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¿Será posible darle la salud a la Patria por medio de los prisioneros de la muerte?

Esas fueron palabras de Francisco Hermógenes Ramos Mejía en 1820, el gestor de un modelo social inclusivo de criollos e indios en su estancia de Miraflores. La Historia lo pasó por arriba como malón.

Historia
francisco ramos mejía

1820 no fue precisamente un grato año de la Patria naciente. Detenida la gesta sanmartiniana por falta de acuerdos con el gobierno de Buenos Aires, falleciendo Manuel Belgrano en la pobreza y acusado de traición el día de los tres gobernadores criollos, y las provincias en rebelión, el Pacto de Miraflores del 7 de marzo resalta en un intento progresista de organización nacional. Con todos adentro. El estanciero Francisco Hermógenes Ramos Mejía conseguía en medio de la guerra civil latinoamericana que los principales caciques pampas se sentaran en la misma mesa increíblemente que el gobernador Martín Rodríguez en su estancia de Miraflores, al sur de Dolores, provincia de Buenos Aires.

En aquel momento era un puesto de avanzada de los ideales de la Revolución de Mayo construída por un patriota que luchó para ese 1810. Y era también de avanzada porque en sus 64 leguas convivían y trabajaban armoniosamente aborígenes y gauchos, criollos y extranjeros, en un experimento de colonia agrícola exitoso. Duró poco. Ya a fin de año cargarían nuevamente los rifles contra las lanzas y harían que un desanimado Ramos Mejía exclamara, 

"¿Será posible darle la salud a la Patria por medio de los prisioneros de la muerte?"

A propósito, Don Franscisco fue el único criollo que le compró a diez mil pesos fuertes, valor del mercado, las tierras a los pueblos nativos durante todo el siglo XIX.

Más Franciscos, menos Domingos

Poco se recuerda hoy a este argentino que soñó un país sin grietas, salvo una placa en su estancia de Tapiales, en La Matanza bonaerense, Venía Francisco de buena familia, venida a menos, que hizo su fortuna en el Alto Perú pero que rápidamente viró  él a la causa revolucionaria, a su vuelta a Buenos Aires en 1806. Introdujo innovaciones agrícolas en su estancia, como la delimitación de los campos y nuevas especies de ganado, además de administrar la única pulperia y panadería de la zona. Luego de participar en el Cabildo, y de mostrar desaveniencias con el rumbo militarizado de la causa, parte rumbo el Río Salado, límite de la temidos pampas, solamente munido de una biblia. Durante las tardes matanceras había entrado en contacto con el jesuita milenarista Manuel Lacunza, que impresionó a Ramos Mejía por su prédica de integración de pueblos -bajo la cruz, varios sostienen que Francisco fue uno de los primeros evangelistas locales-.

Así que en 1811 fundó en un lugar cercano a la laguna Kaquel Huincul, actual Maipú, la estancia que daría que hablar a todo Buenos Aires. Además de los logros tecnológicos, ganados con marca y caballos de calidad que se vendían en la metrópolis, y la implantación  de cedros y robles, importó mucho más las sucesivas iniciativas de integración que se practican en la estancia, que llegó albergar a 500 personas. Hereje le decían en la catedral e iglesias porteñas porque hablaba de que todos somos iguales, gauchos e indios, criollos e inmigrantes, o porque enseñaba a leer a los pampas. Traidor se gritaban en los salones por sus planes de acuerdos con los ranqueles y sus perspectivas de una república federal, con participación indígena, en la toma de decisiones. Así que lo corrieron desde el Poder estatal, Bernardino Rivadavia fue un adversario de esta colonización pacífica y civilizada, a Juan Manuel de Rosas, a quien disgutaba que haya comprado los tierras y sospechaba algún conturbenio con los caciques, que jamás atacaron las propiedades de Ramos Mejía. 

La paz y la buena armonía reinarán

Marzo de 1820 puede ser visto un triunfo de Ramos Mejía de largas tratativas con unos y otros de establecer un marco legal a la frontera ganadera y la convivencia en mismo suelo. "La paz y buena armonía que de tiempo inmemorial ha reinado entre ambos territorios queda confirmada y ratificada solemnemente sin que los motivos que impulsan esta manifestación puedan perturbarla en lo sucesivo" firmaban los caciques Ancafilú, Tacuman, y Trirnin, autorizadas "por públicos parlamentos en el campo de las Tolderias del Arroyo de Chapaleofú". Del otro lado estampaba la diestra el gobernador Rodríguez. Ramos Mejía podía soñar en un país con escuelas y colonias de indios y criollos. Duró siete meses. Y el Brigadier Martín Rodríguez volvió a cargar caballería y cañones contra las tolderías del Río Salado. Y Ramos Mejía, preso, jamás volvería a la Estancia de Miraflores y fallecería en 1828, otro año terrible por el fusilamiento del federal porteño coronel Manuel Dorrego.

Lo que pasó es botón de muestra de cómo estamos hechos. Los celos y resquemores afloraron de varios rincones contra Ramos Mejía, Estado, Iglesia y terratenientes se unieron inéditamente. Hasta Rivadavia, nada amigo del clero, llegó a decir que las prácticas integracionista de Don Franscico eran "contrarias a las de la religión del país" (sic). Los Indios de Miraflores, como se los conocía en las casonas de la Reina del Plata, debía terminar pese a que ya en Chile se admiraba al huinca -blanco-  que no se abusaba de nadie, venga de donde venga, y crea lo que crea. Justamente allá nació José Miguel Carrera, del lado de la cordillera al Pacífico, un padre de la patria y, en toda América, una figura nefasta, que dirigió malones con indios patagónicos y renegados de los mandos de la Independencia a fin de socavar a Buenos Aires por el dogma unitario, algo que sirvió para justificar la reacción armada porteña contra los indios, y hacer añicos el Tratado de Miraflores. Y soplar al olvido de los pocos intentos serios del Estado argentino, junto a su ideólogo, de vivir en paz y armonía.                

 

Imagen: Radio Nacional

Fecha de Publicación: 31/07/2025

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