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Buenos Aires - - Lunes 18 De Octubre

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Quinta Presidencial de Olivos. Yo fui testigo

Varios de los sucesos que marcaron al país ocurrieron en una quinta que maravilló a Roosvelt y a los Rolling Stones. La residencia del ejecutivo, patrimonio de todos los argentinos.

Historia
Quinta presidencial Olivos

Poco se imaginaría el militar español Rodrigo de Ibarola, venido con los asunceños de Juan de Garay, que las más de treinta hectáreas en San Isidro, en el pago de Monte Grande, recibidas por sus servicios de conquista, iban a atesorar sucesos trascendentales de la Argentina. La visita del Che Guevara, la muerte de Juan Perón, el pacto de Olivos y otros momentos fundacionales tuvieron de testigos las paredes diseñadas por Prilidiano Pueyrredón, arquitecto y pionero pintor argentino, y los árboles en que paseaba el vocal de la Primera Junta, Manuel de Azcuénaga. Sillones fraileros del siglo XVI, arañas de cristales de Baccarat y una mesa de nogal italiano del siglo XVIII son el mobiliario notable de un “lugar histórico nacional", según decreto 2013, y que fue una donación aceptada por decreto del 30 de septiembre de 1918, con la firma del presidente Hipólito Yrigoyen. Que no pasó ni un día y que poco se interesó por la residencia aristocrática, en principio, cedida para casa de veraneo. Distinto a los 30 presidentes, constitucionales y de facto, que se empeñaron a partir de 1930, con sus esposas, en reformar una y otra vez la Pajarera de Pueyrredón.

Poco pasó desde que Ibarola toma posesión de las tierras hasta que en diciembre de 1779, Manuel de Basavilbaso le compró a Manuel Ortíz y otros, esa fracción de terreno de 300 varas de frente al Río de la Plata por 5196 varas de fondo, con un área total de unas 3.5 hectáreas, más o menos, y que pasó a integrar la serie de chacras que poseía desde Retiro hasta San Isidro. Basabilvaso era un funcionario público y comerciante de peso, a cargo del correo, hijo de Domingo, uno de los hombres más poderosos de los estertores de la Colonia, y quien tuvo el primer aljibe porteño en Belgrano y Balcarce. Así durante 139 años la Quinta de Olivos será propiedad de la familia Basavilbaso. Estos pasos sobradamente documentados dan por tierra una versión muy difundida hasta no hace mucho que señalaba que las tierras habían pertenecido al Virrey de Buenos Aires, Antonio Olaguer y Feliú y que a su muerte pasó a manos de su hijo, Antonio Olaguer y Azcuénaga, quien, a su vez, los traspasó a su sobrino carnal Carlos Villate y Olaguer, el donante.

Manuel quedó viudo muy joven y volvió a casarse con Francisca Garfias y de ese matrimonio nació Justa Rufina, que en 1795 se casó con su primo, Miguel de Azcuénaga, funcionario de la colonia, y futuro Brigadier de la Patria. La pareja tuvo especial predilección por aquella chacra, ubicada en el paraje llamado Nuestro Señor del Huerto de Olivos, y vivieron felices hasta que la Revolución de Mayo inició una época más difícil, con el vocal Azcuénaga promoviendo el ala liberal de la Junta, y siendo el primer intendente de la ciudad de Buenos Aires. El matrimonio hizo levantar en ese predio una casona sencilla que utilizaba como residencia de fin de semana. Justa Rufina falleció en 1818, mientras que el deceso de su cónyuge se produjo quince años más tarde, en 1833, mientras era legislador de la provincia de Buenos Aires.

Quinta

A la muerte del patriota pasaría la chacra a su hijo Miguel José, que desarrollaba a regañadientes un proyecto ganadero en un área costera, y cría caballos -el general golpista Onganía retomaría esta tradición en el mismo solar un siglo después. Para darle un mayor status a una edificación simple, Miguel José pidió a su amigo Prilidiano Pueyrredón, hijo del general Juan Martín, una completa remodelación en 1854. En el planteo arquitectónico heterodoxo y romántico, que privilegiaba la barranca hacia el Río de la Plata, usada por décadas como embarcadero privado, se realizó un cambio audaz, con amplios ventanales y una impactante luz hacia el interior. Además se levantó un sistema de tres terrazas que convergen a un mirador. Para los vecinos de una señorial Olivos fue “la pajarera de Pueyrredón”. Tal vez algo deprimido por las burlas, Don Miguel pasaba los días encerrado en el Club El Progreso de su amigo Diego de Alvear, en su primera sede de Perú al 100, en el centro porteño.

