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Roberto De Vicenzo: el Caballero del Golf

Es el único deportista argentino que ganó 231 torneos. Uno de los pocos que ganó trofeos en 17 países. Roberto nos legó su ejemplo: “Si todos respetásemos las leyes y los reglamentos, este mundo sería mejor”.

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Roberto De Vicenzo

Roberto De Vicenzo fue un Maestro en el Green y un Gran Hombre en la Vida. Sus impresionantes logros deportivos, muchos que tardaron décadas en superarse, otros que jamás serán alcanzados, no son suficientes para comprender el tamaño del Caballero del Golf. Old Robert, como lo llaman los ingleses, o Espagueti, el apodo que le pusieron los muchachos de la juventud, hizo que Argentina, y toda Latinoamérica, existiera en un deporte reservado a la realeza y adinerados, y su pegada demoledora fue la estrella que popularizó el golf mucho antes de Tiger Woods. Pero esto es insuficiente para definir a Roberto, “un trabajador del golf. Yo hice un poquito para que se conociera este deporte” en sus humildes palabras. Queda en un segundo plano los brillos frente a los reconocidos gestos de gallardía deportiva, y la generosidad sin límites con miles de golfistas hispanoamericanos, o con sus vecinos en su mismo pago chico, Berazategui. En el Olimpo deportivo, Maradona, Vilas, Fangio y Monzón, Roberto es el faro de los mejores valores del ser argentino, “Siempre pensé en mi país; los anuncios decían: “Roberto De Vicenzo de la Argentina” Una desubicación de mi parte hubiera dejado mal parado a mi país” , remataba un campeón nacional.

“El golf se juega por dos motivos: para bajar la panza o para llenarla. Lo mío fue el segundo caso” repetía Roberto de sus difíciles inicios, en medio de las necesidades de una típica familia numerosa italiana del conurbano bonaerense. Roberto De Vicenzo nació el 14 de abril de 1923 en Chilavert, y fue el quinto hijo de una familia compuesta por siete varones y una mujer. Su padre, Elías, era pintor de brocha, y su madre, Rosa Bagliova, se encargaba de las tareas de la casa ubicada en Cuenca, a unos cien metros del Club Deportivo Mitre, más conocido como Migueletes “De muy pequeño nos fuimos a Migueletes. Éramos ocho hermanos. Mis hermanos habían trabajado de caddie y a los 8, 9 años, yo ya cargaba los bolsas que eran más pequeñas que las de ahora, por suerte, con tres o cuatro palos nomás. Había que trabajar porque mamá había fallecido en un parto de mellizos, que también murieron”, recordaba serio en una entrevista a Alejandro Fantino,  “Así que juntaba las monedas en una lata para los útiles del colegio, e intentaba que mis hermanos no encuentren la alcancía. Era un deporte de muy pocos y, entre ellos, estaba Irineo Leguizamo, de quien fui su caddie. Había un andaluz que me cargaba por mi nariz diciendo que iba a llegar muy lejos porque las personas de gran naso siempre se destacan, je”, confesaba Roberto que está considerado entre los cincuenta mejores jugadores del golf de todos los tiempos por la revista especializada Golf Digest, e ingresó al Hall de la Fama en Estados Unidos en 1979, aún en actividad de alta competencia Senior.

