstición? Existe, de hecho, un grupo de personas que se ocupan se eso. Es la Comisión Teológica de la Congregación para la Causa de los Santos, que trabaja en el Vaticano. Son ellos quienes deciden qué es milagro y qué no. Y, una vez que el milagro está validado, llega el reconocimiento del papa. El más reciente fue para el catamarqueño Fray Mamerto Esquiú, quien fue declarado beato.

El papa Francisco decretó la beatificación del fraile catamarqueño, luego de que la junta de cardenales reconociera un milagro atribuido a la intercesión de Esquiú, a través del cual se realizó la curación, científicamente inexplicable, de una niña que padecía osteomielitis. Ahora que Mamerto Esquiú es beato, se permitirá el culto público eclesiástico de su figura, aunque limitado a determinados lugares y familias religiosas.

Su rol político y social

Más allá de sus curaciones, Fray Mamerto Esquiú tuvo un importante papel político y social en su época. Nació el 11 de mayo de 1826 en San José de Piedra Blanca, Catamarca, y falleció el 10 de enero de 1883 en La Posta de El Suncho, en la misma provincia. A los 10 años, ingresó al convento de San Francisco, donde posteriormente fue ordenado sacerdote. A lo largo de su vida tuvo un fuerte rol social, que lo llevó a involucrarse en los eventos políticos que estaban sucediendo en un país que aún se encontraba en formación.

Esquiú perteneció a la Orden de los Frailes Menores y fue nombrado obispo de Córdoba en 1880. Además, fue político y periodista. Indujo a la realización de la constitución de su provincia, perteneció al partido Federal y fue editor de El Ambato, el primer periódico de Catamarca.

El sermón de la Constitución

La relevancia política de Esquiú estuvo vinculada con su encendida defensa de la Constitución Nacional de 1853. Fue entonces cuando dio un reconocido sermón en apoyo a la declaración.

En un contexto de guerras civiles argentinas, para Esquiú, la sanción de la Constitución traería nuevamente la paz interna. Sin embargo, para garantizar esa paz, era necesario que el texto de la Carta Magna quedara fijo e inmutable por un tiempo, y que fuera acatada por todos los ciudadanos. Entonces tomó la palabra:

"Obedeced, señores, sin sumisión no hay ley; sin ley no hay patria, no hay verdadera libertad, existen solo pasiones, desorden, anarquía, disolución, guerra..."

El fervor del auditorio que lo escuchaba fue tal que no pudo terminar la frase. Sus palabras se diluyeron en un gran aplauso del público. Ese día, hasta el último de los funcionarios y personajes notables de Catamarca juró la Constitución.

Fray Mamerto Esquiú hizo milagros, pero también fue un hombre comprometido con su época y con su sociedad. Desde su lugar, vinculado con la religión y con la fe, aportó mucho para el desarrollo de un país que necesitaba una dirección precisa para terminar de convertirse en una Nación.


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