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Buenos Aires - - Martes 16 De Abril

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40 años de rock: La música argentina le debe una inmensa disculpa a Miguel Mateos

El prestigioso y brillante músico nacido en Villa Pueyrredón recorrió en el Gran Rex sus cuatro primeras décadas de obra artística, un atractivo espectáculo que tuvo características insólitas dentro del historial de conciertos ofrecidos por el talentoso cantautor argentino.

Música
Miguel Mateos

Los disparates y desatinos a los que intenta acostumbrarnos con sus brutales modales este nuevo milenio son macabros y bochornosos. La palabra de “moda”, esa que desnuda gran discriminación y sobre todo una negación a lo existente se denomina “cancelación”, forma que tienen los “adictos” a las redes sociales para invisibilizar a una persona por diferentes y variados motivos. Si hay alguien que conoce esta descalificadora palabra con complejos y variados detalles, sin dudas es Miguel Mateos. Desde el arranque mismo de los años ‘80s, entendió que hacerse un lugar en la escena musical argentina le iba a costar uno y la yema del otro, extenso camino en el que medios de comunicación, estructuras culturales, grupos políticos y sobre todo la nefasta opinión de los personajes que se erigen en comunicadores especialistas en música, lo “cancelaron”, una muy vergonzosa conducta contra un artista de inmaculada calidad que decidió ignorar todas esas agresiones y descalificativos, dando como única respuesta a todos ellos una obra tan valiosa como imprescindible a la hora de hablar de rock argentino en los últimos 45 años. Hablar del rock argentino significa hoy y siempre mencionarlo como uno de sus artífices imprescindibles desde que el término sonó clasificador de una vertiente en un país, cuyo presente no encuentra artistas de este nivel y calidad creativa en los tiempos que corren.

 

Durante el último fin de semana, un conocido matutino dedicó una extensa producción a la tendencia de moda, el trap, con todas sus vertientes y características, indicando que el fenómeno consumido por millones de adolescentes desbancó al rock de las preferencias y espacios que este ocupó hasta finales del viejo siglo. Para que esto se haya afirmado bajo un perfil sociológico de “renovación” en los gustos, también habría que explicarle a todos los interesados al respecto, las causas de este curioso cambio cultural, algo que parece que era muy complicado para el diario que publicó una gran nota sobre las “estrellas” traperas, esas de vida efímera de acuerdo a las modas que impone la industria. Duele muchísimo la circunstancia de comunicarlo, pero algún mojón hay que colocar para que se entienda que ocurrió para que esta modalidad de personas hablando sobre una base electrónica, que se parece bastante a un lavarropas descompuesto, le haya copado la parada a un gran estilo musical que apenas iniciado este milenio quedó reducido a muy pocos intérpretes, quienes con bastantes años en sus espaldas siguen mayormente en la actualidad mostrando lo suyo en un país donde esa clase de música, permanece por estos años en terapia intensiva bajo atención respiratoria mecánica, luciendo muy espasmódicos signos vitales. Tristísimo.  

Miguel Mateos

El “nuevo rock” argentino es cobarde, mediocre, muy pusilánime y complaciente. Es tan inofensivo, insípido, intrascendente, oportunista y estéril, que esta bochornosa conducta esgrimida hoy la festejan el gobierno, la oposición, la iglesia, grupos de poder y aquellos que antes estaban muy preocupados por la salida de un esperado vinilo o el recital de una famosa figura que esgrimía en sus letras, pensamientos de una sociedad que nadie podía contener bajo ninguna forma. El recambio del rock argentino en el nuevo milenio está saturado de malos músicos y cantantes, gama de mediocres personajes que aparecen sobre un escenario con roñosas bermudas, barbas de tres o cuatro días sin afeitar y con menos rock encima que Petrona C. de Gandulfo. La supuesta música que publican o tocan los “nuevos rockeros” argentinos suena muy descafeinada, temerosa, estéril e intrascendente, como si tratara de la comida que le dan a un paciente que operaron recién del estómago, sabiendo que cualquier pensamiento con perfume moral, social o personal podría generar el rechazo de la persona en cuestión. El nuevo rock argentino de este siglo carece a todas luces de rebeldía, vitalidad, provocación y energía, es manipulado con fines políticos y en algunos casos se jacta de alentar el consumo de ciertos estupefacientes sin que se les caiga la cara. Miguel Mateos lo viene diciendo hace décadas una y otra vez. A la Argentina le hacen falta huevos. Sin dudas al nuevo rock argentino también.

