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Daniel Piazzolla: “En el mundo, quien representa la música de Buenos Aires es Piazzolla”

En el centenario de Astor Piazzolla, en exclusiva para SerArgentino.com los recuerdos y reflexiones de su hijo Daniel: “Piazzolla era un provocador nato y le gustaba pelear”, confiesa.

Música
Daniel Piazzolla

Daniel Piazzolla hacía compañía a su padre durante el reposo después del infarto de 1973. Entre las charlas junto a la cama de Astor Piazzolla, en plena efervescencia creativa en el Noneto, y combustionando el tándem vital Horacio Ferrer y Amelita Baltar, aparecían constantes referencias a los sonidos del jazz y el rock que imponían Miles Davis y Chick Corea. Ambos admiraban los trabajos orquestales de Quincy Jones, que incluían instrumentos eléctricos en su mayoría.  Unos años después, la enésima pelea con Amelita haría realidad una de las etapas más experimentales, y menos comprendidas, de la trayectoria de Piazzolla, el Octecto Electrónico, o el “conjunto electrificado”, como el bandoneonista y compositor marplatense llamaba a veces “Persecuta”, o el vivo “Olympia 77”, reclaman nuevas escuchas.

“Yo prácticamente le presenté los sintetizadores a mi viejo”, acota Daniel desde Villa La Angostura, donde celebrará el centenario paterno en la intimidad de su familia. “A mí me contacta mi papá en 1975, justo se separaba de Amelita, y llama desesperado desde Italia de que se sentía muy solo, y que tenía ganas de matarse. Era típico de Astor exagerar. Además, se la pasaba despotricando contra Roma y que extrañaba Buenos Aires. En mi vida personal era un momento también complicado porque estaba por nacer mi hija Daniela. Pero a los diez días llaman de Aerolíneas Argentinas para avisarme que tenía un pasaje a mi nombre. Tuve que ir de raje con el sintetizador porque no quería dejar mis estudios. Cuando llego a Italia pregunta qué cargaba en una valija enorme, y qué era un sintetizador,  y que para qué había traído esa porquería, y que nos teníamos que mudar de nuevo a Buenos Aires. De hecho había un contrato de grabación en Milán y volvíamos pronto”, dice el pianista y compositor Daniel, con varios tangos con letra de Ferrer, y que se retiró en 1992 en un Octeto de homenaje a su genial padre. En esa agrupación debutó Pipi, su hijo baterista Daniel, quien con renombrados proyectos, entre ellos “Piazzolla plays Piazzolla”, nominado su grupo Escalandrum al Latin Grammy en 2011, continuó la herencia musical de los Piazzolla.

 

Periodista: ¿Y cómo convenció a su padre para que se acerque al sintetizador?

Daniel Piazzolla: Un día aburrido pregunta mi padre para qué servían tantos botones y empecé a demostrarle todas las posibilidades que tenía el instrumento. En ese momento se dio cuenta de que los efectos que hacía con la boca,  silbaba a veces tipo sirena, o golpeaba al bandoneón, los podía hacer con este aparatito. Entonces empezó escribir con ese sintetizador, en un teclado de tres octavas, porque teníamos que grabar para tres películas, la Suite Troliana, y música para un disco de José Ángel Trelles. O sea que debíamos registrar como para cinco discos en dos semanas, algo en lo que el sintetizador ayudaba mucho. Las películas eran “Lumière”, “Adiós Santiago” y “Viaje de Bodas”  Antes de grabar, me agarra en la entrada del estudio: “Vos sos mi hijo, no te podés equivocar. Además vas a cobrar la mitad del resto de los músicos porque tenés que pagar derecho de piso”. Y para mí esa chance significaba la gloria. Hubiese hecho gratis el trabajo. Imaginate que grabé igual con un cagazo tremendo.

 

Periodista: Las opiniones sobre esa experiencia electrónica no suelen ser positivas. Incluso el mismo Piazzolla…

DP: Es una etapa fantástica poco conocida de Piazzolla, y en las dos versiones que tuvo el octeto. Entre 1975 y 1977 se ganó a toda la juventud. En el concierto que dimos en Buenos Aires, en agosto de 1976 en el Gran Rex, estaban Charly García y Luis Alberto Spinetta aplaudiendo como bestias. Y atrapó a esa parte del público que era su objetivo. Sé que mi viejo decía que esos arreglos había que considerarlos con olor a pizza porque los habíamos hecho en Italia. Sin embargo, en el último auto que tuvo había un solo casete, y era la grabación en vivo del Octeto en París, en 1977.

 

P: ¿Existe un estilo Piazzolla?

