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Goyeneche por Goyeneche. Una biografía comentada

Donde el barro se subleva fue la cuna de Tango de Roberto Goyeneche, un cantor que hizo de la herida absurda que es la vida la garúa plateada que nos sigue empapando.

Música
Goyeneche

Instantáneas de las míticas actuaciones del Quinteto Ástor Piazzolla con el Polaco, Roberto Goyeneche, en el Teatro Regina. “Después de Gardel, Roberto es el cantante de tangos más importante de la historia. Y lo elegí a él porque quería un cantor de tangos, no alguien que sea un instrumento más ni un melodista” enfatizaba el bandeonista en una entrevista previa para Canal 7, entusiasmado porque no tocaban juntos desde “Balada para un loco/Chiquilín de Bachín” de 1969, quizá el simple más vendido del género ciudadano. Además el músico estrenaría de su coautoría con Eladia Blázquez “Siempre se vuelve a Buenos Aires”, y junto a Horacio Ferrer, “Mi loco bandoneón”, dos clásicos instantáneos en la voz del Polaco, que se apropiaba de los tangos y nunca más volvían a tener otros fraseos sentidos que no sean los de este hijo dilecto de la noche porteña, quien cantaba hasta con los silencios. Pero Roberto estaba nervioso desde los ensayos y mucho del material tradicional interpretado, sus clásicos, “Che, bandoneón”, “La última curda” o “Cambalache”, fue una concesión del admirador Piazzolla, poco frecuente. Y, claro, iba “Garúa”, como la pieza que abriría el debut  en mayo de 1982, que veinte años antes con Aníbal Troilo dejaría gallarda en el máximo panteón tanguero. Cuando terminaron el tema, el compositor de los himnos “Adiós Nonino” y “Libertango” arrojó el bandoneón al  piso, ante un público estupefacto, y exclamó con el fueye descocido a sus pies: “Desde hoy este bandoneón ya no puede tocar más” Una lágrima corrió plateada, como tantas veces en vivo cantando “Sur” o “Malena”, por la mejilla de Roberto Goyeneche.

Goyeneche Piazzolla       

“Muchas veces terminé una grabación llorando. Eso tiene que ver con la personalidad. Sin sentimiento creo que no se puede vivir. Uno tiene que mirarse para dentro. Yo no tiemblo para ganarme el aplauso con ese yeite. Y siempre dí patadas cuando canté. Eso es porque a cada canción le ponía todo. Siempre canté con toda el alma”, dijo en cierta ocasión cuando, en los mismos comienzos de los ochenta tras actuar con Piazzolla, recibía críticas por un estilo patético que podía tender a la caricatura, dicen algunos, aunque otros empezaban a rescatar la actitud de rebeldía, la sangría arrabalera que anunciaba en “Tinta roja”. Sería el Polaco el padre espiritual de Fito Páez y Charly García, que no se perdía una actuación en Michelangelo de San Telmo, y Jorge Donn lo tomaría de la mano frente a las cámaras en una descomunal versión de “Naranjo en flor”.  Y que en el recodo final de la vida, una nueva generación, con la guía del productor de las últimas grabaciones del Polaco, Lito Nebbia, lo descubriría humilde en su querido Club El Tábano, en la pizzería San Quintín o en las tribunas del amado Platense, siempre abierto al saludo afectuoso, al gracias maestro.  Un Roberto que sin ruborizarse retrucaba “si Gardel viviera yo seguiría manejando un colectivo” y la otra,  sobre el cantor uruguayo que junto a él revitalizaron el tango en la senda revolucionaria y porteña gardeliana, “si Julio Sosa no hubiera muerto yo seguiría manejando un colectivo”.

Antes de sentarse detrás del volante, y desgranar tangos a la madrugada para los agradecidos pasajeros de la línea 219 –actual 19-, el cantor que jamás erró una nota según Pichuco Troilo, Roberto Goyeneche reconocía dos pilares en la carrera iniciada en la orquesta de Raúl Kaplun, luego de  ganar un concurso del Club Federal Argentino en 1944. Tenía solamente 18 años éste muchacho nacido en Buenos Aires, barrio de Saavedra, un 29 de enero. Barrio que nunca se mudaría, vino al mundo el “Canario” en una casona de avenida del Tejar, y vivió siempre con su esposa Luisa en un casa de Melián el 3000, a futuro un museo dedicado al artista, “para qué voy a ir a otro lado sino no me conocen”, parafraseaba a su querido Pichuco.    

