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Carlos Gardel: una historia argentina

Primera parte de la breve biografía del Mago, El Mudo, El Zorzal Criollo, El Morocho del Abasto, el más grande cantor nacional, Carlos Gardel. Carlitos canta el Tango como ninguno.

Música
Carlos Gardel

Carlos Gardel en la cultura argentina es una fuerza natural que todo lo eleva, “su vida, incluída la artística, era de una naturalidad permanente”, acotaría su amigo, el turfista Ireneo Leguisamo. Esa naturalidad hecha leyenda cada día nos hace mejores. A 130 años de su nacimiento,  cataratas de tinta sobre orígenes, amores y prontuarios pero nadie duda que nos transformó en argentinos con su genio. Queriendo, o sin querer,  nos regaló una “davi” –vida-, una identidad, bajo la sonrisa del amigo del alma. Fue Gardel que llevó la cultura rioplatense a salones europeos y a los pueblos más recónditos del país, yendo a buscar a su público, construyendo su público, inventando un gusto nacional con el tango como referencia. A la figura fulgurante de frac,  o sombrero ladeado,  tan denostada por sus críticos, la leyenda negra del renegado, deberíamos sumar la de Carlitos en remera, ensayando en los autos,  trenes, barcos y aviones, entre bambalinas y reflectores, tratando siempre de ser la mejor versión. Gardel hermanaba en sus alas al compadrito con el laburante, el trabajador; al muchacho del bajo fondo, quizá salido de la “goyola” –cárcel-, acodado en la misma barra con la vecina de barrio, o la señora “finoli” –aristócrata- Era el porteño por antonomasia, malevo pero buen vecino, coherente en la palabra y la acción, y era el argentino que soñaba en grande sin dejar a nadie afuera ¡Si cantaba en las calles de los barrios y pueblos para los que no podían pagar las entradas!

Entender a Gardel es entenderlo en un contexto social que alumbraba la Argentina que conocemos, y en la historia gardeliana surgen confesiones de un país fragmentado que no miramos. Aquerenciado en su Buenos Aires del novecientos, que pasaba no sin conflictos de la Aldea a la Megalópolis, el Morocho del Abasto canta los versos que testimonian que la inmigración aluvional, y la Tierra Adentro, son caras posibles de una misma moneda. Sin un reportorio taxativamente social, el Mudo es la banda sonora de las costureras extranjeras y del Interior que daban el buen paso con sus hijos, y de la ilusión argentina de un país integrado con un futuro por conquistar. Gardel fue el más progresista de los conservadores porque en su estética arrabalera, que era una ética popular, anunciaba vientos de cambio.  Sus casi veinte años de carrera meteórica representan las voces del pueblo que metía las patas en la fuente, pese a las semanas trágicas y la décadas infames. El Mudo le puso su voz a los que no tenían voz.

 

1890. Aquel que solito entró al conventillo

 “Soy francés, nacido el Tolosa –Toulouse, Francia- el día diez (¿once?) de diciembre de 1890, y soy hijo de Doña Berta –Berthe- Gardés. Hago constar expresamente que mi verdadero nombre y apellido es Charles Romualdo Gardés, pero con motivo de mi profesión de artista he adoptado y usado siempre el apellido Gardel y con este apellido soy conocido en todas partes”, expresaba el cantor en una entrevista de principios de los treinta, y dejaba claro sus orígenes. Nacido en una Europa que expulsaba a los pobres entre el hambre y las injusticias, el niño Charles de tres años llega con Berthe al puerto de Buenos Aires que recibía miles y miles de desplazados. Dos habitantes, un extranjero, señalaban los censos porteños. Antes había probado suerte Berthe en Venezuela con la familia pero ahora un 11 de marzo de 1893 regresaba a Latinoamérica con el fruto en sus brazos de un gran amor, madre soltera.  Berthe encuentra trabajo en el taller de planchado de Anaïs en la calle Uruguay y Corrientes,  vive a tres cuadras, y con sudor consigue anotar al pequeño Carlitos en escuelas de San Nicolás y Almagro sin mucho éxito. Al pequeño le tira la calle y recorre la Corrientes angosta, bares, teatros y casas particulares, de punta a punta “Yo voy a ser un gran cantor” le decía a la madre, o “présteme las llaves que tengo un programa” a los doce años. Al futuro Zorzal Criollo, cuentan apodado así por uno de sus ídolos, el payador José Betinotti, le tiraban las luces de toda una ciudad que estaba por fundar con su talento. Aunque su corazón latía en el Mercado del Abasto en compañía de carreros viejos, tahúres, malandras, conventilleras y laburantes de a pie, que lo adoptan como un hijo dilecto de una cultura de tradición, mezclas, encuentros y chispazos. 

