Ser Argentino. Todo sobre Argentina

Rosita Quiroga. La única musa mistonga del Tango

La artista fue el primer modelo de la cantante de Tango de Azucena Maizani a Susana Rinaldi. Su estilo particular, único de sabor campero y arrabalero, guitarra en mano, no tuvo sucesoras.

Eva Perón y Julio Cortázar quizá solamente coincidieron en un punto: la admiración a Rosita Quiroga. Pionera en la actuación de las artistas en la radio y las discográficas, la Edith Piaf Arrabalera se impuso canyengue durante la larga década del veinte, que en realidad empezó en 1916 con el ascenso de la democracia de masas y terminó con el golpe de 1930. Allí Rosita fue musa de grandes poetas, el Negro Celedonio Flores entre ellos le ofrendó el clásico “La musa mistonga”, y compositora de clásicos que excedían el Tango, estilos, vidalitas, cifras, rancheras, zambas, cuecas hasta el shimmy “Tiqui...tiqui...tiqui” Grabó tanta música en tan pocos años que se encuentra segunda detrás de Libertad Lamarque.   Además, trabajando de cazadora de talentos para la RCA Víctor, descubrió a Mercedes Simone y Agustín Magaldi. “No soy Cristóbal Colón -dijo en una entrevista- pero a muchas y a muchos los descubrí yo”. Heredera directa de los payadores, trenza invisible del campo a la ciudad que resonaba en Carlos Gardel, Rosita Quiroga hizo del tango una cosa de minas. Y rompió el molde aseguraba Edmundo Rivero, quien lo único que deseaba en el cumpleaños era que Rosita le cante unos versos lunfardos.

 

 

Rosita Quiroga creció en el barrio porteño de La Boca, en la calle Zárate (luego Carlos F. Melo) 733, donde aprendió la jerga del lunfardo, y que inmortalizó de manera excepcional. Los orígenes fueron humildes de esta ribereña nacida el 16 de enero de 1896: su madre cordobesa era bordadora; y su padre español, carrero. A los siete años, comenzó los estudios de guitarra por tonos con el maestro Juan de Dios Filiberto, vecino y amigo de la familia al igual que el bandoneonista Eduardo Arolas. Cuando los padres se separan, y ella opta por quedarse con la madre, emprende un rumbo artístico, incierto para quien cosía pantalones para la Intendencia de Guerra: “Me mandó a Bahía Blanca -un empresario Muscari a las 18 años, que la conocía de infinidad de eventos sociales donde hacían cantar el cancionero criollo a Rosita - tomé el tren con una valijita de cartón, con unas pilchitas humildes, con una tristeza porque dejaba a mi madre y porque no sabía lo que me iba a pasar. Me mandaron a cantar en un café (como los café-concert que ahora están de moda), con mesas, con un escenario. El artista cantaba, lo aplaudían, le mandaban una silbatina, o lo que fuera. Cuando debuté, era el primer número: abría el programa. Al poco tiempo me iban poniendo por la mitad del espectáculo. Después cerraba los números. Los otros artistas que estaban ahí, tan rascas como yo, me decían:―¡Mirá, vos tenés éxito!”, recordaba al periodista Julio Ardiles Gray a mediados de los setenta. El primer tango que cantó Quiroga fue “La tipa” de Enrique Maciel y Enrique Pedro Maroni, con ese estilo único de pronunciar arrastrado de la eses –muy de los genoveses de acuerdo a José Gobello-,  pero al primer disco lo grabó en 1923, “Siempre criolla”. Quien la presentó en los estudios de la Víctor fue el nieto del presidente Roque Sáenz Peña, conocido de aquellas funciones en Bahía Blanca, y que deseaba agasajar a la futura esposa con un disco de pasta, en la voz de la cancionista campera. Lo cierto es que para ese sello grabador Quiroga trabajó hasta 1931 grabando, se calcula, más de cien temas y fue para la RCA Víctor lo que Carlos Gardel para la Odeón. Máxima estrella.

 

 

“Es el alma del pueblo que la palpita”

“Mi padre se llamaba Manuel Rodríguez; y mi madre, María Quiroga. Algunos me preguntan por qué me puse Rosita Quiroga cuando comencé a grabar discos; la explicación es fácil. Cuando realicé la primera prueba en la RCA Víctor, yo tenía miedo de que me bocharan. Entonces me dije: “Si me bochan, nadie va a saber quién es Rosita Quiroga”. Después pasé la prueba y cuando quise ponerme “Rodríguez”, los norteamericanos de la Víctor me dijeron: “No. Rodríguez es un apellido gallego. Va a quedar como Rosita Quiroga””, destacaba del porqué de la elección del apellido de la madre,  y los prolegómenos de una relación que la ubicó como la mejor cazatalentos que tuvo la compañía yanqui en el Río de la Plata durante treinta años. Uno de sus descubrimientos, Magaldi, formó dúo con ella, como ella había hecho antes con otra Rosita, Del Carril. Pero el mayor tándem creativo sería con el Negro Celedonio, poeta exclusivo de Rosita, Celedonio la eligió sobre Gardel durante cinco años, y de allí salieron “Nunca es tarde”, “Tengo miedo”, “Sentencia”, “Muchacho”, “Audacia” y “Viejo coche” Flores diría de ella, “es el alma del pueblo que la palpita” En la Víctor además iniciaría las grabaciones fonoeléctricas en 1926.  

