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Buenos Aires - - Jueves 16 De Septiembre

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Revolución del Parque 1890. Nace la política contemporánea argentina

El movimiento cívico-militar que fracasó el 26 de julio de 1890 marcó el camino del imperio democrático, luego de la Ley Sáenz Peña de 1912. Y confirió la mística del primer partido moderno: la Unión Cívica Radical.

Historia
Revolución del Parque

“Revolución social”  fue el grito de Leandro N. Alem ante sus acólitos de la Unión Cívica, días previos al levantamiento armado policlasista del 26 de julio de 1890, y que pondría fin al mandato del presidente Juárez Celman, pocos días después. No exactamente como preveía el caudillo de Balvanera, que habría sido ungido presidente de un triunfante gobierno revolucionario. Más bien todo lo contrario. El gran vencedor de los tres días de enfrentamientos entre boinas blancas sediciosos, y el ejército nacional, fue Julio Argentino Roca. Una zorrería más que pavimentó su vuelta a la primera magistratura en 1898, apalancada por la traición de Bartolomé Mitre, y el “acuerdismo” fraudulento de sus muchachos porteños.  Sin embargo en esta asonada, que dejó más de un millar de muertos en las cuadras cercanas de la actual Plaza Lavalle y el Palacio de Justicia, estaría el alma, y la liturgia, de la Unión Cívica Radical, que sería liderada “intrasigente y popular” a la presidencia por Hipólito Yrigoyen. 1890 inició un largo ciclo de movimientos sociales argentinos, y que tendría otro capítulo el 17 de octubre de 1945. En medio del orden conservador roquista fue la lucha por el voto, para terminar la infamia del treinta fue la lucha por los derechos.

El denominado Unicato de Juárez Celman hace agua por todos lados a mediados de 1889. La fiebre de los negocios y la especulación de tierras, ferrocarriles y obras públicas, centradas en la Bolsa de Buenos Aires, son las notas dominantes de un globo sostenido por un exorbitante endeudamiento externo; única manera de solventar semejante expansión económica sin un aparato productivo sólido. La Bolsa empezaba a enloquecer con subas y bajas descontroladas, suicidios de corredores por doquier (“Yo quería hacerme rico pronto, pronto”, dice uno de los personajes de “La Bolsa” de Julián Martel - José María Miró-, retrato xenófobo y anticosmopolita de la crisis del 90, “borrachera general de los negocios” en manos de judíos),  se disparaba el precio del oro –el dólar del siglo XIX, y que también se fugaba, 25.3 millones peso oro, en el primer semestre; contra 4.5 en 1888, todo el año anterior- y la carestía de la vida que golpeaba a la población, en su gran mayoría inmigrantes; miles regresarían a Europa. Una de las medidas del ministro Wenceslao Pacheco resultaba ofrecer 24 mil leguas de terrenos fiscales en Europa, a precios irrisorios, fondos frescos a un Banco Nacional que se desangraba, aprobado por el Ejecutivo, y que el Congreso bloqueó, con la prédica de Aristóbulo del Valle, hombre clave de los sucesos por venir. Incluso Juárez Celman privatizó, y mal vendió, ferrocarriles y servicios; y fue duramente criticado desde el liberalismo conservador hasta por su predecesor, y concuñado, Roca. Era tal el desmadre que en enero de 1890 existían diecinueve monedas de curso legal en la Argentina. En ese momento de crisis entraría un factor inédito a la política criolla: la juventud de la mano de Leandro N. Alem, que derrotado por la federalización de Buenos Aires, llevaba casi una década en silencio. Su oratoria, “la santa furia” de sus palabras e ideas, fue una revelación cuasi religiosa a una nueva generación.   