 

“Yo soy amigo de la luna”

Pilar fue María Elena, la joven madre viuda que lo estimuló a presentarse mientras trabajaba adolescente en un estudio jurídico de cadete. "Era una persona que aunque no había tenido tiempo de estudiar, era muy inteligente. ¡Decía cada cosa, mi vieja! Un día mientras lavaba le pregunté por qué había algunos tipos tan ignorantes y me dijo: "Sabes qué pasa, nene, cuando Dios hizo al hombre tenía 10 cajas encefálicas abiertas y solamente 6 cerebros. Puso hasta que le alcanzó, después rellenó con una media, un gabán, una muela, un perro, qué sé yo, cualquier cosa". ¡Esa era mi vieja! Se me murieron los dos muy pibes. Te voy a decir que a mí la vida me dio besos, pero también muchos cachetazos”, en los indicios de esa alma que pasó de la brillantez de los cuarenta, del barítono prístino, al decidor torturado de los ochenta, previo paso por el baladista esencial de los setenta. Y en muchos de estos pasajes actualizaría el repertorio gardeliano, quizá Goyeneche el único que puede salir triunfal en “El día que me quieras”; un Zorzal  que conocía y respetaba el Polaco, ya que uno de sus tíos, Emilio, escribió “Pompas”, un tango grabado en los veinte por Gardel.

 Y la otra escuela, el viaje del Polaco a la profundidad de la Noche de la cual nunca volvió, con cicatrices y arrugas que denotaba su curtida cara, “de la noche podría hablar mucho, pero del día no. A mí el sol me hace mal, yo soy amigo de la luna. La noche te enseña a saber qué es lo bueno. Vos estás a mitad de cuadra y la noche te indica: agarrá para el lado bueno que vas a andar derecho, respetá al amigo grande que es el que te va a aconsejar bien. Hay gente que dice: ¿sabés qué atorrante es este? Sale toda la noche. Pero sale porque no tiene sueño. Hay que tener patente para ser atorrante. Hay que hacerse amigo de la noche. Que te cobije",  reflexionaba en una entrevista de Jorge Boccanera. Pasarían algunos años, empleado de otras líneas de colectivos, en la fosa de mecánico o manejando taxis, había que pagar la olla de la casa con Luisa, casado desde 1948 y con dos hijos, hasta que un allegado de la orquesta de Horacio Salgán no pudo conciliar el sueño en el fondo del bondi, maravillado con la voz del Polaco. A partir de 1949 empieza a cantar en la orquesta del genial pianista, aunque todavía pasaría un lapso hasta dejar el  mundo de veinte asientos, “tocábamos en una radio de la calle Ayacucho y Goyeneche venía a cantar con nosotros, y luego subía al colectivo, a continuar el recorrido”, recordaría Salgán.  Allí compartía el rol con Ángel Díaz, el que lo bautizó El Polaco, y tuvo el primer éxito radial, “Siga el corso”.

 

 “¿Pichuco? ¿Qué puedo decir del hombre que convivió conmigo y que jamás habló mal de nadie? Cada vez que estoy por actuar siento que me empuja y me dice…ahhh…¡subí, dale! Un hombre que es lo más importante que tuvo el Tango…es orgullo mío haberme formado con él”, admitía de su paso entre 1957 y 1963 en la orquesta de Troilo, en cuya primera vuelta no quedarían más que una veintena de grabaciones,  y que se desquitarían con la brillante andanada de vinilos “El Polaco y yo” (1969), “Mano a mano (1970”), con la Orquesta Típica Porteña, dirección y arreglos de Raúl Garello y Osvaldo Berlingieri, y el fundamental “¿Te acordás, Polaco?” (1971), “Está en el podio de mis tres discos favoritos de la historia –le cuenta Hernán ‘’Cucuza” Castiello a  Nicolás Pichersky del diario La Nación, de un disco que arreglos de Argentino Galván, Garello y Piazzolla, vademécum del tango sin fecha de vencimiento -. Incluye todos clásicos, sí, pero también son clásicos porque este disco los potenció. Un álbum que, si me apuran es el resumen perfecto del cantor y el músico, sustancia y esencia de la yunta del tango. Y también es un disco que simboliza la promesa: cuando Troilo lo insta al Polaco, por su éxito, a hacerse solista, le jura que volverán a grabar juntos. Este disco también es aquella promesa de dos grandes amigos”, comenta el cantor de tangos contemporáneo, recordando el empujón de Pichuco para que se lance solista Goyeneche. Inmediatamente recompensado con los sucesos de 1963 de “Frente al mar” y “Qué falta que me hacés”, con el Trío Los Modernos.

