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San Martín y Pueblos Originarios. Hermanos de sangre

La gesta Libertadora tuvo la activa participación de las tribus de cada región que San Martín llevó la bandera de la Independencia. Pehuenches en el capítulo argentino.

Historia
San Martin  Pehuenches

“Natural de Yapeyú, en la Provincia de Misiones” se presentaba el correntino José de San Martín en tardes apacibles, a pocos kilómetros de París, ante las visitas de los jóvenes románticos del mundo que lo visitaban, entre ellos Sarmiento y Alberdi, y recordaba sus hazañas emancipadoras. Con el corazón desgarrado por las guerras civiles en América, repetía que “jamás desenvainará su espada para combatir a sus paisanos”, y añoraba aquella provincia de los tiempos coloniales y independentistas que se ​extendía por Paraguay, Uruguay, Brasil y Argentina.  Esos paisanos en los cuales corría sangre indígena, que el general San Martín había aprendido a amar en sus infantiles correrías en tierras rojas, y que conocía de su valía en las charlas con su padre Don Juan. El Padre de la Patria nunca ocultó un sincero respeto a los Pueblos Originarios, savia de sus ejércitos, y fundamentales en los sucesos que lo llevaron a liberar medio Continente. Más allá de algunas hipótesis que hablan de que él mismo tenía ADN guaraní, lo cierto es que San Martín marchó protegido por almas ancestrales americanas, invocadas por las tribus que trabó relación el Criollo más Grande del Nuevo Mundo.

 

Quizá las postal más célebre del vínculo estrecho sea el parlamento con los Pehuenches de 1816, que con una población de un par de miles, resultaban dueños de las faldas orientales de la cordillera al sur de Mendoza. El grueso de la comunicación entre Cuyo y Chile pasaba por esa zona; que San Martín hábilmente en la “guerra de zapa”, guerra de espionaje y sabotaje, había dominado desde 1814 con las ayuda de estos nativos, de hábitos nómades y dedicados a la cría de caballos y ganado. Así que cuando el Libertador estaba en las fases finales de los preparativos de la Gesta de los Andes, diseñando el plan maestro para el cruce en varios puntos de las cordilleras, personalmente decidió conferenciar con los patagónicos el 10 de septiembre de 1816. Tenía en mente dos objetivos, uno logístico, el caballar de las tribus era de excelencia, y otro, militar, asegurar el permiso de las tribus para el paso de las tropas. Todo esto aparece en un carta-informe a un querido subordinado, el general inglés William -firmaba Guillermo- Miller, quien en 1826 solicitó un comentario del hecho para el libro muy exitoso en el Londres victoriano, “Memorias del General Miller, al servicio de la República del Perú” San Martín no era muy afecto a la pluma aunque cada vez que se dedicaba, tal cual lo demuestran sus cartas, contaba con una agudeza, una precisión y una vivacidad encomiable, casi periodística. Entonces en Bruselas, entregado a la educación de la “Infanta Mercedes”, como llamaba a su hija en la niñez, contó detalles a su antiguo edecán, héroe en Cancha Rayada, Valdivia, Junín y Ayacucho.

Crónica de un pacto clave para América

“Con anticipación de un día el General San Martín se había transportado al fuerte de San Carlos precedido de 120 barriles de aguardiente, 300 de vino, gran número de frenos, espuelas, vestidos bordados y galoneados que había hecho toda la provincia, sombreros y pañuelos ordinarios, cuentas de vidrio, frutas secas”, arranca la transcripción Miller del preciso cuadro de San Martín, sobre un sitio a 90 kilómetros de Plumerillo, el cuartel general patrio,  y agrega, “el día señalado a las diez de la mañana empezaron a entrar por la explanada que está al frente del fuerte cada cacique por separado con sus hombres de guerra, y las mujeres y niños a la retaguardia: los primeros con el pelo suelto, desnudos de medio cuerpo para arriba, y pintados hombres y caballos de diferentes colores, en el estado en que se ponen para pelear con sus enemigos”, recordaba una década más tarde el Libertador de Chile y Perú, y sumaba, cabal conocedor de las costumbres; y con la intencionalidad de tratar de igual a igual a un contingente cercano a los dos mil nativos, tuvo la previsión de enviar una columna de granaderos a caballo al frente, a los tiros y cañonazos, en cumplimiento de una prerrogativa de honor araucana. San Martín sólo había llevado de escolta un centenar de granaderos y 200 milicianos, en total confianza quien en ese momento dirigía la operación militar y civil más grande del mundo desde Cuyo, capital de la Revolución Latinoamericana -además todos los recursos humanos y económicos del Río de la Plata convergían a Mendoza y San Martín era, quizá, el hombre más poderoso de la región, si no contamos a su aliado, José Artigas. Al mediodía acabaron los honores y en la plaza de armas, en el largo banco de la capilla, se sentaron ceremoniosamente, por orden de ancianidad, los caciques, y luego San Martín, el comandante del fuerte y el intérprete, el padre Inalican, un fraile franciscano y de la nación araucana. Afuera, esperaban los pehuenches armados a la espera del resultado del parlamento.

