Ser Argentino. Todo sobre Argentina

Una historia del gaucho: el primer argentino

¿Qué fue el gaucho para el país? Su primer trabajador, su primer soldado, su primer mártir. Humillado y extinguido quedó en la lengua popular en hacer el bien solidario o “una gauchada”.

Los orígenes del gaucho se remontan al nacimiento del mismo país. Las pampas, los cerros y las selvas eran tierras extensas y los primeros habitantes se aventuraban en los límites de la conquista española, y los pueblos originarios. Nuestros primeros compatriotas no tenían más que un caballo, una silla de montar y las pilchas (ropas) puestas –el mate vendría después desde el Paraguay. Los animales nativos que poblaban todas las latitudes en gran número, sumado a los equinos y vacunos salvajes que eran miles y miles, moldearon una cultura ecuestre, machista y nómade, e instauraron un contexto gauchesco. El gaucho argentino aparece recién después de la Revolución de Mayo, detrás de sus hermanos uruguayos y brasileños, pero su mundo estaba presente desde muchos antes, en los días del Virreinato del Río de la Plata, y no solamente en el campo, “los naturales del país tienen la costumbre de llevar dos veces por semana tropas de vacas a la ciudad. Para reunir estas tropas de vacas salvajes, llevan un toro doméstico…uno o dos de ellos, montados de buenos corredores, se ponen a la cabeza de la tropa…los otros naturales, se mantienen al costado de la vacada…llevan en la mano largas lanzas, armadas en sus extremos con un hierro en cuarto creciente o media luna (desjarretador)…las conducen a un corral muy cerca de la ciudad…cierran la tranquera, entra –el natural- a caballo con un gran lazo en la mano, hecho de cuero de vaca, y lanzando con una destreza admirable sobre la vaca que le han señalado –que a veces está en medio de un centenar- …el natural sale de las barreras, sosteniendo siempre con fuerza del lazo que ata al caballo…otro natural con la lanza le corta los corvejones de las patas traseras, la vaca cae a la tierra, muchos se arrojan al instante sobre ella y cortan la cabeza” retrataba el naturalista Louis Feuillée,  en 1708,  una visita a los mataderos en Buenos Aires.  Y los naturales, en sus tareas de hombres de campo, no eran otros que gauchos en potencia.

Por aquel entonces desde la Banda Oriental –Uruguay- resuena la palabra gaucho, en especial en noticias que se quejan de ellos,  bandidos y cuatreros. Si bien su etimología no es clara, y  hay quienes defienden una raíz araucana en el hauchú –huérfano-, lo que si fue nítido desde los inicios fue la persecución de las autoridades de cualquier regimen.   El gauderio, en su raíz portuguesa, o “gauchos”,  identificaban peyorativamente a un sector social de mediados del siglo XVIII, de muy pocos miles en el Litoral, y unos cientos bonaerenses, que básicamente eran hombres que matan “ilegalmente” reses para la venta de cuero y sebo. Las matanzas indiscriminadas de las vaquerías, ordenadas por los nacientes saladeros,  hicieron escasear el trabajo –y el alimento-  de los humildes.  

En 1729 en Buenos Aires se documenta a “changadores”, peones sin licencia y que viven del comercio de cueros, en un temprano antecedente de los gauchos. Hacia fines de siglo,  gaucho o gauderio eran parientes de peón, jinete y camilucho en el Río de la Plata, todos campesinos que vivían en chozas míseras, pisos de tierra, y generalmente se asociaban al delito, el cuatrerismo. Ello justificaba la mano de obra forzada a quienes no se encontraban bajo las órdenes de algún hacendado, impulsada por las primeras asociaciones de ganaderos, tal cual aparece en esta orden del Cabildo porteño de 1790, “estrechados los Criadores con los vínculos de una bien reglada sociedad, y alentados con su propio interés procederán a purgar los campos de todo lo que les incomode, haciendo que los bagos –en original, y una terminología previa al tristemente vagos y malentretenidos- se apliquen el trabajo, o se destinen a las nuevas Poblaciones, que los Indios las formen con separación…y que los Negros, y Mulatos libres vivan precisamente agregados a los propios Criadores, para que estos puedan celar su conducta y adelantar sus trabajos con este auxilio, que es lo que ordenan las Leyes”, cierra el bando oficial. En pocas líneas se resume con precisión las castas que existían, los roles que cada uno debía asumir, y, particularmente, quién detentaba el poder.

