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Sarmiento polémico. La Patagonia no vale ni un barril de pólvora

El prócer sanjuanino a la luz de sus escritos y posturas controvertidas, en los diferendos con Chile, y las relaciones con los pueblos originarios. Un Sarmiento vivo, un civilizado bárbaro.

Historia
Sarmiento

Ningún otro de nuestros héroes del panteón ha sido exaltado, y lapidado, como Domingo Faustino Sarmiento. Un personaje central de la Argentina que se organizó en la Constitución Nacional, el sanjuanino actuó en diferentes trincheras, la prensa, que fue su tarea eminente, la legislación, y la presidencia de la Nación. El proyecto sarmientino, aquel del progreso infinito sustentado en la colonización agraria, la educación y el liberalismo económico, aún resuena en cada rincón del país, al igual que sus poderosas frases, dadoras de imaginarios e ideologías, como “civilización y barbarie” o “el Poder educa” Sin embargo poco se recuerda de las palabras y acciones que orientó a dos problemas de la Generación del 80, la Patagonia y los pueblos originarios, resumidos en la urticante cuestión de la frontera, aunque fueron centrales en su producción desde Caseros hasta la campaña militar del general Roca en 1879. En varias ediciones de sus obras completas, en especial las primeras que costeó el estado argentino, resultaron directamente suprimidos, quizá porque en algunos sugiere que se debe exterminar “ a los indios, incluso a los pequeños” -diario El Nacional, 19 de mayo de 1857-  Temas que había adelantado en su exilio chileno, en especial la controversia por los derechos territoriales argentinos en el sur, y en varios artículos, a lo largo de la década de 1840. Y que causarían un mal perdurable a los reclamos argentinos, “el campeón de los derechos de Chile en Magallanes y la Patagonia”, así se lo conoce en el país trasandino, que en 2021 reactualiza sus planes expansionistas. Sarmiento abrió ese canal.

Durante buena parte del siglo XIX la Patagonia aparecía en los mapas como terra incognitia. Habitada por tehuelches y araucanos, yámanas y alakalufes, la cartografía europea se empeñaba en considerarla res nullius, o sea no sometidos a ninguna jurisdicción territorial ni población estimable. Chile y Argentina no admitían dicha pretensión de avieso colonialismo y echaban manos a los antecedentes virreinales de Simón de Alcazaba y Pedro Sarmiento de Gamboa, quienes en el siglo XVI intentaron penosamente poblar aquellas “tierras estériles” que describiría Charles Darwin. Hasta los setenta de la mencionada centuria, en los confines australes, Argentina sólo tenía a Carmen de Patagones, más algunas colonias galesas en Chubut, “estamos sin más datos que los de la época colonial”, reconocía el ministro Bernardo de Irigoyen en 1876, mientras que Chile no solamente conseguía doblegar a los pueblos originarios al sur del Bio-Bio sino que se beneficiaba de los tratos comerciales con ellos. Los araucanos robaban hacienda de las estancias argentinas y la vendía a saladeros del otro lado de la cordillera, apostándose por los valles neuquinos y la isla Choele-Choel. Cuando el presidente Sarmiento quiso plantar bandera argentina en la isla, a fin de interrumpir el saqueo, el cacique Calfucurá amenazó con una guerra sin cuartel contra el Estado Argentino. O sea que dio marcha atrás el iracundo Maestro de América como con los planes de Luis Piedrabuena de establecer poblaciones en el Estrecho de Magallanes. Para Sarmiento, la cuestión de la Patagonia entraba en el mismo paquete de los pueblos originarios, la conquista de la frontera para la civilización, y sería uno de los principales agentes de recolección de fondos, entre los latifundistas y estancieros, que financiaron la autodenominada Conquista del Desierto.

