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Buenos Aires - - Lunes 15 De Agosto

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El histórico legado de Luis Alberto Spinetta, a diez años de su partida física.

La obra de un creativo tan importante e inolvidable en la historia del país, no es valorado en el nivel que realmente corresponde, vulgar etapa donde el mundo digital no titubea en proclamar a “artistas” a aquellos que buscan ser “famosos” por un efímero tiempo.

Música

Los medios aman la numerología y los aniversarios, les encanta decir la cantidad de goles que tiene Lionel Messi en toda su carrera, la millonaria cifra de seguidores en Instagram de Tini Stoessel y cuántas veces un presidente argentino mencionó la palabra democracia dentro de la inauguración de las sesiones legislativas. La obra de Luis Alberto Spinetta, genial e inconmensurable músico que hace una década cometió el doloroso “pecado” de abandonarnos antes de lo previsto, debería ser materia obligatoria en las clases de arte de todos las escuelas, universidades y demás institutos y lugares de formación cultural, algo que también debería ocurrir con lo sembrado por Charly García, Gustavo Cerati, Federico Moura y Norberto “Pappo” Napolitano. Lejos de ese utópico sueño, actualmente las nuevas generaciones parecen disfrutar hoy mucho más la vulgar doctrina de contenidos provenientes de Miami, donde los infinitos mediocres del rubro, con ayuda del entramado de marketing y productores dentro de un estudio de grabación, no descansan jamás en confeccionar esas situaciones sonoras sencillamente  vergonzosas que atronan los parlantes monoaurales.

 

 

El concepto de poesía en todos los nuevos intérpretes, es tan difícil de encontrar como un manual de trigonometría espacial dentro de un local de delivery de sushi. A nadie parece importarle la métrica gramatical, la rima y los verbos conjugados correctamente, porque al parecer lo más importante es “cuántos seguidores tiene en Facebook, Twitter, etcétera”, metodología donde cada vez menos personas aprenden a tocar una guitarra, un piano o un instrumento de viento. Lo más sencillo parece ser echar mano de la moderna computadora portátil y desde algún avanzado programa, crear algo de manera sencilla y rápida, porque “hay que subirlo a las redes”. Si a Luis Alberto Spinetta le hubiesen comentado a finales de los años ‘60s que el mítico arte de combinar los sonidos, descripción de lo que por ese momento se entendía como “música”, iba a ser reemplazado por tecnócratas armando una gama de secuencias de elementos ya compuestos o ejecutados, probablemente no hubiese dudado en tomar uranio enriquecido y hacerlo explotar, entendiendo que el destino de la cultura argentina no merecería terminar como un “Mondo di cromo”, donde entre tantas redes y mediáticos, algunas personas dijeran bastante tristes “yo quiero ver un tren, no lo recuerdo”.

Luis Alberto Spinetta

Hace una década, los argentinos muy cerca del mediodía, se enteraron que el descomunal guitarrista, cantante y compositor Luis Alberto Spinetta había ingresado a la inmortalidad, después de batallar con un cáncer pulmonar que lo tuvo muy a maltraer en esas últimas temporadas de maravillosa siembra. La noticia, tuvo el mismo impacto que tienen esas novedades sociales que afectan a multitudes, más si las une el amor por la música en estado puro, sin olvidar a un fantástico padre que además de cuidar a sus hijos, cocinaba muy bien antes que la televisión abierta pusiese a otros colegas a hacer lo mismo dentro de un estudio de filmación. El desgarrado dolor, sumado al estupor que provocó que todas las radios, canales y demás estructuras comunicacionales difundieran una letal noticia que nadie jamás hubiese querido escuchar en vida, en la actualidad expone que el legador del fenomenal cantautor y guitarrista no es honrado en vida, por las nuevas generaciones de personas abocadas a esa modalidad artística. Pareciera que ya no tiene gran sentido tener y desarrollar una buena voz, sabe ejecutar con gran majestuosidad una guitarra y mucho menos componer obras con cierta complejidad que no parezcan en apariencia, una vulgar hamburguesa recalentada a la que le pasó por arriba una motoniveladora.