Para no romantizar al gaucho real, y que no quede en el centauro homérico de Leopoldo Lugones que jineteaba apolíneo en el alba, una vertiente histórica explica la aparición del gaucho por una economía que necesitó de sus talentos en vaquerías y corrales, le guste o no, como había ocurrido del otro lado del Río Uruguay. Y que también fue limitando sus posibilidades de progreso negando su asentamiento, encarecimiento de los tierras, fronteras lejanas y, luego,  alambrados, o su incorporación a la vida civil, desde las leyes rivadavianas del conchabo, trabajo forzado por vago y malentretenido, nada de cabalgatas sin patrón, a la solución final de Sarmiento, resumida en una infame carta de Mitre, “no economice sangre de gauchos” Aclaremos que no se pretende polemizar con el Maestro de América sino comprender el pensamiento de una generación que soñó una Nación para un supuesto desierto –por algo en el “Martín Fierro” de José Hernández, gauchos e indios comparten un destino trágico  

       

Ascenso y caída del gaucho argentino

A medida que se asomaba el sol del 25 de Mayo de 1810, los gauchos sumaron otras valoraciones más positiva. Las invasiones británicas de 1806-1807 dejaron números testimonios del coraje de esos gauchos, que fueron de los primeros argentinos que entendieron perfecto de qué se trataba antes de siquiera pronunciar Patria.  Decía Sir Walter Scott impresionado cómo unos “salvajes cristianos”, cuyo mobiliario era de “huesos y cráneos” y se alimentaban de “carne cruda y agua”, cómo esos “gauchos” repetía, habían vencido a divisiones de la Reina de Inglaterra. Dos veces. “Lamentablemente prefieren su independencia nacional a los algodones y la muselina”, concluía el escritor del clásico inglés Ivanhoe,  –que también entendía de qué se trataba.

La leyenda del gaucho empezaba a transcender fronteras con las Guerras de la Independencia y los españoles temían el encuentro con estos bravos lanceros, en el especial los del Norte, jerarquizados por Belgrano y San Martín, “-los gauchos de Salta- solos están haciendo una guerra tan terrible que los han obligado a despachar una división entera con el solo objeto de proteger la extracción de mulas y ganado vacuno” Meses más tarde el Libertador le decía a Nicolás Rodríguez Peña, “ríase usted de esperanzas alegres…el Norte es una guerra defensiva y…-para eso- bastan los valientes gauchos de Salta” aseguraba en los preparativos de la liberación de un Continente. Dicho sea de paso, San Martín apoyó la Reglamentación de las Milicias del Gaucho de Martín de Güemes, una primera carta de derechos y obligaciones, en sintonía a Belgrano, que ya en 1796 defendía la importancia de los gauchos, “cuando se han puesto los establecimientos de carne, tasajo, sebo, etc, la gente de este país ¿se han negado a ofrecer sus brazos? Las obras públicas, las casas, ¿quién la hace?” El Creador de la Bandera propugnaba que en vez de perseguirlos, acosarlos, había que ofrecerles tierras e instrucción.      

La historia fue distinta. Incluso en la Buenos Aires que reconocía el heroísmo de los gauchos,  las negaciones continúan,  y la Gazeta publica las palabras de San Martín pero sustituye por un “patriotas campesinos”. Y no duda en asociarse a los portugueses que aplastan el único experimento de una sociedad agraria de gauchos,  en la Banda Oriental de Artigas. Asimismo legaliza penas mayores, levas más extensas, a “todo hombre de campo que no acredite propiedades”  En el proceso de anarquía que inicia en 1816,  y estalla en 1820, los hombres de campo, trabajadores pobres, además serían reclutados a mansalva en las peleas intestinas entre caudillos, algo que iba a continuar en el tiempo de los compadritos y los comités del alsinismo y roquismo, previos a la federalización de Buenos Aires.

