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Sarmiento, 1888: la pluma, su espada hasta el último aliento

En los años finales el Padre del Aula americano continuó sin descanso por el sueño que lo desvelaba: educar al soberano.

Historia
Sarmiento, 1888: la pluma,  su espada

Un Sarmiento buscando paz y salud llega un cálido invierno de 1887 al puerto de Asunción. Su salud está quebrada por una fuerte afección bronquial más insuficiencia cardíaca. Pero sobretodo estaba lastimado y acorralado el animal político. El roquismo había marginado de la arena política al “loco” Sarmiento un año antes, quien pretendía suceder al mismísimo Roca. Y no solamente lo había apartado del poder central, sino que lo había humillado en su misma provincia haciéndolo perder con un ignoto por la diputación: “¡A un ex presidente de la Argentina!”, bramía. Para los terratenientes que gobernaban era un “chinito petulante”, cuando antes lo había aceptado entre ellos. “La gente decente, a la cual tengo el honor de pertenecer”, retrucaba amargado el prócer, “salvo que no tengo estancias. Ahora soy como Rosas. Un desertor de mis filas” remataba despotricando a los “oligarcas que huelen a bosta de vaca”. “Sarmiento está un poco viejo”, decía a sus íntimos su otro gran enemigo, Mitre. Así que, hostilizado de ambos flancos, el sanjuanino decide emprender una larga gira por las ciudades del país y que lo reciben en la estatura de leyenda. “Donde quiera que se reúnan seis personas para tratar de educación –decía– en Rosario, en Tucumán, en Mendoza, yo estoy con ellos y recibo mi parte”. En simultáneo se desata un epidemia de cólera que sería otra determinante para empujarlo al Paraguay, un país con quien había guerreado, pero nunca visitado, y poco conocía.

La tranquilidad buscada al inicio se transforma en agitación constante apenas llega a la capital paraguaya del liberal Patricio Escobar. Banquetes, viajes en modernos Tranway, cabalgatas extensas por el interior paraguayo y más honores en escuelas públicas y privadas. Sarmiento se siente rejuvenecido. Otra vez era el “hombre volcánico de un genial talento e incansable energía”, anotaban los periodistas. Instalado en el hotel Cancha Sociedad, fue una atracción turística más escribiendo hasta la madrugada, o trabajando en un pequeña huerta que luego sería solar de un futuro hogar, gentileza paraguaya por una suscripción pública. Otra gentileza, del gobierno norteamericano este vez, fue una casa prefabricada isotérmica, una especie de casa inteligente del siglo XIX diseñada para regular la temperatura.    

Sarmiento, analista de la realidad paraguaya

Durante esa primera estadía en suelo guaraní seguía escribiendo y polemizando desde el río Paraguay al Río de la Plata, como en los tiempos de federales y unitarios. Ya en sus primeros días escribe artículos a favor de la educación pública en un país que aún no se reponía de la devastación y genocidio de la Guerra de la Triple Alianza, desamparado y con una escasa población, 300 mil habitantes, 85% de analfabetos. Plantea la fundación de escuelas de tacuara. Desde Buenos Aires llegan las críticas poniéndolo en ridículo, a lo que Sarmiento retruca: “Es preferible un Paraguay analfabeto o un Paraguay con escuelas de tacuara pero con un pueblo que lea”.

Luego comienza a escribir una serie de artículos en Paraguay Industrial, donde proponía la libre navegación y el cultivo desde tabaco a frutas exóticas como el ananá, cuando no existían ni la mano de obra ni los recursos necesarios, absorbidos por Buenos Aires y la cuenca litoral argentina, o una instrucción pública que extinga al guaraní, “a medida que se extienda la lengua española, la lengua del gobierno, el culto, los libros”. También edita una serie de ensayos que integraron el último libro finalizado en vida, Condición del extranjero en América. Aquí Sarmiento propugna la naturalización de los inmigrantes y las medidas para que se identifiquen con el país que los acogía, como la eliminación de las escuelas de las colectividades que empezaban a multiplicarse en Argentina.