Al morir soltero Miguel José Azcuénaga, legó la propiedad a sus sobrinos Olaguer y Feliú, hijos de su hermana Manuela. Entre ellos, Antonio Justo y María. El joven, que era ciego, una enfermedad que afectó a varios integrantes de la familia, con alto porcentaje de casamientos entre primos, retuvo la chacra. Y al morir soltero en 1903 dejó a su ahijado y sobrino preferido, Carlos Villate Olaguer, el hijo de María, sus 35 hectáreas en Olivos.

Carlos Villate, el donante

Carlos Villate Olaguer, hijo de un comerciante francés, Carlos Villatte Ulmer, con doble t su apellido, era un digno especimen de la clase alta argentina que tiraba manteca al techo. Adinerado y bonvivant,  se lo recuerda con una calle, y un monumento, en la Quinta Presidencial, y que se puede visitar junto al Paseo de la República; un espacio público inaugurado en la presidencia Macri. Solía organizar lujosas fiestas, con amigos que venían de Europa, y atracaba su velero en las puertas de la chacra. En 1913, con solamente 46 años, próximo a morir, decide en un gesto altruísta donar la quinta al gobierno nacional con la condición que sea utilizada como casa de veraneo, especifica en el testamento Don Carlos, y que recibiría un gobierno conservador en retirada, recientemente sancionada la democrática Ley Sáenz Peña del voto. Sería el primer gobierno de todos los argentinos, el 30 de septiembre de 1918, que hace uso de la opción: “El Poder Ejecutivo de la Nación decreta: Acéptase el siguiente legado hecho por el señor Carlos Villate Olaguer: Al Gobierno Nacional de mi Patria, para que pueda hacer asiento o residencia veraniega, lego parte de mi propiedad denominada Cabaña Azcuénaga, situada en Vicente López, con los límites siguientes: por el Norte con la calle denominada Carlos Villate, por el Sud con la calle denominada Antonio Malaver, por el Este con el Río de la Plata y por el Oeste con la Avenida Centenario, que consta más o menos una superficie de treinta y cinco hectáreas. En caso de que el gobierno no aceptara esta donación, es mi voluntad sea construido un gran parque, donándolo al Gobierno Nacional para beneficio público y pulmones de la población, que se denominará Parque Azcuénaga. Yrigoyen-Gómez”, publicado en el Boletín Oficial el 5 de abril de 1919. Recién el 3 de septiembre de 1920 un juzgado civil haría efectiva la transferencia al dominio público aunque al presidente Yrigoyen, como tampoco al presidente Alvear, interesó disfrutar de la barroca casona blanca -recién durante las presidencias de los Kirchner pasaría a terracota.

Carlos Villate Olaguer

De colonia de niños necesitados a casa de Dylan

El golpista Uriburu en 1930 fue el primer mandatario nacional que usufructó las instalaciones. Pero sería el presidente fraudulento Agustín Pedro Justo, además ingeniero, quien se ocupó de embellecer y acondicionar el inmueble donado por Villate Olaguer, asignándole a la Quinta un rol social que duraría hasta la autodenominada Revolución Libertadora. Justo inaugaría una colonia destinada a atender a los niños necesitados, Colonia “General San Martín”, y que alegró a varias generaciones de bonaerenses. Cuenta la leyenda que cuando el presidente norteamericano Franklin Delano Roosevelt, el ideólogo del new deal, se acercaba a la quinta, en la visita al país durante el gobierno de Roberto Ortiz -nuestro presidente que quiso quebrar el fraude-,  exclamó "¡llueve celeste!", mientras las flores de los jacarandaes de la Avenida del Libertador caían mansamente sobre sus hombros. Ortiz, digamos, solía pasar poco tiempo en Olivos.

Quien volvió a la misión social de la Quinta fue el gobierno peronista. Juan Perón, luego del fallecimiento de su esposa Eva, en 1952, decidió ceder parte del predio a la Unión de Estudiantes Secundarios para que desarrollen actividades deportivas, y culturales, exclusivamente para mujeres. Allí se sucederían verdades y mentiras sobre los vínculos del cincuentón general y las adolescentes, que en los hechos derivó en la prisión de los padres de Nelly Rivas, y la menor en un Correccional de Menores, a pedido de los militares golpistas de 1955.

