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Sancti Spiritu. La primera ciudad argentina

La madre de ciudades no es Santiago del Estero ni Buenos Aires sino una cuadra en Puerto Gaboto. Un poblado santafesino que duró poco más de dos años y fue arrasado, inaugurando la senda nacional de iluminados por el fuego y la barbarie.

Historia
Puerto Gaboto

A la Corte del Rey Carlos V arriban leyendas de reinos de oro y plata, en el rumbo a las Indias. Francia e Inglaterra no existían ante la potencia hispana del Siglo de Oro. En el medio, América estaba por inventarse en el cruce de mundos. Hacia 1526 poco se sabía del Río de la Plata y en Perú aún brillaba el Inca. Sólo se conocía vagamente que Solís y compañeros habían terminado en el estofado de los charrúas, remontando el Paraná. Era el tiempo de la Conquista española, violadora y rapaz, pero también civilizadora, y el aventurero Sebastián Caboto estaba por realizar una travesía con huellas duraderas en el DNI nacional. Los primeros dos grandes mitos sudamericanos, Lucía Miranda y  la Ciudad de los Césares; la primera misa en suelo argentino y la primera plantación agraria exitosa, tres siglos antes que se comprenda que ese era aquel oro que venían a buscar; la matanza y la crueldad antes del degüello, de ambos lados; las uniones indiscriminadas entre europeos y americanas, quizá el mayor laboratorio social de la humanidad moderna; y mucho más, protagonizados por delincuentes y desclasados, y también caballeros ilustrados y finos artesanos. Recién en los dos mil los argentinos empezamos a tomar conciencia de Sancti Spiritu, que se fundó con esperanzas en los márgenes del Río Coronda, Santa Fe, y se arrasó hasta los cimientos. Primero los españoles, luego los pueblos originarios, la barbarie civilizada.  

En el Archivo General de las Indias se encuentra la capitulación del 4 de marzo de 1525 a favor del veneciano Sebastián Caboto, un afamado marinero de mil puertos, mil idiomas, y de considerable fama de negociador, aprendido en la República Serenísima del Mediterráneo -que poco serviría en la atomización de los ávidos españoles, los diversas tribus del Litoral y el Chaco, y su propia codicia. Se lo comanda para que a través del Estrecho de Magallanes, vaya a las Islas Molucas del Océano Pacífico, y “rescate y cargue los navíos con oro, plata, piedras preciosas, perlas, drogas, especerías, sedas, brocados u otras cosas de valor” Se le entrega la fortuna de cuatro mil ducados para tres navíos, Santa María de la Concepción, Santa María del Espinar y la Trinidad -maderas para las primeras casas nacionales-, se comisiona una competente fuerza de 200 hombres y se lo nombra Capitán y Piloto Mayor, casi un ministro de la marina real. Y, se aclara, no franceses, no mujeres, no fundar ciudades, ni guerrear con algún conquistador que se pudiese cruzar. Apenas llegado a la factoría portuguesa de Pernambuco en septiembre de 1526, Brasil, se deja seducir por los cuentos de joyas incalculables de los sobrevivientes de Solís en las islas Catalinas. Y en octubre, hace la gran argenta antes de Argentina, firmó una cosa, hará  otra cosa, y enfila al Río de la Plata para hacerse rico. “Yo faré aquí lo que se me antoje” dijo Don Sebastián, como aparece en los registros del proceso judicial que se le inicia a su regreso a Europa, y aquel que no estaba de acuerdo, a la horca, incluso dos veces, como el pobre Martín el Vizcaíno que condenado a colgar del cuello, se cae, y por orden del Capitán Mayor Caboto, debe ponerse de vuelta la soga, él mismo.

