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Buenos Aires - - Domingo 18 De Abril

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Enrique Santos Discépolo, el arlequín triste que sigue mordiendo

Para algunos, un filósofo mistongo del tango; para otros, un poeta surrealista lunfardesco, Discépolo puso palabras al mundo de “maldad insolente”, y acciones cuando sintió que era hora de “enterrar la miseria”.

Música
Enrique Santos Discépolo

Era una noche llena en el teatro Sarmiento. La Negra Bozán estelarizaba el sainete “Qué hacemos con el estadio”. Junto a “Chorra” se estrenaba “Yira Yira”, un tango de un casi debutante compositor, más conocido como hermano de Armando, Enrique Santos Discépolo. Unos años antes había fracasado con “Qué vachaché”, pese a que Tita Merello la cantaba en el Teatro Apolo, e incluso la grababa Carlos Gardel, impresionado por las electricidad del joven Enrique durante un encuentro en los polvorientos teatros de las provincias. Era el 16 de octubre de 1930, pocas semanas luego de que los reaccionarios sumergieron al país en la larga noche de horror que encalló en 1976. Hubo un rumor desde el fondo con voces femeninas, recordaría Discépolo. Y ese rumor se convirtió en el huracán que mejor definiría la década corrupta, y desamparada, del treinta “Verás que todo es mentira/Verás que nada es amor/Que al mundo nada le importa/Yira, Yira” no fue solamente cinismo y desesperanza, como algunos interpretarían en la superficie. Fue también un grito de humanidad a un mundo que necesitaba más que promesas para que los hombres no estén solos y esperen.  Hace 120 años, un 27 de marzo, nacía el Narigón, Discepolín, Mordisquito, un pedazo del alma porteña que silba en cada esquina, en cada saludo a un vecino.

“De mi infancia conservo pocos recuerdos. Mejor dicho prefiero no conservarlos. Tuve una infancia triste” diría en 1927 Discépolo sobre una niñez con un padre brillante músico napolitano,  que fracasa una y otra vez, inspiración del “Stéfano” de Armando Discépolo, y que padeció el enfermizo y solitario Enrique de casa en casa, de adoquín en adoquín en el que se le fue tatuando Buenos Aires, “Yo nunca pude decir aquello de “cachurra monta la burra”, ni hallé atracción alguna en jugar a las bolitas…vivía aislado y taciturno…a los cinco años me quedé huérfano de padre y antes de cumplir los nueve, perdí a mi madre. Entonces mi timidez se volvió miedo y mi tristeza desventura. Recuerdo  que entre los útiles del colegio tenía un pequeño globo terráqueo. Lo cubrí con un paño negro y no volví a destaparlo. Me parecía que el mundo debía quedar así para siempre, vestido de luto”, remataba en una especie de síntesis visionaria de la filosofía discepoleana. Una perfecta combinación de sus lecturas adolescentes de escritores del subsuelo, rusos especialmente, Dostoievski, primero, y los simbolistas franceses, en un entrevero callejero de cafés y milongas desde Plaza Once a Parque Patricios y Floresta.

Intentó en vano su hermano una carrera de magisterio para Enrique, que se hacía la rabona para leer Almafuerte y Baudelaire. Las artes eran su vocación irrenunciable, antes la actuación que la música, Discépolo siempre anotó “actor” antes que “compositor” en sus documentos. Durante su vida jamás escribió una partitura, necesitó a músicos de la grandeza de Mariano Mores, “Yo nunca dejé de ser actor. Justamente, mi obra de autor yo la veía más que nada desde el plano del intérprete”, rescata Noemí Ulla, “Y lo mismo me ha ocurrido con mis tangos. Casi todos están concebidos y realizados en base a un tipo. Estando en Europa, he llegado a recitarlos como actor, suprimiendo la música”, admitía el compositor de “Martirio”, que nunca dejaría de tocar una “guzla”, un instrumento pobre de una cuerda sobre una lata de aceite, y  que conservó hasta su muerte.

Con menos de veinte estrena su primera pieza teatral “Los Duendes” en el Teatro Nacional de los Podestá,  e integra la compañía de Blanca Podestá. Comienza su vínculo fundamental con el periodista uruguayo Roberto Tálice, que amplía sus horizontes intelectuales, y traba amistad con círculos populares de artistas y de la bohemia, en particular con el Grupo Boedo y los Artistas del Pueblo de La Boca. Durante una gira de la compañía de su hermano, el estreno de “Mateo”, donde Enrique actuaba y también escribía, coautor de “El organito”, germen del grotesco en el teatro nacional, compone en un hotel de San José del Uruguay su primer tango en 1924, “Bizcochito”, “Vos Maleva sos/ lo que brindas/Vicio, amor y perdición” en un anticipo de la representación del amor en Discépolo, te salva o te destruye. Pasa desapercibido como sus sainetes, y tangos posteriores, hasta que en 1928 Azucena Maizani transforma en éxito “Esta noche me emborracho”, “Este encuentro me ha hecho tanto mal/Que si lo pienso más termino envenenao”, otra vez pescando en el aire el clima suicidado de los treinta, Leopoldo Lugones, Horacio Quiroga, Alfonsina Storni, entre tantos notables de un lúgubre fin de época. Esa noche consagratoria en el teatro Maipo, y la relación con una cosmopolita cupletista española, de moda en Buenos Aires, Anita Luciano o, la más conocida Tania, comenzaron una escalera ascendente que tendrían triunfal el aplauso cerrado en la noche de la Negra Bozán inmortalizando “Yira Yira” Justo en el momento que el tango clamaba una renovación, Discépolo enlaza olímpicamente las luces y sombras como nadie. Y como nadie levante su dedo acusador y crítico social, Discépolo, uno de nuestros grandes maestros morales argentinos, a la par de Roberto Arlt y Raúl Scalabrini Ortiz.