Este derrotero opositor había comenzado en el Café París, y en las casas de Del Valle y Mitre, con reuniones donde asistían además de Alem, Yrigoyen, Marcelo T. de Alvear, Emilio Mitre y muchos más, quienes sagazmente capitalizaron un acto en homenaje el general Frías, héroe de la Independencia, como un acto contra Juárez Celman. El 24 de julio de 1889, casi un año antes de la Revolución del Parque, se firmó un acta en la Rotisería de George Mercier, con el objeto de “cooperar al restablecimiento de las prácticas constitucionales en el país –o sea la famosa “regeneración por el sufragio”, bandera del radicalismo revolucionario de 1893 y 1905- y a combatir el orden de cosas existentes”, que era básicamente el “sensualismo” en la administración nacional, llámese corrupción.  Es importante recalcar que esta ala no deseaba un cambio rotundo, en la mente de Alem e Yrigoyen, sino que buscaban transparentar la cosa pública, en principio con elecciones limpias, no libres  ni universales, porque muchos eran hijos de las más ricas familias terratenientes.  El presidente Juárez Celman toma nota parsimoniosamente de éste movimiento opositor, que él identificaba acertadamente en el seno de los mismos que lo habían elevado conferido la banda, y el 20 de agosto organiza con jóvenes universitarios,  de clase alta,  el denominado “banquete de los incondicionales”  en el Gli Operai. Francisco Barroetaveña publica al día siguiente en el mitrista diario La Nación, foro de un sector porteñista que había sido anulado por el roquismo, “Tu Quoque Juventud. En tropel al éxito”, y aviva todavía más los vientos revolucionarios en Buenos Aires. Se convocó a un mitín el 1 de septiembre de 1889 en el Jardín Florida, un barracón de espectáculos y ferias entre Córdoba y Paraguay, un domingo a las 13.30 con el fin de levantar “el libre derecho del sufragio, sin intimidación ni fraude…proclamar la pureza moral de la administración pública…garantizar la autonomía provincial…y concurrir a un movimiento político general, que encarne los altos fines que persigue la juventud independiente”  Ese fue al acto fundacional de la Unión Cívica de la Juventud, que condensaba mitristas, católicos, alsinistas, acérrimos porteños –molestaba que el presidente fuese cordobés- y, en las sombras, hasta el sector terrateniente y financista, hartos del mal manejo económico de un presidente rodeado de obsecuentes.

Quien mejor entendió el nuevo escenario fue Alem, en tanto su potencial significación popular y revolucionaria, y se abocó a la organización de las parroquias en la Capital, que serían los comités –palabra nueva en el vocabulario de la época, un legado más del 90-, con un único fin, asaltar el Poder. Levantamiento armado de la Unión Cívica, ya no más de la Juventud,  con la incorporación de políticos de camadas anteriores, Bernardo de Irigoyen y Mitre “No es esta una reunión de partidos…es una condensación de fuerzas vivas” bosquejaría Don Bartolomé, un movimientismo nuevo, un proto populismo transversal, y de largo alcance en la política criolla. En abril de 1890 se incrementó la represión del Estado, un ataque alevoso a una reunión  de los cívicos en el Teatro Iris, y enervó los ánimos. Allí empezó la cuenta regresiva para julio. Don Julio, el ex presidente Roca tomaba nota, por un lado deseaba la caída de su infiel cuñado Juárez Celman, pero no pretendía que el brazo ejecutivo del nuevo partido, Alem, llegara a la Casa Rosada, con el consecuente derrumbe del poder que construyó a partir de 1870 y que recién acabaría en 1912 –y el riesgo de una democracia ampliada, y un programa nacionalista, para la Argentina liberal.

 “Buena política quiere decir: respeto a los derechos”, bramaría Alem en el mítin del 13 de abril de 1890 en el Frontón de Buenos Aires, avenida Córdoba al 1100, eclipsando a otros oradores, entre ellos el benemérito Mitre, “buena política quiere decir: aplicación recta y correcta la rentas públicas; buena política quiere decir: protección a las industrias útiles y no especulación aventurera para que ganen los parásitos del poder”, cerraba en el cenit de su carrera ante 15 mil personas Alem. Esta inusual multitud luego marchó en silencio a la Plaza de Mayo y giraron en torno a su pirámide –a la manera de las Madres de Plaza de Mayo a partir de 1977-, con la unión espontánea de “nacionales, extranjeros, niños, mujeres, los primeros hombres del país, todas las clases sociales…iban al paso de la Unión Cívica” Aquellas “grandes agrupaciones populares o partidos políticos”, que soñaba Alem,  parecía al alcance de la mano. Las mismas contradicciones de la Unión Cívica, dirigencias patricias y columnas de ciudadanos a pie, la no condena del régimen ni del sistema socioeconómico, sino simplemente de la gestión de Juárez Celman, abortarían este primer gesto de un movimiento de masas, en el deseo de Don Leandro.

