Ser Argentino. Todo sobre Argentina

Un señor.

Él fue mito en vida, se inventó a sí mismo. "Afuera soy Sandro, pero en mi casa soy Roberto Sánchez", solía decir.

Un señor que sale a cantar en bata roja al escenario. Un señor que sale a cantar en bata roja al escenario, y encima es sexy. La imagen, aislada, parece inverosímil. Pero sucede que ese señor no es cualquier señor: es Sandro. Y Sandro puede.Él fue mito en vida, se inventó a sí mismo. "Afuera soy Sandro, pero en mi casa soy Roberto Sánchez", solía decir. No vendió su alma a la industria ni se desvivió en acciones de marketing. No se pasó la vida arriba de un avión porque, para él, Sandroy Roberto eran igual de importantes. Roberto era un tipo de barrio: no había nacido para vivir de gira.Tal vez a eso se debió su magnetismo, su éxito imperecedero, su evolución. Sandro no conoció el ocaso: el joven sexy que bailaba como Elvis se transformó en un señor mayor que tomaba whiskey en bata durante sus shows. Y seguía siendo sexy, en una nueva faceta. Y todo cerraba perfectamente.En un mundo donde la fama y el éxito pueden logar que cualquiera pierda la cabeza, Sandro utilizó la fórmula inversa. No mendigaba aplausos y loas, contratos millonarios y giras interminables. No necesitaba que lo amaran todos ni en todos lados. Pero lo logró, sin buscarlo, lo logró. El 4 de enero de 2010, Roberto Sánchez murió. Sandro, por su parte, siempre será eterno.

Crear una fortaleza de lujo

¿Cómo hizo éste hombre tan magnético para mantener su vida privada lejos de las cámaras y el acoso de periodistas? No debe haber sido tarea sencilla, pero Sandro lo logró. Un poco por su carácter, una combinación perfecta y equilibrada entre calidez para tratar a quien se le acercara y la frialdad necesaria para repeler las intromisiones. Sin embrago, algo por lo que pudo llegar a esa doble vida de persona y personaje fue la construcción de su fortaleza en la calle Beruti de Banfield, en la provincia de Buenos Aires.

La casa del artista no es una más del montón. Algunos la nombran como una mansión. Nadie tuvo acceso al lugar mientras Sandro vivió. Solo sus allegados, familia y amigos. Lo que sucedió después fue otra historia. Detrás de los muros del lugar estaba la esencia de Sandro, una intimidad de lujo y glamour. Solo se abrían las puertas cada 6 de agosto, la fecha de su cumpleaños, para recibir en un espacio especialmente  diseñado para su fin, a sus “nenas”. Así es como él llamaba a sus seguidoras, un grupo de fans bastante particular. Ellas se reunían en la puerta de calle para saludar al ídolo y él las recibía en lo que llamaban locutorio, que no era más que un salón con mesa y sillas enfrentadas en las que se daba el encuentro cercano de la estrella y sus admiradoras.

Recordemos que más allá del talento artístico, Sandro tenía un encanto natural muy vinculado a lo sensual. Éste poder de seducción, que mantuvo en el tiempo, le valió la ofrenda de amor especial de sus nenas. En cada recital, no solo recibía rosas que eran lanzadas del público al escenario, con el tiempo llegaron las prendas de ropa interior que el Gitano, como también era conocido Sandro, recibía con gracia y picardía.

El proyecto de museo

Hace algún tiempo, su última esposa y heredera, Olga Graventa, comenzó a idear el proyecto de transformar la famosa y mítica mansión de Sandro en un museo. Su idea es que sea un espacio de puertas abiertas, pero no depende de ella exclusivamente. Serán los patrocinadores y los organismos especializados quiénes definan las condiciones. Sería una buena alternativa para mantener vivo el misticismo que rodeaba a Sandro y a la vez preservar el patrimonio que dejó.

 

 

 

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