Buenos Aires - - Jueves 03 De Diciembre

Home Argentina Historia Urquiza, arquitecto de la Nación

Urquiza, arquitecto de la Nación

Octubre también es el mes de Justo José de Urquiza, un estadista entrerriano que antepuso la Patria a sus intereses personales.

Historia
 Justo José de Urquiza

Una tarde del 9 de abril de 1870 unos treinta hombres traman en Arroyo Seco un magnicidio. Matar a Justo José de Urquiza. Hombre fuerte de la política argentina durante treinta años, dueño de un millón de hectáreas y exitoso ganadero y protoindustrial, gobernador varias veces reelecto de Entre Ríos, era ya un capitán general envejecido, nuestro primer presidente constitucional. Sarmiento, el presidente en ejercicio en ese año, unos días antes había advertido a Urquiza que deseaban matarlo, en una visita al majestuoso Palacio San José. Urquiza, ganador en mil batallas, comandante del multinacional Ejército Grande,  y conocido por su implacabilidad con los derrotados, pese a su famoso “no habrá vencedores ni vencidos”, aún se creía invencible. Y mucho menos, atentarían contra él en sus propios dominios. Pero en una estancia suya, La San Pedro, las huestes homicidas de Ricardo López Jordán, que había sido su ministro provincial y abrigaba un viejo rencor por cuestiones familiares, se pusieron a las órdenes del coronel Simón Luengo, también un militar protegido del líder federal en otras épocas. Es sabido que Urquiza era desconfiado pero también de una suma generosidad sin mirar a quien, al igual que dejaba varias “cuestiones familiares”  en Entre Ríos por un sinnúmero de hijos naturales –y contando los once con su esposa Dolores. Dato: en 1855 tuvo que emitir un decreto provincial para limitar los reclamos de paternidad.        

Ya es la tardecita del 11 de abril de 1870. El verano se resiste a irse y el sol calienta la arboleda cercana al Río Gualeguaychú. En la moderna residencia de los Urquiza, la primera en el país con agua corriente, reina la paz antes de la tormenta. Dolores y Justa cantan y tocan el piano con el profesor Carlos Leist. El secretario Julián Medrano, quien se encargaría de dar aviso sobre el asesinato a Concepción del Uruguay, y el profesor de idiomas, Antonio Suárez, conversan en el patio sobre nuevas medidas que alienten el comercio interprovincial, flanqueados de figuras de la mitología griega, y en compañía de una escasa guarnición. Demasiado escasa. Dolores en la sala de recepción, de un lujo europeo y vajillas inglesas con el nombre en dorado familiar,  charla distendida con su madre y hermanas. A lo lejos la polvareda se levanta. Y todo se empieza a nublar. Es la hora señalada. Los gauchos en armas enfilan decididos sobre el portón y Urquiza  se sacude de su asiento y grita “¡Son asesinos, son asesinos! ¡Vienen a matarme!” Los troperos, varios rostros conocidos que lo habían acompañado en la campañas contra los unitarios en los cuarenta, o estuvieron en la batalla de Cepeda cuando humilló a los porteños de Mitre, entraban a pura montonera y sapucai “¡Muera el traidor de Urquiza! ¡Viva el general López Jordán! ¡Muera el Tirano! ¡Muera el amigo de los porteños!”  Son las 19.30. “El rifle, Dolores, el rifle –dice Urquiza vestido de blanco en el primer patio- ¡Tomen hijos de puta! ¡No se mata así a un hombre delante de la familia, canallas” Balacera delante de las mujeres y un disparo del Pardo Luna que impacta en pleno rostro de Urquiza. Sobrevive malamente por una prótesis de oro. Caído en el piso, indefenso, abrazado por sus hijas, Nicomedes Coronel lo remata como se tajea a una vaca. Y cuando estaba por hacer lo mismo con la esposa e hijas, éste un soldado entrerriano de poncho y botas de granadero,  se interpone el Tuerto Álvarez, “no tengan ustedes  miedo, soy el capitán Álvarez, con este puñal que he muerto a su padre he de defenderlas a ustedes”, narra Hernán Brienza. Por detrás llega renuente Luengo, de fondo ruido de vajillas rotas y la tropilla realizando destrozos en los preparativos de una abundante cena. Mira el sangriento cuadro con frialdad y señala “no teman, señoritas, con ustedes no es la guerra. Esto es sólo una muerte política”, sentencia quien fue lugarteniente de Chacho Ángel Vicente Peñaloza, un caudillo que combatió a la par con Urquiza por la causa federal,  y que su cabeza terminó estaqueada en la Plaza de Olta –La Rioja- con la complicidad del entrerriano.   Así  acababan los días de Justo José de Urquiza, el padre de la Constitución argentina, el arquitecto de la Nación.  

