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Buenos Aires - - Jueves 05 De Agosto

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Buenos Aires es Gardel

El Mudo fue, antes que nada, un porteño de ley. Un amor que empezó en pantalones cortos con su Buenos Aires querido.

Música
Tango Gardel

Decir con Horacio Ferrer que Buenos Aires es Gardel puede sonar exagerado. Y sin embargo Gardel, un músico excepcional, autodidacta, una voz privilegiada, trabajada al máximo, hubiese perfectamente deslumbrado de barítono a la Scala de Milán o al Covent Garden. No. Gardel prefirió convertir cada esquina, cada bar, cada barrio de Buenos Aires en un Festival de la Canción Nacional, incluso cuando su estrella brillaba en París y New York. La viejita, mamá Berta, le tiraba al “rioba” -barrio-, los “chochamus” -muchachos- esperaban en Los Inmortales o El Tropezón, y más profundo, Buenos Aires era su Patria. Si él vivió la ciudad que pasaba de cientos de miles a un par de millones, y su genio moldeó una manera de hablar y de sentir porteño, la ciudad lo nutrió de una identidad que era “ropa vieja” -el guiso preferido del Morocho del Abasto-, una mezcla sabrosa de criollos e inmigrantes, negros y aristócratas, laburantes y mafiosos. Carlos Gardel iluminó el pasado de Buenos Aires, las sombras y entrañas de los empedrados y zaguanes, y brindó un futuro de nostalgias y alegrías. Y esperanza.

Imaginemos a un francesito que con diez años decide que será cantor. No un simple cantor. El mejor. Y que además tiene un espíritu inquieto en una ciudad que todo lo promete, que borra fronteras entre lo que se puede y lo que no. Charles Gardés, gordito, de pantalones cortos amorosamente cosidos por Berthe/Berta, se encandila en sentido contrario, y en vez de ir a la Batería -actual L. N. Alem- o la señorial Florida, enfila desde Uruguay y Corrientes -angosta- al recientemente inaugurado Mercado de Abasto. Más que las luces de la Ciudad lo llaman las voces y los rostros. Gardel para ser Gardel fue antes el cronista y el oído porteño. Escuchó a los puesteros mayoristas que canturreaban en las cantinas con el vino tinto grueso y la ginebra en mano. Y se las arreglaba para cantar entre los carros, los cajones de tomates y las reses, y las veredas.  Allí descubrió a los payadores, a los Gabino Ezeiza y José Betinotti, de quienes mamaría el criollismo que fue su escuela y su elemento natural. Y no dudó en aventurarse a Puente Alsina, otra de las cunas del tango, que emanaba sonidos, olores y sabores de todo tipo.  Hasta que se animó a “La Buseca”, un tenebroso bodeguón de Avellaneda, ruido de fondo de riñas de gallo y peleas a cuchillo, y entonaba valses y milongas camperas por monedas, o un café con leche y pan con manteca. 

Para el Gardel adolescente, Buenos Aires era una pampa libre, sin alambradas, y podía pasar días sin volver al inquilinato de San Nicolás. Barracas era una imán del tango de la Vieja Guardia y, tal vez, allí intuyó el futuro del sentimiento porteño -y rioplatense. En San Telmo y Monserrat se sumaría a los candombes al ritmo de los tambores. Y Palermo fijaría en su memoria las callecitas, y los humildes, que Evaristo Carriego empezaba a poetizar. Villa Crespo y Chacarita eran fronteras de inmigrantes y criollos en disputas interminables, a las cuales Carlitos no escapaba, y Flores invitaba con sus Corsos a cantar sin máscaras, en un lenguaje criollo. En La Boca podía avizorar el mañana del género ciudadano en las típicas que se amontonaban en los palquitos de cabaret, y cruzar unas palabras con Eduardo Arolas o Francisco Canaro. Y, seguro, mirar de chiquilín los mitines de los anarquistas y socialistas a la vera del Riachuelo. 

Una tarde podía rumbear a “La Blanqueda”, la pulpería que recibía a Pompeya, luego de pulsar cuerdas en Boedo con alguna tonada que había aprendido en el Mercado de Liniers. Y, si le sobraban algunas monedas, con 18 años, acercarse a las mesas de la Cortada Carabelas, aún sin la sombra del Obelisco y la 9 de Julio, y compartir un mundo de buscavidas y periodistas, dramaturgos y ladrones, sabiondos y suicidas. 