Medio siglo antes el adolescente Roberto entrenaba en Migueletes con el profesional Juan Gardino, un maestro que siempre recordó con cariño, y cuidaba a sus hermanos al costado de la cancha, con el tiempo justo para los mandados y cocinar a la familiaSi no existen las responsabilidades y los compromisos desde la niñez, al crecer se piensa que todo tiene el mismo valor”,  aseguraba en el libro “De Vicenzo. Caballero, Golfista, Campeón” de Luis Melnik. Y seguía entrenando de ida y vuelta de la casa “de material” con una varita de árbol y las piedritas que encontraba en la tierra. O un corchito que llenaba de clavos para asemejarlo a la pelota real “Tengo suerte, pero cuanto más entreno más suerte tengo" dijo después de obtener el US Senior Open de 1980. Debutó con 15 años en el Abierto de la República, aquel jugado en 1938 en el Ituzaingó Golf Club. Participó con palos prestados, zapatillas de goma y ropa inadecuada. Cuando el prestigioso Luis Obarrio preguntó por qué jugaba con ese calzado, según Gastón Saiz en www.lanacion.com.ar, respondió con su habitual ingenio: “¿Sabés qué pasa, Luis? Me auspicia Alpargatas” En 1940 comienza a llamar la atención en el Abierto de la República Argentina, y la carrera de Roberto De Vicenzo arranca oficialmente en septiembre de 1942, cuando conquistó su primera victoria en el Abierto del Litoral, representando al golf club rosarino. Tenía 19 años de edad y era la tercera vez que competía en este campeonato. Totalizó 277 golpes, nuevo récord del torneo, y que tardó medio siglo en batirse “Recuerdo que llevaba muchos golpes de ventaja y en el último hoyo metí la pelota en un arroyo. Yo quería sacarla con la mano, perder un golpe, pero pegarle con más comodidad. Pero la gente me pedía que la jugara desde allí. Yo no lo quería porque me iba a manchar la ropa y era la única que tenía. Pero no hubo más remedio y recibí mi primer premio con una mugre espantosa”, graficaba De Vicenzo a www.aag.org.ar

Roberto De Vicenzo

 

Hacia la década del cuarenta se instala en Berazategui, como ayudante del profesional Amando Rossi en el Ranelagh Golf Club, y será su hogar en adelante, un vecino comprometido con el progreso del barrio, y sólo interrumpido por los años que vivió en México con el fin de jugar con mayores facilidades los torneos norteamericanos. Allí en la zona sur del conurbano conocería a su esposa Delia Castex, con quien tuvo dos hijos, Roberto Ricardo y Eduardo Alfredo, y que vivía enfrente de su casa. Y la cancha de golf. Pasaba entrenando diez horas, sus manos llenas de callos eran otros de sus símbolos de un deportista aplicado, practicando su drive tremendo, una visión única estratégica del juego, y eso que él decía, “a la pelota la tenés que mirar con cara de ángel y pegarle como el diablo” Sin rencor recordaba a los ferroviarios que pasaban dos veces al día, mate en mano, y gritaban “vago”, al futuro campeón de Inglaterra.

“Alterné algunas buenas actuaciones con otras malas. Pero lo fundamental era conseguir un poco de dinero para repetir la experiencia”, señalaba De Vicenzo de los viajes que iniciaron en 1946, ganando el Abierto de Chile, y luego a Estados Unidos en 1948,  obteniendo el segundo puesto en Nueva Orleans, “Tuve suerte y lo conseguí. En aquella época el golf latinoamericano era prácticamente desconocido y por supuesto los norteamericanos se asombraban de algunos puestos que lográbamos. Realmente fue muy difícil ya que viajamos en invierno y algunas canchas estaban congeladas, lo cual complicaba el juego. Pero se me dio y mis resultados me dejaron abiertas las puertas para un regreso inmediato. Todos veían en nosotros un gran futuro, entonces nos ayudaron bastante. Yo no sabía una palabra de inglés y todo me parecía un mundo aparte”, indicaba el golfista, que en 1951 conquistó su primera victoria en la meca del golf, en el torneo Round Robin de Palm Beach de Nueva York. Un lauro que coronaba las miles de pelotitas que fueron a parar al océano ya que no podía pagarse el avión y practicaba en la cubierta, días y noches, con aquellas que compraba a los caddie más humildes de las canchas del país.

Roberto De Vicenzo

 

Veintes años dorados de golf argentino y el gesto inolvidable

Fueron el pico deportivo de Míster Golf, como lo denominaron los norteamericanos, y una de las máximas estrellas del deporte de los cincuenta, De Vicenzo que no paraba de ganar. Siguiendo las estadísticas de la Asociación Argentina de Golf, en 1953 Roberto junto a Antonio Cerdá obtienen  para la Argentina la primera edición del mundial de golf, en Montreal, Canadá; y Roberto sumaba una nueva representación de la celeste y blanca, que defendió en 17 oportunidades. Cuando en 1960 decidió regresar definitivamente a la Argentina, recuperó rápidamente el control de los torneos argentinos, integrando con Fidel De Luca y Leopoldo Ruiz, una trilogía que monopolizó casi todos los primeros premios en cuanto certamen profesional se jugaba en nuestro medio. Su primer triunfo en esta nueva etapa fue en el Abierto del Sur de 1962. A fines de este año, representó nuevamente a la Argentina en la Copa del Mundo, formando equipo con De Luca, el jugador implacable de esa temporada. Terminaron en el segundo puesto detrás de los norteamericanos Sam Snead y Arnold Palmer (557 a 559 golpes), en la cancha Colorada del Jockey Club. Roberto ganó el Trofeo Individual con 276 golpes, y dos de ventaja sobre el inglés Peter Allis y Palmer.