 

Fue el clérigo quien transmitió el pedido del gobernador de Cuyo, recordando la amistad que los unía con el militar de familiar tez cetrina, y rematado con un elocuente pedido a que dejen pasar al ejército patriota por su territorio, “a fin de ir a atacar a los españoles de Chile, extranjeros en su tierra, y cuyas miras eran de echarlos de su país y robarles sus caballadas, mujeres e hijos” Hubo un cuarto de hora de profundo silencio. Miller recoge del informe del mentor, “luego sucedió una discusión muy interesante: todos hablaron por su turno, pero sin interrumpirse, y sin que ninguno manifestase impaciencia; exponiendo sus opiniones con un admirable concisión y tranquilidad”, concluyendo (¿Miller? ¿San Martín?) que “inspiraba un interés enteramente nuevo por la especie” Necuñan, el más anciano de “largos y hermosos cabellos blancos”, fue el encargado de notificar el veredicto del consejo de caciques, en las postrimerías del trascendental Cruce de los Andes de enero y febrero de 1817.

 

 

¿Plan de San Martín?

Todos los pehuenches a excepción de tres caciques que nosotros sabemos contener, aceptamos tus propuestas”, se dirigió Necuñan a San Martín, y hubo un largo abrazo, aún no inmortalizado como aquel con Bernardo O'Higgins, pero tan relevante para el futuro común. Inmediatamente ocurrió algo “inconcebible” según Miller, aunque seguramente no tanto para San Martín, “en medio del carácter de los indios la confianza que depositan quedando desarmados y entregados por así decirlo a la merced de sus naturales enemigos”, afirma con total sinceridad el inglés, sobre la inveterada -fatal- relación entre criollos y pueblos originarios. Asimismo le resultaría “inconcebible” los festejos después del parlamento, que incluían el sacrificio de yeguas, alimento básico de los pueblos nómades patagónicos. Además de dar la sangre a niños y mujeres directamente del pescuezo el animal, que suponían  propiedades curativas, el cuero era utilizado en un ritual de confraternidad por los sureños autóctonos, “con la piel fresca meten en un agujero, abierto en la tierra, el licor y sentados alrededor empiezan a beber sólo los hombres…entre 16 y 18… a la puesta del sol se suman las mujeres, dejando algunas sobrias al cuidado de cada tribu”, anota Miller de la tarde de cuando nuestro Libertador compartió codo a codo las costumbres araucanas de los pehuenches.

 

Tres días de festejos desmedidos, con milicianos dispuestos por San Martín separando incidentes entre aborígenes y criollos borrachos, aunque no “ocho días de orgía”, ornamentados por Mitre, acabaron al cuarto, agotadas las bebidas, y con la desgracia menor de “dos indios y una india, muertos” Cada cacique entregó un poncho a San Martín, parte de su vestuario en el cruce de las alturas de Los Patos, y los patriotas entregaron los textiles, que los pehuenches “apreciaron con particularidad los vestidos y los sombreros, de que al momento hicieron uso” Y agrega Miller, referido a la exitosa tratativa, “aunque jamás entró en el plan del General San Martín verificar su ataque por el sur, objeto no fue otro que hacer creer al enemigo cuál era el punto que se amenazaba; a fin de que cargase sobre él la masa de sus fuerzas, y desguarneciese el del verdadero ataque, lo que consiguió”, dando pie a una versión de la historia; que era reafirmada por el mismo Libertador, “las medidas están tomadas para ocultar al enemigo el punto de ataque”, y por las reflexiones del realista capitán general de Chile Marcó del Pont, un 4 de febrero de 1817, días antes de la victoria del Ejército de los Andes en Chacabuco, “mis planes están reducidos a continuos movimientos y variaciones según las ocurrencias, y noticias del enemigo, cuyo jefe en Mendoza es astuto en observar mi situación” Marcó del Pont llegó a creer que una poderosa flota se estaba armando en Buenos Aires, ni existía apenas con cuatro embarcaciones  al mando del Almirante Brown, de corsario entonces por el Pacífico, y, en la desesperación, aseguran llamó a un lacayo para que escenifique el parlamento con los pehuenches. San Martín triunfaba antes de pisar Chile.