Enrique Santos Discépolo

 

Buenos Aires tiene su poeta eterno

Cuentan que una vez el enorme Homero Manzi entraba al mítico Tropezón de la avenida Callao y desde la mesa gritan “allí viene el poeta de Buenos Aires” Y el santiagueño, letrista de “Malena” y “Sur”, dos monumentos de la poesía porteña nomás, pregunta: “¿Qué le pasó a Discépolo?” Y a Enrique se le piantó un lagrimón, era lo que necesitaba, ya que empezaba a sentir cómo quienes lo habían encumbrado por su talento en el tango, el teatro y el cine, ahora lo lapidaban despiadadamente por su adhesión al peronismo. Pero volvamos a sus pasos más creativos junto a Tania, la endiablada musa, y en el momento en que el tango encuentra a sus poetas en los caminos abiertos por Celedonio Flores, no solamente con la lengua popular, sino con una capacidad reflexiva y metafísica que se aplicaba en 1930. Y en el 2021 y el 3000, también, “el personaje de mis tangos es Buenos Aires, la ciudad. Alguna sensibilidad y un poco de observación han dado materia a mis letras…un tango puede escribirse con un dedo, pero con el alma; un tango es la intimidad que se esconde y es el grito que se levanta desnudo”, dice Discépolo, quien obtiene éxitos con “¡Victoria!”, “Confesión”, “Justo el 31” y “Soy un arlequín”, “Soy un arlequín,/Un arlequín que canta y baila/Para ocultar/Su corazón lleno de pena”

Escribo tangos porque me atrae su ritmo. Lo siento con la intensidad de muy pocas otras cosas”, admitía Discépolo, en quizá la única influencia musical de padre Santo, “Su síntesis es un desafío que me provoca y que yo acepto complacido, aún de los malos ratos que pasó gestándolo ¡Decir tantas cosas en tan corto espacio! ¡Qué difícil y qué lindo! Me subyuga esa lucha. Dicen que sacrifico la línea melódica en homenaje a la letra, y están en un error. Yo rompo de intento la imagen musical trazada. Me lo exige una necesidad. Quiero que la música diga lo que luego aclararán aún más las palabras”, se defendía a principios de los treinta, un compositor que sin saber música revolucionó la canción porteña, en formas cercanas al blues y jazz norteamericano, como bien señala Sergio Pujol,  Discépolo admirador de Gershwin -de este fuente hay un paso al rock argentino- Por aquellos años no solamente enfrenta la crítica musical sino que la censura en los medios masivos, iniciada en el último año de la presidencia de Yrigoyen, y que exige eliminar del repertorio de los cantores populares sus composiciones por la lírica lunfardesca, “si mi país, cosmopolita y babilónico, manoseando a diario las palabras, las entiende, y yo las preciso, las enlazo lleno de alegría; nuestro lunfardo tiene aciertos fonéticos estupendos. Quieren matarlo. Hacen reír. Si se descuidan se va a tragar a la Academia ¡Que se ande derechita!”, exclamaba de un situación que sólo se superaría en 1949, y por su relación personal con Evita y el general Perón.

La primera parte de la década los Discépolo, Tania y Enrique, son parte de la noche porteña, que se apaga de a poco a medida que aumenta la represión -y la picana del hijo de Lugones-, y estrenan comedias musicales con varios tangos, “Caramelos surtidos”, “Mis canciones” y la adaptación de la opereta alemana “Wunder Bar”, un protagónico hecho a la medida de Enrique, “sabe que la vida actual es horrible…recomienda el olvido, y la alegría, pero no la ignorancia” Y antes de la partida de Gardel a la fama europea, y Hollywood, filman juntos uno de los famosos encuadres, adelantos de videoclips: una versión explicada de “Yira Yira”, “un hombre que ha vivido 40 años la bella esperanza de la fraternidad”