“Yo faré aquí lo que se me antoje”

Apenas entraron al Río de la Plata, o Río Solís de la cartografía de la época, una fuerte tormenta obligó a detenerse en algún punto de la costa bonaerense y apareció Francisco del Puerto, otro sobreviviente de Solís, que vivía con los indígenas, y ratifica las habladurías. Caboto dividió pues la expedición en dos, una que ingresó por el Río Uruguay, y la otra, a su orden, que en la confluencia del Paraná con el Carcarañá, fundaría Sancti Spiritu en junio de 1527, la primera ciudad argentina. El Capitán Mayor sabía que encontrar los tesoros del Rey Blanco salvaría de la ira del poderoso Carlos V, que tenía medio mundo en su cetro, y necesitaba reponer naves y hombres -en Brasil contraen una contagiosa y mortal enfermedad, que importan a Santa Fe.

Los informes de los nativos, en principio amistosos, intercambiaban pescado por espejos de colores, y dejaron que los españoles prosigan el cultivo de cereales que les pertenecía, ahora dentro de la empalizada del poblado, adelantaban las dificultades de la empresa terrestre, así que los españoles se abocaron largos meses a construir un bergantín. Y a enseñar la cultura europea a los nativos, a la par que aprendían el lenguaje y las costumbres de ellos, y amancebaban a las americanas, los primeros criollitos por doquier a los pocos meses. También se estableció el primer reparto de tierras, en remate público -con una suerte de escribano-, y el primer juicio con autoridades judiciales propiamente -otro pobre que no comulgaba con Caboto y terminó colgado-. La primera ciudad argentina contó veinte casas de troncos, barro y paja. A los pocos meses se apuntaló un foso y una docena de piezas de artillería, y a los casi dos años, correteaban hijos de familias americanas, nacidos y criados. Hombres europeos y mujeres nativas, ninguna europea pese que exploradores posteriores esparcirían la leyenda de Lucía Miranda, la primera cautiva, que inspiró la primera obra teatral criolla, “Siripo” (1786) de Manuel José de Lavardén, y llegó a los oídos de un bardo inglés que incluyó este personaje en “La tempestad”. William Shakespeare.                  

Este bucólico panorama exasperaban a Caboto, que suma una goleta con 130 hombres en total, y parte río arriba en enero de 1528, produciendo la primera matanza documentada, la de los timbúes, aparentemente porque la comida que regalaban parecía escasa -otra de los órdenes del Rey Carlos V era el trato digno con los originarios, que los conquistadores jamás respetaron.  Avanzó a duras penas por el Río Paraguay y casi es masacrado, en complicidad del díscolo del Puerto y los nativos, y vuelve presuroso a bajar por el Paraná hacía Sancti Spiritu.

Noticias alarmantes venían en las canoas de río abajo. Se venía la competencia para Don Sebastián en las naves al mando de Diego García de Moguer, que desde 1528 estaban autorizados a rapiñar por el Río del Plata. Pasarían otra vez varios meses para que se pongan de acuerdo los capitanes de cómo repartirían el botín del supuesto Rey Blanco, mientras la vida continuaba tranquila en los márgenes del Carcarañá. No mucho tiempo más. Caboto autoriza a Francisco César a incursionar por tierra al nacimiento del río, en las sierras cordobesas, y, pese a que vuelve al borde de la muerte y alucinando, este capitán asegura que las leyendas son ciertas. Y por él se sueña con la Ciudad de los Césares por más de dos siglos. Los Capitanes Mayores estallan de alegría no observando que los aborígenes cada vez estaban más descontentos con los invasores. Tres españoles fueron asesinados en las inmediaciones del poblado y los conquistadores ordenaron una brutal represión en las chozas indígenas cercanas, cien indígenas resultaron masacrados, arcabuces y acero contra flechas y piedras. Contentos fueron otra vez parten río arriba. Y sellaron el fin de la primera ciudad argentina.

Sancti Spiritu.

