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Un genio modesto

Luis Federico Leloir, uno de nuestros cinco premios Nobel, dedicó su vida a la investigación.

Historia
Luis Federico Leloir

En nuestra tierra han nacido muchas de las mentes más brillantes del mundo. Personas que, a sus cualidades naturales, les sumaron trabajo, esfuerzo y sacrificio. Personalidades notables que llegaron muy lejos, cada una en su ámbito. Muchas de ellas fueron reconocidas internacionalmente. Cinco, en particular, con el premio Nobel. En el aniversario de su nacimiento, queremos ocuparnos de uno de ellos: Luis Federico Leloir.

En 1970, el médico, bioquímico y farmacéutico argentino fue distinguido con Nobel de Química por su trabajo sobre los nucléotidos de los azúcares y su influencia en el metabolismo de los hidratos de carbono. Leloir, sin embargo, siempre mantuvo el perfil bajo y no le dio demasiada importancia al premio. Creía que el suyo era un aporte más en la vasta cadena del conocimiento que la Humanidad viene creando desde hace siglos. Pero dejemos de lado al profesional y conozcamos un poco más al hombre.

Luis Federico Leloir nació en París el 6 de septiembre de 1906. Su origen francés fue una simple casualidad del destino. Sus progenitores debieron viajar a esa ciudad para que el padre fuera atendido en un centro médico francés debido a un problema en el corazón. Lamentablemente, falleció y, una semana después, su madre –que había viajado en un estado avanzado de embarazo– dio a luz a su hijo del otro lado del Atlántico. Dos años después regresaron a la Argentina, donde creció junto a sus ocho hermanos en la inmensidad de la pampa: 40.000 hectáreas llamadas El Tuyú (en la costa marítima que va desde San Clemente del Tuyú hasta Mar de Ajó), que habían heredado de sus antepasados.

De la mano de dos nobeles

En el ámbito académico, no tuvo un desempeño destacado en la secundaria. Una vez decidido a estudiar la carrera de Medicina, tuvo que rendir cuatro veces el examen de Anatomía hasta finalmente poder aprobarlo. En 1932 se recibió. Luego, la vida lo cruzaría con otro de nuestros nobeles: Bernardo Houssay, quien se convertiría en su mentor. Lo más curioso, sin embargo, es cómo llegaron a conocerse estos dos grandes hombres. Leloir era primo de las hermanas Ocampo, y vivía a media cuadra de la casa de Victoria, quien era cuñada de otro médico, Carlos Bonorino Udaondo, amigo de Houssay.

A partir de este encuentro, la carrera de Leloir comenzó a brillar. Su tesis doctoral, dirigida por Houssay, recibió el premio al mejor trabajo doctoral. Pero era consciente de sus limitaciones: su formación en física, matemática, química y biología era escasa. Por eso, comenzó a asistir a clases en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires como alumno oyente. En 1936, decidió apostar a más: viajó a Inglaterra y estudió en la Universidad de Cambridge. Lo hizo de la mano de otro premio Nobel: Sir Frederick Gowland Hopkins, quien descubrió las sustancias que hoy conocemos como "vitaminas".

De regreso en el país, se abocó al estudio de lo que años después lo haría poseedor del Nobel: los carbohidratos. Sin embargo, en 1943, debió exiliarse en solidaridad con Houssay, quien había sido expulsado de la Facultad de Medicina por firmar una carta de repudio al régimen nazi de Alemania, que era apoyado por el Gobierno que por entonces lideraba el militar Pedro Pablo Ramírez. Emigró a los Estados Unidos, donde trabajó como investigador asociado en el Departamento de Farmacología de la Washington University.

Un científico en una silla de paja

En 1947 retornó al país y, desde entonces, se abocó de lleno en sus investigaciones sobre los nucleótidos de azúcar y el rol que cumplen en la fabricación de los hidratos de carbono. A pesar de haber sido tentado para trabajar en grandes organizaciones, como la Fundación Rockefeller y el Massachusetts General Hospital, decidió seguir trabajando en la Argentina, con muy pocos recursos y realizando pruebas caseras. Una foto suya que circuló luego de que ganara el Nobel lo decía todo: en un laboratorio muy pobre, se lo veía con un viejo guardapolvo gris, sentado en una silla de paja cuyas patas estaban reforzadas con alambre.

Cuando ganó el Nobel, donó los ochenta mil dólares del premio al Instituto Campomar para continuar su labor de investigación. Su hallazgo hizo posible entender de forma acabada los pormenores de la enfermedad congénita galactosemia.

Ese era Luis Federico Leloir: un vecino del barrio de Belgrano, casado con Amelia Zuberbühler y padre de cuatro hijos, que vivía en una casa de clase media y manejaba un Fitito celeste, al que había que empujar para que arrancara.

Fecha de Publicación: 06/09/2020

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