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Zoológico de Buenos Aires: tango animal

En octubre de 1888 comienza la historia oficialmente de un Zoo que traspasó tres siglos. Paseo de las familias porteñas y turistas por generaciones, hoy convertido en Ecoparque.

Historia
Zoo ecoparque

Llegado a la presidencia, Sarmiento impulsó el Parque Tres de Febrero en las tierras palermitanas que habían pertenecido en Juan Manuel de Rosas, y un 24 de junio de 1874, pese a la oposición de diputados porteños que consideraban la zona “inviable”, se sanciona la creación de actual pulmón ciudadano, impulsado el nombre en homenaje a la batalla de Caseros (1852) por un ex funcionario rosista, Vicente López y Planes.  Entre los artículos de la ley nacional estaba “contendrá además de plantas y animales exóticos, de ornato o de utilidad, ejemplares de nuestra flora… la fauna argentina será igualmente representada en especies útiles o peculiares del país, además de los animales de otros países que se procurarán adquirir para propender a su aclimatación” Inaugurado el parque el 11 de noviembre de 1875, con una asistencia bulliciosa de 30 mil personas, Sarmiento personalmente se ocupaba de reunir animales para la Sección Zoológica, una que se encontraba exactamente enfrente del emplazamiento actual, del lado de la actual avenida Libertador. Dos leones, dos tigres y algunos monos fueron las primeras atracciones. Y que se encontraban a cien metros del Jardín Zoológico-Botánico, de la residencia de Rosas hacia 1840,  y que incluía especies vernáculas como yaguaretés, guanacos, avestruces, yacarés y algunos monos, vestidos de “campanillas” como se habían visto en el primer zoo argentino de 1827 y que funcionó en las actual avenida Córdoba y Paraná. Cuentan que tenía además Rosas un tigre manso que se paseaba por la casa y, a veces, asustaba a los desprevenidos.

Hasta 1887 la sección zoológica fue creciendo de manera lenta bajo la vigilancia del zoólogo ruso Carlos Berg. Carlos Pellegrini fue uno de sus principales entusiastas, “difícilmente habrá ciudad más aburrida que Buenos Aires” repetía mientras se maravillaba con los zoo de Hamburgo y Filadelfia, y en Europa buscaba nuevas especies para engrosar las escuálida dotación donde abundaban los zorros y los conejos pero no había leones ni elefantes. Todo eso iba a cambiar con la designación en la dirección de Eduardo Holmberg, el 30 de octubre de 1888, y un nuevo rumbo científico, en un nuevo solar de 18 hectáreas, exactamente en el sitio que hoy se erige el Ecoparque.

Cuenta este destacado naturalista, uno de los pioneros en los estudios en la Patagonia y enorme educador en ciencias, “un día el doctor Eduardo Wilde -ministro de Juárez Celman, aún el parque dependía de la Nación- me dijo, dígame algo, usted que nunca pide nada ¿qué quieres ser? Y yo le respondí: quiero ser director del jardín zoológico. Ya era muy anterior en mí este pensamiento, pues había trazado en la plaza Libertad, entonces desierta, un jardín zoológico para niños. En aquel descampado de Palermo se dibujaron los jardines, se levantaron las secciones, trayéndose ejemplares de la más diversas especies”, recordaba Holmberg, quien además fue un escritor precursor de la ciencia ficción. Los niños fueron una de sus preocupaciones centrales, algo que ya quedaba ejemplificado  en sus inicios de médico cuando atendió a un niño afiebrado llevado por un empleada doméstica, debido a que la madre estaba en el teatro, y el doctor Holmberg prescribió en un recetario “Amor” Aquella impronta amorosa de Holmberg ligó al zoo a la niñez por siempre.

“Un jardín zoológico es una institución científica”, escribía en la influyente “Revista del Jardín Zoológico”, que él mismo editaba, y que engrosaba una biblioteca especializada que llegó a tener doce mil ejemplares, “Por sus exterioridades puede pasar inadvertido el carácter fundamental de su existencia… pero el observador encontrará siempre, en los establecimientos de su clase, un vasto campo, rico en cuadros de enseñanza, donde la naturaleza no puedo encerrarse en los estrechos límites artificiales, y no dejará de hablarles con la voz elocuente de los hechos. Un jardín zoológico no es un lujo, no es una tentación vanidosa y superflua. Es un complemento amable de las leyes nacionales relativas a la instrucción pública”, cerraba quien es el responsable de los edificios con estética morisca, orientalista o hindú.  También encargó la construcción de la reja en 1895, que cerró el perímetro con el arco de 1888, y buscó acrecentar las especies nativas, entre ellas la mara patagónica: se quejaba a fin de su gestión en 1903 que sólo tenía una, más de un siglo después reinan en los caminos del zoo.