A fines de 1842, siendo la pluma temida en Chile, el “Alejandro Dumas latinoamericano” se lo halaga en los salones, Sarmiento dirige el diario El Progreso. Allí se acercaría el marinero y comerciante norteamericano George Mebon con la proposición de que la publicación inicie una campaña para ocupar el Estrecho de Magallanes. El 11 de noviembre sale el primer artículo de los ochos donde Sarmiento, que al poco tiempo adoptaría la ciudadanía chilena, y promueve fervientemente este interés privado, sin mencionar a la Argentina ni sus derechos. Señala los “beneficios colosales”, las “inmensas ventajas que esta habilitación del Estrecho podría acarrearnos – a los chilenos-”, y remata el nacido en Cuyo, también lo conocían del otro lado del Aconcagua como el Cuyano Alborotador, “¿Quedan dudas, después de todo lo que hemos dicho, sobre la posibilidad de hacer segura la navegación del Estrecho y establecer allí poblaciones chilenas? Pero, ¿qué se hará para aclararlas o desvanecerlas? ¿Permanecer en la inacción meses y meses? ¿Abandonarlas a discusiones estériles? ¡Quiero! y el Estrecho de Magallanes se convierte en foco de comercio y de civilización”, bramaba desconociendo que no era el primero que interpelaba al gobierno chileno con el proyecto. El general O´Higgins le había escrito al presidente Bulnes anteriormente con la misma iniciativa. Que esta vez cuajó en el seno del gobierno expansionista transandino, el mismo había dictado una polémica ley de colonización que avanzaba sobre Argentina, Perú y Bolivia, y el 21 de septiembre de 1843, los expedicionarios chilenos marchan a Magallanes, con Mebon y sus negocios, y fundan Punta Arenas -Punta Bulnes- en nombre de Chile. Entre las líneas de esos artículos del 42,  que tantos dolores de cabeza le traerían en su carrera política, Sarmiento escribe para la posteridad, “La Inglaterra se estaciona en Las Malvinas para ventilar después el derecho que para ello tenga…Seamos francos: esta invasión es útil a la civilización y el progreso” El daño estaba hecho.

 

“Gobiernos engañados con falsas glorias”

En 1849 el gobierno de Rosas reclama a los chilenos los territorios usurpados, amparado en las jurisdicciones del Virreinato del Río de la Plata. En la visión territorial de la soberanía del rosismo, algo que carecía la Generación del 37, a la cual Sarmiento pertenecía, el paso de Magallanes posibilitaría que la Confederación Argentina cuente con una salida al Pacífico. El iracundo sanjuanino renueva sus artículos del 42, ahora en el diario chileno La Crónica, con la misma tónica, algo que se vanagloriaría en “Recuerdos de Provincia” (1850), señalándose como el promotor de la colonización de Magallanes “Gobiernos engañados con falsas glorias” califica las protestas de Rosas, a través de su ministro Arana, que defendían los derechos territoriales como lo hizo antes contra las potencias extranjeras, Brasil, Bolivia y Paraguay, “tan a deshora…vergonzosas en el motivo”, y grafica, “en 1842, llevando adelante una idea que queríamos fecunda en bienes para Chile, insistimos para que colonizase aquel punto. Entonces, como ahora, tuvimos la convicción de que aquel territorio era útil a Chile e inútil al Argentina”, y suma un nuevo argumento, “quedaría aún por saber si el título de erección del Virreinato de Buenos Aires (sic) expresa que las tierras del sud de Mendoza entran en la demarcación del virreinato, que a no hacerlo Chile podía reclamar todo el territorio que media entre Magallanes y las provincias de Cuyo”, que en la práctica, sería cederles a los chilenos la Patagonia. Completa. El odio a Rosas podía más que los derechos nacionales, “la cuestión de Magallanes con tanta jactancia promovida, con tanta humildad reiterada, fue el primer contraste que su altanera y querellosa diplomacia sufrió en América”, recalcaba feliz en 1851. Con tino el diario de Mitre, La Nación en 1868, pregunta, “el aconsejar a los gobiernos extranjeros que le arrebaten sus territorios, ¿es atacar a Rosas o la República Argentina? ¿son acaso de Rosas las tierras patagónicas o de la República Argentina?”, en medio de fragor de oposición a su férrea presidencia, que combinaba garrote, rieles y libros, y a la cual, arribó curiosamente, sin que sus enemigos hicieran uso de estas infames notas en el exilio “Traición a la Patria” soltaría uno de los fundadores del radicalismo, Bernardo de Irigoyen, de sangre guaraní, quien debió empezar como se dice “menos diez” las negociaciones con Chile en 1876, en la gestión del presidente Avellaneda. Pedro Goyena lo acusaba de “asalariado de Chile que sostuvo que las tierras australes de la República Argentina pertenecían al que arrojaba la moneda a su rostro de escritor venal”, recordando que varios gobiernos chilenos pagaron sus gastos, incluídos prostíbulos parisinos. Mitre y Sarmiento, por lo demás,  solían almorzar una vez por semana.

