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Sarmiento antes de Sarmiento

La infancia y la juventud del prócer son anticipos de una pasión por el saber y de una lucha concreta por la educación pública en Argentina y Chile.

Historia
Sarmiento antes de Sarmiento

“Yo creía desde niño en mis talentos como un propietario en su dinero, o un militar en sus actos de guerra”, declamaba Domingo Faustino Sarmiento en Recuerdos de Provincia (1850). Nacido unos meses después de la Revolución de Mayo, hijo de una “menguada” familia tradicional sanjuanina, vino el mundo como Faustino Valentín un 14 de febrero. Fue Doña Paula Albarracín, mujer de una voluntad de hierro que heredó su vástago, quien impuso el Domingo para invocar la suerte del santo devocional. Y el niño Domingo no tenía más que los talentos que pudiera hacerse “en el ejercicio de la inteligencia como instrumento de trabajo”, "nacido en la pobreza, criado en la lucha por la existencia". A los tres años comenzó con las primeras letras gracias a su tío, José Manuel Quiroga Sarmiento. Mientras su padre José Clemente se enrolaba con el Ejército de los Andes del Libertador general San Martín, el niño Domingo ingresaba a las Escuelas de la Patria creadas por los primeros gobiernos criollos. Allí sus maestros en latín, geografía –su asignatura preferida por siempre– y religión fueron Ignacio y José Genaro Rodríguez, junto a su tío sacerdote José de Oro, hermano del ilustre congresista de Tucumán fray Justo Santa María de Oro. “Todos lo decían, i en nueve años de escuela no alcanzaron a una docena entre dos mil niños que debieron pasar por sus puertas, que me aventajasen en capacidad de aprender –detallaba Sarmiento, y con palabras que nos acercan al hombre– no obstante que al fin me hostigó la escuela, i la gramática, el áljebra, la aritmética, a fuerza de haberlas aprendido en distintas veces  tenía notas de policía, había llegado tarde, me escabullía sin licencia, i otras diabluras con que me desquitaba del aburrimiento”, una confesión que prologa el ansía modernizadora para la enseñanza y que, luego de Caseros, iba a enarbolar desde la Dirección de Escuelas de Buenos Aires.

Este niño travieso y pobre vivía en tensión por los anhelos de su madre, que deseaba que cumpliera el destino sacerdotal de varios integrantes de la familia, y asegurarse un techo. Volvamos a la formación intelectual del futuro presidente de los argentinos. “Otra lectura ocupome más de un año, ¡la Biblia! Por las noches después de las ocho, hora de cerrar la tienda mi tío Don Juan Pascual Albarracín, presbítero ya, me aguardaba  en casa, i durante dos horas, discutíamos sobre lo que iba sucesivamente leyendo, desde el Jénesis, hasta el Apocalipsis. ¡Con cuánta paciencia escuchaba mis objeciones para comunicarme en seguida la doctrina de la iglesia, la interpretación canónica, i el sentido lejítimo i recibido de las sentencias!”, acota. Es que el fervor autodidacta del sanjuanino tuvo que echar mano de lo que se podía en una desamparada San Juan, que no llegaba a los tres mil habitantes, y nulas bibliotecas.

Un doctor sin título

“Es de aquella época me lanzé en la lectura de cuanto libro pudo caer en mis manos, sin orden, sin otro guía que el acaso que me los presentaba o las noticias que adquiría de su existencia en las escasas bibliotecas de San Juan”, aseguraba en la juventud, donde sufría por los rechazos en el Seminario de Loreto cordobés y el Colegio de Ciencias Morales, actual Colegio Nacional Buenos Aires, y trabajaba de dependiente con su tía Ángela Salcedo. “Fue el primero la vida de Cicerón por Middleton, con láminas finísimas, i aquel libro me hizo vivir largo tiempo entre los romanos. Si hubiese entonces tenido medios habría estudiado el derecho, para hacerme abogado, para defender causas, como aquel insigne orador, a quien he amado con predilección. El segundo libro fue la vida de Franklin, i libro alguno me ha hecho más bien que este…yo me sentía Franklin; ¿y por qué no? Era pobrísimo como él, estudioso como él, y dándome maña y siguiendo sus huellas, podía llegar a formarme como él, ser doctor ad honorem como él, y hacerme un lugar en las letras y la política americanas”, afirma quien en 1845 partiría a sus soñados Estados Unidos de América y Europa en misión diplomática chilena, con el objeto de mejorar la “instrucción pública”. Dos años antes había fundado en el país transandino la primera escuela normal de Latinoamérica, de la cual redactó su plan de estudios sin conocimientos universitarios.  

A finales de los veinte acompaña a su tío José de Oro en el destierro de San Francisco del Monte, en San Luis. Vive en derrota y retirada Sarmiento los tiempos turbulentos donde el “Tigre de los Llanos”, Facundo Quiroga, fundirá en su memoria joven a fuego un arquetipo para elucubrar la célebre fórmula “civilización versus barbarie”.  Sobre la influencia de su tío, seguimos leyendo en Recuerdos de Provincia: “Mi intelijencia se amoldó bajo la impresión de la suya, i a él debo los instintos por la vida pública, mi amor a la libertad i a la patria, i mi consagración al estudio de las cosas de mi país, de que nunca pudieron distraerme ni la pobreza, ni el destierro, ni la ausencia de largos años. Salí de sus manos con la razón formada a los quince años, valentón como él, insolente contra los mandatarios absolutos, caballaresco i vanidoso, honrado como un ánjel”, resume a tío José. Este querido sacerdote le salvó la vida a Sarmiento unos años después, cuando cayó prisionero de los federales Ramírez y Villafañe después del combate del Pilar.