 

Todos los involucrados de este pésimo momento sin dudas no son víctimas inocentes de un cambio de gustos artísticos. Ensayan estrictamente lo necesario, aprendieron poco y nada de los tutoriales existentes en YouTube para tocar un instrumento y ponen siempre en el puesto de cantante al que peor voz tiene. Componen mientras chatean en las redes y no les importa crear una idea artística, hacen rock chabón, militante, vegano, plastificado y todas las vertientes sonoras que suenen políticamente correctas. Usan el autotune (afinador electrónico para disimular su patética capacitación), odian a los tecladistas y encima buscan sus quince minutos de fama a cualquier precio, como si fueran esos cobayos humanos que aparecen en el “Gran Hermano” de turno. No se preocupan en lo más mínimo de escuchar los talentosos referentes del viejo milenio, están totalmente pendientes del Instagram, que es lo primero que le diseñan a una banda de rock, aunque en vivo suenen como una vieja procesadora de verduras, con un energúmeno que canta muy desafinado estruendosamente sumido en su ego y el éxito o negocio que pueda conseguir con el “currito del rock”.

Miguel Mateos

El “Olimpo del Rock”, ese al que algunos pícaros convirtieron en un podio con Spinetta, García y Nebbia, para negocio del sistema, hace rato que viene discriminando a bastantes artistas que merecen una consideración superlativa en su obra musical. Ese tan macabro juego de tres escalones para reducir a escasos nombres lo fundamental del rock, muestra lo grave del problema existente. Se ha convertido en la añeja “cancelación” con la que han tenido que padecer otras figuras tan importantes como los mencionados hace instantes en este informe. Allí están padeciendo esa descalificación Andrés Calamaro, Gustavo Cerati, Pappo, Daniel Melero, Virus, David Lebón y por supuesto Miguel Mateos, quienes parece que para los impresentables “especialistas en música” no solo no merecen un alojamiento en ese olimpo de rock, como tampoco en algún sector cercano o lindante. Habría que preguntarse de una buena vez qué le aportó Nebbia al rock en estas últimas décadas o Rodolfo Páez desde el 2006, cuando sucumbió a la cooptación de una estructura de poder político para iniciarle una firme guerra a los medios de comunicación independientes. El rock argentino de hoy tiene tanta rebeldía como una abollada lata de arvejas saturada de agua, envasada en redes sociales, mientras todos sus involucrados no titubean una y otra vez en autoproclamarse “artistas”, término que no solo no los describe como tales, sino que suena infinitamente devaluado cada vez que alguien lo utiliza en todas las estructuras modernas de comunicación.

 

Miguel Mateos llegó a sus cuarenta años de carrera ajeno a un país que ya no valora de la misma forma a la buena música, esa que no necesariamente se conoció en una playlist o en un video subido a Instagram. Sin embargo, siguió sin perturbarse a pesar de las modas o las tendencias de turno, no solo componiendo brillantes canciones que nos representan de una forma inapelable, sino esquivando la andanada de misiles que los medios le tiraron al artista exitoso en otros países. A Miguel Mateos no se le perdona que se lo conozca en un amplio sector de Latinoamérica y Estados Unidos como el “jefe del rock en español”, la persona que triunfó contundentemente en lugares a los que no llegaron Charly, Luis y mucho menos el “Indio”. La discriminación y censura que padeció Mateos durante buena parte de su carrera de parte de ciertas estructuras comunicacionales es un escándalo que muchos se niegan a mencionar por cobardía. La cantidad de fantásticos clásicos que están en la discografía del brillante pianista, compositor y cantante de Villa Pueyrredón, pueden congregarse en una caja con doce álbumes donde cada tema merezca ese privilegiado sitio en una compilación tan excelsa como deslumbrante por sus descripciones y sonidos. Solo un astronauta moscovita podría negar la trascendencia de un disco clave en la historia del país como “Solos en América”, un brillante disco de 1986 que tendría que ser de escucha obligatoria en todos los colegios de este país. Pero un disco así parece que no es L-Gante.