El segundo presidente de facto de esta dictadura, el general Aramburu, sería el primero en ocupar permamentemente la Quinta, aunque el primero elegido por el pueblo fue el presidente Frondizi desde 1958. “Uno de los momentos más intensos de la vida política argentina que se hayan registrado en la quinta de Olivos", acota Pacho O’Donnell del encuentro en marzo de 1962 entre Frondizi y el Che Guevara; un pedido especial del presidente Kennedy a fin de imaginar una América en paz desde Alaska a Tierra del Fuego. El libro “Che” del historiador lo cuenta: "Llegaron a la quinta presidencial a las 9 de la mañana, y enseguida Frondizi y Guevara se encerraron en un pequeño salón, a solas. La reunión duró tres horas y su resultado no sería auspicioso para el presidente argentino, pues fue derrocado algunos meses más tarde, y uno de los pretextos del golpe militar sería su encuentro clandestino con el «jerarca comunista comandante Guevara», como rezaría el comunicado golpista" El sueño se terminó y, la Quinta de Olivos, estuvo allí.  La chacra de Azcuénaga, la Pajarera de Pueyrredón, que casi queda reducida a cenizas en la previa de un show privado de Los Cinco Latinos para el presidente de facto Onganía.

La presidente Isabel Perón pidió que se edifique una cripta en la capilla, que había eregido el presidente de facto Lanusse, para el descanso de los restos de su marido, fallecido Juan Perón en el mismo solar que el vocal patrio Azcuénaga, y de Eva Perón. Descanso que interrumpió Alicia Raquel Hartridge, esposa del juzgado por crímenes de lesa humanidad Jorge Rafael Videla, cuando, pocos meses después del golpe militar del 24 de marzo de 1976, dijo: "De ninguna manera me pienso mudar [a la quinta] hasta que no saquen el cadáver de ésa", según Jorge Palomar en Lanacion.com.ar.

Olivos Menen

La casona siguió siendo sobria, en particular durante la estadía del presidente Alfonsín y la familia, hasta que el presidente Menem invirtió diez millones de dólares en darle un toque modernizado, y ordenó que se construyeran canchas de golf, de tenis y de paddle, un gimnasio, un ring, un polígono de tiro, un helipuerto, un quincho, una pajarera y un zoológico para la vasta fauna presidencial –que incluía perros, papagayos, cabras asturianas y ponies– Aquí cimentaria el menemato, tras el Pacto de Olivos de 1993 con el líder radical Alfonsin, y ventilaría cuestiones de Estado o privadas, el escandaloso divorcio con su esposa Zulema Yoma, sus amoríos o los ilustres visitantes como los Rolling Stones. Varias de las vistosas reformas de los noventa desaparecieron con el presidente de la Rúa, que  encomendó plantar decenas de árboles para que pudiera pasear sin miradas molestas. Y se deshizo de los perros de Menem y los reemplazó por ciervos. Hermosa metáfora política de Olivos. Además, enrejó los canteros para que nadie pisara las flores, el presidente que auguraba, "Voy a terminar con esta fiesta para unos pocos. Viene una Argentina distinta, la Argentina del respeto, la Argentina de las reglas claras, la de la dignidad". Al menos, con los canteros de la Quinta de Olivos.

Quinta Olivos

Por decreto 1842 de 2013 la presidente Cristina Fernández declara la casa que está dentro del predio "lugar histórico nacional", "Declárese lugar histórico nacional la casa principal de la Quinta presidencial de Olivos, delimitada por las calles Villate, avenida Maipú, calle Malaver y vías del Ferrocarril Gral. Bartolomé Mitre, en la localidad de Olivos, partido de Vicente López, provincia de Buenos Aires", con lo que impide reformas en la casona o el comercio del valiosísimo mobiliario. No pueden ser vendidos, embargados ni hipotecados, así como tampoco puede modificarse su status jurídico, sino con la previa intervención de la Comisión Nacional de Monumentos, Lugares y Bienes históricos. Del mismo modo, los inmuebles afectados no pueden ser gravados impositivamente. Tanto el presidente Macri como el presidente Fernández, afecto a perros collie como Dylan, ¿habrán hecho reformas en la casa pública previa consulta a los organismos de preservación del Estado Nacional? Como en otras oportunidades, la Quinta de Olivos podrá decir, yo fui testigo.

 

Fuentes: Luqui Lagleyze, J. A. El partido de Vicente López en el pago del Monte Grande. Buenos Aires: Fundación Banco de Boston. 1989; lanacion.com.arinfobae.com; elarcondelahistoria.com

Imágenes: Casa Rosada / Télam / La Nacion

Fecha de Publicación: 30/09/2021

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