Maestro Sarmiento

En San Francisco del Monte funda una escuela, con solamente dos alumnos mucho mayores que él, y traza algunas calles con autoaprehendidos conocimientos de urbanismo. Dos décadas después diría en un tono celebratorio: “¡Porqué rara combinación de circunstancias mi primer paso en a vida era levantar una escuela, i trazar una población, los mismos conatos que revelan hoi mis escritos, sobre Educación popular i colonias!”. En poco menos de diez años, en su largo exilio chileno iniciado en 1840, consolidó su pensamiento político y social, escribió Mi defensa (1843), Método gradual de lectura (1845) y Argirópolis (1850), que en conjunto se sintetizan en lo que el mismo Sarmiento opinó “un ensayo y revelación para mí mismo de mis ideas…un libro extraño, sin pies ni cabeza”, Civilización y barbarie. Vida de Juan Facundo Quiroga (1845), el primer libro de un argentino traducido en cuatros idiomas.  

Antes de retornar a Chile por los triunfos federales que aplastaron la revolución unitaria en Mendoza en 1840, y por sus ataques al gobernador sanjuanino Benavídez, que no obstante ser agraviado por el periódico sarmientino El Zonda, salvó la vida del prócer, tuvo otra experiencia al frente de las aulas con el Colegio de Pensionistas de Santa Rosa, fundado el 9 de julio de 1839. Fruto del trabajo de Sarmiento con la Sociedad Dramática Filarmónica sanjuanina, que contaba también con el porteño doctor Guillermo Rawson, futuro ministro de Mitre, fue el primer establecimiento para la educación de la mujer en el país. “¿Entre tanto cual es la condición primera de esos talentos industriales que una costumbre nueva debe poner en las manos de nuestra muger, y de esa pureza y esa gloria con que debe brillar en la posteridad? Es la educación; la educación, Señores, se lo repetiremos siempre á nuestros padres de familia, es la condición esencial para que nuestra muger se eleve á su porvenir, y pueda mostrar su frente bella á las generaciones que pasan!”, prologaba unos días antes en el “Prospecto de un establecimiento de educación para señoritas”, el primer escrito referido específicamente a la educación de Sarmiento. Algunas características salientes del opúsculo son la introducción de la enseñanza musical y una idea fuerte de que “las escuelas son la democracia”. El mismo Sarmiento se ocupaba de la enseñanza de francés y su amada geografía, mientras sus hermanas Bienvenida, Procesa y Rosario impartían lecturas y escritura en simultáneo a tomar de alumnas otros cursos. Domingo transmitió en ellas el amor por la docencia que siguieron  desarrollando en San Felipe de Aconcagua a partir de 1841, cuando junto a Doña Paula y José Clemente escapan hacia Chile por  la violencia política en Cuyo.

“Por otra parte, yo he sido el intérprete de los deseos de la parte pensadora de mi país. Una casa de educación era una necesidad que urjía satisfacer, i yo indiqué los medios; juzgué era llegado el momento i me ofrecí a realizarla. En fin señores, el pensamiento i el interés jeneral lo convertí en un pensamiento i en un interés mio, i esta es la única honra que me cabe”, cerró Sarmiento el discurso de inauguración de esta escuela de mujeres, bajo la égida de la curia, y que lamentablemente solo duro dos años, aunque él como regente cesó al poco tiempo por las persecuciones políticas. Se repetía la constante de sus cortos periodos de tiza y pizarrón, nunca llegó al año, unos meses en San Francisco del Monte, algunas semanas en Santa Rosa de Chile, sumados al semestre en San Juan.  

“Qué cosas tiene que aprender un niño para ilustrar su espíritu”, pregunta El método de lectura gradual, que Sarmiento presentó para la educación chilena en 1845, y que se calcula instruyó a más de dos millones de personas: “Un niño debe saber leer perfectamente para aprender en los libros”. Sarmiento “con la paciencia y la tenacidad de un presidario” se educó a sí mismo y su mayor sueño era que en su biografía dijera: “Si tuviera que elegir una profesión, sea médico o abogado, me gustaría que se me llame educacionista”

Fuentes: Sarmiento, D. F. Textos recobrados (1828-1840). A cargo de M. Meglioli. www.bibliotecasarmiento.org, Sarmiento, D. F. Método de Lectura Gradual. Buenos Aires: Clarín. 2011; Sarmiento, D. F. Recuerdos de Provincia, varias ediciones; De Titto, R. Yo, Sarmiento. Buenos Aires: Editorial El Ateneo. 2011

N. de R. La citas a los textos de Sarmiento en original, en castellano del siglo XIX, y con la particular ortografía del prócer.

Fecha de Publicación: 11/09/2020

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