Ser Argentino. Todo sobre Argentina

Unitarios y federales. Orígenes.

Prólogos de la grieta madre de todas las grietas entre los argentinos. Muchas de sus ideas aún son parte del vocabulario común sin que sepamos que estamos pensando como en 1810.

Civilización o Barbarie. Que Dios atiende en todas partes pero reside en Buenos Aires. Que la Argentina verdadera se halla en el Interior. Una y mil frases de este tipo vienen desde el pasado bicentenario, y fueron primero corporizadas por unitarios y federales. La división fundacional de los argentinos, dos facciones enfrentadas, dos modelos de país, que parecen quedar fundidas en el fondo de la olla del locro. Orígenes de muchas de las zonceras criollas, en palabras de Arturo Jauretche, una mayor comprensión hace estallar el vulgo escolarizado, tanto de la historiografía liberal, que ensalzó a sus campeones, y pongamos Bernardino Rivadavia a casi todo, como del revisionismo, que levantó catedrales para los caudillos. Porque si los unitarios eran todos porteños cajetillas, ¿cómo ocurrió que su mejor ejército y general fueron provincianos, el general José María Paz? Y si los federales eran contrarios a la centralización en Buenos Aires, ¿por qué el federalísimo Restaurador de las Leyes, Juan Manuel de Rosas, fue un acérrimo defensor de los intereses porteños? Para bosquejar mejor desde la lucha por la nacionalización de la ciudad de Buenos Aires hasta la contemporánea disputa por las exportaciones de la carne, una nueva edición de Ciudad/Buenos Aires versus Campo/Interior, vayamos a los albores de las antiguas convicciones, recelos, y malentendidos, de unitarios y federales. Porque Buenos Aires, por ejemplo, no termina en la avenida General Paz sino que incluye al tercio de la Nación que vive en el Conurbano, algo que los porteños comprendieron tempranamente en un lejano 1826, cuando ni existía primer, ni tercer cordón, pero ya concentraba las riquezas.

“Soy un federalista convencido sobre todo en mi país y consideraría un absurdo tan grande pretender implantar en la República Argentina el régimen unitario, como en Francia el régimen federal”, sostiene el montevideano Miguel Cané en 1882, uno de los más conspicuos representantes de la Generación del 80, que en aras de la “Paz y Administración” del tucumano presidente Roca,  acalló a sangre y fuego las disidencias en las provincias, y sigue, “dentro de la misma doctrina federal hay dos tendencias netas; la primera exalta el mismo principio hasta desvirtuarlo, destruyendo la nacionalidad, que es su objeto, en obsequio de las autonomías locales, que solo deben ser su medio. Para mí la idea nacional prima en todo”, concluye el autor de “Juvenilia”, y redactor de la tristemente célebre Ley de Residencia en 1902, que defendía la “idea nacional”, y expulsaba expeditivamente, a los “revoltosos” inmigrantes.

Lo que marca Cané en esta carta dirigida a un par diplomático uruguayo, a la vista del federalismo colombiano en ebullición, es la interpretación crítica de la raíz de las soberanías provinciales, en la disputa entre unitarios y federales, y que insumieron más de 30 años de guerras civiles. Unas que se habían iniciado mucho antes del 25 de Mayo de 1810, cuando el Virreinato del Río del Plata, a fin de sobrevivir a las presiones portuguesas militares, y el acoso comercial y pirata británico, transformó una aldea, con un puerto inviable, en una zona franca del comercio.  Rápidamente Buenos Aires, por derecha o por izquierda, se hizo cabecera del flujo marítimo interoceánico, a la par que las grandes extensiones con ganado cimarrón representaban una fuente de ganancias con mínima inversión. No necesitaba para subsistir de las provincias, ni del Alto Perú ni de Córdoba, ya que el control del Puerto y, el ancho río marrón, no solamente la convertían en autosuficiente sino que en recaudador de impuestos sobre las mercancías, que obligadamente pasaran por la futura cuna de la Revolución de Mayo. De allí que hubo una larga serie de medidas coloniales centralistas que el nuevo gobierno patrio no hizo más que reforzar, “durante la revolución hemos cambiado mil veces de gobierno, porque las leyes no eran observadas. Pero no por eso hemos dado por insubsistentes y nulas las Siete Partidas, las Leyes de Indias, las Ordenanzas de Bilbao. Hemos confirmado implícitamente estas leyes, pidiendo a los nuevos gobiernos que las cumplan”, acotaría Juan Bautista Alberdi. Una larga presencia del derecho colonial que hizo que en un lejano 1931 (sic) la Corte Suprema de Justicia recurriera a las Leyes de Indias.