 

 

A la hora de rememorar las mejores canciones del deslumbrante y superlativo músico en un show conmemorativo tocadas en un teatro, lo primero que uno imagina es un recital de al menos unas cuatro horas de duración. Antes de este especial aniversario, Mateos en su historial cuenta con varios conciertos que han bordeado esa duración, imprescindible para que no quede afuera ningún topacio sonoro de un fenomenal monstruo creativo que suele retratar la realidad argentina como nadie, algo que aparece en clásicos como “Cuando seas grande”, “Bar Imperio”, “Tirá para arriba”, “Un gato en la ciudad”, “Solos en América” o “Huevos” para citar las más icónicas. Por cuestiones operativas, las presentaciones de este notable compositor apenas bordearon los 160 minutos, injusta franja de tiempo que obligó a excluir decenas y decenas de obras que no merecerían estar ausentes en una revisión de composiciones inmaculadas con un nivel poco frecuente. Durante octubre, Miguel Mateos concretó dos conciertos para conmemorar semejante cantidad de temporadas al servicio de la buena música, eligiendo el Gran Rex para ofrecer en esos recitales un show pleno de temas que llegaron para permanecer eternamente en el corazón de millones de argentinos.

 

 

No todas son flores para describir la carrera del músico, algo que se circunscribe de forma puntual a la banda que lo acompaña en la actualidad. Desde mediados de los ‘90s Miguel Mateos hizo ostentación del mejor grupo de músicos del país, un brillante tándem que le permitió lucir al mejor conjunto de intérpretes en todo el país, una banda que por suerte es posible recordar en el superlativo álbum en vivo “Primera Fila”, grabado durante 2007 con motivo de una secuencia de publicaciones de colosos de la música tocando sus clásicos en lugares de menor cifra de espectadores. El grupo que actuó en ese evento estaba integrado por Ariel Pozzo (guitarra y coros), Roly Ureta (guitarra y coros), Nano Novello (teclados), Alan Ballan (bajo), Alejo Mateos (batería, secuencias y coros) y naturalmente el propio Miguel Mateos en voz líder, teclados y guitarras. Desde principios de 2014, ese genial y demoledor supergrupo comenzó a padecer éxodos que afectaron ese majestuoso y muy devastador poder que la formación desplegaba en cada una de sus presentaciones, una secuencia de partidas que parece haber herido cierta excelencia interpretativa dentro de un nivel muy calificado de por sí.

Miguel Mateos

Miguel Mateos es un reconocido hincha de River Plate y él mejor que nadie entenderá el análisis que puede hacerse de su grupo, para alguien que disfrutó el placer de tocar para 45 mil personas el Himno Nacional Argentino en el Monumental hace varias temporadas, simplemente acompañado por su piano. El autor del hit “Atado a un sentimiento” viene padeciendo los problemas que tiene el entrenador Marcelo Gallardo en el último lustro, cuando la dirigencia le fue vendiendo a sus mejores estrellas del campo de juego. Todos los años el “Muñeco” con menor o mayor fortuna, logró reinventar al plantel con varios integrantes de las inferiores, reformulando su estrategia y logrando títulos que pocos le hubiesen augurado con un plantel que todos los años se fue diezmando. Con Miguel las cosas no vienen demasiado distinto: con la inesperada partida de Nano Novello, el nivel de brillantez de los teclados sufrió un devastador mazazo, complicado lugar que ocupó el pianista Leonardo Bernstein, quien recién en la actualidad parece haber encontrado esa respuesta de excelencia que esos instrumentos ostentaban. El siguiente en dejar su lugar en el grupo fue Alan Ballan, quien por aquél momento emigró a la banda de la estrella pop Lali Espósito, puesto que no fue tan difícil de cubrir, probablemente por el trabajo arquitectónico que demanda la abultada discografía del artista argentino.

