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Sixto Palavecino. El violín que vino del monte

El violinisto sachero que rescató la cultura originaria quechua desde un rincón de Santiago del Estero. Sus chacareras overas, mitad castellano, mitad quechua, musicalizan el monte mágico de las salamancas y duendes.

Música
Sixto Palavecino

Desde el monte santiagueño emergió una figura clave del folklore contemporáneo. Descubierto a sus casi 70 años, una manera de decir ya que Jorge Cafrune más de una vez quiso llevarlo de gira, Sixto Palavecino amalgamó la música popular actual de León Gieco y Peteco Carabajal con las melodías ancestrales de Andrés Chazarreta y Atahualpa Yupanqui. Entre chacareras y gatos, violinisto sachero, del monte en quechua, Don Sixto se levanta como el gran patriarca del folklore del nuevo milenio, que no rehúsa un beat electrónico ni una copla norteña. Tal vez nunca tuvo una real dimensión de su dimensión artística, y el impacto en la cultura de su inclaudicable defensa de las raíces aborígenes, si bien fue ovacionado en estadios, festivales, ganó premios y con “De Ushuaia a la Quiaca", el megaproyecto musical y social de Gieco y Gustavo Santaolalla, quedó documentado el artista santiagueño en las cumbres del arte argentino en sonido 360. A Palavecino que el mismo Gieco, quien afirma fue tan importante conocerlo como a Bob Dylan, dedicó la noche que se conocieron, "Don Sixto Palavecino, / gato escondido de amor, / cuando escucho tu violín / Santiago es como una flor".

 

 

Don Sixto Palavecino había nacido en Barrancas, departamento de Salavina, en Santiago del Estero, un 31 de marzo de 1915. “Un monte lleno de violinistas. De ellos aprendí solito porque mi abuelito –centenario- tocaba la guitarra”, señalaba quien apenas completó el tercer grado, necesitada la familia de un pastorcito. Pronto huérfano de padre y madre, sus primeros recuerdos vienen con las sonoridades del monte, “vengo de familias quichuas respirando el idioma desde el vientre de mi madre. Mi primera palabra fue en quichua y de ahí que mis pensamientos y expresiones, sólo fueron en esta lengua. La aprendí de escucharla, del habla diaria de mi familia. Si bien es cierto que interpretaba el castellano, me di cuenta que no sabía hablarlo. Un día de escuela, el maestro, necesitó de un traductor para hacerle conocer mi respuesta a su pregunta; es que le había contestado en quichua, mi lengua de todos los días", recordaba Sixto Palavecino en el programa radial “Alero Quichua Santiagueño”, un clásico en la difusión del folklore desde hace medio siglo, ahora en Radio Nacional de su provincia.

“Mi mamá no me permitía tocar, porque su concepto era que el músico es una persona que anda de baile en baile, trasnochando, y que hasta podía volverse enfermo y tomador. Entonces tuve que sacar el violincito –que él construyó de madera salvaje y crin de caballo, señalaba a la periodista Sibila Camps del diario Clarín en 1984-, llevarlo al monte y tenerlo guardado en el hueco de un quebracho añoso. Yo tenía 11 años. Me iba arreando las cabras, las vacas, y lo primero que hacía era dejarlas, me arrimaba al quebracho, me baja del caballo, estudiaba un ratito y seguía para baldear los animales, darles agua en el pozo; y de vuelta hacía lo mismo”,  reconstruye un aprendizaje que se vio coronado a los 13, ya bajo la tutela del hermano mayor Faustino, quien lo recomendó para un baile de angelitos, el momento de distracción luego del entierro de un menor, en el campo. Rezabailes, carnavales, casamientos, carreras, telesiadas, todo era oportuno para foguearse en el músico con más de 300 composiciones, veinticinco LP, dos CD, y que, luego,  tocó con  Chico Buarque, Pablo Milanés, Mercedes Sosa y Milton Nascimento, entre otros. Buarque quiso llevárselo a Brasil para que enseñe los secretos de la chacarera.  Mucho, confesaba el siempre sabio Don Sixto, “He aprendido a tocar como he podido y como me ha salido. Mi posición es totalmente incorrecta y, hasta no hace mucho, tenía vergüenza de tocar en presencia de los violinistas. Nadie me enseñó a tocar: solo, en el monte. Pero he sido una persona que día a día me ha gustado progresar; ya estoy en una obligación, ya hay público, el pueblo está atento a la música que hago y que canto. No canto lindo: canto fiero, por supuesto. Por eso trato de mejorar, de aprender siempre algo nuevo", señalaba con casi ochenta años en una entrevista al diario La Nación.