“Carlos Gardel incorporó a su sensibilidad las experiencias más inverosímiles antes de la adultez” – escribía el poeta José Portogalo- “Calles con “ángeles de cara sucia”, jornaleros del andamio y el empedrado; cigarreras, bordadoras, pantaloneras, oficinistas de fábrica, aparadoras, lavanderas y planchadoras. Este enjambre de laboriosos trabajadores enriqueció sus dotes de intérprete. De ahí que su canto, punteado en gorjeo de zorzales, llenó su voz con iridiscentes cascadas de rocío mañanero. Fue el primero y único creador de la canción rioplatense, que aún perdura como el resplandor de un astro inextinguible”

 

La casita de la javie -vieja, madre-

Para 1927 Gardel ya era Gardel. En el año pasaba menos de dos meses en Buenos Aires con la presión de giras constantes, y grabaciones ininterrumpidas. Pero tenía un grave problema: la casita para la mamá. Además tampoco poseía una propiedad, en parte por su vida artística, en parte porque gustaba de los naipes y el turf, un legado de aquellos años juveniles que compartía el ansía a suerte y verdad, de salvarse con una “fija”, de los viejos porteños. Gardel nunca despilfarraba pero tampoco se privaba de sus lujos, o de invitar a pantagruélicas cenas a sus amistades,  algo que recién con la representación de Armado Defino pudo equilibrar. Pide un préstamo al banco y emprende una búsqueda en un barrio que era parte de su infancia y juventud, el Abasto, zona de artistas, trabajadores y hampones. No muy lejos de las cantinas de Guardia Vieja donde algunas noches se escapa a cantar con amigos quien ya era aplaudido en Europa. Finalmente unos días antes del cumpleaños de Berta escrituran la casa, un 9 de junio de 1926, y se mudan al año siguiente tras empapelar y amueblar. Nada de todo esto se conserva.

“Luego de pasar el zaguán característico se accede a un gran hall distribuidor, que lleva a la sala principal, con las dos grandes ventanas al frente, a una pequeña habitación, posiblemente un escritorio, y al patio, cubierto en su primer tramo. Al escritorio sigue lo que habrá sido seguramente el comedor de la casa”, reconstruye la información la actual Casa Museo Carlos Gardel, “Luego una habitación, un gran baño interior y tres habitaciones más, comunicadas entre sí y con el patio. Al patio descubierto daba la cocina, con una pequeña puerta y una ventanita que miraba hacia la entrada. Ésta tenía a continuación una despensa. También sobre el patio había un excusado. Seguía entonces la escalera que llevaba a un cuartito en el primer descanso y luego a tres pequeños cuartos más. El lavadero con su pileta estaba sobre la gran terraza. Este fue seguramente el plano de la casa en la que vivieron Gardel y su madre”

En vida el Zorzal quiso reformarla varias veces y sus planes se vieron frustrados por una agenda apretada. Era una típica casa chorizo de principios del siglo XX, símbolo de la clase media porteña, que había tenido otros usos, fue prostíbulo antes, y seguiría evolucionando, primero en tanguería en los setenta, luego abandonada y restaurada por la Dirección General de Museos de Buenos Aires como museo a partir de 2003. La madre de Gardel vivió allí hasta su fallecimiento el 7 de julio de 1943, en compañía de Defino y su esposa, Adela Blasco, quienes venderían la propiedad en 1949 -donando la mayoría de las pertenencias del Mudo a La Casa del Teatro y el INET, Instituto Nacional de Estudios de Teatro. En los ocho años que sobrevivió Berta a su hijo, dicen que ella salía esporádicamente y que prácticamente pocos sabían que allí había vivido el mayor mito de Buenos Aires.  Pero en los adoquines, en el Mercado, en los bares, fondas y conventillos, en las casitas bajas, la Voz del Morocho del Abasto anunciaba cada día mejor que un nuevo día comenzaba. Aún hoy. Otra vez Ferrer ayuda, el maestro poeta, “el gran país de Gardel no es geográfico porque su país son las generaciones”

 

Buenos Aires despide a su fundador, ¿Mendoza? ¿Garay? ¡Gardel!