 

Sin dudas el éxodo interpretativo que más descalibró la estructura musical en vivo del superlativo compositor y cantante de Villa Pueyrredón, fue la inesperada partida de uno de sus guitarristas estelares. Roly Ureta fue convocado para tocar en el supergrupo que se armó para acompañar a los integrantes de Soda Stereo, desvinculación que al parecer no ocurrió en los mejores términos, momento donde Miguel de la noche a la mañana tuvo que salir a cubrir un puesto decisivo en su película de show con lo que eso significa. La maniobra de Mateos de ubicar a su hijo Juan, un ejecutante con elevada calificación en su instrumento, en reemplazo del violero que partió de la banda en cuestión de horas. Todo esto obligó a Miguel a parar su “equipo” en el campo interpretativo de otra forma. Si antes Mateos en vivo ponía a tres delanteros de poder goleador como eran el mismo junto a Ariel Pozzo y Roly Ureta, dejando atrás un mediocampo de bajo y teclados, con el arco rítmico bien custodiado por su hermano Alejandro, la última partida en su formación hizo cambiar el planteo del gran músico por otro esquema. La necesidad lo ubicó por el lado derecho con su teclado y su guitarra, quedando del lado izquierdo Pozzo con la guitarra líder. En el medio y atrás colocó a su hijo Juan como guitarra más rítmica que solista, acompañado por el notable saxofonista Oscar Kreimer, una especie de “Leo Ponzio” que ordena y coordina el accionar general a bordo de su instrumento y algún coro adicional.

Miguel Mateos

Lo que jamás podía esperarse era que Miguel Mateos conmemorara en vivo sus 40 años de carrera con un show teatral en el Gran Rex con un conjunto en el que no estuviese su hermano Alejo en la batería, secuencia y coros. Sorpresiva e inesperadamente eso fue lo que testimoniaron 3500 personas este último fin de semana en la famosa sala ubicada en la avenida Corrientes a pocos metros del Obelisco, cuando el telón se descorrió dejando ver detrás de los tambores a Eduardo Giardina, hermano de Charly, quien toca el bajo en la banda de un tiempo a esta parte. Es encomiable la buena voluntad y la entrega que este reemplazante le puso a su rol rítmico en la banda, pero sin dudas una de las partes firmes del basamento interpretativo colapsó y las versiones del repertorio sonaron sin la brutal y elocuente potencia que le imponía Alejo Mateos al instrumento, amén de utilizar en este espectáculo una batería con otra clase de cascos e implementos, lo que le dio al sonido un tono más opaco y menos moderno. Consultando a la firma productora del espectáculo, la prestigiosa y calificada agencia Booking & Management señaló que el reemplazo en esta actuación fue fruto de una intervención quirúrgica a la que debió ser sometido Alejandro Mateos, al detectársele cálculos en la vejiga, lo que impidió su presencia en el concierto.

 