Inesperadamente para las autoridades de Buenos Aires, en estas leyes centralistas urgidas por el esfuerzo bélico de las Guerras de la Independencia, reforzadas con el Estatuto de 1811 de organización de Cabildos criollos, y las medidas del Triunvirato de 1813 reconociendo nuevas “provincias”,  iba también el “juntismo” español, la militarización de las milicias gauchas; y viejas conductas de proto paternalismos que darían la masa necesaria para modelar a los caudillos, todas variables de las autonomías provinciales. Y del reclamo sempiterno en la ventanilla porteña.

Finalmente este cuadro de estallido latente maduraría hacia 1819, una vez que la campaña emancipadora prácticamente había dejado a las Provincias del Unidas del Río de la Plata sin amenazas de peso, aunque aún la línea del Alto Perú no era inviolable, y los realistas continuaban hostigando las defensas de Martín Miguel de Güemes.  Sin embargo la población estaba exhausta de tantos años de penurias, acrecentadas por malas cosechas y matanzas indiscriminadas del ganado libre, y presionaba sobre el régimen dictatorial de Juan Martín de Pueyrredón, que en tres años había logrado encolumnar por los ideales revolucionarios a toda una región,  a mano de hierro. En muchos aspectos, su lucha sin cuartel contra los caudillos y su administración orientada a los terratenientes, anticipó no solamente a los  unitarios sino a su pariente y paisano, Rosas. La Logia Directorial, que maneja los destinos del futuro país a partir del Congreso de Tucumán de 1816, y era un remedo porteño de la Logia Lautaro que había arribado al poder con el golpe de 1812, Pueyrredón, Rivadavia, Martín Rodríguez, Juan Ramón Balcarce, y varios ricos como Lezica y Álzaga, entre otros, vivía en palabras de Adolfo Saldías, “divorciados de todo orden que no fuese el que ellos querían imponer…empeñados en todo trance de conservar el poder centralizador sobre la base de Buenos Aires, cuyos prestigios suponían más fuertes que el resto del país”

El detonante fue la decisión  del Director Supremo José Rondeau de reanudar la guerra contra el Santa Fe del caudillo Estanislao López, un representante de una provincia desangrada en la gesta revolucionaria, y las pelea de José de Artigas, contra los portugueses en la Banda Oriental. Ordena al Ejército de los Andes que retorne, algo que San Martín no acataría desde Chile, “la guerra contra la españoles no ha caducado ni puede caducar, porque su origen, la felicidad del pueblo, es inmutable”; aunque era algo que el Libertador se imaginaba cuando había estado personalmente en Buenos Aires,  y los porteños se negaron a seguir aportando a la campaña emancipadora, pese a la amenaza de los realistas que armaban una poderosa flota.  Fueron los chilenos, y las provincias de Cuyo, más dinero inglés, quienes posibilitarían su entrada en Perú en 1821.

A estas órdenes del directorio porteño que provocaba solamente odios en las tropas, suma el pedido que se moviliza el Ejército del Norte contra el Litoral, al mando de Manuel Belgrano, quien sería detenido, y engrillado, en Tucumán. En Arequito comienza el principio del fin del primer gobierno central patrio,  un 8 de enero de 1820, con la sublevación de este ejército, luego acompañada por los granaderos en San Juan, con la novedad de que el cordobés Juan Bautista Bustos no subleva la tropa para defender la unidad criolla sino que utiliza a la milicia para conquistar el poder en su provincia, y se transforma en un árbitro entre Buenos Aires y el Litoral “El último puntapié a los fundadores de la Independencia”, dijo Mitre, fue dado en la batalla de Cepeda el 1 de febrero, cuando López y el Supremo Entrerriano, Francisco Ramírez, destrozaron al ejército dictatorial en diez minutos. De esto modo el país quedaría dividido a los ojos externos en Buenos Aires, cuna de las “levitas” unitarias; y el Litoral y el resto del país, unidos bajos una bandera, “Federación”, y  prestos a mostrar cualquier disconformidad a los “mandones” porteños. Hasta mediados de 1862 no existiría un gobierno nacional reconocido por las provincias.

