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Corridas de Toros en Buenos Aires. La Fiesta de Todos.

Durante la Colonia y primeros años de la Independencia los porteños disfrutaban del espectáculo mayor de la época: la corrida de toros en Montserrat y, luego, Retiro. Plazas de Toros a la vuelta de la esquina.

Tradiciones
corridas de toros

Había pocos entretenimientos en la capital virreinal que empezaba a crecer a la vera del Río de la Plata. La mayoría se concentraba en las festividades patronales en la Plaza Mayor, hoy la Plaza de la Mayo. En 1790 era evidente que Buenos Aires necesitaba por su relevancia un sitio adecuado para los corridas de toros, la primera pasión de masas de los criollos, que no fueran los andamios y carretas que cercaban la vieja Recova. Así fue que en el hueco de Montserrat, la manera que se llamaba a los espacios sin edificar, en el actual cruce de las avenidas 9 de Julio y Belgrano, la primera Plaza de Toros. Pasó solamente una año para que la gente de bien se quejaran y al virrey Avilés encargó a Martín Boneo la construcción de uno moderno, con capacidad para diez mil personas, en el barrio recio. En Retiro se inauguraría el Templo de la Tauromaquía, el primer Monumental, que celebró la Independencia y que fue sitio de disfrute de José de San Martín y sus granaderos, entre ellos varios guerreros de Napoleón, y una "espada sin cabeza" de sus huestes gloriosas.

Uno de los agasajados era Miguel Breyer, que había combatido en  la campaña europea del emperador francés, aunque sería vetado luego por el Libertador en Chile. Breyer fue uno de los reclutados especialemente por el Cabildo criollo y, por su jerarquía, se sentó junto al director supremo, Juan Manuel de Pueyrredón, un 12 de enero de 1817.

En aquel momento el imponente edificio morisco octogonal de ladrillo impresionaba a los visitantes y se lo podía divisar desde el río, asentado en la presente Plaza San Martín, en la prolongación de la avenida Santa Fe, entre Maipú y Florida. Inaugurado el 14 de octubre de 1801 fue retratado con maestría por Emeric Essex Vidal  y claramente se aprecian en sus acuarelas sus dos amplias bandejas, las pequeñas puertas y los burladeros, donde se escondían los toreros. Lo que llama la atención es que los toreros no estaban vestidos con los brillantes trajes sino que portaban una fusión de indumentarias a la usanza gaucha. Y eran definitivamente gauchos los que enlazaban al toro, y mostraban al público la insensible faena concluida de la matanza del animal.

 El tercer tiempo mortal

Las corridas de toros en el siglo XIX se dividían en tercios: suerte de varas, en donde caballos overos perseguían a los toros a puro puntazo; las banderillas que era algo más vistoso aunque igualmente sangriento; y "la suerte de la muerte", en la que entraba a pie el torero con espada y muleta -paño rojo en palo- y a los que los españoles llamaban "la hora de la verdad". Con la masa enloquecida, y el toro batante maltrecho por lo anterior, se acercaba para la estocada final en el cuello. Algunas variantes, a fin de darle atractivo al entretenimiento popular, era incendiar las banderillas, o retirar al animal agonizante en una florida cuadrilla de mulillas, dando una especie de vuelta olímpica.   

Adiós, Matador

Solamente a partir de 1816 se reemplazaría el escudo real de España por la bandera y escudo nacional. Juan Manuel Beruti anotó que aquel día de agasajo a los franceses, uno de los toros salto la valla y la contravalla, y estuvo a tiro de destrozar el palco con los asombrados invitados. Solamente tres años después el gobernador Eustaquio Díaz Vélez ordenaría la demolición del coloso. Sin aclarar los motivos, aunque se esgrimió motivos de seguridad y el estado "ruinoso" del recinto, los ladrillos irían a parar a los cuarteles de Retiro. Con apuro se puso a la piqueta la Plaza de Toros aunque se tuvo tiempo para las últimas corridas del 6 de enero de 1819, con una desbordante multitud, por lo que parece el estado de la estructura aún resistía, con menos de veinte años de librada al público.

El gobernador Martín Rodríguez declararía ilegales las corridas de toros en 1822, a menos que las autoricen los jefes de policias. Fue el punto final de los primeros grandes aplausos, los pioneros "olé, olé",  y los ídolos inaugurales que adoraron los porteños como el Ñato -muerto en la misma pista-, Juan de Villa, Roque Chiclana y, por una sola corrida, el granadero de San Martín, Juan Lavalle

 

Imagen: Arcón  de Buenos Aires

Fecha de Publicación: 18/10/2025

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