En 1922 había sido la primera mujer en cantar en una broadcasting, Radio Cultura, acompañada de tres guitarristas,  y de los pocos afortunados que disponían de la radio a galena. “Yo canté en todas las radios. La única emisora donde no me dejaron cantar porque decían que era muy arrabalera fue en Radio Splendid y el que no me dejaba cantar era Gache, uno de los dueños. A mí me importaba un bledo. En la primera radio que canté fue en Radio Cultura, que primero estaba instalada en un hotel de mucha categoría. Después se trasladó a Alvear y Canning, donde ahora hay una casa de departamentos muy grande. Los dueños eran De Bari y el ingeniero del Ponte. Los estudios eran casi lo mismo que son ahora. Pero donde me divertí más fue en Radio L.O.I., que hoy es Radio Belgrano. Tuve un gran éxito con el tango “Julián” y fue uno de los discos que más vendió la Víctor. Lo tuve que hacer tres veces. Su autor, Edgardo Donato, me lo trajo a mí primero, pero no me gustó. Se lo llevó a Iris Marga, que lo estrenó en un teatro de revistas. Donato vino de vuelta y yo me decidí a grabarlo. Y fue el éxito del año”, acotaría la voz femenina mayor de los tiempos heroicos de la radiofonía argentina, donde impondría en el éter otros clásicos como “Oíme, negro”  -letra y música de Rosita Quiroga-, “Maula”, “Mocosita” o “De mi barrio”. Todos exponentes de una manera de sentir y manifestar el Tango, bien de abajo; como de niña ella misma escuchó a los carboneros, estibadores y carreros de la Vuelta de Rocha mientras cruzaba en un botecito el Riachuelo.

En un misterio mayor al de Ada Falcón, en comparación Quiroga en 1931 ostentaba mayor fama y era la artista mimada de la poderosa RCA Víctor, la artista decide un extraño retiro, que solamente se permitía reapariciones esplendorosas como la gira en Japón de 1938, la primera de una tanguera argentina. Horacio Salas sostiene  que la modalidad suya lunfardesca no concordaba con la necesidad de adocenar el tango, y que la marginalidad era cosa del pasado en la Argentina de la Cruz y la Espada de la Década Infame. Además, otro dato no menor, Rosita casa con un ejecutivo telefónico y muda a la elegante avenida Callao. Tampoco era afecta a las presentaciones en teatros, la última actuación a sala llena ocurrió en el Teatro Empire en 1930, ni a los nuevos medios como el cine o la televisión. Lo suyo parece que fue  para hacer huella nacional en el plástico redondo.

Al país nipón regresaría en los setenta a inaugurar una peña que llevaba su nombre,  y escuchar emocionada cómo varios sobrevivientes de los bombardeos norteamericanos amenguaban el terror con sus discos de pasta. En esa década participa Quiroga de la película “El canto cuenta su historia” de Fernando Ayala y Héctor Olivera (1976), cantando uno de sus mayores éxitos, “Puente Alsina” de Benjamín Tagle Lara, y demuestra el notable estilo aún para acompañarse con las seis cuerdas. A principios del ochenta, trabajó para el Canal 11 de Buenos Aires, en los programas conducidos por Eduardo Bergara Leumann, en el ciclo “La botica del tango”. En 1984, cuatro días antes de morir el 16 de octubre, grabó, a pedido del poeta Luis Alposta, un tema de su autoría,  “Campaneando mi pasado” Y estampó  la victrola eterna la voz maleva y gaucha de Rosita Quiroga, que cantaba anunciando que los de atrás vienen conmigo.  

Dice Rosita Quiroga

“La gente piensa que con los años ya no puedo cantar, pero yo pienso que ahora canto mejor porque tengo consciencia de lo que hago. Estudio. Por ejemplo, antes, yo me comía un plato de tallarines a mediodía y me iba a cantar un tango a la compañía de discos. La vez pasada hice “Viejo coche” salió perfectamente bien y ahí está en un long play…Yo hice “Mano a mano”, “Margot” y muchas otras cosas de Gardel, pero no para el país. De ahí se debe que yo había sido más conocida en Panamá, en México, en Colombia, en Venezuela y en el Perú, que en mi patria. Los otros días recibí una liquidación de Angola y yo me dije: “¿Qué tendrá que ver? ¿Será de donde vienen los zapallos de Angola?”. Después me dijeron que era una colonia portuguesa del África a la que pronto le van a dar la independencia… Recibí 37 pesos por derechos de autor de la milonga “Apología tanguera”” en el diario La Opinión, 1975, en julioardilesgray.com

Dicen de Rosita Quiroga

“Esta forma de hablar se está perdiendo en la Argentina. Así hablaban los criollos viejos. Así debieron de haber hablado Mansilla o Eduardo Wilde. Su conversación fluye limpia. Carece de muletillas, como el “¿viste?”, con las que las nuevas generaciones puntúan el discurso, cortajeándolo y torturándolo. No tiene excesos de imágenes. Las comparaciones y las metáforas son colocadas con habilidad, en el lugar preciso, como remate de un razonamiento o como el corolario de algo que ha narrado escuetamente, con las palabras justas y el adjetivo preciso. Hasta el lugar común - casi siempre refranes - tiene una función. Esta forma de hablar era la del habitante del suburbio porteño a principios del siglo XX. Así hablan todavía, desde las páginas de los cuentos de Fray Mocho o de “Entraña de Buenos Aires”, los personajes de José S. Álvarez o Félix Lima, criaturas mitad campesinas y mitad ciudadanas. Hay un relente campero que se mezcla con los lunfardismos”  por Jorge Ardiles Gray, 1975, en julioardilesgray.com

 

Imagen: Ministerio de Cultura  / Argentina.gob

Rating: 5.00/5.