Un breve retorno a una Buenos Aires indiferente, y los recuerdos de las tardes “con olor a naranjos” o “el río Pilcomayo, esa selva virgen cuyos árboles dejaban caer sus ramos como regio pabellón”, lo regresan en mayo de 1888. Y no volvería más a su amada Argentina. A principios de septiembre se salud se deteriora a pasos agigantados, en especial tras una tarde que ayuda en la excavación de un pozo para una casa que no llegó a habitar. Los médicos vieron la gravedad del cuadro y montaron la excepcionalidad de guardias de cuatro horas. Sarmiento solicitó que adornaran un cuarto, una improvisada construcción anexa al actual Gran Hotel Paraguay, antigua residencia de Madame Lynch, la compañera del “bárbaro” Solano López,  con jazmines y diamelas, la preferidas de su gran amor, Aurelia Vélez Sarsfield. Presentía el final: “Siento que el frío del bronce me invade los pies”. Pero no flaqueaba, estoico y corajudo: “Yo les he respetado sus creencias sin violentarlas jamás. Devuélvanme ahora ese respeto. Que no haya sacerdotes junto a mi lecho de muerte. No quiero que por un instante de debilidad pueda comprometerse la dignidad de mi vida”, confiesa a su hija Faustina.

Desde la poltrona que le gustaba para leer, con el atril donde siguió escribiendo sus artículos cargados de pasión por defender una patria educada: “Yo admiro la moderación de los moderados, de todos esos que no se cuidan del interés de sus propias ideas”, Sarmiento pide a un nieto que lo acerque a la ventana: “Ponme para ver el amanecer”. Y sus ojos se cerraron con las primeras luces. Era el 11 de septiembre de 1888. Su cuerpo, embalsamado y envuelto en las banderas, argentina, chilena, paraguaya y uruguaya, parte en el vapor General San Martín hacia Buenos Aires. Llega a la ciudad porteña, que tanto lo había atacado y ninguneado en los últimos tiempos, y es recibido por un imponente multitud con la palabras de Carlos Pellegrini: “El cerebro más poderoso que haya producido América”. Y en su lápida del Cementerio de la Recoleta se puede leer la leyenda que eligió el Padre de Aula americano, Domingo Faustino Sarmiento: “Una América toda/asilo/de los dioses todos, /con/ lengua, tierra y ríos/libres para todos”

Sarmiento, siempre joven

Unos pocos años antes, Paul Groussac, futuro director de la Biblioteca Nacional, había compartido varias jornadas con Sarmiento en Montevideo. Y se asombraba que un hombre de más de 70 años comiera “rebanadas de lechón con el apetito de un náufrago”, o nadara un frío día de playa en Pocitos. De cierre un imagen del último Sarmiento, desbordante, vital, maestro de la vida, hablando a los ojos de los alumnos de una escuela de artes y oficios: “No fue propiamente un discurso, sino una alocución familiar… con acompañamientos de mímica, muecas, golpes en la mesa y risas comunicativas. Fuera de dos o tres arias de bravura…todo el resto era un improvisado monólogo sobre cuanto puede ocurrírsele a un hombre de inmenso talento…derramaba a manos llena un caudal para diez discursos oficiales: lanzaba verdades macizas a la cabeza de quien quisiera recibirlas, alternando los puñados de sal gruesa con los preceptos de alta sabiduría…él rugía el mismo demonio de la elocuencia…reproducir ese discurso de memoria y al tanteo, sería una traición: es menester, como decía Esquines recordando a un rival triunfante, 'haber oído al monstruo'”.

 

Fuentes: Brezzo, L. "El último solar del estadista sanjuanino" en revista Todo es Historia, nro. 403 Febrero 2001, Buenos Aires; Ponce, A. La vejez de Sarmiento. Buenos Aires: Librería Histórica, 2001; De Marco, M. A. Pioneros, soldados y poetas de la Argentina. Buenos Aires: Editorial El Ateneo. 2014

Fecha de Publicación: 11/09/2020

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