Buenos Aires y Sancti Spiritu, no las une el amor sino el espanto

Gregorio de Caro estaba al frente de ochenta hombres y tres bergantines para defender Sancti Spiritu. Caboto había dejado severas tareas, noches sin dormir para vigilar y la construcción de casas más fortificadas, y reprimendas en caso de no cumplimiento. El ánimo entre los europeos era lo más cercano a una rebelión. Fue Juan Cienfuegos el oficial que dio la alarma que quinientos nativos que se lanzaban a los alaridos -¿sapukai?- e incendiaban todo a su paso dentro del precario fuerte, incluso a sus propias hermanas que estaban con niños en brazos. Fue una lucha desigual donde los españoles, el clérigo García o el maestre Pedro, defendían hogares y familias. Desesperadamente solamente treinta extranjeros abordaron uno de los bergantines y pusieron proa al norte, ante una lluvia de flechas incendiarias y el espectáculo de compañeros despedazados por los aborígenes. Y ese fue el fin en septiembre de 1529 de la primera ciudad argentina.

Cuando Caboto encontró a los sobrevivientes en San Salvador, un escuálido poblado en las orillas correntinas, cundió el desánimo. Además los nativos renovaron el asedio y arrojaban flechas envenenadas -los españoles consiguieron, a través de crueles torturas, el antídoto. Finalmente a fines de 1529, el Capitán Mayor Caboto capituló, y “tiró afuera, al río grande -debido a- la poca disposición que el presente hay de conseguir nuestro viaje é ir a las minas”, y enfrentó un duro proceso judicial en la corte real española, que cuestionaba una escuadra que “volvió sin provecho y sin honor” Una historia que recién en los dos mil empezó a conocerse en más detalles con las excavaciones  en la manzana que corresponde a las calles Zabala, Pérez y Avenida Hurtado de Puerto Gaboto -colonia agrícola italiana santafesina, que cambiaron la C por el G en el apellido del veneciano. Pero no es el fin de Sancti Spiritu en la historia argentina.

La célebre expedición de Diego de Rojas, entre 1542 al 45, partiendo desde el Perú, cubrió increíbles extensiones en Salta, Tucumán y Santiago del Estero. Un grupo de 50 jinetes, los primeros que se vieron en estas pampas, comandado por Fernando de Mendoza, hallaron la Fortaleza de Caboto. “Ah, compañero” se escuchó en perfecto castellano desde las canoas, a tres lustros de la primera experiencia civilizatoria en el Río de la Plata. “Qué quieres hermano, que soy yo”, dijo un veinteañero capitán, a lo que el cacique respondió, “Muy mozo eres para ser capitán…mejor lo fuera ese que está a la par de vos”, el veterano Juan García Almadén, que contaría el surrealista diálogo, de los supuestos bárbaros entendiendo a la perfección otra cultura hasta en nimios detalles.  Ambos grupos esa tarde de 1543, la colisión y el entendimiento de mundos en la misma escena, se despidieron amablemente -aunque los timbúes deben haberse impresionado bastante con los caballos, por primera vez pisando ese pasto.

Esa nochecita santafesina Mendoza tenía una extraña corazonada. Así que volvió sigilosamente a las ruinas de Sancti Spiritu, mató a un pobre indio que vivía en una choza quemada, delante de la familia, y ordenó escarbar a indios y españoles. Y ante el asombro de los presentes, allí ennegrecidas pero legibles, estaban claro el horror y el espanto que sufrieron los sobrevivientes de Buenos Aires, de cómo ellos mismos habían decidido quemar el trabajo de cinco años, y refugiarse en Asunción. La fecha de las largas notas era junio de 1541, cuarenta años antes de Juan de Garay fundado por segunda vez la Reina del Plata.   

 

Fuentes: Sylvester, H. La increíble historia de Sancti Spiritu en revista Todo es Historia. Nro. 104 Enero 1976. Buenos Aires; Hosne, R. Historias del Río de la Plata. Buenos Aires: Planeta. 1998; Levene, R. Lecturas Históricas Argentina. Tomo 1. Buenos Aires: Editorial Belgrano. 1978.

Imágenes: FC Comuna de Sancti Spíritu 

Fecha de Publicación: 04/01/2022

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