DP: No existe un estilo Piazzolla explicable. Es que, con todo lo que había estudiado, encaró al tango de una forma totalmente distinta. Nunca se propuso en palabras revolucionar el tango, sino que simplemente lo hizo. Cuando él termina de estudiar con Nadia Boulanger en París, la maestra de maestros del siglo pasado, ella lo orienta para que deje de hacer las obras sinfónicas que venía escribiendo, y se dedique exclusivamente a su instrumento, el bandoneón, y al tango. Así que él tomó esa música con todos los herramientas que tenía a mano, con su genialidad, pero nunca quiso asesinar el tango. Piazzolla sintió la música de Buenos Aires a su manera, ni más ni menos.  A fines de los cincuenta fue al único al que se le ocurrió cambiar al tango, y el único que se animó a mover una escena adormecida.

Daniel Piazzolla

Se viene, se viene, se viene el piazzollazo

P: ¿Cree que superamos el rechazo a nivel local hacia la música de su padre?

DP: Está totalmente saldada esa vieja discusión sobre si Piazzolla es tango. Hoy es difícil imaginar la guerra de los tangueros de acá contra mi viejo, a principios de los cincuenta. Hoy, en el mundo, quien representa finalmente la música de Buenos Aires es Piazzolla.  Y en el mundo nadie lo discute porque su arte está prácticamente considerado música clásica contemporánea. Vos, si lo buscás en una disquería afuera, no lo ponen en tango, sino que lo ubican en jazz o música sinfónica.

Gracias a Dios yo pude tocar tres años con él en Europa y sentí la adoración que tenían en el Viejo Continente. En Alemania se lo considera uno de los mayores compositores del siglo XX. Te diría que en Europa el único país donde su presencia, e influencia, no es tan visible es en España. Pero en Japón y Rusia es tremenda su consideración como artista y visionario, me cuenta mi hijo Pipi. Por ejemplo, en Rusia, cuando hay un cambio político, y se remueven estructuras, se lo llama piazzollazo.

 

P: ¿Cómo vivía la familia la hostilidad en los cincuenta?

DP: Y un poco la padecíamos porque había taxis que no nos querían subir. Aunque también había otros que nos cobraban porque era Piazzolla. U otros que le gritaban asesino. Yo he visto peleas de mi viejo en la calle que terminaban con el primer golpe de Astor porque colocaba la zurda como ninguno. Con la mano ahuecada castigando en la oreja rival, los tipos que lo insultaban terminaban nocaut.

 

P: ¿No temía lesiones en los dedos?

DP: No medía las consecuencias. Por suerte nunca le pasó nada en la mano, pero también digo que nunca perdió un mano a mano.

 

P: ¿Dónde aprendió?

DP: A pegar duro lo aprendió en la infancia en Nueva York. Astor estaba metido en una patota manejada por los judíos. Sus amigos eran de la colectividad en la Calle 9. Y los clásicos resultaban las peleas entre los del barrio chino contra los judíos, o los del barrio italiano contra los judíos. Y en el medio estaba pegando Astor. Así aprendió a pelearse y, además, mejoró cuando estudió boxeo.

 

P: ¿Qué fue Estados Unidos para su padre?

DP: La segunda patria donde vivió casi catorce años.

 

P: ¿Y cómo fue la vuelta con la familia formada con Dedé Wolff, casados en 1942?

DP: La pasamos muy mal los años que decidió probar suerte en Norteamérica desde 1958. Fueron casi tres años al límite de la pobreza. Mi viejo conseguía trabajos espaciados como arreglador, o algunos shows en programas televisivos del tipo de Ed Sullivan, aunque esas actuaciones eran básicamente por la rareza del instrumento. Las magras participaciones en espectáculos en ningún momento le redituó un laburo ni contactos. Y cuando decidimos volvernos fue un serio problema porque no teníamos la plata para el viaje, ni tampoco para hacer una mudanza de una punta a la otra punta del continente. Había fracasado la idea del viejo de asentarse en Nueva York para vivir. Y lo que pasó en ese momento fue providencial porque la editorial francesa ofreció un adelanto equivalente a los cuatro pasajes, más algún mango adicional, por los derechos de “Adiós Nonino” durante 25 años. Imaginate la guita que hicieron, un negoción, pero nosotros estábamos liquidados. Con eso pudimos volver en el carguero Río Tercero, que demoró casi un mes en arribar a Buenos Aires.

 

P: ¿Cómo era Piazzolla padre?

