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Buenos Aires - - Lunes 23 De Mayo

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Azucena Maizani. Cantando tangos, primeros nosotros, Petisa

Así reconocía Carlos Gardel a la Ñata Gaucha, Azucena Maizani. Con ella, y su estilo de cantar con alma de bandoneón, el tango dejó de ser cosa de hombres.

Música
Azucena Maizani

La historia del tango tiene un balanceo desparejo en la memoria popular. Abundan los grandes compositores, increíbles letristas, el tangazo de aquel, la filosofía mistonga del otro, pero los cantantes no son de los primeros en aparecer salvo el inconmensurable Carlos Gardel. Tal vez en los últimos tiempos mención a Roberto Goyeneche. Y si hablamos de mujeres, menos. Sin embargo en el comienzo de todas ellas, una artista, que más que cantó, vivió la música ciudadana, centellea al igual que su sonrisa pícara y soñadora, Azucena Maizani. Ella abrió el camino para las cantantes, desde Tita Merello a Susana Rinaldi, de Nelly Omar a Soledad Villamil. Vestida de compadrito, o de gaucho, jugando con las identidades y los prejuicios, en Buenos Aires, Río de Janeiro o Madrid, inventó a la cantante de tango, la cancionista. Su gran amigo Gardel realizó tal salto al vacío, similar, cuando presentó el tango-canción. Ni más, ni menos. El Negro Celedonio Flores, autor del clásico “Mano a mano”, tantas veces en la voz de La Maizani, o de Carlitos, “Cachá cuatro compases de un tango rante/y el verso más lunfardo y asonante/de este poeta reo/ Metele unos pedazos de barrio bajo…/ mezclá todo con gloria, pasión y pena/¡y tendrás el retrato de la Azucena,/ a tanguera más grande que Dios ha hecho!”

 

 

Nacida de una familia muy humilde de Balvanera, el 17 de noviembre de 1902, Azucena pasó hasta la adolescencia sus días en la Isla Martín García al cuidado de sus abuelos, algunos hablan de mala salud, otros porque era nomás una boca más que alimentar. Vuelve para vivir en una destartalada casa de Cabrera y Agüero, vecina de un niño Aníbal Troilo, y trabaja en una camisería de Ombú y Andes (actual Uriburu). Allí aprende el oficio de modista pero sus sueños iban por el canto, con unas amigas integra un coro dominical amateur, recorriendo afiebrada café y cabaret de amplia gama. Y entonces a los 18 años,  Francisco Canaro recordaba que le dio su primera oportunidad "Al Pigall donde yo actuaba con mi orquesta solía concurrir una jovencita bonita y de cabello renegrido, una noche conversando conmigo me dijo que sabía cantar, entonces se me ocurrió preguntarle si no se animaría a cantar en público, previo unos ensayos. Yo mismo la acompañaría con mi orquesta. Ella, muy animosa aceptó, y después de ensayarla un poco la anunciamos al público presentándola yo mismo con el nombre de "Azabache" por lo renegrido de su cabello. Cantó "El rebenque plateado" y la milonga "La verdolaga", canciones que ella había aprendido de oírselas a Carlitos Gardel, y no hay para qué decir que de entrada nomás obtuvo un éxito colosal porque en realidad cantaba muy bien y con mucho sentimiento" De todos modos debutaría profesionalmente el 23 de julio de 1923 en el teatro Nacional con "A mí no me hablen de penas" de Alberto Vaccarezza, una obra en la que no tenía letra, pero ella cantaba el tango "Padre nuestro", uno de sus caballitos de batalla. 

Con sus deseos de convertirse en actriz, era impensable que una mujer se dedique sólo a cantar, actúa en "Cristóbal Colón en la Facultad de Medicina" en la compañía de Florencio Parravicini, pasa por las compañías de José González Castillo, Alippi-Morganti y Héctor Quiroga, hasta que decidió  formar su propia compañía junto al actor Enrique Rando, debutando en el Teatro de la Comedia en 1926. Allí estrenó  los tangos "Cascabelito" y "La cabeza del italiano” y hace sus primeras grabaciones con Canaro para el sello Odeón.

