Ser Argentino. Todo sobre Argentina

Carlos Gardel: una historia argentina (parte 2)

Segunda parte de la breve biografía de Carlitos. El Morocho del Abasto alumbra al porteño y pone la música, el sentimiento, por siempre.

Carlos Gardel se convierte en expresión, y síntesis, de la llegada del arrabal, del malevaje criollo “extrañao”, que nace porteño en las luces del Centro. El Tango se transformará en una romanza internacional con salas abarrotadas por El Mudo en las principales plazas del mundo, dejando –un poco- las reminiscencias marginales, al tiempo que Carlitos abandona progresivamente las vestimentas del compadre por el frac.  Y el pueblo, en vez de rechazarlo como quisieron sus detractores, lo acompañan porque en él se depositaba una esperanza, una promesa de que mañana iba a ser mejor. El malón criollo, a los ojos peyorativos de los niños bien que iban a demostrar su virilidad en La Boca o Palermo, fueron los portadores de una música, un baile y un lenguaje genuino, y de una manera original, argentina, de ver y sentir la vida. Y Gardel, cada día cantando mejor, llevaba la buena nueva en las alas de la inmortalidad.    

 

1917. Mano a mano hemos quedado

Dentro de la compañía de Membrives se presentan Carlos Gardel y José Razzano, en Montevideo, y con su número criollo injertado en un espectáculo de zarzuelas. Allí conoce al cantautor Pascual Contursi en el cabaret Moulin Rouge, quien le hace escuchar uno de sus poemas, “Mi noche triste”, musicalizado con un tango de Samuel Castriota, “Lita” Y explota el Bing Bang del Tango-Canción que aún domina a la música ciudadana “El lenguaje de este poema –escribe Edmundo Eichelbaum- era exactamente el que dominaba Gardel, el que venía escuchando de chico y que él mismo empleaba con absoluta propiedad. Era su lengua madre…y el escenario era el conventillo donde había crecido” Gardel transfiguró los sentimientos populares que echaban raíces en los sueños, pasiones y proyectos de una primera generación de criollos contemporáneos que pedían expresarse en sus palabras y sentidos.

Manolita Poli con la orquesta de Roberto Firpo cantó en mayo de 1917 “Mi noche triste” en la pieza de González Castillo y Weisbach “Los dientes del perro”, un reciente disco de Gardel-Razzano. Y llevó el modo gardeliano de tratar la letra, de frasearla, una manera de decir la letra y la música (Aníbal Troilo sería la voz de Gardel hecha bandoneón), que vivirá los siglos de los siglos. Y Gardel, el más famoso de los cantores nacionales, decide ser el mejor cantor de tangos de todos los tiempos. Y él solo, ayudado hasta 1925 por Razzano, alienta un repertorio tanguero inexistente, “Madre”, “Príncipe”, “Cascabelito”, al inicio en sus grabaciones del 2x4, y suma varios sucesos de las primeras tangueras, “Padre nuestro” y “Silbando” de Azucena Maizani, o incluso de sus competidores, “El patotero sentimental” de Ignacio Corsini. E estimula a jóvenes poetas como Celedonio Flores y en 1921 graba “Margot” a partir del poema del Negro, “Por la pinta” Un lento aprendizaje que recién a mediados de los veinte conquista a todos por igual, pleno verano alvearista que no presagiaba la dictadura de Uriburu y Justo, y que, luego, hará que seamos sus Salieris. No es Gardel quien sigue al Tango, él hace al Tango, hace la Guardia Nueva, y las sucesivas renovaciones con Ástor Piazzolla y más allá.

Y además apuntala los medios masivos en la industria discográfica y la radio, Argentina pionero mundial, que instauran una audiencia suya que trasciende fronteras. El tango-canción desde 1917 a 1935, fecha de su muerte, es el proyecto de política cultural de integración más consistente en Buenos Aires, uno que va de abajo hacia arriba. Aúna voluntades sin barrios que prefiguran al porteño típico,  con un cúmulo de fantasmas en sus espaldas, el gaucho, el negro, el compadre, el inmigrante, las prostitutas, los niños bien, los payadores, el organito, el caudillo. Las espaldas de la leyenda gardeliana, del genio de Gardel, cargan estos modelos de un Buenos Aires mítico. Debajo del smoking, el polvo de la historia.