DP: Cuando vivíamos juntos fuimos muy unidos, muy familieros. Éramos como una sola persona. Todos hablaban de las Tres D de Piazzolla, Dedé, mi mamá; Diana, mi hermana; y yo. Esto se mantuvo hasta que fallece mi abuelo, que mi viejo respetaba a muerte, mi abuelo Nonino, quien le dijo a mi padre que, si le hacía algo Dedé, lo iba a matar porque la quería más que a él. Cuando mi abuelo Vicente se muere, Astor se desbanda. Empieza salir más de noche, a putanear, y todo terminó con la separación de mi vieja en 1966 (piensa). Fue un gran cambio en la personalidad de mi padre tras la muerte de mi abuelo. Mi viejo había tocado en todos los cabaret con – Aníbal- Pichuco Troilo, y tantos otros tangueros, y sin caer nunca en alguna tentación visible. Pensemos que la mayoría de sus compañeros de trabajo habían padecido de millones de enfermedades venéreas o fuertes adiciones. Pero mi viejo venía de otra educación.  Algo que nunca hablé con él es que seguramente llegó casi virgen al matrimonio. Pero, bueno, una vez sin Nonino, es como que explotó lo que estaba reprimido. Y ahí se pudrió todo el clima familiar que venía de cuna Piazzolla. Nonino fue la persona que más amó Astor, sin dudas.

 

P: ¿Cree que este periodo de la “explosión de lo reprimido” tiene relación con la creatividad manifiesta de su padre a fines de los sesenta?

DP: No creo que tenga tanto que ver la cuestión personal porque tenía mucha música guardada. La explosión de su música es anterior, después de Nadia, con el Octeto o el Sexteto de Cuerdas, y cuando emerge el compositor de tangos tapado por el arreglador, o compositor clásico. Era un eximio bandoneón pero todavía no el genio que se conoció después de 1955. Creo que su gran macana fue haber viajado a Nueva York y no seguir creciendo acá. Fue un gran quiebre tanto para Astor como para la familia. Mismo yo estaba estudiando piano acá, más de seis años, y tuve que dejar porque no había dinero en Estados Unidos. Cuando volvimos retomó la senda de la música excepcional que había dejado. Yo jamás discutiría a mi papá como músico,  o como compositor,  tal vez solo como mi papá,  o marido de mi mamá. Tanta música tenía adentro que a la vuelta compuso y compuso sin parar.

 

P: ¿Prefería el reconocimiento como intérprete o compositor?

DP: El compositor y el bandoneonista iban de la mano. Además, el único que podía tocar sus temas era él. Una cosa iba agarrada de la otra. No había manera de que sonara su orquesta, y sus temas, sin su bandoneón.

 

P: Se habla de los sesenta del Instituto Di Tella, o el boom literario, pero sin Piazzolla falta mucha música de la época.

DP: Esa década también la hizo mi papá. Pero te puedo asegurar que recién en el 78 o 79, cuando regresó con el Quinteto, pudo ver algunos mangos. Y tuvo al fin el reconocimiento que anhelaba. De todos modos a fines de los 80 conquistó la consagración definitiva, y llegó un momento que hacía 180 conciertos por año. Mucho no la disfrutó al fallecer en 1992.

 

P: ¿Esa etapa la vivió como un reconocimiento o una revancha?

DP: Más como un reconocimiento que una revancha, aunque la revancha debería haber sido en Buenos Aires, una ciudad en la que pasó muy poco tiempo en la última década de vida activa. Claro que, cuando venía, llenaba teatros a gusto como en el Luna Park, o en el teatro Ópera, con localidades rápidamente agotadas.

 

P: ¿Cuáles eran los gustos de Astor?

DP: Los autos y la pesca. Los fierros por Nonino, que tenía una bicicletería famosa en Mar del Plata, y la pesca por los primos Bertolami. Ellos son los que le inculcaron la pasión de la pesca y, después, me enseñaron. El padre de mi viejo odiaba la playa, y creo que nunca lo vi pescar, pero amaba los autos y motos. A Piazzolla también le encantaban los coches, pero recién se puedo comprar el que quería, un Mercedes, en 1987. Solo dos años antes de enfermarse.

 

“Mientras yo pueda sacar un tiburón, puedo seguir tocando el bandoneón”
P: ¿Por qué se especializó en la pesca de tiburones?

DP: Era lo único que pescaba. Empezamos los dos a pescar tiburones en Bahía San Blas, a la vuelta de Estados Unidos. Me acuerdo que ese primer día sacamos un tiburón cada uno. Después por cuestiones económicas ya no le podía  seguir el ritmo porque es un tipo de pesca compleja y onerosa. Y pude retomar recién en 1995, tres años después del fallecimiento papá (pausa). Mi viejo decía que “mientras yo pueda sacar un tiburón, puedo seguir tocando el bandoneón. El día que no tenga fuerzas para sacar un tiburón, no voy a poder seguir tocando”. Y eso es lo que pasó. Se enfermó en 1990 y no pudo tocar nunca más. Ni pescar sus queridos tiburones.