Patria o muerte

Tras el mitín las fuerzas vivas estaban galvanizadas, y fueron meses en que se pergeniaron los planes revolucionarios,  que poco excedían en verdad los límites de Buenos Aires. En el discurso del primero de mayo, el presidente Juárez Celman anunció algunas tímidas reformas electorales, que no hicieron más que alentar a los seguidores de Alem pero moderaron a los mitristas y los católicos, éstos últimos que veían a la Unión Cívica como una plataforma electoral, y no un partido subversivo. Alem motorizaba un levantamiento cívico-militar en “defensa de la instituciones y de cuánto más caro tenemos los argentinos”, y en un banquete en el Café París, a fin de cuenta eran caballeros, exclamaba para espanto de Roca, “hay que hacer una revolución social que cambie las costumbres” En simultáneo, anarquistas y socialistas realizan la primera marcha del Día del Trabajador. Tormentas se cernían sobre la Argentina “Granero del Mundo” El Zorro rápidamente mueve el tablero con su “piloto de tormentas”, el vicepresidente Pellegrini, y empieza a negociar con Mitre, que justo en los días previos de la Revolución del Parque decide un viaje por Europa. También sugiere tácticas medidas represivas, y se detiene el 18 de julio al brazo militar de los cívicos, el general Manuel Campos, supuestamente por una infidencia de un cercano a Yrigoyen, aunque Roca aprovecha para parlamentar con un colega, mitrista él. El preciso día del alzamiento, Campos, sugestivamente, recuperaría la libertad, listo para tomar las armas contra la República.

En mayo los conspiradores se reúnen a solo media cuadra del Departamento de Policía, señal de la endeblez de la autoridad presidencial, y deciden que el 21 de julio sería la fecha señalada de asalto al Parque de Artillería –en la actual Plaza Lavalle-, y que reunidos los militares y civiles –Alem insistía en el carácter popular ante la reticencia de sus compañeros, menos Yrigoyen-, marcharían a la Aduana y la Casa Rosada. La contraseña de los golpistas sería “Patria o muerte”

Preso Campos, se ofrece el coronel Mariano Espina, pero tenía fama de “bárbaro” y se aplaza un golpe tan anunciado, tanto que el diario La Nación tenía en portada diaria “noticias alarmantes” sobre los insurrectos. Luego de la reunión con Roca, Campos anuncia a la Junta Revolucionaria que no tendrá inconvenientes de comandar militarmente el alzamiento,  y se confirma el sábado 26 de julio. Mientras tanto se comisiona a Yrigoyen y Del Valle la difícil tarea de sumar a los militares, muchos de ellos cadetes del Colegio Militar, entre ellos un joven José Félix Uriburu, que cuarenta años después derrocaría al presidente Yrigoyen. Y en el Parque también se encontrarían otros enemigos del Peludo, Lisandro de la Torre, con quien llegó a batirse en duelo, y Juan B. Justo, que tuvo una destacada acción socorriendo a los heridos. O sea que 1890 también daría cartas de presentación en la arena política a dos dirigentes fundadores de agrupaciones históricas, de la Torre del Partido Demócrata Progresista, y Justo, del Partido Socialista.   