Desde los tiempos que cruzaba en cargueros de la empresa Madero, en un mar pletórico de minas de la Segunda Guerra Mundial, De Vicenzo empezó a participar regularmente en el Open Británico. Era su sueño.  El 15 de julio de 1967 conquistó uno de los cuatros del Grand Slam del Golf con 278 golpes (70, 71, 67, 70), en la cancha de par 72 del Royal Liverpool, en Hoylake. Quedó a solo dos tantos del récord para 72 hoyos, y obtuvo un premio de 5.880 dólares, y batió a los legendarios Jack Nicklaus, que sostenía que De Vicenzo era el mejor jugador del mundo, y Gary Player “Intenté ganar este torneo durante veinte años, si hasta se me cayó el pelo”, afirmó el día de la consegración, que en la Argentina quedó instituído como el Día Nacional del Golf.

“Augusta es uno de los cuatro grandes torneos, con 40 mil personas por fecha, y que uno debe comprar las entradas con mucha anticipación. Y mi nombre está ligado a ese Masters para siempre”, constataba satisfecho De Vicenzo, que fue ungido el jugador de 1968, y embajador del Mundo del Golf por los medios especializados. Por ser un digno perdedor y respetar las normas. El día de su cumpleaños 45 su compañero Tommy Aaron anotó "un par" (dos golpes) en lugar de un "birdie" (un solo golpe) Tal error de Aaron fue convalidado por el cansancio De Vicenzo, que venía de un mal hoyo.  Firmó la tarjeta con un golpe de más lo que le significaba perder el torneo en lugar de ir a un desempate con Bob Goalby, a la postre ganador de Augusta. Una vez que notó el error, que fue visto por 20 millones de personas por televisión y miles en campo, De Vicenzo lanzó el ahora célebre “La culpa fue mía, soy un estúpido”, sin cargar la responsabilidad en nadie, ni tampoco pretender cuestionar a los reglamentos “Cuando me alcanzaron la tarjeta me ocurrió lo mismo, la miraba sin ver los números; la revisé tres o cuatro veces, pero mi cabeza estaba en la falla del hoyo 18… No creo en que Aaron me haya querido perjudicar. No concibo que en el golf pueda caber la deshonestidad. Si somos profesionales, debemos ser profesionales en todo. Cada uno debe luchar con sus armas, sin pensar que nadie pueda ayudar al otro. Firmé la tarjeta y la entregué sin haber sido sumada al encargado de hacerlo. Yo estaba a diez metros de él, pero con indecisión no me llamó, y optó por entregarla a los oficiales de reglamento y exponerle la situación”, decía a Emilio Lafferranderie de la revista El Gráfico,  agregaba en este textual recuperado por Cherquis Bialo en infobae.com,  “Con la trampa le sacas algo al otro y te sacas todo a vos mismo. Una trampa anula todo lo bueno que pudiste haber hecho antes. Si se respetaran reglas, reglamentos y leyes, el mundo sería mejor y la vida resultaría más agradable. Hay que ser correcto aunque a veces no te convenga o te duela", cerraba quien fue miembro honorario de Augusta, el único latinoamericano, el único que no había ganado el torneo. Relegó premios y dinero por el juego limpio y el espíritu amateur, pilar del deporte argentino, Roberto, quien nunca lo abandonó juegue donde juegue. El golf  enseñó a De Vicenzo a respetar las instituciones porque lo tomó como una escuela de vida.

