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Una tarde con Manuelita Rosas en La Boca

La hija de Juan Manuel de Rosas negocia con la diplomacia extranjera durante un día de campo a la vera del Riachuelo.

Historia
Una tarde con Manuelita Rosas en La Boca

La Argentina vivía en 1849 una rara calma. En el frente externo, el país salía triunfante frente a las agresiones extranjeras bajo las gestiones diplomáticas de Juan Manuel de Rosas, que el mismísimo general San Martín alaba con el obsequio de su sable de la Independencia, y Carlos María de Alvear, desde Washington, celebra como si fuera una victoria en el campo de batalla. Y, dentro de las fronteras y cruzando el charco, la derrota de los caudillos, sangrienta e implacable, y el desarme de rebeldes en Uruguay, aseguraban un régimen que avanzaba sin sobresaltos al decimoquinto periodo consecutivo, pese a las repetidas renuncias del gobernador ante la legislatura bonaerense. 

“He sido reelecto en los términos que dice la ley y bajo las condiciones pedidas por el pueblo y con la declaración de los representantes de que me entregan sus vidas, famas y haberes”, escribía un cansado Restaurador de las Leyes. Ya no era Rosas la figura apolínea de las Campañas del Desierto y se dejaba ver muy poco. Trabajaba menos, dicen. Solo se acercan a su casa de Palermo los hermanos y cuñados, los miembros de la familia de su esposa fallecida Encarnación Ezcurra, y algunos pocos amigos fieles como Máximo Terrero, futuro yerno, y José María Roxas Patrón. Y los domingos lo visitan los nietos, hijos de su hermano Juan, y los innumerables sobrinos, que juegan con sus varios hijos naturales y otro adoptados, como el único hijo de Manuel Belgrano, Pedro, a quien quiere como propio. En este cuadro de soledad y melancolía, el contacto con el mundo exterior es tomado por Manuela Rosas, quien se transforma en una suerte de primera dama, y con amplias libertades en las gestiones de gobierno. Manuelita fue una pieza clave para la política de Rosas, al igual que su madre, vital en la Revolución de los Restauradores. Porque, antes que Evita y el 45, estuvo Encarnación y el 35.

La princesa federal

La llaman la “soberana de Buenos Aires”. Todos, leales y contreras, aduladores y detractores, quieren ser de la “corte de Manuelita”. Vive sus treinta años rodeada de intelectuales, embajadores, cónsules y militares de las naciones del mundo, en interminables tertulias por la ciudad y, especialmente, en Palermo. Arrasado después de Caseros, lamentablemente nada quedó de la belleza de los jardines sevillanos y los lagos conectados a un canal que llegaba al Río de la Plata. Incluso tenía un pequeño zoológico precursor del posterior en el mismo barrio.  

Manuelita subyuga a varios diplomáticos, enemigos de los intereses argentinos, perdidamente enamorados como Southern y Le Prèdour. Y con astucia teje y desteje bajo lo que los asombrados extranjeros describen el “ministerio de la bondad”. Y no descuida al pueblo organizando acciones benéficas y grandes fiestas en los bosques de Palermo, con coros y bailes. Manuelita conoce el alma de aquella Buenos Aires vigilada por la Mazorca. Y los poetas le cantan y la endiosan, en este caso, Francisco Baraja: “¡Oh Virgen pura del Plata!/Vierte tu mano profusa/tus bondades y clemencia/Por ello el fiel argentino/Le implora con ansiedad/Vea a ese ser a quien ama/con un cariño acendrado/de dicha y placer colmado”.

Así que, un abril de 1849, Manuelita parte con su corte hacia La Boca. Son los años del reinado de los sauces, y una vegetación de pantanal, y de caminos embarrados que motivaban la “peregrinación hacia el Riachuelo”, decían los cronistas. Más allá de la barracas de la actual Parque Lezama se divisaba un pueblo industrioso, de mayoría inmigrantes de ciudades marítimas europeas, como testimonia Antonio Bucich sobre la queja al jefe de policía porteño, de los constructores del Camino al Riachuelo, futura avenida Almirante Brown: “Aquí no hay vecinos hijos del país pa. formar una patrulla; todos son extranjeros”. En el camino Manuelita y su corte contemplan seguramente a la altura de las actuales Paseo Colón e Independencia los astilleros de Tomás Amigo, que estaban construyendo “El africano” y “El pirata”, los dos primeros buques argentinos que navegarían por el Litoral. Luego cruzarían el Puente de Rosas que unía San Telmo con la Ribera. Llegarían a ellos los fétidos olores de los saladeros, que luego haría prohibir el presidente Sarmiento en defensa del medio ambiente, y en medio de la Fiebre Amarilla de 1871 que mató al diez por ciento de los porteños. También observarían a sus alrededores las pintorescas casas de madera con pilotes, construídas sobre los bañados.  

Era como entrar en otra realidad, más parecida a una ficción londinense de Dickens que a la aldea colonial que era aún Buenos Aires. Llega de la mano de sus enamorados, el ministro inglés Southern y contraalmirante francés Le Prèdour. En días distintos, por las dudas, claro. “La comitiva se dirigió a La Boca en carruagues, donde llegaron cerca de las tres, y después de pasar un rato por el muelle, e inspeccionar las mejoras de aquel local sumamente interesante y de rápido progreso, se embarcaron en botes que se hallaban atracados”, aparecía en el diario British Packet. Luego describía el periódico inglés a la “alegre” banda del 4to. Batallón de Patricios, que encabezaba la comitiva, y los violinistas de una cercana barcaza. Llegan a una isla, junto a la desembocadura, con la única casilla de madera sobre pilares, en medio de sauces llorones, y que estaba tapizada con el obligatorio rojo punzó. Rojos también los vestidos de las damas que contrastan con el verde del paisaje durante el agasajo, donde se come abundante carne con cuero y se beben vinos finos, Burdeos, Sauterne y Oporto, y posterior brindis con champagne. Hubo danzas españolas y pericón nacional, más algún tambor candombero, en las fauces del Rio de la Plata.

Antes de la tormenta

Parten al atardecer, “llevando cada bote una gran lámpara en una asta-bandera en la proa, y otra en la popa, y a medida que se movían sobre la plácida corriente, repitiendo sus aguas dulces sonidos de la música, e iluminados por la luz de centenares de lámparas suspendidas de los mástiles anclados de las orillas de uno y otro lado”. El pueblo de La Boca saluda a Manuelita. Y ella retorna a Palermo con nuevos pactos políticos y económicos en el calmo año de 1849. A la vuelta de página de la Historia, Urquiza, los ejércitos de Brasil desfilando por Buenos Aires, el exilio a Inglaterra, la vida austera de farmers ingleses para los Rosas, esperan.

 

Fuentes: Lojo, M. La princesa federal. Buenos Aires: Editorial El Ateneo. 2015; Gálvez, M. Vida de Don Juan Manuel de Rosas. Buenos Aires: Trivium. 1971; Bucich, A. El Barrio de La Boca. Buenos Aires: MCBA. 1970

 

 

Fecha de Publicación: 09/09/2020

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