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Tucumán. 1561. Primer grito de libertad de los argentinos

Los cien años de resistencia de los pueblos originarios en los Valles Calchaquíes significaron el primer antecedente del 25 de Mayo de 1810. La Independencia antes de la República.

Historia
Tucumán 1561

Las historias corrientes suelen narrar nuestra gesta emancipatoria rioplatense en el epicentro Buenos Aires, o desde hace poco tiempo, incorporando los levantamientos indígenas y criollos de Charcas, La Paz, Quito, y con suerte, las rebeliones de Chayanta y Tungasuca. Esa comprensión silencia una valerosa resistencia de nuestros pueblos originarios a la autodenominada Conquista de América, que empezó frente a las huestes de Solís y Mendoza pocas décadas después de Colón, y que fue particularmente notable en el siglo que Juríes, Hualfines y Quilmes, los Diaguitas, peleaban con arcos y piedras contra caballos y armas de fuego. Y en especial sobresalieron los temidos calchaquíes, “yendo por los valles…se da en el Valle Calchaquí, indios de guerra, belicosos y para mucho. Es tierra en donde han estado poblado, tres veces españoles…han hecho despoblar por fuerza de armas a los españoles tres veces, y muchos de ellos (a causa) de que obedece este valle y otras de su comarca a un señor que señorea a todos los caciques”, relata Pedro Sotelo de Narváez, uno de los conquistadores en Tucumán y Santiago del Estero, sobre un héroe de la Independencia Argentina desconocido, Juan Calchaquí. Antes que Belgrano, Güemes y San Martín estuvo este bravo batallando por la libertad y el principio de libre autodeterminación de los pueblos. Estos tres próceres nunca dudaron que tenían en los nativos de América sus precursores, las dudas fueron nuestras. Y ajenas.

Otro lugar común es pensar que los adelantados incursionaban la inmensidad de los pantanos de La Florida, en Estados Unidos de Norteamérica, a los fríos del Bío Bío, en Chile, con el único motor del saqueo y la codicia.  En el caso del Cono Sur, desde la Lima sojuzgada, el Consejo de las Indias orquestó un meticuloso plan de avance que transitaba en el Camino del Inca; un intrincado y moderno sistema de comunicación terrestre que los europeos usufructuaron, al igual que las inhumanas mitas y desarraigos forzados, reducciones, que el imperio de Cuzco impuso violentamente en su expansión poco antes del 12 de octubre de 1492. Este mismo avance de los belicosos incas había sido so frenado por los araucanos, del otro lado de la Cordillera, y por los diaguitas, guaraníes y comechingones en la Puna, pampas y litoral. Y a los españoles les ocurriría lo mismo en las sucesivas olas que ingresaban por el Alto Perú a partir de 1550 en al afán civilizatorio y evangelizador, que a sangre y fuego, aniquilando poblaciones enteras, logró fundar en menos de un siglo casi 700 ciudades en el Nuevo Continente, superando así al Imperio Romano. El mismo problema que tuvieron los emperadores incaicos pues acaeció con los súbditos de Felipe II. El objetivo era doblegar un  extenso territorio de la zona valliserrana del noroeste argentino, rico en cultivos y pastoreo, y con una población habituada al trabajo  agrícola y artesanal, altamente capacitada. En una muestra del poderío civilizador calchaquí-diaguita, la ciudad-fortaleza en el valle de Santa María, a la sombra del Cerro Quilmes –hoy área protegida en Tucumán-, contó en su momento de esplendor con  cuatro mil habitantes,  y el emplazamiento es una maravilla del urbanismo con sus plazas y canales de agua. Fue la ciudad argentina más importante de la era precolonial, y muy superior a los precarios fuertes-ciudades que empezaban a fundarse a mediados del siglo XVI, Córdoba, San Luis, Mendoza y Buenos Aires.  Además la zona era la llave a las riquezas de las minas potosinas, que desangraban las colonias rumbo a la metrópoli.