Rivadavia autoriza a jefes de policías y jueces de paz determinar quién es “vago” y quién puede ser enviado a la Guerra contra el Brasil; o confiscar su chacra, aunque labrada, debida a la sospecha de “robo de hacienda”   Juan Manuel de Rosas es un fanático del orden que no viene a cambiar sino a consolidar los privilegios de los hacendados y la maraña legal que pena cualquier derecho del gaucho. Pero entiende el problema social que acarrea solamente el castigo e instrumenta ciertas medidas que valorizan al gauchaje, las milicias una de ellas –la cual se le escapó de las manos a la postre. Los Colorados del Monte no solamente persiguieron opositores, en un principio su función era incorporar a las armas a los trabajadores rurales y reprimir a los no enrolados “Viva el gaucho surero” se transformó en otro grito de guerra de la Mazorca y, descontando la obvia demagogia de un Rosas que atacaba a “peones doctores”, en el respeto de un rico hacendado por las clases populares, uno que sabía del criollo lo que pocas clases dirigentes conocieron, queda un clave profunda de la argentinidad que late en los movimientos políticos de masas.

Sintetizar la historia posterior de Caseros hasta 1880 es un cuento de terror. Porque el Estado Argentino perfeccionó el hostigamiento al gaucho casi desde el inicio: en 1853 la batalla de San Gregorio enfrenta a cinco mil hombres, unos por la Confederación Argentina, otra por la secesionista Buenos Aires, y mueren cientos de ambos lados, gauchos e indios forzados a combatir improvisadamente. Y como recompensa a los que lucharon por los derrotados porteños, sus patrones niegan el trabajo,  y los esenciales papeles,  adjudicando falta de valor (en verdad, desertaron por no querer disparar contra otros gauchos). Automáticamente, los condenan a ser “vagos y malentretenidos” y, al cabo,  gauchos matreros –fuera de la ley. Se calcula que luego de la refriega quedaron unos dos mil en esta condición, un dato que aporta un tal José Hernández, el escritor y periodista que empieza a hermanarse con el sufrimiento –y las razones- de esos gauchos. Unos años después publicaría el “Martín Fierro”, “epopeya de crímenes puestos cuidadosamente de relieve como hechos heroicos”, bramaba la prensa porteña en 1880.

Aquel año marcaría simbólicamente la extinción del gaucho argentino. Entre los alambres que se extienden contra su libertad y los 54 millones de hectáreas que pasan a manos de unos pocos argentinos y extranjeros, y los sucesivos conflictos que lo ponen de carne de cañón, guerras civiles y guerras internacionales, la Guerra contra el Paraguay y la autodenominada Conquista del Desierto, van quedando pocos en las pampas y los montes. Poquísimos. Era el tiempo de la transfiguración en mito, en leyenda, en costumbres recreadas sin modelos vivos, por un criollismo que tenía enfrente otro problema, una inmigración no deseada. No bajaron de los barcos los industriosos e imaginados sajones, en cambio eran humildes europeos del sur, españoles e italianos, judíos y árabes también.  Muchos unos parias en su propio Continente como el gaucho. Escribía León Pomer, uno de los principales investigadores del gaucho argentino, “al gaucho lo mataron dos veces: la primera como presencia social; la segunda como objeto de añoranzas caducas: hicieron de él el centro de un culto nativista”.