La Ñata Gaucha pone lo que hay que poner

"Estoy un poco cansada de la revista, con este nuevo proyecto me olvido un poco del trajín", diría en un reportaje, y toma una decisión fundamental, no sólo para ella sino para el género entero, que hasta ese momento carecía de cancionistas, eran las actrices teatrales quienes cantaban tangos, en la vieja tradición de las cupletistas y tonadilleras. Sería la precursora de la cantante de tangos con un estilo definido, “fue la primera en comprender que las letras de tango constituían dramas unitarios…sabía que el público podía permitirle cualquier innovación, como siempre sucede con los ídolos populares”, acota Horacio Salas. Su voz pequeña y afinada, mezcla de bronca y queja, cantando temas creados para voces varoniles, que ella resignificaba, “Esta noche me emborracho”, “Yira, Yira”,  “Malevaje” o “Hacelo por la vieja”, o sus propias composiciones, inusuales en un ambiente predominante masculino, “Pero yo sé” -que haría famosa Ángel Vargas- o “La canción de Buenos Aires” -ovacionada en la voz de su amigo Gardel-, causaron sensación inmediata y los principales teatros porteños se peleaban por ella en las temporadas de 1927 y 1928. La Ñata Gaucha, apodada por Libertad Lamarque, estaba en boca de todos.

 

 

Estrena varios de los primeros tangos de Enrique Santos Discépolo y Homero Manzi, siendo fundamental para la posterior trayectoria de ambos. No siempre la crítica acompañó a la artista, desconfiando tal vez de su porte sin género,  o simplemente por el estigma de abrir caminos,  “Azucena Maizani, un personaje del bajo fondo porteño, que se escapó del hampa para alternar con compadritos de cuello, y dejó a los de sombrero requintado, para colocarse en un pequeño marco dorado de explotadores de mujeres que usan bastón y guantes blancos”, fustigaba el crítico José Cedán Aranda, agradecido que por “higiene moral” debió acortar sus interminables giras por las provincias.

En verdad, el motivo de que se aleje del Río de la Plata era la chance cierta a principios de la década del treinta de traspasar los límites de la Argentina. Tenía la Ñata el antecedente de una exitosa tournée por Chile.  En sociedad con el violinista Roberto Zerillo, la pareja, formó la Compañía Argentina de Arte Menor, que representaba cuadros telúricos con el remate de los tangos de Azucena. Con esta estructura emprendió una extensa gira por España y Portugal difundiendo el arte de los argentinos. En Madrid un grito “Macanudo, Ñata” produjo un serie incidente, en la no comprensión de los hispanos de que era un halago en América, y fue ella quien evitó que linchen al hombre que profirió la exclamación, un desterrado Natalio Botana, dueño del emporio del diario Crítica, exiliado por la dictadura de Uriburu en 1931 -que él había ayudado para derrocar al presidente Yrigoyen-. Bajado el telón de una extensa serie de recitales en el Gran Casino Biarritz, en la Costa Azul, emprende el regreso a una escena local que había cambiado en solamente un año de ausencia.

Su estela ahora era navegada por Rosita Quiroga, Sofía Bozán, Mercedes Simone y Libertad Lamarque, entre los pioneras del canto femenino en el 2x4. Llevó casi dos años a Azucena retomar la estrella,  mientras aparecía en el  primer film nacional con sonido óptico, “Tango” (1933), cantando “Botines viejos" acompañada por la orquesta del maestro Juan de Dios Filiberto, y su tango "La canción de Buenos Aires" Ella había debutado en las últimas películas mudas, incluso en algunas “no aptas para señoritas ni menores”, “La casa del placer” (sic); y como Gardel, filmó encuadres musicales, antecedentes de los videoclip, que se pasaban entre películas. La radio ofrecería un generoso espacio, acorde a su popularidad, y Jaime Yankelevich la contrató para cantar en Radio Belgrano por la suma de 4000 pesos mensuales (un diputado ganaba alrededor de tres mil), acompañada por la orquesta de Elvino Vardaro. En 1936 cantó para Radio El Mundo, donde rechazaría un contrato fabuloso de exclusividad que le ofreciera la reciente inaugurada emisora. Por treinta años La Maizani prestaría su talento al éter como estrella o invitada de lujo.