 

Extrañas frutas

Tal espantoso, y solitario final,  no encajaría con la relevancia de un hombre nacido el 18 de octubre de 1801 en Talar  del Arroyo Largo – hoy Arroyo Urquiza-, un estadista que desafío a todos los poderosos de su tiempo, desde Rosas a los porteños, pasando por los diplomáticos ingleses y norteamericanos, y al Imperio brasileño. Sin embargo la clave del trágico final emerge silenciosa, pero persistente, entendiendo que Urquiza también fue aliado de todos ellos. Como lo fue de los paraguayos, quienes mucho ayudaron  a la Confederación Argentina ahogada por la secesionismo de Buenos Aires, y que terminó traicionando con su apoyo a la Guerra contra el Paraguay (1865-1870), una actitud que quedó demostrada cuando negó apoyo de los  entrerrianos a los defensores de Paysandú en 1865, muchos de ellos con familias del otro lado del río. Urquiza tenía a su hijo Waldino. Entonces 15 mil hombres, brasileños, argentinos y uruguayos, masacraron a mil bravos que resistieron un mes. Todo el Litoral, incluído López Jordan, nunca olvidarían la vista de la ciudad hermana en llamas.   

Es cierto que en ese tiempo intentó por todos los medios una solución pacífica. Algo que debemos reconocer a lo largo de su trayectoria. Urquiza, “tenía una inteligencia vivísima que suplía con sobrada ventaja la falta de una vasta erudición”, decían, antes de romper lanzas pugnaba por el acuerdo. Entendía la ley del garrote –o del degüello- pero anhelaba modernizar, civilizar, su patria. Y al contrario de su primer protector, Juan Manuel de Rosas, que nunca confío de ese entrerriano, “tenga cuidado con su general”, le dijo en 1836 al gobernador Pascual Echague cuando se conocieron en Palermo, Urquiza pensaba en que ya era tiempo de una constitución.   

Sin descuidar sus negocios, que crecían con los modernos saladeros y la agricultura, Urquiza había cimentado un sólido prestigio militar, primero luchando con el rosismo contra Lavalle, Paz, Ferré y el uruguayo Fructuoso Rivera, y, tal vez, construyendo la mejor gobernación argentina desde 1841. Entre Ríos vivía la denominada “edad de oro de la enseñanza”, con una escuela por distrito, que incluía la educación para ambos sexos, alentaba la colonización, el comercio y la industria, reglamentaba la justicia, creaba milicias con gauchos que eran propietarios de sus tierras, y propiciaba acuerdos económicos entre regiones. En la década ganada entrerriana, la provincia competía de igual a igual a Buenos Aires, y la aventajaba notablemente en educación e infraestructura.  Todo ello llevaba inexorable a que en 1851 el país se entere del famoso pronunciamiento del 1 de mayo, anticipado en una circular del 5 de abril, donde Urquiza  llama a los demás gobernadores a “salvar las Repúblicas del Plata del abismo profundo de cuyas cimas las conduce aceleradamente el genio maléfico que preside los consejos del Gobernador de Buenos Aires” Rosas lo sabía desde 1836…y empezó a prepararse para el combate con su antiguo aliado. Logra que ninguna provincia apoye el pedido en el pronunciamiento,  de delegar en ellas la representación exterior, menos Corrientes que siempre fue antirrosita, y obliga a Urquiza a recurrir a los brasileños –no sin posteriores arrepentimientos de éste hasta el día de su muerte. El Imperio brasileño cumple con ejércitos, marina y miles de patacones, que van a las arcas entrerrianas. Esta vez no hubo libras inglesas, sino moneda latinoamericana, porque los brasileños imperiales estaban preocupados en que resurja el sueño federal de unas “Repúblicas del Plata” que abarque desde la Patagonia al Alto Perú, con Paraguay, Uruguay y parte del sur del actual Brasil, aquel que se había ganado en el campo de batalla, y perdido en la mesa diplomática, durante la Guerra contra el Brasil (1825-1828) Con semejante apoyo un inflamado Urquiza comandó un espectacular Ejército Grande, de más de veinte mil argentinos, uruguayos y brasileños, y que se iba a medir en el Monte de Caseros, Santos Lugares, con una fuerza muy similar en número de gauchos, negros y mazorqueros, pero menos dotada militarmente, y bajo las órdenes de un general Rosas abúlico, y derrotado, antes del primer cañonazo.