Durante su presidencia, con la cuestión limítrofe que resurgía con nuestros hermanos enarbolando banderas chilenas en Santa Cruz, cañonando barcos mercantiles con patente nacional, y afirmando al mundo que estaban en “posesión tranquila” de la Patagonia -absolutamente falso ya que los criollos de ambos lados de Los Andes desconocían esos territorios y sus recursos humanos, que recién empezaron a conocerlos con las exploraciones del Perito Moreno- reflotó la cuestión limítrofe y ensayó una sarta de defensas contra “esos chilenos guapetones que se les había ido la mano” Primero negó la existencia de los artículos, hechos aseveraba luego en los fervores de un desterrado joven -Sarmiento estaba en sus treinta en el exilio transandino-, llegando decir que no había realizado ninguno, cuando su firma aparece en los de 1849, y, finalmente, acosado, le pide en carta privada al embajador en Chile, Félix Frías, que “haga lo posible” de “suavizar” aquellas palabras, “que comprometen a un Presidente Argentino”, y que en caso de que no prive “el decoro”, “en cuanto pueda dañar en lo más mínimo a la República, estoy resuelto a quebrar el indigno instrumento con descender del puesto que ocupo, a fin de que pueda yo mismo consagrarme a defender como individuo los derechos de mi país”, prometiendo una renuncia teatral, un arrepentimiento que no salvaría la realidad de que Chile jamás dejaría el Estrecho de Magallanes, parte de la gobernación de Buenos Aires desde la Colonia, al igual que las Islas Malvinas, Don Domingo Faustino.

 

“No las creía digna de quemar un barril de pólvora en su defensa”

“Nunca me mostré muy celoso de nuestras posesiones australes porque no las creía dignas de quemar un barril de pólvora en su defensa” pronunciaba Sarmiento en la necrológica de Darwin en 1882, reafirmando su histórica mirada darwinista sobre aquel “país remoto, frígido e inhospedable”, estampado en los silenciados artículos de los cuarenta. El estadista Sarmiento al final de sus días se defendería comentando que nadie creía en 1842 que la Patagonia tuviese algún valor.   Ese mismo año Juan Bautista Alberdi, que cuando le ofrecen la ciudadanía chilena contesta que “se siente orgullosamente argentino”, ponderaba en Montevideo bajo el fuego de Rosas, “la Patagonia, tan rica de minerales, campos, bosques, bahías navegables”

“No hagamos grandes naciones del vacío: no nos inflemos como las vesículas, llenas de aire, las bolas de jabón, que divierten la vista de los niños, creyendo que han creado algo. Basta con el Río Negro”, decía en días que el presidente Avellaneda arengaba en el Congreso de 1878, “no hay argentino que no comprenda en estos momentos en que somos agredidos por las pretensiones chilenas, que debemos tomar posesión real y efectiva de la Patagonia, empezando por llevar población al Río Negro y más allá”, poniendo otra de las aristas de la autodenominada Conquista del Desierto, que implicó millones de hectáreas para los terratenientes y el exterminio de los pueblos originarios -algo que había empezado Rosas y que Sarmiento repudiaría-, pero que también fue un avance militar defensivo y que salvaguardó la soberanía nacional.