“Yo sostengo que este baile típicamente, voluptuosamente, nativo del argentino, tuvo su nacimiento en fiestas de carácter eminentemente folklórico. Aparece por primera vez para el público de la ciudad en los carnavales unos cuarenta años atrás, en el viejo teatro Politeama o Onrubia” afirmaba sobre el tango Gardel en 1933, y reconoce las raíces tangueras en el criollismo que reinaba en el Centenario, una reivindicación de los valores gauchescos reimaginados. De hecho Gardel, todavía sin cambiarse el apellido, canta bastante en esa época en centros nativistas, entre bares, cafés, prostíbulos, comités radicales y conservadores, y dónde se pueda, a la gorra, incluso en las esquinas. Así lo recordaba el comisario inspector del Abasto, Francisco L. Romay, citado por Ana Turón, “Lo conocí mucho a Carlos. Era entrador y simpático, me palmeaba y me decía: “¿Cómo va, comisario? ¿Cuántos inocentes mandó al cadalso hoy?” Gardel era un canto a la vida…fui uno de los que más lloró su muerte. Era un mito. Ya lo era en vida. No sabía de discriminaciones, un amigo era un amigo. Negro, blanco, flaco, chorro, policía, podía comer con Ruggerito o con Lisandro de la Torre. Pudo estar metido en algún lío con la politiquería o la mafia, conoció guapos, malevos, matones… pero él era un pájaro y cuando cantaba era como si el mundo se abriese para escucharlo…Era un buen muchacho. Claro, un poco travieso, pero en ningún caso podría tildársele de delincuente. Recuerdo que asistí a su última presentación en Buenos Aires, en 1933, antes de que partiera para Nueva York. Fui a su camarín para desearle éxito en su gira, y cuando alguien nos iba a presentar, Gardel exclamó: “Pero si el “comi” me conoce de mis tiempos del Abasto” Ya había cambiado el Gardés por el Gardel, entre el miedo a la xenofobia y su admiración  al dramaturgo catamarqueño Julio Sánchez Gardel. Ya le decían el Morocho del Abasto. Ya había vuelto de Montevideo de los famosos años perdidos de Gardel –aunque se sabe actuaba  en la Ciudad Vieja uruguaya, y seguía puliendo el estilo, mejorando la técnica de barítono, con criollistas y payadores uruguayos,  y volvía seguido a la Reina del Plata sin que se entere mamá Berta.

 

1911. Guitarra, guitarra mía

Ambos conocían la fama del otro, el Francesito y el Oriental, y que se extendía desde el puerto a los corrales porteños. Era el clásico entre el Mercado del Abasto y el Mercado del Spinetto. Ya se habían cruzado en 1911 en San Justo. Carlos Gardel y José Razzano debutan oficialmente el 1 de enero de 1914 en el cabaret Armenonville –actuales Av. Alvear y Tagle- y es el mojón cero en la carrera profesional del Mago aunque contaba con algunas grabaciones para Columbia “El moro”, “El pangaré” y “La pastora” son las primeras canciones del dúo que continuaba con su repertorio esencialmente criollo de valses, estilos, tonadas, cifras y versiones de milongas de los payadores “¿Te acordás del julepe que tenía?” confesaría más tarde Gardel a Razzano en una carta. Los que no tuvieron miedo fueron los distinguidos espectadores, entre ellos Ricardo Güiraldes y Jorge Newbery –a quien le compondrían un tema-, que los llevaron en andas hasta la vereda, “Mirá, José, ¡yo creo que  nos están agarrando para la farra”, decía incrédulo Gardel.

El dúo criollo de guitarras evoluciona en simultáneo al momento de apogeo de la Guardia Vieja que conforma con ellos los exitosos Discos Dobles Nacional de Max y Enrique Glücksmann. Es una etapa de expansión de las industrias culturales argentinas asentadas en una progresiva alfabetización y un aumento explosivo de la población, especialmente en Buenos Aires y conurbano. Las tiradas se cuentan por miles en los discos de pasta y los diarios, y revistas,  suman ediciones para llegar a un lectorado que empieza a reconocerse –y exigir- las producciones nacionales. En el plano político la democracia de masas arriba con el triunfo del radicalismo en 1916. Y la sociedad intensifica sus reclamos de mayor participación y justicia social, con el ideario socialista y anarquista en ebullición.

Gardel continúa su formación de cantor nacional en continúas presentaciones y sobrevive de milagro con una bala alojada para siempre en el pulmón izquierdo, “Por favor, -Juan- Garesio, déjalo tranquilo a Gardel. Lo que pasó –un romance del cantor con La Ritana, concubina de Garesio, un hampón-, fue, no se puede volver atrás. Te lo pido yo”, dijo Juan Ruggiero, un mafioso de la Sur muy amigo de Carlitos y de los conservadores bonaerenses. Gardel pasaría unos meses en Uruguay hasta que se calmen las cosas y retorna para una temporada con Lola Membrives en el cenit de un nuevo género, “los cantores criollos del teatro”, que había sustentado el Zorzal de la mano de Elías Alippi y Pepé Podestá, padres del teatro argentino. Las tablas nacionales, y la comedia musical, también tienen en el Mago a uno de sus adelantados.     

En el horizonte, Carlos Gardel está por INVENTAR, sí en mayúsculas, el Tango Argentino en tanto cómo cantarlo, cómo tocarlo, cómo entenderlo, cómo enamorarse.

Fuentes: Pigna, F. Gardel. Buenos Aires: Planeta. 2020; Barsky. O. y J. Gardel. El cantor del tango. Buenos Aires: Libros del Zorzal, 2010; Gobello, J. Tres estudios gardelianos. Buenos Aires: Academia Porteña del Lunfardo. 1999; Sebastián, A. Labraña, L. Tango. Una historia. Buenos Aires: Corregidor. 2000; Larralde, P. Buenos Aires. Tiempo Gardel 1905-1935. Buenos Aires: Editorial El Mate. 1966

Fecha de Publicación: 11/12/2020

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