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La invención de la ciencia ficción argentina

La obra de Adolfo Bioy Casares merece una lectura separada de la sombra de Jorge Luis Borges.

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La invención de la ciencia ficción argentina

Adolfo Bioy Casares (Buenos Aires, 1914-1999) fue un escritor argentino precursor del género fantástico y renovador del policial. Su interés en los aspectos formales del relato, y una fina ironía para develar el presente siempre en fuga, llevaron  a un cuestionamiento constante a cómo se entienden el mundo y las relaciones humanas. “Nuestros hábitos suponen una manera de suceder las cosas, una vaga coherencia del mundo. Ahora la realidad se me propone cambiada”, acota el fugitivo de La invención de Morel (1940) en una isla marcada por una peste atroz. No por nada, en el 2020 pandémico, el prestigioso New York Times ubica a este libro de “imaginación razonada” entre las infaltables para entender este aciago momento, aunque los norteamericanos conocen muy bien la historia de Bioy. Los autores de la exitosa serie Lost (2004-2010) admitieron que fue una decisiva fuente de inspiración nuestro primer libro de ciencia ficción.    

Hijo una familia de clase media alta terrateniente, y con el antecedente de un padre escritor y estanciero, Bioy no tuvo ningún impedimento para lanzarse a la escritura. Además, la fortuna de su padre, Adolfo Bioy, posibilitó evitar la necesidad de contactos literarios. Así que pronto publicó sus primeros libros por su cuenta, aquellos que fueron censurados por el mismo escritor en la fama, Vanidad o una aventura terrorífica con solamente catorce años. Sin embargo, son de interés porque marcan sus inclinaciones por las tramas policiales y fantásticas, la exploración amarga del mito criollo, y una mirada asombrosa que disuelve tiempo y espacio. Todos ellos anticipos de su novela más lograda, El sueño de los héroes (1954). La amistad con un mayor Jorge Luis Borges, iniciada antes de los veinte, fue fructífera en términos creativos, en especial en los cuarenta con la hilarante Seis problemas para don Isidro Parodi (1942), y donde aparece la primera colaboración entre ellos bajo el alias H. Bustos Domecq. También son los años que Bioy Casares publica la novela Plan de evasión (1948) y los cuentos La trama celeste (1948). Obtiene un definitivo reconocimiento como figura de la denominada generación del 40 –su mujer Silvina Ocampo, Ernesto Sábato, Manuel Peyrou, Enrique Anderson Imbert, entre otros–, quienes se destacaron en las líneas inauguradas por La Invención de Morel, lo arquetípico, mítico y fantástico.

El desdén paternalista característico de Bioy, y la extrañeza de un escritura descomprometida con la realidad inmediata, hicieron que su obra de novelas, cuentos, diario y ensayos quedaran sepultadas por su figura de dandy porteño e intelectual de palabras justas. Ante esa mirada, el Diario de la guerra del cerdo (1969) puede ser leída como un alegato al endiosamiento de la juventud contemporánea o  La aventura de un fotógrafo en La Plata (1985) podría ser una de las mejores novelas sobre los desaparecidos sin proponérselo. Y el bronce le llegó definitivamente con el Premio Cervantes y el Premio Internacional Alfonso Reyes. Fallece en 1999 siendo más un biógrafo de Borges que el padre de la ciencia ficción argentina.

Dice Bioy Casares

“Es curioso el hecho de que tanta gente, en un época de penuria como la actual, se vuelque a la tarea de enriquecer el vocabulario. Frenéticamente inventa palabras, o las desentierra de los libros (¿no es increíble?)…les confiere acepciones incorrectas, fantasiosas, pero nuevas. Piensa tal vez que no sólo de pan vive el hombre y que afligidos por infinidad de privaciones, a lo mejor encontramos alguna compensación, o, por lo menos, algún consuelo, en la certidumbre de que a cualquier hora del día o de la noche podemos recurrir a las palabras fractura, estructura, infraestructura, para no decir nada del verbo escuchar, que indudablemente ha de engolosinarnos, porque no se nos cae de la boca”,  en “Diccionario del argentino exquisito”. Buenos Aires: Perfil. 1990

Dicen de Bioy Casares

“Nos revela que la ilusión del tiempo y el espacio están hechas para no desaparecer de nuestras vidas; nos obliga a reexaminar las fronteras de términos tales como “realidad” y “apariencia” y nos abandona frente a lo que hay de más real en la existencia: esa trama de esfuerzos con que debemos reanudarla, día a día”, en Pezzoni, E. El texto y sus voces. Buenos Aires: Sudamericana. 1986

Fecha de Publicación: 15/09/2020

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