Vivían en la época de la inaugural expedición de Diego de Rojas al noroeste nacional, entre 1543 y 1546, unos 200 mil diaguitas, en aymará “gente de las sierras”, y que extendían la cultura y la lengua –desaparecida- cacán por el valle de Salta, gran parte del oeste de Tucumán, y grandes áreas de Catamarca y La Rioja. Una de las secuelas de la violenta invasión inca había sido la formación de una estructura militar en este pueblo, anteriormente pacífico y laborioso, que con el tiempo impresionó a los veteranos de guerras en Italia y Flandes, “el dicho escuadrón de los dichos indios era más de quinientos puestos en buen orden de guerra; cerrado dicho escuadrón, que traía arcos y flechas y medias picas”, relata Pedro González del Prado. Este mismo experimentado militar, acompañante de Rojas, acota que “estuvimos en la provincia de Tucumán, que es la primera provincia, adonde había mucha gente de indios flecheros, y en las flechas tenían ponzoña que, hiriendo a un hombre o un caballo, moría allí a cinco o seis días…nos vinieron a dar los indios una guasábara (ataque repentino y ruidoso, antecedente de las guerrillas y montoneras de las guerras independentistas y después)” Rojas mismo fallecería por flechas venenosas en los valles tucumanos. El adelantado de la corona católica intentaba ocupar y reducir a los originarios, en las inhumanas encomiendas y mitas, un sistema esclavista pero era recibido con una lluvia de flechas y piedras; a los que los españoles respondían aplastándolos con los caballos o despedazándolos con los arcabuces. 

Se iniciaría así la Guerra de los Cien Años en las Valles Calchaquís, que nunca dejó de captar los esfuerzos de los conquistadores, en variados estratos, “la provincia Calchaquí, que está a cuarenta leguas de San Miguel (de Tucumán). Está en un valle fértil, aunque llueve en él muy raras veces, tiene muy buen temple,  habrá en ella de nueve a diez mil almas infieles…tomando yo licencia de los señores obispos y gobernador para enviar los padres a pacificar y reducir los indios”, describía la misión jesuita en 1609 el sacerdote Diego de Torres.

Juan Calchaquí, Diego Viltipoco y Chalimín: soldados de la Independencia 

El primer gran líder regional que resistió a los españoles fue Juan Calchaquí, ese el nombre que los dieron sus opresores. En 1552 Francisco de Aguirre lo apresa por resistirse a las encomiendas pero negoció su libertad y tomó el bautismo. Una vez reunido con su pueblo de la comunidad del Tolombón, al sur del valle que lleva su nombre, reorganizó fuerzas e impidió el avallasamiento de Juan  de Zurita en  la zona altoandina. A partir de 1561 comienza una ofensiva final, que pese a los refuerzos constantes de europeos, desaloja Córdoba de Calchaquí, Londres de Catamarca, Cañete y Nieva en Jujuy, luego que las comunidades de la quebrada de Humahuaca y de la Puna se adhirieron al movimiento.  Su influencia y liderazgo incluía a casi todos los pueblos de la región: Casabindos, Quilmes, Apatamas, Hualfines, Chichas, Charcas y Juríes. Hacia 1563 solamente Santiago del Estero continuaba con la bandera real flameando, asediada por los juríes y con Aguirre refugiado, y en el oriente salteño dominaban los lules, también coordinados por Juan Calchaquí.  Martín de Almendras intentó fortificar la defensa pero fue emboscado en Humahuaca y asesinado. Por otra parte, la rebelión  golpeó las puertas de Córdoba, aislada, y aunque volvieron atrapar a Calchaquí, esta vez por obra del conquistador Castañeda, otra vez fugó y cimentó su leyenda de guaca, es decir un chamán que conectaba con el mundo espiritual, y dominaba ciertos aspectos de los animales.

Dado que la rebelión amenazaba el dominio ibérico en Lima, la Audiencia decidió negociar con los rebeldes, a fin de ganar tiempo para encarar nuevas campañas militares. Esto duraría casi veinte años.  Mientras tanto creó la Gobernación de “Tucumán, Juríes y Diaguitas”, con Aguirre al mando, y que debía convivir con un valle vecino fuera de control –y sin esclavos.  Su sucesor, Gonzalo de Abreu, volvió a la carga con pocas victorias y duros reveses ante la coalición de Calchaquí, creando ciudades que no entraban en los dominios del poderoso guaca. Incluso los guerreros indígenas motivaron que Pedro de Zárate abandone San Francisco en Jujuy, antecedente de San Salvador.  Solamente la muerte de Calchaquí logró que en 1588 el gobernador Juan Ramírez de Velasco avanzara definitivamente en el valle y negocie con un hijo de Juan. Se pactó una paz que los españoles incumplieron de inmediato.