El gran recital comprendió un total de 26 canciones, dos de ellas en formato acústico con el anfitrión cantando solo con su piano. En las otras 24 restantes hubo un repaso por todas las publicaciones del artista, ediciones que iban a apareciendo en una gran pantalla digital al fondo del escenario. Compactar semejante obra artística en dos docenas de temas tenía implicado un costo estructural, es decir, dejar afuera a varios clásicos, planteo que dejó al álbum “Solos en América” reducido a un simple tema y nada más, idéntica suerte para su majestuoso trabajo “Bar Imperio”. Luciendo muy ágil en escena con algunos kilos menos en su masa corporal, Miguel Mateos hizo gala en vivo de una voz perfecta que no exhibe deterioro alguno, mostrándose muy activo de un lado al otro en el proscenio del Rex, una zona que recorrió como un maratonista africano sin señales de cansancio, exhibiendo una presencia adrenalinita que contagio al público en cada sector del teatro. Su discurso en el escenario mantuvo la coherencia que viene exponiendo en las últimas 40 temporadas de magnífica tarea sobre las tablas, momentos donde remarcó dos puntos no menores dentro de la actualidad que vive nuestra nación. Aludiendo al parate que sufrió toda la industria nacional, el músico no titubeó en responsabilizar a China por la enfermedad diseminada en todo el mundo, virus que ha provocado en nuestra nación más de 5 millones de casos y 116 mil fallecidos desde marzo de 2020 a la fecha, señalando sincero que llegó la hora de ir a buscarlos para que rindan cuenta de esta tragedia provocada desde un laboratorio en la zona de Wuham. El otro editorial del músico, sirvió para tributar una broma sobre DUKI, quien en un show siguió usando el Autotune para presentar a sus colaboradores, algo que provocó risas y aplausos en varios sitios del Rex. “No me gusta la música urbana, pero la defiendo, pero que quede claro, no me gusta”, expuso con elocuencia el magistral artista.

 

Miguel-Mateos

 

El final del concierto conmemorando 4 décadas de labor ofreció un bloque bailable con una secuencia muy pistera por donde se la analice. El festín dance arrancó con “Adicto al amor”, siguió con “Euforia” y culminó con “Obsesión” mientras la sala mutaba a discoteca enloquecida sin freno alguno. Para el tramo de bises, ocurrió una destacada sorpresa con la presencia de Roly Ureta como invitado, lo cual delata que la relación entre el músico y Mateos ha hallado una valioso camino de recomposición. Bastó que el violero que tocó en Fricción pusiera su primera interpretación en las seis cuerdas para que el sonido de toda la banda expusiera un devastador cambio sonoro, como si Mateos hubiese puesto su grupo en la modalidad naftera sacándolo sin titubeos de esa interpretación en tono de gas natural comprimido en la que venía el recital con estos ejecutantes. Los sonidos que puso Ureta le dieron al conjunto ese brutal poder demoledor que pueden tener las canciones de Miguel con su participación, un aspecto que obliga a sentar un planteo. De la misma forma que en su momento San Martín y Belgrano, Perón y Balbín o Kempes y Luque se sentaron para unirse en objetivos comunes para cambios en nuestra existencia, Mateos y Ureta deberán charlar privadamente para resolver las diferencias existentes, porque la vuelta del violero en la segunda guitarra líder es absolutamente imprescindible en la magnífica edificación musical del artista nacido en la zona de Villa Pueyrredón.

 

Con Alejo Mateos con un micrófono en mano haciendo insólitamente los coros de “Tirá para arriba”, la fiesta conmemorativa de cuatro décadas de buen rock llegó a buen puerto, mientras todo el público felicitaba elocuentemente al magnífico anfitrión por otra colosal faena en vivo en esa icónica sala. Exponiendo cuatro décadas de maravillosa música que retrata grandes situaciones de nuestro país en la mirada de un superlativo compositor y cantante, Miguel Mateos cerró su festejo como correspondía, ajeno a las “cancelaciones” que parte de esta aturdida sociedad intentó aplicarle sin pausas durante 40 años. La música argentina le debe una inmensa disculpa a Miguel Mateos, un artista que no tiene nada que envidiarle a figuras como García, Spinetta, Solari o Calamaro, habiendo instalado un repertorio que en todas las ocasiones mostró radiográficamente los vicios y equivocaciones de un país que necesita de una vez por todas salir del contexto hipócrita actual, ese donde el rock es algo circunscripto a pocos intérpretes que esquivan esta banalización “urbana” ,donde cualquier mediocre se autoproclama “artista” sin que nadie decida confrontarlo de una maldita vez por todas.       

 

 

Imágenes: Agencia Booking And Management / Redes y Sitio Miguel Mateos 

Fecha de Publicación: 04/11/2021

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