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David Lebón volvió al Rex: Un maestro imprescindible al servicio atemporal de la música

Después de algunas presentaciones outdoor con aforo limitado y unas pocas fechas ya con la capacidad completa de las salas, el guitarrista de Serú Girán concretó su primer evento porteño con dos shows que reunieron 7000 espectadores en la sala de la calle Corrientes.

Hemos escuchado hasta el hartazgo la frase “Eric Clapton, el Dios de la guitarra”. Nadie a esta altura de los acontecimientos se anima a cuestionarlo, por más que en el mundo haya al menos unos diez guitarristas con igual o más talento que el fundador de “Cream”, una gran picardía inglesamente criolla, que existe instalada social y culturalmente en el acerbo de todos los continentes. Los británicos saben que Clapton es un monstruo de la guitarra y lo ostentan constantemente, como una de sus cartas diplomáticas a la hora de divulgar sus canciones como un decisivo as del mazo de naipes cultural. En Argentina, no tenemos a la fecha realmente nada que envidiarle a los oriundos del Reino Unido, por más que el feroz desconocimiento de una parte de las nuevas generaciones todavía no se hayan acercado al majestuoso cancionero de un artista de idéntica calidad y trascendencia cultural. Nuestro país tiene un inconmensurable monstruo de la guitarra, un cantautor que además participó de muchas de las bandas claves de la historia del rock argentino, detalle trascendental en la poderosa influencia que sus obras adquirieron con el paso de las décadas. Si después los habitantes de este territorio no lo valoran como corresponde, deberán hacerse cargo de un ninguneo tan impresentable como macabro.

Tenemos la suerte de contar en Argentina, con alguien que artísticamente siempre estuvo con todas sus obras a la altura del señor Eric Clapton e incluso un poco por arriba de este, en determinadas situaciones. Las tres únicas diferencias que lo separan del músico inglés, son las respectivas cuentas bancarias, la trascendencia mundial de la carrera del británico por emerger de esa nación y la magnífica consideración que la mayoría del público del Reino Unido observa por el autor de “Layla”, mientras que aquí en Argentina, recién en los últimos siete años creció la correcta valoración de la trayectoria del autor de “Y si de algo sirve”, por un público joven absolutamente aturdido de escuchar patética chatarra sonora, que por ahora encanta hipnóticamente a las discográficas, pero que tiene gracias al destino inexorable fecha de vencimiento. Tenemos por suerte aquí en Argentina hace muchas décadas un inconmensurable maestro irrepetible de las seis cuerdas, fenomenal y sensible cantante que además diseñó decenas de composiciones que en cualquier escuela de arte deberían ser de escucha obligatoria hasta recibirse. Este país por suerte puede jactarse de decir que existe un David Lebón que revolucionó el rock con sus mejores arquitecturas musicales, un músico que si no existiese habría que generarlo de un modo genético-artístico para que esta parte del continente sea menos triste y horrible, saturado brutalmente en la oscurísima actualidad de mediocres impresentables, quienes dicen muy descarados que hacen rock y solo dan honestamente mucha vergüenza.

 

 

El destino, las coincidencias y las comparaciones juegan un insólito papel en el análisis de las circunstancias que nos tocan atravesar. Hace 30 años, Conor Clapton, pequeño hijo del histórico guitarrista inglés y la modelo Lory Del Santo, perdía la vida cayendo del piso 53 de un rascacielos en New York, un suceso que marcó la vida del músico inglés que recién al componer “Tears in heaven” (lágrimas en el cielo) pudo exorcizar ese enorme dolor que lo hería lacerante cada segundo después de aquél episodio. Hoy David Lebón entiende lo ocurrido, a pocas semanas de atestiguar la muerte de su hija Tayda, esa brillante piba que felizmente lo acompañó a fines de los ‘80s tocando la guitarra con él en el Teatro Opera, momentos de enorme felicidad cuando la primogénita del “Ruso” subió a tocar junto a su padre en la oficialización del disco “Contactos”, los dos de traje marrón, en una noche de lujuria rockera que nadie podrá borrar. Esa reciente pérdida ocurrida en New York, donde el joven residía en las últimas temporadas, fue un brutal impacto que el ánimo del maestro de las seis cuerdas no pudo disimular el último fin de semana, cuando finalmente subió al escenario del Gran Rex para ofrecer lo mejor de sí en dos conmocionantes noches ante un público que no escatimó ovaciones de pie, prolongados aplausos y frases que respaldaron al superlativo instrumentista y cantante en incontables ocasiones.