En 1594 emergió la figura de Diego Viltipoco de los Omaguacas, otro nombre que le asignaron los cristianos, como un formidable organizador de un ejército de diez mil hombres, superior a los que tuvo Calchaquí. En ese año la revuelta era la única manera respuesta que contaban los originarios para oponerse a los encomendadores y sacerdotes,  que los explotaban y vejaban de forma indiscriminada, sean mayores, niños o mujeres. En ese año los indígenas habían cortado las líneas de comunicaciones entre Lima y el Norte argentino. La situación de los españoles era desesperada pero una serie de traiciones, y la necesidad de dispersar hombres en tiempos de cosecha, no dejaban de ser primariamente agricultores los diaguitas, hizo que Viltipoco retrase el ataque último que arrase los débiles poblados invasores. Ramírez de Velasco aprovechó esta ventaja y en la cruenta batalla de Purmamarca logró capturar a Viltipoco y su lugarteniente Tolay. Serían ejecutados en la recientemente fundada, San Salvador de Jujuy.

El gobernador Felipe de Albornoz  describía en 1629, “habrá tres o cuatro mil indios y cerca de doce mil almas…y muchos ayllos y pueblos encomendados a vecinos de San Miguel de Tucumán y que de ninguna manera acuden a sus encomenderos con sus tributos, ni vienen con la mita si no es entrando en ella con apercibimiento de armas y golpe de gentes por ser todas las de este flechera y briosa y que entrando al castigo de algún exceso se retira a la sierra”. Hablaba de la época del cacique Chalimín, del Valle de Yocabil y del linaje de los Utimpa, que en 1631 aglutinó nuevamente a las tribus y emprendió una feroz matanza de hacendados y clero. Entre ellos Juan Ortiz de Urbina, un brutal español  que pretendía la explotación minera en Tucumán, esclavizando familias enteras. El gobernador respondió con una aún mayor virulencia, incendiando asentamientos y cosechas, ahorcando caciques, y exponiendo sus cabezas en las plazas.

Chalamín en 1632 gobernaba una confederación indígena que parecía a punto de cumplir con los sueños de Calchaquí y Viltipoco: expulsar a los españoles de la futura Argentina. San Miguel de Tucumán y Salta apenas aguantaban el acoso militar de las milicias americanas, y La Rioja y Londres fueron abandonadas. Sin embargo, como más de una vez en la autodenominada Conquista, la traición de pueblos rivales indígenas complotaría con los planes de los independentistas. Los pulares, una etnia enfrentada a los calchaquíes, apoyaron a los españoles, y fueron decisivos en la derrota de los confederados en Tinogasta. Dos años después Chalamín sería batido en Andalgalá y, siguiendo la modalidad habitual de los españoles, “haciendo cuartos en su propio pueblo y horca y clavó su cabeza en el rollo de la ciudad de La Rioja y en el de esta (Londres) así mismo mandó clavar su brazo derecho para escarmiento y ejemplo de estos”, la civilizada medida de los europeos para infligir terror a los aborígenes. Su muerte sería el comienzo del fin de los Quilmes, y de gran parte de la población de los Valles Calchaquíes. 

La primera vez como tragedia, la segunda como farsa

Aunque a Karl Marx se le podría acotar que la segunda es igualmente trágica. Y lo fue sobre todo para los Quilmes. El embustero andaluz Pedro Bohórquez y Girón, o Pedro Chamijo, merecería por sí mismo todo una historia aparte, convertido insólitamente en Rey de los Indios. Aquí los mencionaremos por catalizar la última gran pelea de los calchaquíes en su Tucumán y fin de la Guerra de los Cien Años en el noroeste nacional.  Fugado desde Chile con una mestiza, supuestamente la consejera espiritual y descendiente del Gran Inca Atahualpa, penetró en los Valles Calchaquíes con la fabulosa historia que era hijo directo de Paulo, el último inca coronado por los españoles.  Además que venía de la mítica Paytití, la ciudad dorada. Los indios calchaquíes fueron los primeros en creerle y el cacique Pivanti, curuca de Tolombón, le dio asilo en su comunidad con privilegios imperiales. Pero también compraron el cuento los encomenderos pobres de Tucumán y  los esclavos negros fugitivos de las haciendas. Y a los misioneros se les ofrecía como el garante de la evangelización. Irresistible. Al mismo tiempo aseguraba a los indígenas, en quechua y cacán, ambas lenguas originarias que había aprendido en Perú, que “el día de la liberación y la venganza están cerca”, y regalaba una flecha de invitación de guerra. Un verdadero líder carismático, quizá el primero que asoló en estas tierras.