 

P: Hablaba de la alta cantidad de shows de Piazzolla al filo de los 70, ¿piensa que repercutió en su salud?

DP: El doctor Aramburu del Centro Cardiológico Belgrano, que le puso cinco stent en 1988,  dijo cuando firmó el alta: “Mire, Piazzolla, no se dedique tocar, quédese en su casa tranquilo, y componga un millón de tangos, pero no vuelva al fuelle. Si toca el bandoneón corre un alto riesgo”, Pero cómo hacías para tenerlo quieto a Astor, imposible. Entonces, cuando volvió a salir de gira en 1989 con el Sexteto, puso dos bandoneones, primero con Julio Pane y, luego, Daniel Binelli. La idea era que se repartieran las partes del bandoneón y mi viejo no hiciera tanta fuerza. Pero él mismo se escribía partes que eran el doble que los demás. Fue imposible convencerlo que afloje.

P: ¿Cómo reaccionaba a las criticas en la intimidad?

DP: Nunca les dio pelota a las críticas porque él tenía un camino a seguir. Alguna que otra vez se agarró a las piñas con el comentarista Julio Jorge Nelson, o porque no le gustaban los tangueros del ambiente que lo criticaban, pero en general todo le resbalaba. Él tenía un camino trazado. Y la Historia le dio la razón.

Piazzolla

 

P: Era un declarante inflamable, ¿no se arrepintió alguna vez?

DP: Nunca. En el  aeropuerto de Montevideo dijo que “La Cumparsita” era una porquería. Era su manera de provocar. Y que se hable de él. Una vez en Río de Janeiro cuando llegamos con el Octeto Electrónico dijo que el Papa era puto: “O Papa é gay”. Pasa que, cuando estábamos en Roma, se corría la bola que Pablo VI estaba saliendo con un actor de western spaghetti. Y ahí fue un quilombo bárbaro entre las embajadas. En aquel viaje dijo en Caracas que Gardel desafinaba. Casi lo queman vivo. Piazzolla era un provocador nato, un camorrero, y le gustaba pelear.

 

P: ¿Queda Piazzola por conocer?

DP: Hay material casi inédito todavía para tocar pero dudo que sean 3000 obras como dicen algunos. Lo que pasa es que hay mucha música de película, música incidental que no supera los ocho compases, y eso lo toman como obra. Pienso que su obra no supera las dos mil composiciones integrales, que es un número, claro.

 

P: Su padre también pasó a la posteridad por  bromas pesadas, ¿algunas que recuerde en especial?

DP: Terrible. Entre las que me acuerdo se encuentra pegarle un palazo en el pie a un trompetista,  justo cuando entraba el solo. O alquilar un monito de un organillero y tirárselo a su cantante Héctor De Rosas en el cuarto.  Y cuando lo sacaron por la ventana, después lo tuvieron que correr a la madrugada,  y no lo podían agarrar, porque se había puesto como loco el animal. O vaciarles a sus músicos cincuenta kilos de cemento en la cama cuando volvían muertos al hotel. Ni de grande aflojaba. A mí por ejemplo, cuando salíamos de gira, adelantaba el reloj,  y me despertaba a los gritos que me había quedado dormido. Y yo rajaba corriendo al teatro, a las seis de la mañana. Esa me la hizo tres veces. En el libro del guitarrista Oscar López Ruiz aparecen las mejores bromas pesadas, “Piazzolla loco, loco, loco: 25 años de laburo y jodas conviviendo con un genio”.

 

P: Sacando “Adiós Nonino”, ¿cuáles tangos de Piazzolla son sus preferidos?

DP: “Canto de octubre”, la “Tangata”, “Invierno porteño”, temas con unas melodías alucinantes. Podemos estar varios días hablando de las genialidades de Astor.

 

P: Se hablará en 2021 del legado de la música de Piazzolla, ¿cómo describirlo con una producción inspiradora tan diversa, compleja y rica?

DP: Es algo muy difícil porque siento que mi viejo abrió y cerró un círculo. A cualquiera que intente revolucionar la música argentina, como lo hizo él, se le irá la vida (silencio). Puedo decir que Piazzolla quería que su música se escuche en el 2020, y en el 3000, también. Un año ya lo pasamos y, en 80 años, Astor será más grande aún.

 

Fecha de Publicación: 11/03/2021

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Por: El Xeneize 15 marzo, 2021

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