El 3 de febrero de 1852 se decidió el destino de la Argentina, una por el respeto de las leyes y las instituciones. Al menos, en una versión. Aquella que habla  de que “el ejército vencedor había cumplido su misión liberando al pueblo del despotismo sangriento que la oprimía”, diría Urquiza victorioso apenas arribando a Palermo, la otrora residencia de Rosas, y que establecía rápidamente olvido general de todos los agravios, instaba a la confraternidad y fusión de todos los partidos políticos, y enviaba a Bernardo de Irigoyen por las provincias para conformar el Congreso Constituyente. Otra habla de que “la caída de Rosas no había cambiado a Urquiza, ni al país. En el atardecer de Caseros hacía fusilar por la espalda al coronel Chilavert –que estuvo a punto de dar vuelta la batalla- A la misma hora el federal Martín Santa Coloma –que había luchado con Urquiza contra los unitarios- era degollado por su orden. Esa noche los soldados de Aquino, que se rehusaron a alistarse con el Ejército Grande, eran fusilados y colgados de los árboles que perfumaban tupidos la residencia…bajo esos frutos macabros, extrañas frutas, desfilaron las damas porteñas que visitaban al campeón de la libertad”, acota Jorge Abelardo Ramos, base a testimonios de los presentes, y afirma que Mitre y Sarmiento confeccionaban las listas de rosistas que “hemos jurado no va a quedar ni uno” Relativo ya que astuto Urquiza arma un gobierno bonaerense con varios de ellos como Vicente López y Planes, el autor del himno, y Dalmacio Vélez Sársfield, el padre del código civil argentino. Y son otros exrosistas, más algunos viejos hombres de la Independencia que retornan de Montevideo, los que lo convencen en retrasar el desfile triunfal con brasileños aunque fatídicamente (sic) coincide con el 20 de febrero, día de  la victoria en Ituzaingó (1827). Urquiza encabeza con un poncho y una galera de felpa con el cintillo punzó, federal liberal al fin de cuentas no muy lejano a Rosas, y se ganó rápidamente el odio de todo Buenos Aires. A fin de la tarde impide que los imperiales esclavistas, que estaban entregados a la rapiña por la ciudad, se lleven las banderas brasileñas que habían perdido en sus propias tierras por los patriotas rioplatenses.   Y, luego, durante décadas, será uno de los pocos argentinos que ayudará económicamente a Rosas en la pobreza del exilio inglés.

 

Nuestros esfuerzos comunes están separados

El camino hacia la Asamblea Constituyente de Santa Fe de 1853 se allanó debido al esfuerzo denodado de Urquiza de reunir en  San Nicolás previamente a los mismos gobernadores que estaban en el poder hace años, el más el sanjuanino Narciso Benavídez desde 1836, y que sólo se accedieron cuando se firmó el levantamiento de las aduanas interiores, un instrumento con el cual Rosas sofocaba a las provincias. El acuerdo daba igualdad de derechos y rentas, incluso determinaba que cada provincia enviaría dos representantes a la asamblea.  Que fuera la futura nación republicana y federal estaba un segundo plano.  Los porteños –y bonaerenses- desconocieron el acuerdo y se inició un conflicto que se solucionó definitivamente recién en 1880.