Una vez que consiguió la anuencia  de casi todas las tribus del valle, en especial los aguerridos huelfines, menos los diaguitas que estaban demasiados temerosos de nuevas represalias, el falso Inca se presentó oficialmente con oropeles en julio de 1657 en la ciudad de Pomán,  ante el gobernador Alonso de Mercado y Villorca. Los festejos duraron quince días y hubo promesas de que se cumplirían la mita y la encomienda, y que los pueblos recuperarían territorio bajo el puño de este nuevo  Titaquín, que en kakán significaba rey, señor y padre.  Nombrado lugarteniente mayor de los territorios Calchaquís, y autorizado a usar el título de Inca, aseguraba contar con 20 mil vasallos y un ejército de 4 mil. A su paso se gritaba “Viva el Inca” y estaba unido en casamientos con las hijas de los principales curacas. Instalado en la Misión de San Carlos, con los leales del valle de Anguinahao, Yocavil y Encamina, instauró el terror contra todo lo español, obligando a los jesuitas a abandonar casi la región completa; en simultáneo realizaba tropelías contra sus mismos representados.  Al tiempo llegaron informaciones de las trapisondas del inca falso en el virreinato y su prestigio comenzó a decaer, además la Real Audiencia limeña desautorizó cualquier acuerdo con quien consideraba un reo.

Hacia 1659 comenzaron los primeros combates francos entre Bohórquez y Mercado y culminarían en la Quebrada de Escoipe, Salta, con la masacre de mil quinientos aborígenes, mal dirigidos por el ruin español. El veterano ejército de Francisco de Nieva y Castilla inclinó la balanza en el campo de batalla y obligó a  Bohórquez un pacto, que solicitaba un indulto para él  y los principales líderes calchaquíes. Como otras veces, eso no ocurrió, y los caciques fueron descuartizados, y el falso inca pasó largo años en prisión hasta que se lo ahorcó en 1666. La cabeza del Rey de los Indios español estuvo expuesta varios días en Lima.

Sin líder ni organización, los calchaquíes continuaron guerreando pero fueron rematados con la política de desnaturalización que iniciaría el gobernador Mercado, “casi imposible de reducir otra vez a tan oportuna razón” Durante el siglo XVII llegaron a Buenos Aires los feroces guerreros, hambreados y castigados por una vil caminata desde la Puna, que solía dejar en pie a menos de la mitad, Hualfines, Lules, Juríes y Quilmes, para someterse a nuevos amos y muertes masivas por epidemias. Recién en 1812 el gobierno patrio eximió de las mitas y encomiendas a las reducciones de los Quilmes, que subsistían a duras penas en el actual partido homónimo, y que aún a principios del siglo XX podían localizarse en sus asentamientos bonaerenses, hoy desaparecidos.  Un fin de la historia de los Quilmes empezó en 1977 cuando el gobernador de facto y genocida Bussi vislumbró la idea de transformar las Ruinas en Tucumán en un emprendimiento turístico, causando un daño patrimonial irreversible, y el gobernador Ortega,  en la década del noventa, autorizó un lujoso hotel a construirse la pileta en un cementerio calchaquí. Desde 2008, tras largas disputas judiciales, existe un cogerenciamiento en el área tucumana con los descendientes de los Quilmes.  Ni leyenda blanca, esa que habla de que si los españoles no hubiesen llegado andaríamos en plumas, ni leyenda negra, con los indios buenos como el pan, en una escala cromática  reluce el aporte la conciencia revolucionaria de los pueblos originarios que acompañó a la gesta libertadora de medio Continente. 250 años antes.

 

Fuentes: Mandrini, R. La Argentina aborigen. De los primeros pobladores a 1910. Buenos Aires: Siglo XXI. 2008; Bonatti, A. Valdez, J. Historias desconocidas de la Argentina Indígena. Buenos Aires: Edhasa. 2010; Vicat, M. Caciques. Indígenas argentinos. Buenos Aires: Ediciones Libertador. 2008

         

Fecha de Publicación: 19/10/2021

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