Unitarios. Divisa celeste, blanca, verde

Tradicionalmente se marca el inicio de unitarios y federales en las agrias discusiones de las dos facciones antagónicas que se enfrentaron en el congreso constituyente, y que sancionaría la Constitución de 1826. Sin embargo, los prolegómenos debemos buscarlos más atrás con la Constitución de 1819, “un estado medio entre la convulsión democrática y el abuso de poder ilimitado”, agregaría el Deán Funes, del resultado de tres años de deliberaciones originadas en Tucumán, y que terminará dando un texto “estéril y centralista, al margen de la vida del país”, ahora dicho por Emilio Ravignani –aunque varios de sus artículos serían retomados tanto en 1826 como en 1853. Durante aquellas tumultuosas sesiones, trasladadas a Buenos Aires a pedido de la burguesía porteña y ganaderos bonaerenses, aparece una fracción cercana  a la Logia Dictatorial, en la figura de Rivadavia, que empezará a llamarse unitarios, en razón de que aspiraban a un régimen unificado en manos del Director Supremo en Buenos Aires, y anular a los cabildos y caudillos provinciales. Claramente también identifican un contrario, los federales, como aparece en la “Gazeta de Buenos Aires” el 15 de diciembre de 1819: “Los federalistas quieren no sólo que Buenos Aires no sea la capital sino que, como perteneciente a todos los pueblos, divida con ellos el armamento, los derechos de aduana y demás rentas generales: en una palabra, que se establezca una igualdad física (sic) entre Buenos Aires y las demás provincias…los federalistas quieren en grande lo que los demócratas jacobinos en pequeño. El perezoso quiere tener iguales riquezas que el hombre industrioso; el que no saber leer, optar a los mismos empleos que los que se han formado estudiando; el vicioso; disfrutar el mismo aprecio que los hombres honrados”, cerraba en líneas que podrían haber sido dichas en la pasada discusión sobre la meritocracia. Una comparación mendaz en el órgano estatal impulsado por Mariano Moreno cuando el Puerto, y la campaña bonaerense, habían sufrido incomparablemente menos las luchas por la Independencia. Existe el dato económico aportado por Juan Álvarez que los años de mayores recaudaciones aduaneras, fueron los tiempos en que Buenos Aires intentó imponer una Carta Magna centralista, 1819 y 1826, y que los años siguientes de “anarquía”, estuvieron signados por falta de recursos fiscales. También un detalle ideológico, “demócratas jacobinos”, cuando en los planes de esta facción cabía la posibilidad de coronar un príncipe francés, el Príncipe de Luca con ¡16 años!, e instaurar una monarquía constitucional.

“La gran ciudad…después de tantas glorias y nombre inmortal…llegando a tal la infelicidad, que un ejército que se nombra federado, compuesto por mil y más hombres mal armados, de un triste pueblo como Santa Fe, lo haya hecho ceder…y admitir el gobierno federal”, en la memorias de un resignado Juan Manuel Beruti. Sin embargo al otro día del triunfo de los caudillos litoraleños, que originó la firma del Tratado del Pilar, aquel que estableció la forma federal de organización, “piedra fundamental de la reestructuración argentina”, en palabras de Mitre, y la ansiada libre navegación de los ríos –más la entrega de armas y hacienda a los federales, costeada en su mayoría por Rosas-, la reacción estaba en marcha. Primero en la asunción de Manuel Dorrego, un federal convencido pero quien sostenía que solamente un Buenos Aires fuerte podía pacificar al país, derrotado por un disgutado López en Gamonal, y luego, con la llegada de Martín Rodríguez, otro federal con tendencias liberales, que era apoyado por el “partido neodictatorial”, un conglomerado de comerciantes, hacendados e intelectuales, y que tenían como voz a Rivadavia. También se conoció como Partido del Orden o Partido Ministerial, porque varios de sus integrantes pasaron a formar parte del Estado, en una nueva alianza entre máquina estatal, terratenientes, burgueses e intelectuales. Juntos proponían trasladar las experiencias europeas, que junto a reformas civiles y económicas, emulaban la concentración  política de la Santa Alianza del Viejo Continente.

 

Federales. Divisa punzó

“La división en hombre de la ciudad –unitario- y hombre de la campaña –federal- es falsa, no existe”,  en “Bases” de Alberdi, “Rosas no ha dominado con gauchos, sino con la ciudad. Los principales unitarios fueron hombre de campo, tales como Martín Rodríguez, los Ramos, los Miguens, los Díaz Vélez; por el contrario, los hombres de Rosas, los Anchorena, los Medranos, los Dorregos, los Arana, fueron educados en la ciudades. La única subdivisión que admite el hombre americano es un hombre del Litoral  y un hombre de tierra adentra, o mediterráneo. Esta división es real y profunda”, acierta el inspirador de la constitución nacional, acierta rompiendo una dicotomía que amplía el unitarismo, o federalismo, más allá de las márgenes del Río de la Plata.  La cercanía a una fuente navegable, y sus recursos, hoy reactualizada en la discusión de la Hidrovía del Paraná, marca la agenda de las facciones en pugna, en 1819 y 2021, también. Uno de los efectos inmediato de la Constitución de 1819, y las intromisiones militares y económicas desde el directorio supremo,  fue que reaparecieron la aduanas interprovinciales, los derechos de tránsito y “los municipios empezaron a odiarse como se habían odiado en los primeros tiempos del coloniaje: no pudiendo vivir del tráfico exterior, fuerza era volver a la explotación mutua”, recalca Juan Álvarez en su historia de Santa Fe, la provincia que junto a Entre Ríos se enfrentará primero a Buenos Aires. Dos veces, los unitarios inventaron a los federales antes que existan, los antiperonistas inventaron a los peronistas, antes del 17 de octubre. Ninguna fue farsa.