Plaza Lavalle

“La revolución está vencida pero el gobierno ha muerto”

Tres regimientos de infantería, uno de artillería, un batallón  de ingenieros, una parte de la guardia de la Casa de Gobierno, varios cadetes y algunos civiles, poco más de 1500 en total, lejos de los siete mil que se estimaba, desde temprano del 26 de julio de 1890 copan sin problemas el viejo Parque, que no guardaba muchas municiones salvo dos toscos cañones que se habían capturado en la Guerra contra el Paraguay, dicen hechos de ollas y verjas de iglesias. Durante las primeras horas parece que la revolución será exitosa, el ministro de Guerra general Nicolás Levalle aposta pocos efectivos delante de las barricadas, en un barrio de casas deterioradas e inquilinatos, pero inexplicablemente Campos decide esperar “Hice que los hombres coman algo” reporta el general ante la desesperación de Alem, que no entiende por qué no se tomó la ventaja inicial. El resto del día se suceden violentos tiroteos de boinas blancas, con sus crespones verde, blanco y rosa, y el ejército nacional, mientras desde el puerto un acorazado de los cívicos bombardeaba el centro porteño, causando más que nada caos en ambos bandos. Para el día siguiente  el corresponsal del Times describe a la ciudad, “un cementerio lúgubre y medroso” El coronel Espina sin autorización avanza sobre la calle Talcahuano hacia plaza Libertad,  y es cruentamente repelido por el reforzado ejército leal a Pellegrini y Roca. Ambos habían mandado lejos a Juárez Celman, estaba en Campana, y para cuando regresó a consejo de sus amigos, los héroes eran otros. El lunes 28 siguen los disparos pero Campos anuncia que se estaban quedando sin municiones. El martes 29 finalmente se firma la generosa capitulación, no se perseguirá a nadie, y los militantes comprometidos no serán sancionados. Los revolucionarios se fueron ese mismo tarde, quienes habían intentado derrocar a un presidente de la Nación, insólitamente,  a sus casas. Como caballeros.

Las recriminaciones dentro de la Junta no se hicieron esperar, y hasta Alem tuvo que soportar duras imputaciones de sus correligionarios. Yrigoyen propuso una última intentona de retirarse a la provincia de Buenos Aires, Entre Ríos y Santa Fe, tomando de cabecera a Rosario en la lucha–como sería en la siguiente  de 1893, con un mayor costo, ya que varios de los dirigentes radicales terminaron presos, y los militantes duramente perseguidos, por ejemplo se quemó adrede el circo del payador Gabino Ezeiza. No hubo quórum, y cada uno partió tranquilo para seguir conspirando, “tristeza profunda del gran desastre –pero- con la resolución inquebrantable de continuar la lucha por la reorganización del país”, en palabras de Aristóbulo del Valle. Los radicales de familias patricias fueron evacuados antes por Marcelo T. de Alvear, al sur porteño, a fin de evitar “contacto con la soldadesca”, acotaría Ángel Gallardo.  

“La revolución está vencida pero el gobierno ha muerto” sentenció el senador Pizarro del Partido Autonomista en el Congreso, en cuanto el presidente Juárez Celman se presentó en el recinto, además molestos porque nunca se supo quién ordenó trompetas de los militares la tarde del 29, en festejo de no supo qué tampoco “No se puede gobernar sin dinero, sin fuerza y sin opinión”, recalcaría Pellegrini cuando caía un vencimiento con la banca inglesa de medio millón de libras y el banco nacional tenía nomás 35 mil pesos…argentinos. La suerte del presidente estaba echada y renunciaría el 6 de agosto, “cuide de no criar cuervos”, le dijo a su colaborador Ramón J. Cárcano; Juárez Celman, que tanto había alimentado a un Zorro. Alem, el otro derrotado, colérico y taciturno mandaba a sus radicales a colocar crespones negros en los comités, por los muertos de la Revolución del Parque, y ordenaba no concurrir a las expresiones de júbilo popular. El idealista y romántico Alem, quien se suicidó en 1896, no llegaría a vivenciar que en aquellos paredones coloniales del Parque se moldeó el alma del radicalismo, revolucionario y popular.

 

 

Fuentes: Etchepareborda, R. Tres revoluciones. Buenos Aires: Pleamar. 1987; Luna, F. Fuerzas hegemónicas y partidos políticos. Buenos Aires: Sudamericana. 1988; Sommi, L. V. La revolución del 90. Buenos Aires: Pueblos de América. 1974  

Imágenes: Télam

 

Fecha de Publicación: 26/07/2021

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