Urquiza en todo momento obró de acuerdo a los conflictos en pugna, muchas veces en contra de sus ambiciones personales, pero persuadido que la Argentina necesita un encauce  constitucional. Sostuvo pese al hostigamiento de Buenos Aires, que se declaró Estado Autónomo y jugaba en contra con todos los recursos de la Aduana, a los congresales en Santa Fe desde septiembre de 1852 a mayo de 1853, en una austera ciudad que no llegaba a los seis mil habitantes. El porteño Juan María Gutiérrez, en representación de Entre Ríos, y el santiagueño José Gorostiaga, autor de una de las más bellas piezas literarias argentinas, el Preámbulo, formaron la comisión redactora que iba tomando las sugerencias de los congresales, las “Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina” de Alberdi, y distintas constituciones del mundo. A contrarreloj por la exigencia de Urquiza, que ordenó su promulgación un primero de mayo de 1853, y así coincidir a dos años exactos de su célebre pronunciamiento, el cordobés Juan del Campillo terminó la versión definitiva la noche del 30 de abril. Vélez Sársfield grafica el poder de Urquiza, aún en la reforma constitucional de 1860 que incluía ya a Buenos Aires, “estábamos en minoría. Había veintiún votos que rechazaban todas las reformas contra veinte que las aceptábamos. Nos preparábamos a fuertes debates, cuando llegó una carta del general Urquiza a uno de los convencionales   encargando la aceptación de la reformas hechas por la Convención de Buenos Aires, lo que bastó para que la Constitución reformada fuese aceptada”, concluye el jurisconsulto en un reconocimiento en que hablar de Constitución nacional, es hablar de Urquiza. Un año después el capitán general se retiraba de Pavón, sabiéndose victorioso y, tal vez, nuevo presidente de una menguada confederación, pero dejando el triunfo a los porteños -y bonaerenses- en aras de que el próximo presidente, Mitre, fuese el primero de toda la República  Argentina. Urquiza unos meses antes le había escrito a Mitre, “nuestros esfuerzos comunes están separados, desde que usted volvió a ponerse a la cabeza de un círculo de separatistas y de exaltados que se habían opuesto siempre a la unión”

 

Fuentes: Brienza, H. Urquiza, el salvaje. Buenos Aires: Aguilar. 2016; Cibotti, E. Historias mínimas de nuestra historia. Buenos Aires: Aguilar. 2011; Pasquali, P. La instauración liberal. Urquiza, Mitre y un estadista olvidado: Nicasio Oroño. Buenos Aires: Planeta. 2003

Fecha de Publicación: 24/10/2020

Compartir
Califica este artículo
5.00/5

Te sugerimos continuar leyendo las siguientes notas:

Presidentes Argentinos - Justo José de Urquiza (1854 – 1860) Presidentes Argentinos - Justo José de Urquiza (1854 – 1860)
Palacio San José La mansión de Urquiza

Temas

¡Escribí! Notas de Lector

Ir a la sección

Comentarios


No hay comentarios

Dejar comentarios


Comentarios

Argentinos por el mundo
viajero El mundo según Fede

Fede viaja por el mundo y comparte sus experiencias en redes sociales. Conocé la historia de este sa...

Tradiciones
carnaval de Sastre Un Sastre sin disfraces

Este verano no podremos ver las espectaculares producciones que la localidad santafesina de Sastre o...

Tradiciones
Serenata de Cayafate La magia de Cafayate y su serenata

Se trata de uno de los festivales folclóricos más importante del país que se realiza todos los años...

Tradiciones
El Carnaval de Chimbas Ritmo y alegría en el Carnaval de Chimbas

El Carnaval de Chimbas es la gran fiesta sanjuanina y una de las más importantes de la provincia.

Artículos


Quiero estar al día

Suscribite a nuestro newsletter y recibí las últimas novedades