“Algún día nos encontraremos en el último piso. Espérame pero…no te mueras nunca” remataba una bella carta Ástor Piazzolla en 1978, en un prólogo a un libro de Hermenegildo Sábat. Piazzolla fue la genial continuación de Gardel en la segunda parte del siglo XX,  llevando la música argentina a todos los escenarios.  Un texto que merecería ser más conocido que el famoso de Julio Cortázar, “A Gardel hay que escucharlo en la victrola”, tal vez más literario, más bonito, pero cargado de un profundo resentimiento antipopular. Un adueñarse del Gardel celestial sin comprender su rebeldía popular, su malevaje criollo, su desafío de vestir de smoking y representar al humilde “su vida ha sido triste y sombría, cual agonía que arrastrando va” ante los oligarcas. Porque uno se ancló en París, y el otro siempre estuvo cerca.

El 5 de febrero de 1936 a las 11,30 ingresaba el buque Pan América, a la Dársena Norte, con los restos de Carlos Gardel. Una multitud los estaba esperando hacía varios días y acampaba en las inmediaciones del Luna Park. A las dos de la tarde se abrieron las puertas y una marea humana inundaba de voces, caras y clases los pasillos y las veredas.  La ajustada organización de la Comisión Argentino-Uruguaya, presidida por Defino, no podía evitar los desbordes, y las escenas cargadas de dramatismo, en una ciudad que había asistido a varios suicidios después del accidente fatal de Medellín. A las nueve de la noche se cerraron las puertas y en el ring, dispuesto como capilla ardiente, iniciaron los discursos con las orquestas de Canaro y Roberto Firpo cerrando dos veces con “Silencio” de Roberto Maida “El Luna Park ofreció anoche un espectáculo de multitud nunca visto”, rescata el titular de “Crítica”, Ema Cibotti -quien señala la utilización política del gobierno de Justo del funeral en convivencia con el dueño del masivo diario, Natalio Botana, en medio de un clima político caldeado por reclamos de los trabajadores, represiones y negociados. 

A las nueve de la mañana del día siguiente salió el cortejo por Calle Corrientes, esa que pateaba Carlitos de niño, y enfiló a la Chacarita. Mismas escenas de desolación popular, algo sólo equiparable al funeral de Eva Perón en 1952 -o Diego Armando Maradona en 2020. Veredas y balcones copadas de gente arrojando flores al cortejo; en un panorama que no variaba barrio a barrio, la congoja no tenía fin. En Villa Crespo la comitiva se detuvo ante una multitud en el cruce en Canning -actual Scalabrini Ortiz- y, más adelante, unos cincuenta gauchos de Mataderos, con sus mujeres, saludan a caballo al mayor Cantor del Canto Criollo. A metros la compañía de Alberto Vacarezza representa un cuadro campero, cien ciclistas van despacio atrás del cortejo, y todos desembocan en el Panteón de los Artistas aunque pocos serían quienes escucharían el adiós final en los labios de Vacarezza.  Y Cátulo Castillo, dedicaba en Boedo, “Ya se clavó tu nombre sobre el cielo del tiempo/y un duende legendario nos ahorró tu vejez/Como una estrella en llamas, tu presencia está ardiendo,/quiebra un tango de truco y almacén/Te quemaron los dioses, caminante del viento,/y estás solo, allá lejos, vencedor de la trampa/Te tutean los ángeles. Para verte, en silencio,/se detiene la Muerte. Se hizo estrella, la lágrima….” Suena un Tango de Gardel, en Buenos Aires o La Quiaca, y ése también soy yo. 

                                                    

Fuentes: Museo Carlos Gardel. Buenos Aires: Museos de Buenos Aires. 2011; https://www.buenosaires.gob.ar/museocasacarlosgardel/el-museo, Ferrer, H. Wollman, R. Buenos Aires es Gardel. Buenos Aires: Atlántida. 1995; Cibotti, E. Luto en la Guardia Nueva. Cuando Buenos Aires lloró a Gardel. Buenos Aires: Vuelta de Página. 2016.

Fecha de Publicación: 11/12/2020

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