 

Sin embargo aún está en discusión si la conocida traición de los aborígenes fue parte del estratagema del militar, que concentraría sus fuerzas el centro y al norte, con puntos de partida en Mendoza, San Juan y La Rioja, o el resultado razonable de un contexto donde los pueblos originarios estaban bajo un fuego cruzado, en el cual San Martin queda inmerso. Miller adopta la primera tesitura en 1828 y Mitre, quien a partir de 1864 inicia la primera biografía sanmartiniana documentada en sus charlas con el anciano general Juan Gregorio de Las Heras, traduciendo el libro de Miller, y cotejando la información con el “Lancero” de San Martín, su amigo del alma Tomás Guido, refuerza la conclusión aunque en modo distinto, “había previsto el diplomático criollo que los indios con su habitual perfidia” delatarían los planes revolucionarios. Aquí empieza la versión oficial definitiva del genio estratégico sanmartiniano reproducida a partir del encuentro a la vera de la Cordillera. Sin embargo es el mismo Mitre que pone un manto de duda al aclarar que “por si  acaso no lo hacían -delatar los supuestos planes de concentrarse en el Paso Planchón-, él se apresuró de comunicárselo con sus habituales tramoyas”, que consistieron en capturar a una emisario realista, y dicen a punta de pistola, dictarle una nota reservada a Marcó del Pont donde se afirmaba que, tras el parlamento, los “indios han cedido en todo: veremos cómo cumplen”

 

Pero una lectura más atenta de las misivas entre San Martín, el Director Supremo Juan Martín de Pueyrredón y Guido, cuyo temas principales eran la marcha del plan libertador, y sus cuantiosos recursos “sacados a tirabuzón” de las provincias, hermanadas con Buenos Aires, y la creciente insubordinación civil que germinaría en las guerras entre federales y unitarios posteriores, da cuenta que posiblemente el General pensara por septiembre de 1816 efectivamente en usar el paso sur, con mayor cantidad de hombres, frente a Curicó y Talca “Concluí con toda felicidad mi gran parlamento con los indios del sur, no solamente me auxiliarán al ejército con ganados, sino que están comprometidos a tomar una parte activa contra el enemigo”, remitía en una carta privada a Guido, un 24 de septiembre de 1816. También porque una vez conocida la felonía, San Martín se embarcó a través de Los Patos, burlando así las alertadas fuerzas realistas, en un tránsito que no era primera opción por sus dificultades geográficas,  defiende la postura alternativa a la explicación liberal, Patricia Pasquali.

Para las historiadores, retomando a Mitre, quien colaboró a su pesar en imponer la clásica versión del Padre de la Patria de bronce, casi infalible, este hecho seguirá siendo un “pozo de misterios que ocultan una verdad desnuda” Por otra parte, digamos que se ha escrito mucho de San Martín pero estos capítulos pocos visitados, sus fraternales tratos con los araucanos o los guaraníes, así como con los pueblos incaicos del Alto Perú, enseñan y humanizan la estatura de estadista, gran civil y genio militar, que nos une, “a un pasado común no concluso, abierto al presente y al porvenir”

 

Fuentes: San Martín y los indios en revista Todo es Historia. Año 1 Nro. 4. 1967. Buenos Aires; Pasquali, P. San Martín. La fuerza de la misión y la soledad de la gloria Buenos Aires: Planeta. 1999; Piccirilli, R. San Martín y la política de los pueblos. Buenos Aires: Gure. 1956

Fecha de Publicación: 17/08/2021

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