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San Martín y Buenos Aires. Caminos que se bifurcan.

Entre los porteños y el Libertador nunca hubo buena espina. Sin embargo, San Martín solicitó que sus restos descansaran en Buenos Aires.

Historia
San Martín y Buenos Aires. Caminos que se bifurcan.

Cuando se conoce la última voluntad del Libertador confrontada a su historia con Buenos Aires, no se comprende el porqué de su estancia eterna en el corazón porteño. Incluso llegó a confesar que “para Buenos Aires siempre seré un sospechoso”. Yace en un níveo mausoleo de la Catedral Metropolitana, tal vez para advertir a los enemigos de la Independencia y Soberanía, a los corrompidos por el Poder, a los que asumen la representación del pueblo con fines personales, que “en el último rincón de la tierra que me halle estaré pronto a luchar por libertad”. Buenos Aires, en la vida de San Martín, fue un enemigo íntimo, pero también un faro de la libertad que torció su rumbo para siempre.

Hacia 1812, con el horizonte de la restauración del absolutismo español y la firme decisión de Fernando VII de cobrar cara la rebelión de los colonias a partir del año siguiente, un San Martín imbuído con las ideas liberales no podía estar ajeno al futuro revolucionario de la América. Y menos de Buenos Aires, que en ese momento lideraba a los movimientos emancipadores e irradiaba sus ideas a todos los virreinatos. Esto explica que haya dejado una brillante carrera militar en España a los 34 años y llegara a la capital de las Provincias Unidas con un sospechoso acento español. Eran los meses donde los porteños llamaban despectivamente “El Godo” a quien estaba organizando el primer ejército moderno argentino, el Regimiento de Granaderos. Para esta tarea contó con el apoyo político de la Logia Lautaro, que movilizó a la aristocracia porteña, y que entregó generosa a sus jóvenes hijos como Juan Lavalle y Mariano Necochea, futuros guerreros de fama continental. También contó con el apoyo de todo el Gobierno porteño, en especial Bernardino Rivadavia, que organizó una búsqueda de “hombre altos y robustos” en las provincias, destacándose el reclutamiento de indios de las misiones guaraníes con la aclaración de que el jefe de la escuadra era “oriundo de aquella tierra”. Varios llegaron de la mismísima Yapeyú. Fue también Rivadavia uno de los que más caballos aportó al cuerpo montado, siendo que no era un hombre de gran fortuna personal.

Años después, es sabido el esfuerzo de los porteños en armar al Ejército de los Andes, desde el material bélico a los insumos médicos coordinados por el doctor Cosme Argerich. Claro que, en el medio, la desconfianza de Carlos María de Alvear y parte de la burguesía porteña lo habían apartado en 1814 del centro de las decisiones políticas. En este punto, sin querer extender un punto de fuerte debate entre los historiadores, era funcional un sistema económico centralista, heredado de la Colonia y que, claro, beneficiaba al puerto de Buenos Aires frente a las economías regionales. Y que aún persiste, luego de 200 años…

La constitución unitaria de 1819 significó el definitivo corte entre las aspiraciones continentales de San Martín y los intereses de Buenos Aires de organizar un país bajo su poderío económico. En sintonía con sus ideales republicanos, aunque no federales, el general venía sosteniendo correspondencia fluída con José de Artigas, el enemigo mortal de los porteños, el Protector de los Pueblos Libres en la Banda Oriental, y con Estanislao López, el caudillo santafesino. Las palabras de ellos y otros más, como Martín Miguel de Guemes y Juan Bautista Bustos, lo anoticiaban de los violentos intentos de sojuzgamiento por parte de los ejércitos al mando de porteños. Y López terminó siendo crucial en los próximos pasos de la revolución latinoamericana apresando al general Marcos Balcarce, enviado desde Buenos Aires por el doctor Tagle, cuando debía reemplazarlo al mando del Ejército de Cuyo. San Martín desconoció las órdenes del director supremo Rondeau y, otra vez, tomó una nueva decisión difícil personal en pos del futuro de América del Sur: partió a Chile con el mote de “traidor”.