Tanto en la visión de Avellaneda, como la de Irigoyen, factótum de los acuerdos de 1881 que completaría el presidente Roca en 1902, con el inestimable aporte patriótico del Perito Moreno, la Patagonia era una tierra amenazada y que requería la defensa suprema. Sarmiento opinaba en los artículos de la década del setenta, que intentan demoler el imaginario de la “Patagonia encantada”, fuente de riquezas, que esta postura es fruto de un patrioterismo y partidismo que no se corresponde con una nación civilizada. Coincide con el chileno Benjamín Vicuña Mackenna, uno de sus enemigos en la prensa, que la cuestión de la Patagonia, una diferendo “exclusivamente geográfico”, derivó en un “problema diplomático, forense y chicanero”. Y vuelve a insistir con las escasas ventajas en conservar el Estrecho de Magallanes, ahora con la realidad del ferrocarril habilitado en el istmo de Panamá en 1879 (sic) y formula un patriotismo ilustrado, sustentado en el interés de la civilización, que supere el patrioterismo, basado en la dignidad nacional. Y advierte, en palabras de Jansen-Zaffrani-Pasquaré, que la batalla por el “desierto” o “Tierra Adentro”, o sea los espacios al sur del Río Negro, era un lujo que los “países pobres” no se podían permitir para construir “una nación homogénea, compacta, aumentándola rápidamente por la emigración,  y llenando los claros de su territorio y los vacíos de la industria por la agricultura. Su obra será rápida,  a condición de que la gallina no se levante del nido, atraída o alborotada por los ruidos que le hacen de afuera”, sentencia frente a los patrioteros, y enumera los problemas económicos que acarrean el establecimiento de colonias y estaciones de tren en los parajes lejanos del Sur -y el Chaco. Aquellos patrioteros le responderían, en considerandos de Damián Menéndez, “el territorio de la nación Argentina no se cede ni se vende nadie…. Es una gran herencia sagrada que costó mucho formarla, y no debemos derrocharla”.

Como señalan algunos historiadores, Sarmiento intenta fundar una idea alternativa de Nación, y a riesgo de ser acusado de traidor a la Patria, se sustenta en el positivista proyecto de civilización, apátrida y sin terruño concreto. Allí sin embargo la frontera y el indio, variables bien concretas, eran cruciales como recursos materiales. Por ello defenderá a las poblaciones indígenas de las matanzas y mantendrá buenas relaciones con caciques como Mariano Rosas, siempre y cuando los nativos adopten las normas y leyes de la sociedad; que implicaba que los niños aborígenes de menos de diez años en su presidencia serán arrancados de las familias, para que se no les pegue “la peste de las tolderías” Su idea de Patria no se afinca en el territorio entones sino en el futuro que augura la entelequia del progreso universal, una porción a cada Nación integrada al mundo, y que necesariamente, en una mirada mercantil, debe ser solidario entre los países.  El “loco” Sarmiento propone un discurso racional  que calme los ánimos nacionalistas hacia 1880 y que permita el entendimiento de naciones americanas con un “porvenir maravilloso” No existiría un “territorio sagrado”, ni soberanía inalienable, sino que sería uno a construir en las posibilidades materiales de cada pueblo. Este pensamiento se continúa en la postura contemporánea del analista político Carlos Escudé, “la conquista de la Patagonia, en la que se combinaron coraje y astucia, es la historia uno de los mayores éxitos argentinos,  aunque haya sido ocultado por la retórica una historiografía llorona, ingenua y juridicista, ignorante de las realidad del poder, que fundó el nacionalismo argentino sobre la base de pérdidas imaginarias, en lugar de fundarse sobre la base mucho más sana de hechos positivos reales”. Por el acuerdo de 1902, mediados por Inglaterra, 54 mil kilómetros cuadrados quedaron para Chile, 40 mil del lado de Argentina.

“Yo no me alucino por nada que venga de un unitario o un federal, yo no ayudo a ninguno, yo he visto que no pasa de ser un negocio de ellos y a mí no me conviene tomar parte de su cosas”, responde el ranquel Rosas a un invite del presidente Sarmiento en 1872, cuando le solicita ayuda en su conflicto con Calfucurá. Un hijo del vacío sabía bien con quien trataba.

 

 

Fuentes: Sarmiento, D. Obras Completas. CDROM. Revista Todo es Historia. 2011. Buenos Aires; Jensen, S. Zaffrani, T. Pasquaré, A. La imagen de la Patagonia en el proyecto civilizatorio de Sarmiento en 3ras. Jornadas Sarmiento y su tiempo. Buenos Aires: Museo Histórico Sarmiento. 1995; Gálvez, M. Vida de Sarmiento. El hombre de autoridad. Buenos Aires: Editorial Tor. 1952; Rojas, R. El profeta de la Pampa. Buenos Aires: Editorial Kraft. 1945.

Imagen: Argentina.gob

Fecha de Publicación: 11/09/2021

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