Junto al guitarrista José Ricardo parte a Barcelona, y en dos meses realiza veintidós grabaciones. El éxito rotundo lo empujan a giras interminables y Madrid, New York y París abren puertas y palacios. En 1928 le escribiría a Razzano, “la venta de mis discos en París es fantástica. En tres meses se han vendido 70000, están asustados y no dan abasto”, y comentaba que en la Ciudad Luz al hijo de la Reina del Plata lo aplaudían Josephine Baker, Maurice Chevalier y Charles Chaplin. Gardel fue la primera estrella latinoamericana global –y tal vez, solo del Cono Sur, a la altura de Frank Sinatra y Marilyn Monroe en América. El cine desde 1930 agigantaría su envergadura de artista internacional, desde “Luces de Buenos Aires”, filmada en Francia con la compañía “30 caras porteñas” con la inigualable Sofía Bozán, primer film sonoro nacional, hasta la trilogía última norteamericana, “El tango en Broadway”, “El día que me quieras” y “Tango Bar”. Sin bien Gardel había debutado en el cine mudo en 1917 con “Flor de durazno”, el visionario artista filmó en 1928 unos célebres encuadres musicales, con la dirección de Eduardo Morera, en un anticipo de los videoclips. Uno de los secretos de la vigencia del Zorzal Criollo es que fue un adelantado a su tiempo, y al dos mil, también.        

 

1933. Se vestirán de fiesta con su mejor color

Iba y venía pero nunca dejaba de pasar por Buenos Aires a visitar a mamá Berta,  en la casita de la calle Jean Jaurés del Abasto, hoy Casa-Museo. De a poco llega a las casi mil obras grabadas, que si contamos que se hacían mínimo cuatro tomas,  el promedio es un tema por día durante dos décadas, sin fines de semanas ni feriados. Con su sonrisa pícara, y un poco sobradora, soportaba a quienes lo fustigaban por ampliar su repertorio sin límites nacionales ni estilísticos, total, seguro sabía,  paño vocal y comunicación expresiva le sobraban –aunque nunca viajaba sin su profesor de canto “Che Carlitos, largá la canzoneta” le recriminaban desde “Crítica” en 1931 luego de una actuación en el Teatro Broadway, un diario popular que había ayudado mucho en difundir su talento, pero ahora sentía que Carlitos se les escapaba, igual que los viejos tangueros. Gardel era leyenda mucho antes de Medellín “Voz Gardel, voz mañana,/voz para la memoria de un cielo con ventana/Ahora está más Gardel, y tan lejano,/Por encima del tiempo, en el sutil/territorio del mito” en la imperecederas palabras del poeta Raúl González Tuñón, un colaborador de “Crítica” Ante las diatribas de aquella presentación en el teatro porteño, Gardel grabó al día siguiente cuatro canciones en francés con la orquesta del jazzman Kalikiam Gregor. Un anticipo del tempo gardeliano que encontrará en New York con la orquesta de Turig Tucci, las últimas grabaciones que deja de lado a las “escobas” –guitarras- que lo había acompañado en la cuna criollista, inventa un tempo porteño que marcará la interpretación tanguera futura de Edmundo Rivero y Roberto Goyeneche, y una letrística refinada, autoría de Alfredo Le Pera, que sopla los nuevos estadios del tango-canción, menos arrabalero, más sofisticado, más representativo de una argentinidad aporteñada, en Homero Manzi y Homero Expósito. Escuchar la evolución gardeliana de “Copen  la banca” (1926), con las guitarras de Ricardo y Guillermo Barbieri,  a los últimos temas, “Confesión” y “Gajito de Cedrón”, significa zambullirse no solamente en el desarrollo del Tango sino en toda la música popular argentina ¡Y eso que no sumamos la genialidad inclasificable “El día que me quieras”!     