Si bien había concretado algunos escasos conciertos en esas pausas operacionales que las restricciones sanitarias avalaron de vez en cuando, época donde ofreció un recital afuera de Obras a principios de esta temporada de enorme brillantez, este fin de semana en esa magnífica caja acústica del Gran Rex ocurrieron los primeros shows del guitarrista con el aforo completo de un teatro inigualable para ver y escuchar música en serio. Lo ocurrido en los Estados Unidos recientemente y la vuelta a la “vieja normalidad”, por más que todo el público deba cubrirse parte del rostro por esta agresiva enfermedad generada hace dos años criminalmente en un laboratorio chino, tiñó la sensorialidad del inmaculado artista, un concierto que más allá de ofrecer pasajes agradables, quedó envuelto en un invisible luto que corporizó reacciones del músico haciéndole entender a sus fans que seguir luego de una tragedia de esas características no se concreta de manera inmediata. La presencia de Pedro Aznar en ese recital, un enorme creativo que tal vez no tenga en Argentina todos los reconocimientos que merece después de ofrendar décadas y décadas de maravillosas obras y fenomenales ejecuciones en vivo lindantes con el éxtasis más sublime, fue uno de los momentos más emotivos del primer show en la sala de la Avenida Corrientes, velada donde el anfitrión piloteó lo mejor que pudo sus sismos emocionales ante lo ocurrido, en una época donde cada pérdida desanda heridas de profundidad desgarradora.

 

 

Los primeros rebotes noticiosos y también algunos comentarios en las redes sobre todo lo ocurrido el viernes aludían a eso, a la afectación emocional del intérprete delante del gran número de asistentes recordando su pérdida y poniéndole la mejor voluntad a sobrellevar una circunstancia así, un contexto que tornó a la primera de las dos funciones en un show más intimista y donde lo ceremonial aplacó el entusiasmo de la gente. Probablemente los que tenían tickets para el último recital en el Rex, enterados de la situación, asumieron en la sala una predisposición distinta, lo que modificó sustancialmente el clima de la segunda presentación en el Gran Rex. Bastó que terminara el tema de apertura con “Cuanto tiempo más llevará” para que la sala entera se pusiera de pie a aplaudirlo por varios minutos de un modo muy entusiasta, para que el anfitrión de ese espectáculo entendiese que su gente allí estaba para acompañarlo más que nunca. Sonriendo y dejando traslucir que no ocurriría lo acaecido en la primera noche, el notable guitarrista atinó a decir “están con mucha energía, tírenmela toda a mí que yo se las devuelvo”, mientras la gente seguía respaldándolo frente a esta particular situación. En lo estructural, el segundo show mantuvo comprensiblemente el listado del primero, pero la potencia que se percibía arriba del proscenio en la última de estas presentaciones obviamente era mucho mayor con el artista más tranquilo y apoyado.

 

 

Asistir en los últimos años a un concierto de David Lebón, es simplemente sentarse en un confortable asiento de teatro para presenciar una “masterclass” de lo que significa ser en el cruce de milenios un solista de rock. Ubicado en el centro del escenario, con una carga de paz y concentración, el músico deja claro que sus conocimientos y su forma de interpretar evolucionaron a velocidad subsónica, ubicándolo en la actualidad como un gran referente del instrumento, que sabe cuando dosificar la acción de sus dedos en el diapasón o aquél instante en que su mano izquierda adquiere una velocidad y precisión infartante. Cultor de la escuela de B.B.King, es decir aquella docencia interpretativa donde se puede transmitir mucho tocando apenas unas pocas notas, la maestría del guitarrista permite a cada segundo advertir una delicada orfebrería en esa tarea, dotando a las canciones de lo necesario, pero sin olvidar que en enérgicas piezas de rock, sus dedos parecen dos Fórmula 1 que buscan la punta de la carrera de manera enloquecida sin pifies ni malas apoyaturas. El concierto tras la apertura desnudó esas situaciones, una performance donde la garganta del cantante es por lejos una de las mejores en la historia del rock argentino, espectáculo que activó en ese arranque clásicos como “Dejá de jugar”, la contundente “Sin vos voy a estallar” o algo más reciente como “Encuentro supremo”.

El primer momento fuerte de la noche, ideal para entender lo que significa apreciar a una leyenda como Lebón, surgió apenas arrancó “Esperando Nacer”, un enorme éxito de esa inolvidable época con Serú Girán, donde se notó la vigencia de una de las canciones más significativas de aquella formación, uno de los dos grupos de rock más importantes en la historia de este país. El entretenido show luego siguió con “No llores por mí reina”, tras lo cual el protagonista de la noche advirtió la presencia en las primeras filas del cantante Kevin Johansen, a quien invitó a subir al escenario para encarar ”Parado en el medio de la vida”, un tema que ambos prefirieron cantar de manera dual sin fragmentar las líricas del mítico hit de los ‘70s. En esta segunda función, ya sin Aznar de invitado, David encaró a pocos minutos de la mitad de show el pequeño bloque acústico con dos magistrales perlas de su repertorio, como “El tiempo es veloz” y “San Francisco y el lobo”, tras lo cual tomó la programada determinación de cederle el liderazgo vocal a su guitarrista Daniel Ferrón, quien hizo una versión de “Credulidad” tan sensible como adecuada para ese momento de la presentación, donde la interpretación del violero rítmico fue muy cercana a la de Luis Alberto Spinetta en esa magistral evocación.