 

Onelli, el zoo para todos

De las cien mil personas anuales que visitaban el zoo en la gestión de Holmberg, Clemente Onelli (1904-1924) pasó el millón y medio, en un número que se mantuvo como promedio histórico hasta el cierre en 2016. Este espectacular número se explica en la acción de un activo director que buscó acrecentar la afluencia del público con estrategias publicitarias, como la caminata jirafa en mano desde el puerto en 1912. La prensa llamaba a estas apariciones públicas “son cosas de Onelli” Pero además, este relevante zoólogo y antropólogo que colaboró con Perito Moreno y fue fundamental para evitar el conflicto limítrofe con Chile en 1897,  trabajó intensamente para darle la fisonomía que todos conocemos del zoo, cuidando el espacio verde, “el niño que siga visitando el jardín zoológico, podrá, cuando sean grandes, decir a sus hijos: este árbol que tu ves, tan grande, yo he visto plantar (1911)” Incorporó bellas esculturas, y fuentes, y nuevas casas de animales, esta vez con un gusto italianizante clásico. Y tuvo tiempo para inaugurar otro zoológico en Parque Patricios, de corta vida en los diez, una escuela de artesanías con exposiciones de tejidos, antecedentes de los museos de arte popular, y fue uno de los primeros que apostó por las posibilidades educativas de la radio y el cine. También pensó en el esparcimiento familiar e inauguró una sucursal de la “Confitería del Águila” (1905) -aún en pie, una joya de la arquitectura porteña y hoy espacio de una universidad-, calesitas, juegos y el recordado trencito -que todavía sigue funcionando en Parque Avellaneda. Y, como si fuera poco, persiguió un Nahuelito en el Lago Epuyén de Chubut, disparatado plan claro, pero que no impidió que la gobernación declarara de interés al animal en 1922.  Otro proyecto sin concretar fue el Acuario Buenos Aires, debajo del actual Botánico, que la ciudad finalmente nunca disfrutó.

En 1915, ya reconocido el zoo como centro de estudio y protección animal, se le encarga a Onelli un relevamiento del casco urbano, “en la Ciudad de Buenos Aires se pueden hallar sin mayores dificultades más de 20 especies de vertebrados de los tres órdenes zoológicos, de raíz auténticamente argentina, y que usted en momentos diferentes del día y  de la noche, en las distintas estaciones, y en las calles y los parques públicos, en las quintas particulares y los terrenos baldíos, se pueden dar frecuentemente con ellos vivos y libres… las comadrejas se ven en Parque Chacabuco y en Parque Avellaneda… liebres se encuentran en los terrenos baldíos de Liniers hasta el Bajo Flores…cuises caminando por la calle Canning…bandadas de federales sobre el Hipódromo…lagartijas en Las Heras y Pueyrredón” Manuel Mujica Láinez recordaba en 1965 sus visitas a la casa de Onelli, que estaba dentro del mismo zoo, maravillado con “aquel caballero macizo y sanguíneo, que hablaba una mezcla de español e italiano,  y contaba maravillosas excursiones… bajo una extraña atmósfera poblada de los santos coloniales que habitan hoy una sección de la sala del Museo Luján…. Yo miraba de hito a hito al malvado mientras tanto caía la tarde y los gritos de los animales vecinos intensificaban la ilusión de la selva. Quizá, entre ellos, anduviera la sombra del plesiosaurio”, recreaba la magia de un entorno de ensueño como lo había hecho antes Horacio Quiroga en los “Cuentos de la Selva”

 

El zoológico, corazón de Palermo

Luego de la gestión trascendente de Adolfo Holmberg (1924-1944, 1955-1957), biólogo sobrino nieto del primer director, que impulsó que los animales no estuvieran en jaulas sino separados por zanjas del público, además de fundar el Cine-Teatro -hoy Teatro Sarmiento-, y el Instituto Municipal de Biología, el zoológico comenzó un lento declive de casi medio siglo. Varios fueron los proyectos en los sesenta y setenta para un traslado a Villa Lugano, mientras la población animal raleaba y el descuido era una constante de las gestiones, y, finalmente, en los noventa se privatiza y adquiere un perfil conservacionista, acorde al nuevo pensamiento proteccionista animal, pero sin el esplendor de sus primeras décadas.

Para el final dejamos algunas postales del artista Alejandro Sirio de 1948, tal vez el cenit del zoo porteño, que dio identidad a su barrio y que continuará siendo un orgullo en la memoria de los porteños, “lleva el zoológico la ventaja de tener una clientela para cada día de semana… el lunes los pensionistas tienen su jornada descanso… los días de Marte los soldados y los marinos llegan con una pareja femenina… los miércoles abundan las abuelitas con sus nietos… que insisten en explicarles que las tortugas no usan sombrero por más que lo quiera Walt Disney… los jueves se alegra con el blanco revoleo que las alumnas normales… en el día de Venus, y tras hacer la rabona al colegio o al taller, vienen las futuras vampiresas a estudiar a las alondras y los cisnes… los sábados desde la Exposición Rural acuden con ponchos, bombachas, dagas y rastras folklóricas… los domingos es el día más diversamente frecuentado y de más variada indumentaria… el piyama alterna con la bombacha y los vestidos a terciopelos… día en que las institutrices inglesas hablan en criollo, los osos oyen hablar en húngaro a sus visitantes…y los gordos van a burlarse del hipopótamo semejante”

 

Fuentes: del Pino, D. Historia del jardín Zoológico Municipal. Buenos Aires: MCBA. 1979; Schiavo, H. Palermo de San Benito. Buenos Aires: MCBA. 1969; Makarius, S. Buenos Aires, mi ciudad. Buenos Aires: Eudeba. 1963; León, M. Cien años entre rejas en revista “Todo es Historia” nro. 92 Enero 1975. Buenos Aires.

Fecha de Publicación: 26/10/2020

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