 

 

“La vida privada nos merece un respeto religioso. Tanto como repugnancia quienes viven del amor o del capricho ajeno. A la Maizani la compadecemos. Al miserable sujeto que la acompaña y explota, lo despreciamos'' aparecía en la revista teatral Comoedia del suceso que derrochó centímetros de tinta, y no por su genio tanguero, que pronto encadilaría a New York en 1937. Tras romper su relación con Zerillo, inició un romance con Rodolfo José María Caffaro, conocido bajo el seudónimo de Ricardo Colombres, quien se suicidó luego de que lo acusaran de haber estafado a Maizani. A Azucena la acusaron de haber sido la tercera en discordia en el matrimonio de Colombres y de haberlo llevado al suicidio, y salió a limpiar públicamente su nombre, colmando salas con mayoría de mujeres -sororidad antes de la sororidad-. Cuando arreciaban los ataques, y se imponían otros modelos de cantantes, menos reas, como Ada Falcón, La Maizani emprendió una existosa gira mundial, que la llevó en 1938 a un mes completo de entradas agotadas en el Teatro 18 de Julio de Montevideo.

Llega al corazón del pueblo y desata lo que más puro e inocente alienta al hombre”

Eran las palabras de José Barcia en la necrológica del 15 de enero de 1970, fallecimiento de La Maizani, casi olvidada. Salvo por muchos de sus compañeros de ruta, como Lamarque, que la homenajea en “La sonrisa de mamá” (1972), vestida de gaucho, con la foto de la Ñata Gaucha, al lado. Durante los años cuarenta y cincuenta, el ocaso, Azucena trabajó en  Argentina y viajó por América, actuando varias veces entre otros países por Chile, Perú, Colombia, Cuba y Brasil. En los cincuenta participó de varios de los programas decanos del canal 7 con la presentación conmovida de Blackie.

La Maizani registró alrededor de 270 canciones, entre tangos, rancheras y variedad de géneros (hastashimmy, un derivado del swing), pero jamás tuvo un larga duración, ni contrato con una discográfica, y el único vinilo “Buenos Aires canta en la voz de Azucena Maizani” se lanzó en Brasil, a principios de los sesenta, por insistencia de los seguidores cariocas. En aquella década, tiempos difíciles para el tango, cantó en clubes de barrio y en la cantina “El Olmo” del barrio del Once, que era de su propiedad. Se retiraría para el público masivo el 19 de noviembre de 1962 en un apoteótico recital en el Teatro Astral, con varios bises de “Padre Nuestro”  Además impulsó la carrera de jóvenes cantantes como Virginia Luque, que en sus comienzos aparecía vestida de compadrito, con un poncho que Maizani había obsequiado. Y ella estaba para las cantoras hasta que una hemiplejia en 1966 la recluyó en su departamento de Cucha Cucha en Caballito.  A casi cien años de su nacimiento, con ustedes, La Maizani, tal como se presentaba en las últimos espectáculos, mito viviente de una Buenos Aires eterna, “Yo soy el tango señores, acunado en los suburbios/Al conjuro de sus turbios, gorjeos de ruiseñores/Con sus compases mejores, los que tienen mi alma llena/Y si la luna serena viste en plata mi arrabal,/Han de verme siempre igual "Siempre la misma Azucena"” 

 

 

Fuentes: Dos Santos, E. Las cantantes. Historia del tango. Buenos Aires: Ediciones Corregidor. 1978; Taboada, P. y C. Azucena Maizani en revista Todo es Historia. Buenos Aires. Circa 1970; Barcia, J. Tango, tangueros y tangocosas. Buenos Aires: Editorial Plus Ultra. 1976; magicasruinas.com.ar

Imagen: INST NACIONAL DE MUSICOLOGÍA "Carlos Vega"

Fecha de Publicación: 17/11/2021

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