“Los gérmenes de esta reacción tumultuaria y sangrienta surgieron de las entrañas de la Revolución de Mayo de Buenos Aires; se desarrollaron en al aislamiento relativo que quedaron los pueblos durante la guerra de la Independencia; y adquirieron proporciones en las selvas y pampas argentinas”, en la revisión de Saldías, que da cuenta del ascenso de las milicias rurales en manos de caudillos, pese a que los cabildos provinciales una y otra vez intenten desactivarlas, y agrega el historiador, “un símbolo de oposición a una autoridad nacional como las que reconcentraban todo el poder los hombres del partido dictatorial en Buenos Aires, una palabra que pasaba de boca en boca…ese símbolo, esa palabra, fue Federación”, una terminología que no era latinoamericana ni colonial, sino que venía importada de la constitución norteamericana. De allí emerge una novedosa acepción de federal que reconoce a la soberanía de las provincias, que eran entendidas más que como parte de una unidad superior, las Provincias Unidas del Río de la Plata, sino como estados verdaderamente independientes. De acuerdo a José Carlos Chiaramonte, un temprano ejemplo de esto fue la Constitución territorial de la Banda Oriental de José de Artigas en 1813, que habla de una “provincia libre, soberana e independiente”, y que solo admitirá pactos de Confederación, similares a los artículos confederados norteamericanos.

Más tarde el federal Bustos en el Reglamento Provisorio de Córdoba de 1821 reafirma que la provincia es “libre y soberana”, que establece sus propias leyes e instituciones, aunque deja abierta la posibilidad de un estado supranacional, al igual que las cartas entrerrianas (1823) y salteñas (1821), frente a la correntina (1824), que directamente elide una autoridad confederal. En varios de estos textos cuando aparece tímidamente nacional se piensa en provincial, o del pueblo, o sea los vecinos de las campañas y las ciudades; por lo que el concepto de argentino aún no existía –fue la Constitución unitaria de 1826 la primera que habló de República Argentina.   Además varias de estas constituciones provinciales replicaban la “experiencia feliz” de Rivadavia, “en aislamiento provincial y centralismo administrativo”, Alberdi nuevamente vería las dificultades a la larga proyección, “viviendo en ese estado de cosas que impropiamente se ha llamado federal,  dando origen a la enorme dificultad que hoy se toca de recolectar los poderes”, una expresión de conatos Estados-naciones, un federalismo de cartón unitario, que permeaba los cruces de la 125 en 2008, o interminables sesiones de coparticipación –únicamente con el gobierno de Alfonsín fue equitativa, llegando el 50% del PBI; en la actualidad está en sus porcentajes más bajos alcanzados en la presidencia de Macri- Más que federales habría que empezar a llamarlos confederales, sin aspiraciones por la unidad común de una posible Nación, más allá de un vago americanismo.

“Señor general Juan Facundo Quiroga: Paisano y amigo: Sé que usted es buen patriota…estas circunstancias me ha decidido escribirle a usted lleno de confianza…sé que usted está por batirse con el gobernador de La Rioja: yo ignoro los motivos de este rompimiento, lo mismo cuál de los dos partidos es el que tiene más justicia; sólo me ciño a lo principal, a la sangre americana que se va a verter…a las consecuencias fatales que la libertad de nuestro país va a experimentar…ahora más que nunca…exigen imperiosamente una unión íntima, si es que queremos ser verdaderamente libres…sí, mi paisano, yo le exijo a usted, y no me negará una gracia que le reconocerá siempre su amigo y paisano” Mendoza, 3 de mayo de 1823,  José de San Martín.

 

Fuentes: Chiaramonte, J. C. Raíces históricas del federalismo latinoamericano. Buenos Aires: Sudamericana. 2016; Zubizarreta, I. Unitarios. Historia de la facción política que diseñó la Argentina Moderna. Buenos Aires: Sudamericana. 2014; Donghi Halperin, T. Revolución y guerra. Formación de una elite dirigente en la Argentina criolla. Buenos Aires: Siglo XXI. 2002

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