 

“Yo he hecho más cultura que contrato”

Si bien en los sesenta, luego de fundir varios negocios y dedicarse a la peluquería –el sillón quedaría como testigo de tiempos de escasez en la casa santiagueña de Almirante Brown-, instalado a tiempo parcial en Buenos Aires, graba para el sello RCA-Víctor, un tremendo logro para un artista casi desconocido, en realidad, el talento de Don Sixto era un secreto a voces. A veces aparecía con su violín, el primero de verdad recién lo tendría a los veinte, con Pipo Mancera o Antonio Carrizo, y la audiencia queda pasmada de la originalidad en la interpretación, que había perfeccionado en las cientos de presentaciones en el Interior con "Sixto Palavecino y sus hijos", el conjunto integrado con el hijo Rubén y las hijas Haydeé  y Carmen. En la década siguiente el dulzón gato “Agrede soy rizongón” se transformó en un éxito instantáneo. Sin embargo Don Sixto seguía fiel a las tijeras.

“Nunca he vivido de la música. Yo he hecho más cultura que contrato. Más en los últimos años empezaron a tenerme en cuenta por la musiquita sachera, que sachero quiere decir del monte, montaraz. Pero vivir de la música no he vivido” confesaba el artista a principios de los ochenta, quien firmó piezas como  "Dulzura quichua", "La callejera", "Folklorear", "Changuitos de mi tierra", "Lamento de chacarera", "La Pedro Cáceres", "Telesitapaj", y la muy versionada "La Huackachiara". Serían los años de sus apariciones con los rockeros y neofolkloristas, integrando la banda de Gieco junto Peteco Carabajal, Jacinto Piedra, Elpidio Herrera y su hijo Rubén, “Al final del concierto –en Vélez- estaba Charly García tirado en el pasto: "Estuvo más o menos -me dijo-, pero lo mejor de todo fueron los Petecos". Se refería a la banda, porque al único que conocía era a Carabajal”, reía el santafesino Gieco. Muy discutida por los tradicionalistas estas incursiones de Don Sixto, para ellos inentendibles de quien había defendido el quichua ancestral, difundiéndolo a través de la poesía, la música, sus composiciones bilingües y sus traducciones de canciones, poemas y libros. Don Sixto dedicó su vida y su talento a revalorizar esa lengua y cultura, antes perseguida y estigmatizada,  trabajando por ejemplo durante más de diez años en la versión en quechua del Martin Fierro o realizando la versión de himno, o manteniendo el espacio cultural, que luego se replicó en el país, “Alero Quichua Santiagueño”, cuyo lema es «Ama Sua, Ama Llulla, Ama Ckella» (Ni ladrón, ni mentiroso, ni holgazán).  Sin embargo su curiosidad de artista libre pudo vencer los prejuicios retrógrados y bendijo así a las nuevas camadas de folkloristas del cruce de siglos, quienes lo invocan antes de un show como un mágico protector similar a Osvaldo Pugliese.  Falleció Palavecino el 24 de abril de 2009, aquejado del Mal de Chagas que contrajo en su juventud, y una multitud acompañó al féretro hasta el cementerio en Santiago del Estero. Varios violinistas lo despidieron a la manera santiagueña, tocando chacareras, gatos y entonando vidalas. "Así es la cosa con mi violincito", arrancaba Don Sixto con esa musiquita del pueblo. Y a mover la patita.

Sixto Palavecino y Vitu Barraza 

Dice Sixto Palavecino

“Había sido una reunión muy grande –en la Universidad de Belgrano, década del noventa-. Todo el salón lleno de gente, nosotros cada uno con un micrófono. Y se pusieron a hablar de la Salamanca. La Salamanca es un lugar que sirve para todo eso de la brujería –según las leyendas santiagueñas las brujas allí otorgan poderes a los artistas, a cambio del alma-. Hay que entrar sin ropa, y tiene que pasar pruebas para que lo tomen como alumno. Primero viene un sapo y le camina por el cuerpo, después un escuerzo ponzoñoso, después una víbora, y si pasan todos, el alumno puede entrar. Adentro, los asientos son rollos de lampalagua. Pero en la Universidad todo eso no contaron, nada más dijeron que para entrar a la cueva hay que negar a Jesús, que para eso a la entrada hay una imagen de Jesús que hay que escupir en la cara. Entonces ellos me quisieron hacer una picardía y dijeron: ¡Cómo, Sixto, has entrado a la Salamanca, has negado a Dios!. No, les dije yo, es que yo entré a la Salamanca por la puerta de atrás. Fue una carcajada todo el salón” en Lanacion.com.ar (1999).

Dicen de Sixto Palavecino

“Hubo experiencias que no voy a olvidar, como cuando estábamos en Atamisqui y Don Sixto me sacó a caminar a la tardecita. Me empezó a hablar en quichua, un idioma que yo no conocía. Fue una experiencia única, como haber estado con un maestro hindú o con un profeta. Sixto hace esas cosas, no pierde el tiempo. Es un tipo sabio. Él siempre está conmigo. En todos mis recitales muestro un video con imágenes suyas y, cuando lo ven, siempre se paran todos a aplaudirlo. Bendice todos los escenarios que piso. Transmite bondad, esperanza, lucha, y vida. Y eso a la gente le llega”, León Gieco en Página12.com.ar (2006)

 

Imagen: Ministerio de Cultura

Fecha de Publicación: 31/03/2022

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