 

Evocar a un infernal monstruo artístico de los deslumbrantes kilates del “Flaco”, para muchos medios es decir que “se cumplen diez años de la muerte de Spinetta” y tras cartón poner un video del músico entonando “Muchacha ojos de papel”, como si hubiese sido la única canción que compuso en vida. Otros panoramas informativos ni siquiera gastaron 90 segundos en evocar un durísimo aniversario, porque es más importante difundir el gran escándalo de un personaje del mundo tropical, que camina a terminar acribillado por sus rivales del negocio. La cultura en estos momentos sangra de tristeza, porque cada vez quedan menos tiendas especializadas o locales de culto donde comprar vinilos, cassettes o compacts disc, porque ahora la única prioridad es permitirle a una plataforma digital que disponga a su antojo, de catálogos que son emitidos por esos difundidos sistemas digitales con un audio final tan vomitivo como impresentable. A Luis Alberto Spinetta que muchos tuvimos la bendición de conocer por distintas circunstancias, jamás le hubiese agradado que su música terminara envasada en un muy modernoso celular, donde todo suena igual de feo y achatado. Mirando su último disco en vida sin publicar, tentativamente titulado “Los Amigos”, el “Flaco” hubiese dicho mirado el master del registro esa histórica frase “Rezo por vos” y todos después hubieran acompañado su expresión con un locuaz “Amén”.

 

Spinetta

Lo más extraordinario de la legendaria obra de un músico, poeta, cantante y guitarrista de su talento, es que jamás especuló con las modas, tendencias u opiniones. Siempre hizo lo que quiso, sabiendo que esa apuesta creativa solo debería conformarlo sin pensar en todas las reacciones que provocaría. Cada una de sus bandas lleva un contexto y coloratura que jamás se olvidará, sin olvidar tampoco una carrera solista tan excitante y valiosa, como lo suficientemente provocadora de nuestros sentidos. Anticipando el desenlace que llegaría a su devenir planetario, le regaló al universo un espectáculo tan perfecto y demoledor que a esta altura de los acontecimientos, debería ser reproducido por las radios todos los fines de semana de manera completa, por más que el show de las “Bandas Eternas” grabado ese 4 de diciembre de 2009 en la cancha de Vélez Sarsfield exceda las cinco horas y media de duración. Las nuevas generaciones, absolutamente confundidas por una infraestructura de marketing siniestra, van a lo sencillo, esquivando el duro riesgo de bucear en una obra tan intensa como maravillosa, para nadar haciendo la plancha con una batería electrónica sobre la que un terrícola habla, sin cantar, destroza las vocales y todas las consonantes con una despiadada ametralladora interpretativa, mientras los comunicadores se llenan de saliva la boca pronunciando la expresión “trap” como si fuese un mantra cósmico.

Luis Alberto Spinetta

En estas horas los medios, acostumbrados a ese fenómeno numérico, remarcaron que son diez los años sin la presencia física de Luis Alberto Spinetta. Su música, poesía y ese gran sentido del humor que ocasionalmente desplegaba para reconfortar a quienes lo querían a cada segundo por sus fenomenales reacciones ante el mundo conservador, todavía siguen siendo el mejor testimonio de un artista tan perfecto como innovador, cuando nadie quería romper los moldes de lo establecido. Algunos aficionados lo colocarán en el altar de sus sueños, rememorando cada álbum que pudieron comprar en una vieja disquería, mientras las nuevas generaciones lo sumirán en un criminal olvido, apurados en llegar al trabajo o lugar de destino, totalmente enfrascados con esos auriculares blancos inalámbricos del celular, mientras suena ese sonido del lavarropas descompuesto con una voz arriba carente de afinación que pronuncia un montón de sandeces. La verdadera cultura se mantiene conmocionada por el adiós de un mágico ser que emocionó a varios millones de oyentes, cuando la música era algo cargado de seriedad en el acto de escucharla y no una música de fondo que ahora suena como banda de sonido, en esos chocolatines metálicos donde convive con mensajes de texto, voces con bocinas de fondo o miles de fotos que exhiben una pasmosa intrascendencia. Luis Alberto Spinetta cometió potencialmente un supuesto error, el haber pronunciado esa frase de “mañana es mejor”. A juzgar por todas las conductas del presente, donde la cultura musical atraviesa la mayor crisis de toda su historia, pocos titubean al escuchar este presente cargado de inagotable mediocridad y tecnología, afirmando sin titubeos que “mañana es peor”, y nadie podrá realmente a la luz de los hechos culparlos por decir simplemente una lapidaria verdad ante el resto de la sociedad.             

 

Imágenes: Prensa Sony Music Argentina / Télam / Ministerio de Cultura

Fecha de Publicación: 10/02/2022

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