Goyeneche-Pugliese

“Yo canto las comas, los puntos, los acentos, los silencios”

“Cuando me dejaron cantar como yo quería, porque antes era un cantor de orquesta. O sea que tenía que hacer lo que estaba arreglado para el cantor (...). Bueno, cuando empiezo a cantar solo hago los pianos y los fuertes donde los siento. Y mando a arreglar de acuerdo a lo que siento. Ahí hizo puff. Allí fuí Goyeneche, gracias a Dios y a la Virgen que me entendieron”, recordaba el Polaco a Antonio Carrizo,  en Radio Rivadavia en 1984. Hacia fines de la década era la estrella indiscutible de Caño 14, el reducto tanguero de Barrio Norte, y en un célebre artículo de Hipólito J. Paz, en la revista Confirmado, se lo anuncia como “la mejor voz del tango”, destacando que eran únicas sus interpretaciones de “Cafetín de Buenos Aires” , “María” y “Fuimos” “Goyeneche, su timbre, el color de voz, reflejan las maneras de ser y sentir del porteño”, acotaría Piazzolla que lo convoca para la versión inaugural discográfica de “Balada para un loco”. “Hay gente que dice que Piazzolla es raro y es perfectamente entendible”, lo defendía el Polaco. Y se defendía, “ahora que estoy reventado, viene el laburo, y yo siempre canté así”, cuando criticaban que ya no existía más el cantor lírico de sus inicios, y otros deliraban con quien era la última voz del Buenos Aires Eterno.  Mientras tanto ponía en un podio inalcanzable interpretativo “Malena” y “Afiches”, éste último el poeta preferido de Goyeneche, Homero Expósito. “Yo canto las comas, los puntos, los acentos, los silencios”, algo que el Polaco señalaba haber aprendido con el compositor de “Percal”.

Goyeneche

Llegarían los premios, giras y aeropuertos en la última década del cantor insuperable de “Gricel”. Al periódico comunal «El Barrio», a propósito de una gira hecha por el Polaco por Europa con el Grupo Tango Argentino, decía a fines de los ochenta, “Sí, sí, París todo muy lindo. Pero tenía dos problemas. Uno era la comida: estuve dos meses comiendo sándwiches, porque como no sabía el idioma no me entendían nada de lo que pedía así que tuve que conformarme con lo único que podía decir: sándwich. Y el otro, que era más grave todavía, era no saber cómo había salido Platense, así que todos los domingos a la noche tenía que ir hasta la oficina de Aerolíneas Argentinas y pedir que me averiguaran cómo había salido el Marrón. Y, viejo, ¡nos jugábamos el descenso!” La troileana “Alguien dijo una vez que yo me fui de mi barrio. ¿Cuándo?... ¿Cuándo?... si siempre estoy llegando” en los labios del Polaco tomaban otros vuelos, leyenda viva que debutaba en cine con “Sur” (1988) de Pino Solanas, y seguía cantando en reductos tangueros como el Café Homero. Y que un puñado de fieles aclame al gran actor del tango que ponía tripa y corazón hasta el último aliento en “Chau, no va más” “Cantar es como estar en un altar de sacrificios. Quiero que me cueste. Y quiero que me mate, también. Porque si no, no sería honesto”, a Juan Bedoian en unas de las últimas notas, en 1991.

El hombre que “nació cantando en el vientre de la madre” se fue el 27 de agosto de 1994 cuando Luisa le cantó entre sus brazos el “Arrorró mi niño”. “Nací y viví en medio de una canción y si he de morir quiero que sea de la misma manera”. Último brindis.101 discos grabados y unos 2500 temas, tango casi todos, salvo algunas versiones del Polaco de gemas camperas como las de Atahualpa Yupanqui, una cantera inagotable de la música popular.  Su estela aún se escucha en Adriana Varela y ’Cucuza” Castiello, factótum de los nuevos bríos tangueros de jóvenes que jamás lo vieron desangrarse, “Cuando fieros desengaños/Nos van abriendo una herida!/Es triste la primavera/Si se vive desteñida.../¡Cómo se pianta la vida/Del muchacho calavera!” , y como acota Mariano del Mazo, “profundamente gardeliano y moderno, con una gran sentido de la melodía y fraseador visceral a partir de los 80, profesional y bohemio, Roberto Goyeneche aparece como una soberbia síntesis de una tradición exquisita que se encuentra, ya en el siglo XXI, en plena reformulación”.

Goyeneche

 

Fuentes: Boccanera, J.  Roberto Goyeneche. “Yo creo que el tango me quiere y a veces me dice gracias” en Ángeles trotamundos. Historia de vida. Buenos Aires: Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos. 1994; Bedoian, J. Roberto Goyeneche. El alma que canta en revista Viva. 4 de agosto de 1991. Buenos Aires; Longoni, M. Vecchiarelli, D.  El Polaco, la vida de Roberto Goyeneche. Buenos Aires: Nuestra Música. 2019.

Imágenes: Télam / Ministerio de Cultura

Fecha de Publicación: 29/01/2022

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