 

Un gaucho argentino para el siglo XXI   

En nuestra apretada síntesis pasamos por varias postales del gaucho: un hombre libérrimo que podía sentirse dueño de la pampa, matrero, vagabundo, cuereador, soldado de las luchas de la Independencia y las Guerras Civiles, baquiano, domador, resero, soguero y, finalmente, peón de campo.  Lo interesante ahora es sumergirnos en algunos de los supuestos valores y costumbres de los gauchos, que han quedado impresos en las crónicas de los viajeros extranjeros,  e ilustrados desde Carlos Morel y Mauricio Rugendas, entre los primeros.

Cuenta E. M. Brackenridge, en una cita de León Benarós, que una vez en un pueblo durante el gobierno de Rosas se topó con una turba que rodeaba a dos muchachos a los golpes,  y entre ellos, un gaucho  dijo, “¿No tienen vergüenza de pelearse entre ustedes? ¿la Patria no tiene enemigos?” Enseguida la pelea acabó al grito “Viva la Patria”. Al gaucho también debemos los primeros sentimientos por la Argentina.

Otro sentimiento fuerte que persiste son las ansias de  libertad del gaucho. La aluvional inmigración relegó aún más el campo de acción del gaucho y quedó circunspecto a pocas tareas insustituibles, baqueano o resero nomás. Y pese a su conversión a peón de estancia, Ricardo Güiraldes señalaba que para el “resero llegar no es más que un pretexto para partir”. Y Horacio Quiroga en el Chaco señalaba otros gauchos que “no quieren ser esclavos de nada ni de nadie”, en un modo de vida condenado a desaparecer. El gaucho nunca ahorró, ni tuvo previsión económica, nada quería que lo obligue a una situación preestablecida ni leyes sociales. Por eso el juego, a suerte y verdad en la taba, o las cartas, el azar y el fatalismo, seducían su mentalidad. Algo tan argentino, claro.

La tan mentada “vagancia”, una herencia andaluza y más cercana a cuando abundaban las vacas cimarronas, casi exterminadas en la Colonia, es un gran prejuicio porque cuando la sociedad se organiza –y reprime- el gaucho no es más que un peón de estancia que trabaja duro, con nula paga o vales inservibles, y que de viejo sigue siendo explotado por el patrón en el cuarto de las sogas, “no hay quien lo desenriede”, paya con vigüela –guitarra- el Martín Fierro. El gaucho fue nuestro primer trabajador en las vaquerías y los saladeros, las pioneras industrias argentinas, y luego puso sudor y sangre en los primeros ladrillos de la denominada Argentina, granero del mundo.

Hospitalidad y coraje son las huellas que más se rescatan del gaucho, quien daba techo en su mísero rancho a quien quería descansar, “la hospitalidad del gaucho es muy amplia y un viajero que atraviese el país, puede detenerse en cualquier estancia del camino y compartir la mesa cordialmente con la familia...que vivían con el sustento mínimo”, acota J. A. Beaumont en 1827 ¿Coraje? En la guerra gaucha de Salta, un soldado de Güemes llega a un puesto de avanzada realista y con su soga enlaza al centinela enemigo, armado con un mosquete, arrastrándolo a las líneas patriotas.

“Todavía me parece ver al gaucho viejo alejándose por los pajonales de la laguna, habitada por las garzas y los flamencos, mientras el sol se ponía al ocaso” – pintaba Bonifacio del Carril en 1978 una estampa literaria-  “Así, también, lentamente, al paso de su caballo cansino, se alejó el gaucho de la vida argentina en una forma que siempre habremos de recordar con alguna nostalgia” Una última cabalgata interminable que sigue vicheando –atisbando- el mismo Pago, el nuestro.  

    

Fuentes: Benarós, L. ¿Qué dio el gaucho? en revista “Todo Es Historia” Nro. 242 Julio de 1987. Buenos Aires; Pomer, L. El Gaucho. Buenos Aires: CEAL. 1971; Slatta, R. W. Los gauchos y el ocaso de la frontera. Buenos Aires: Editorial Sudamericana. 1985; Rípodas Ardanaz, D. Viajeros al Río de la Plata 1701-1725. Buenos Aires: ANH. 2002.

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