En 1933 visita Buenos Aires por última vez y Gardel confiesa, “mirá pibe…si te quedás todo el año en Buenos Aires,  a los seis meses no te dan ni la hora. Por eso rajo de vez en cuando al extranjero…Buenos Aires es muy linda, che. Su Corrientes y Esmeralda tienen un encanto indefinible y poderoso que nos ata como un lazo de acero…pero cuando se conoce París no satisface del todo…pero Buenos Aires está tan adentrada en mi corazón que si escuchara estas mismas palabras de un extranjero armaría un  zafarrancho” Conmueve las palabras de Gardel cuando pudo haber elegido ser ciudadano de cualquier país, y  eligió ser argentino hasta la muerte. Su Patria sufría autoritarios y antipopulares gobiernos, la década infame reprimía libertades y derechos, los hombres y mujeres del pueblo pasaban hambre –visita una novedad porteña, la villa miseria en Retiro-, y él sabía que representaba la promesa de tiempos mejores. Leguisamo decía que Gardel no tenía dimensión de su impacto en el pueblo: el día de su funeral un lloroso hombre humilde dijo a la prensa, según Horacio Ferrer, “a partir de hoy seremos más pobres” El mágico ensueño gardeliano, una canalización de la rebeldía popular, es un prolegómeno más del peronismo.

Ese funeral multitudinario y caótico fue un caluroso febrero de 1936, casi ocho meses después del fatal accidente de Gardel un 24 de junio de 1935,  en una escala técnica en Medellín. Atrás quedaba un increíble periplo del cuerpo del Morocho del Abasto que tuvo hasta una despedida en New York. Tres días antes de calcinarse en Colombia había cantado en el Teatro Real de Bogotá, a punto de finalizar una gira matadora organizada por las empresas grabadoras y la Paramount, la ética de trabajo de Gardel es sublime,  y su último tango fue “Tomo y obligo”, el primer éxito que lo hizo famoso en cualquier latitud, “Fuerza canejo, sufre y no llores/Que un hombre macho no debe llorar/Si los campos conversaran...”, un giro con sabor criollo que tenía destino de eternidad.

“No ser olvidado en Buenos Aires equivale a la inmortalidad” decía sin dudas José Barcia. Un 17 de julio de 1935 Ulises Petit de Murat comprendía en un cine platense que Gardel nunca se iría del corazón argentino. Se estrenaba “El día que me quieras” en el cine San Martín, un  mes después de su fallecimiento,  y los colectivos cambiaron sus recorridos para transportar gratis al público de todas las edades. El hall desbordó y se llenó la avenida Monteverde de personas que no podían entrar a la sala. Policías y bomberos trataban de contener al público que empujaba. Y hubo que repetir infinidad de veces el tema principal de la película a riesgo de tumultos. Barcia explica, “Gardel es un fenómeno para nosotros y lo será para nuestros hijos y para nuestros nietos, como ya lo fue para nuestros padres, porque Gardel es el amigo de la esquina, el compañero de trabajo, el muchacho del barrio, el confidente de los sueños y es, sobre todo, el dueño de la magia cantarina, del embrujo de la armonía que llega a los corazones…quien escucha a Gardel es tanto el hombre que está solo en Corrientes y Esmeralda como el de Villa Piolín, el del claustro universitario como el del rancho perdido…como si estableciese uno de los escasos nexos que unen a los argentinos por arriba de sus pasiones y sus fanatismos, ha conseguido arracimarlos por la, acaso, única vía que pueden marchar juntos: la de la emoción y la nostalgia de que está hecha su sentimentalidad adolescente”  Aquí está ahora, a mi lado, a nuestro lado, con su amplia sonrisa amistosa y el sombrero volcado sobre su sien derecha. Mano a Mano.     

Fuentes: Pigna, F. Gardel. Buenos Aires: Planeta. 2020; Barsky. O. y J. Gardel. El cantor del tango. Buenos Aires: Libros del Zorzal, 2010; Gobello, J. Tres estudios gardelianos. Buenos Aires: Academia Porteña del Lunfardo. 1999; Sebastián, A. Labraña, L. Tango. Una historia. Buenos Aires: Corregidor. 2000; Larralde, P. Buenos Aires. Tiempo Gardel 1905-1935. Buenos Aires: Editorial El Mate. 1966

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