Roberto De Vicenzo

“El golf me ha dado todo”

“En mi carrera privilegié las relaciones humanas a los éxitos deportivos porque eso me han hecho una persona más alegre y llena de amigos” indicaba a los periodistas, a quien regalaba jugosas anécdotas por haber dado la vuelta al mundo unas “treinta veces” Postales de su enorme humanidad. Una vez en Houston se acercó un caddiepidiéndole ayuda para una hija enferma, Roberto extendió un cheque de inmediato, y cuando se enteró que era mentira exclamó feliz, “Qué bien, la chica no está enferma” El día antes al perder el torneo de Augusta con Goalby por un golpe, un niño de ocho años se acercó a Roberto para comprarle el gorro, "Le doy 60 centavos; no tengo más", le dijo el pequeño, que quería el icónico símbolo del argentino, ídolo de varias generaciones. De Vicenzo, abrazándolo, dejándole un beso en la mejilla, se quitó el gorro, se lo colocó al pibe y le dijo sonriente: "No me debes nada, es tuyo. Llevatelo".

“Cuando creí que llegaba al final, apareció la Gira Senior, y cuando pensé que me estaba poniendo viejo surgió la de Súper Senior”, comentaba de la prolongada trayectoria en veteranos del golfista, donde ganó torneos desde 1974, la Copa Mundial de Veteranos en Escocia, hasta el Torneo Vantage Championship  de 1988-89, “En una ocasión, cuando le pregunté a un amigo porque hay gente que insiste tanto con el tema de mi retiro, me dijo que había dos posibilidades: “o tu juego ya da lástima o tienen envidia por todo lo que seguís ganando” Lo cierto es que nunca pensé que a los 65 años, seguiría jugando y recibiendo beneficios del golf. Entonces, si el deporte rinde, como buen genovés que soy, voy a seguir sacándole provecho” Durante 35 años se mantuvo entre los diez mejores jugadores del mundo y en 1985 gana su último torneo profesional nacional. Son pocos los deportistas compatriotas que recibieron tantos reconocimientos internacionales como Roberto De Vicenzo, que ya en 1970 era homenajeado en la copa del mundo. Y que en 1988 recibe el “Jimmy Demaret Award”, otorgado para “honrar a alguien que, año tras año, ha sido muy generoso con su tiempo, su talento, y ha dado al golf tanto o más de lo que recibió del golf. Además por su buen carácter y espíritu deportivo” El PGA TOUR Latinoamérica decidió implementar el "Premio Roberto De Vicenzo" para los golfistas que obtengan la Orden de Mérito en cada temporada.

El extraordinario deportista se retiró recién en 1992 aunque siguió pegándole duro en su querido Ranelagh Golf Club hasta 2011, “En la Argentina, con sus 40 mil canchas y 4 mil jugadores, se sigue pensando que es un deporte de viejos y no se tiene en cuenta que lo juegan 300 millones. Y después de Tiger Woods se pasaron de premios de 20 mil dólares a los 20 millones. Es un deporte que se hace cómo podés, ni importa si tenés ocho o noventa, si sos ciego o discapacitado. Además, no se juega contra otros, sino contra vos y la cancha.  Y por si fuera poco, no hay un juez, vos sos tu propio árbitro”, comentaba en 2011 en una entrevista del programa “Historias que hicieron la Historia”,  e invitaba al Museo de Golf Roberto De Vicenzo de Berazategui, que atesora su esplendorosa trayectoria, y gran parte de la historia del golf argentino. Roberto De Vicenzo falleció el 1 de junio de 2017, a los 94 años, en Ranelagh.

“Lo importante del hombre es despertar su interior; si se aprende a sacarlo, se progresa”, eran los argumentos del lagunero, el pobre caddie de Migueletes, que se embarraba buscando las pelotitas de otros, y que llegó a vencer a los mejores de cinco generaciones. Con esfuerzo y sacrificio, y respetando las normas del juego limpio, De Vicenzo es el mejor palo argentino.

 

Fuentes: Melnik, L. De Vicenzo : Caballero. Golfista. Triunfador.  Buenos Aires: Swift-Armour.  2005.

https://www.aag.org.ar/el-maestro-vida/; https://www.lanacion.com.ar/deportes/golf/un-lamento-que-cumple-50-anos-el-dia-que-roberto-de-vicenzo-firmo-mal-la-tarjeta-del-masters-de-augusta-nid2121457/; https://www.infobae.com/deportes-2/2019/01/13/la-ejemplar-historia-de-roberto-de-vicenzo-quien-prefirio-perder-el-torneo-mundial-mas-importante-de-su-vida-antes-que-mentir/

Fecha de Publicación: 14/04/2021

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