Parten los Discépolo el 11 de diciembre de 1934 a una larga gira europea, con una apoteótica despedida en el Luna Park, pero antes deja las canciones para la película “Alma de bandoneón” de Mario Soffici varios tangos, entre ellos “Cambalache”, que no solamente fue un éxito instantáneo en el país del negociado y la proscripción de las masas, Argentina, sino que también arrasó en la España republicana, “como una llovizna fina y persistente, el tango empapa a la larga, empapa” A su regreso vuelve como actor en la compañía de Armando, pese al recelo de su hermano mayor cada vez más con Tania, aunque el mundo del cine captura su atención escribiendo, o dirigiendo, “Cuatro corazones” o “Caprichosa y millonaria”, film endebles que son olvidados rápidamente. Habría que esperar a “El hincha” (1951), con su argumento e interpretación, y codirección junto a Manuel Romero, para sumergirse en el universo discepoleano versión fílmica, un séptimo arte que según Ulises Petit de Murat, el autor de “Canción desesperada”, no comprendía del todo, “no entendía la sucesión implacable de mil doscientas figuritas…se multiplicaba en anécdotas…-no aparecía el don- de Discepolín que podía encender -con sus palabras- la noche más cerrada, hasta el alba” Para los cuarenta, Discépolo era un leyenda viviente de la cultura porteña, un tesoro nacional del tango, en una postal urbana mítica que sólo recogería Aníbal Troilo -quien se arrepentiría eternamente no haber compuesto un tema con Enrique, a quien dedicaría “Discepolín” con Manzi.

 

Mordisquito, una de las primeras víctimas de la Grieta

Distanciado de Tania afectivamente y literalmente, vivió un tiempo en México -y existen indicios que tuvo un hijo con la actriz y periodista azteca Raquel Díaz de León-, en una época turbulenta hasta su definitivo regreso en 1947, un poco para recuperar el amor de su musa, otro por las actividades gremiales en la flamante SADAIC - Sociedad Argentina de Autores y Compositores de Música- y, finalmente, en abierta adhesión al peronismo. Discépolo se transformó en una especie de consejero de Eva Perón, que agradecía un gesto solidario cuando ella era una desconocida actriz en Radio Belgrano -un rasgo generoso y desprendido que caracterizó a Discépolo, que ayudaba sin mirar a quien; en otra similitud con Pichuco Troilo. Sobresale en este periodo el tango con Mores, “Sin palabras”, “Sin decirlo esta canción dirá tu nombre,/Sin decirlo con tu nombre estaré yo./Los ojos casi ciegos de mi asombro,/Junto al asombro de perderte y no morir”, un declaración de amor abolerada que va de Buenos Aires al DF México. Y obviamente con Mores, “Uno”, ¿hace falta transcribir la letra? Debería ser el himno nacional…”Cafetín de Buenos Aires” de 1948, otra vez con Marianito, es el último tango estrenado en vida.

Son los tiempos que Discépolo siente que el “fondo oscuro del vivir” empieza a cambiar, la taba cambia para los “inquilinos -del conventillo- que habitaban un mundo donde el tacho era un trofeo y la rata un animal doméstico”, y  merma en su producción artística, salvo una nueva letra para el  clásico “El choclo”, a solicitud de Libertad Lamarque, una de las pocas artistas que no le dieron vuelta la cara. Pero era una excepción de antiguas amistades que no se cruzaba de vereda, o boicoteaba su espectáculo “Blum!”, algo que se acentúo  con las columnas radiales de Mordisquito, y en apoyo a la candidatura por la segunda presidencia de Perón. En vano trató  Discépolo de excusarse y salía desde los mismos camarines del teatro, ya con síntomas de una enfermedad que no se podía discernir ni diagnosticar. Tristeza infinita en el hombre que era la voz de un Pueblo, mostraba sus llagas y heridas, pero que no soportaba las propias “Vos que sos capaz de llorar a gritos con una película de esclavos y lo has estado viendo morir a tu lado” discutía con un “contrera” Mordisquito, que en las ¿ironías? del destino terminó siendo un sinónimo más de Discepolín “Estoy tan flaco que las inyecciones me la tienen que dar en el sobretodo”, bromaba Enrique que acabó pesando 37 kilos. Vivía a whisky y ajo. Falleció apenas pasada la medianoche del 23 de diciembre de 1951.  Entre los tangos inconclusos, “Mensaje”, “Andrajos”, “Un Caín”, estaba “Fangal”, que los hermanos Expósito terminaron de darle forma, “Fui un gil/porque creí que allí inventé el honor,/un gil que alzó un tomate y lo creyó una flor./Y sigo gil/cuando presumo que salvé el amor,/ya que ella fue/quien a trompadas me rompió las penas.../Ya ven,/volví a la mugre de vivir tirao./¡Caray!/¡Si al menos me engrupiera de que la he salvao!...”

Grité el dolor de muchos, no porque el dolor de los demás me haga feliz, sino porque de esa manera estoy más cerca de ellos. Y traduzco ese silencio de angustia que adivino”, enfatizaba el artista con alma llena de Pueblo. Discepolín, para que los inmorales no nos ganen.

 

Fuentes: Ulla, N. Tango, Rebelión y Nostalgia. Buenos Aires: Editorial Jorge Álvarez. 1967; Pujol, S. Discépolo. Una biografía argentina. Buenos Aires: Emecé. 1997; Ferrer, H. Sierra, L. Discepolín. Buenos Aires: Sudamericana. 2004; Galasso, N. Discépolo y su época. Buenos Aires: Corregidor. 2004

Fecha de Publicación: 27/03/2021

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