Quizá en uno de los momentos más tristes de su vida, San Martín en 1820 en Rancagua tuvo que renunciar al mando del Ejército de los Andes, que tenía la orden de unas ya inexistentes Provincias Unidas. La oficialidad lo repuso, pero ya la campaña al Perú se hizo bajo la bandera chilena. Allí el Libertador oficializa su voluntad de no retornar a su Patria por guerras entre hermanos. Mientras tanto en Buenos Aires, que pierde su primacía después del Tratado del Pilar y se recluye en un exacerbado provincialismo, se comienza a difamar la figura de San Martín con ataques en la prensa, en los estrados públicos, y un total desconocimiento de la campaña emancipadora, pese a que varios de sus hijos ya eran generales veintiañeros que mandaban ejércitos multinacionales. Son los años de Rivadavia, a quien San Martín respetaba pese a las diferencias ideológicas, y que lo recibe en el fugaz paso por Buenos Aires para embarcar a Europa con Mercedes. Recordemos que existía la amenaza cierta de que un consejo de guerra lo juzgara por traición, algo que la influencia de Rivadavia pudo haber evitado.

En los tiempos del rosismo persiste le desprecio de los algunos círculos porteños al general, aunque Juan Manuel de Rosas fomenta la reivindicación de los ideales sanmartinianos. Entre ambos establecen una cordial correspondencia a partir del bloqueo francés de 1838, que se coronó con el sable corvo que le obsequió San Martín tras su fallecimiento. Queda aún indagar los puntos de acuerdo más allá de la remanida defensa de la soberanía, tal vez ambos líderes coincidían en las resistencias e inexperiencia de nuestros jóvenes países en observar el respeto a las leyes. En las antípodas, Sarmiento, en el exilio chileno, escribió una serie de artículos referidos a la grandeza del Libertador, que empezaron a circular en Buenos Aires después de Caseros.

Mientras tanto, la generación de Bartolomé Mitre comenzó a elevarlo a nivel de los Padres de la Patria, con la inauguración de la estatua ecuestre en 1862 en Buenos Aires. El mismo general literato empezó a publicar en porteño diario La Nación su historia de San Martín en 1875, en formato folletín, y con gran éxito. Todo estaba preparado para los masivos festejos en el centenario de nacimiento del Gran Capitán, que se celebraron en la Plaza de Mayo. Dos años después, el 28 de mayo de 1880, llegaron finalmente sus restos a la ciudad, recibido con las salvas de buques de varias naciones americanas y la Armada Argentina; y tal cual fue su última voluntad, a casi treinta años después de su partida en Boulogne-sur-Mer. Durante dos días, los porteños suspendieron los preparativos de sus soldados, que combatirían contra la federalización de Buenos Aires –y su Aduana–, en honor al hombre que liberó América. Dos días, nomás.      

Aquella desobediencia de San Martín frente al centralismo arroja una luz histórica en el derrotero de Argentina, uno pleno de grietas y enfrentamientos civiles que no son nuevas, ni menos dolorosas. También sus acciones entregan un significado profundo al ciudadano a pie americano: tras la victoria en Chacabuco el Gobierno chileno le ofreció una vajilla de plata y un sueldo de 6 mil pesos anuales… San Martín rechazó estos “lujos”, y respondió: “América se halla en necesidades y es preciso que todos contribuyamos a remediarlas”.     

Fuentes: Ramos, J. A. Las masas y las lanzas. Buenos Aires: Editorial Plus Ultra.1974; Parish, W. Buenos Aires y las Provincias del Río de la Plata. Buenos Aires: Hachette. 1958; Cibotti, E. Historias mínimas de nuestra historia. Buenos Aires: Aguilar. 2011.

         

 

 

Fecha de Publicación: 24/08/2020

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