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Perrerías en la Argentina

Entre los problemas de quienes vivían en Buenos Aires se encontraban los miles de perros cimarrones que acechaban los límites. Una historia del vínculo con el mejor amigo del hombre que no empezó con el pie, la pata, derecha.

Historia
perros cimarrones

Cientos de negocios de mascotas inundan las cuadras porteñas. Miles pasean felices en las veredas, dueños y mascotas caninas, humanos y no humanos. Las autoridades se preocupan especialmente con espacios verdes, cercenando plazas, y medidas tendientes mejorar la experiencia perruna. Un porteño del mil seiscientos miraría extrañado la actitud perrera millennial, casi aterrorizado. “Ante la máquina de perros que hay y destruye los ganados – se ordena que se- los cazara y matara” emitía el Cabildo de Buenos Aires el 27 de septiembre de 1621, la primera de las innumerables actas contra la plaga en cuatro patas, y que inventó a los mataperros como una de las profesiones rentables de la colonia.  Aún cuando Sarmiento alentó a la sociedad protectora de animales durante su presidencia, y pidió que se detengan las habituales matanzas de cimarrones, el rechazo de los porteños fue enorme. Durante cuatrocientos años, desde los primeros que llegaron con Don Pedro de Mendoza y los querandíes se encargaron de esparcirlos en las pampas, para Buenos Aires y sus habitantes, el perro era el peor amigo del hombre. Distinto en la campaña, “Nada escapa el cimarrón, si dispara por la loma”, dice el Martín Fierro, allí donde el gaucho los utilizaba en docenas en las vaquerías, antes, y luego, en la faena diaria. Los estancieros, alambre y alambre, también terminarían con este dúo chúcaro que se iba a ranchear o perrear.     

“Pocas veces se ha dicho que el perro como el caballo, el arcabuz y la ballesta fueron los principales armas que usaron los españoles, no sólo para someter sino para aniquilar a los indígenas” sentencia Guillermo Abragú Mittelbach. Los primeros perros,perro , arribaron con Cristóbal Colón, y despedazaron indios en La Española. Se los entrenaba en la caza de los indios, “el vientre de los perros fue sepultura de muchos reyes y caciques”, comenta al pasar el fray de Remesal. Los sanguinarios Becerrico y Leoncico fueron los más famosos de aquellos primeros conquistadores. Rápidamente se extendieron a América, claves en las conquistas de México y Perú, supuestamente los perros desconocidos en estas tierras, aunque existe evidencia que pudieron deambular con las migraciones de humanos por el estrecho de Bering hace miles de años. En el Cono Sur, Gonzalo Pizarro, gobernador en Quito, reunió la impresionante formación de 900 perros en 1541, y la utilizó para masacrar a los nativos de Omagua “echando perros”. Unos años antes desembarcaron los canes en la fallida primera fundación de Buenos Aires.

Los querandíes, hartos de los atropellos de Mendoza y sus huestes, hostigaron el fuerte de Buenos Aires, incendiándolo en 1536, y finalmente los españoles huyeron en 1541 hacia Asunción. Atrás dejaron caballos, el ganado vacuno y, claro,  los perros. Y los alanos, al igual que ocurrió en el Caribe, se transformaron en salvajes, cimarrones, así llamados por los españoles debido a que escapaban a la cimas de las islas tropicales, en verdad los montes. Sin rivales naturales en estas latitudes se reprodujeron incontenibles, viviendo en los agujeros de las vizcachas, y marcando territorios con  los infaltables huesos tapando madrigueras. Los indígenas empezaron también a domesticarlos y fue tan común verlos en las tolderías, que los virreyes empezaron a temer ejércitos de canes en sentido contrario, y lanzaron edictos que prohibían a los indígenas poseer alguno, salvando a los caciques, debido a que “los indios puedan alzarse con el arma viva de los animales” El perro como arma, más allá de algunas leyendas como el perro Alce, que dicen cuidaba él sólo cientos de ovejas en el Alto Perú, fue la manera de emplearlos hasta bien entrado el 1700, particularmente en el apoyo de la caza del ganado cimarrón por los gauchos, las vaquerías. Más tarde las jaurías serían el terror de los criollos y extranjeros que se aventuraban en las polvorientas rutas del Virreinato del Río de la Plata por su ferocidad y osadía, atacando sin descanso diligencias, carretas, casas, jinetes.

“Los he de pelear con perros cimarrones”

Mencionamos entre las primeras resoluciones de los aterrorizados rioplatenses que “El Gobernador de Buenos Aires comenzó a enviar soldados para destruirlos y una partida armados de mosquetería hizo grandísimos estragos, pero al volver a la ciudad, los muchachos, que son aquí impertinentísimos, empezaron a perseguirlos haciéndoles burlas y llamándoles «mata-perros», de lo que se avergonzaron tanto, que no han querido volver más”, aparece en un carta del Padre Cattaneo, fechada el 2 de abril de 1759, citada en La Revista de Buenos Aires. Las vaquerías, el cimiento de la industria argentina, era una prioridad en la aldea de Buenos Aires como los problemas derivados enr la enorme cantidad de perros, “En lugar de hacer esos estragos que se hacen entre los vacunos, durante las “vaquerías”, mejor sería hacerlos entre los perros  que llaman «cimarrones», los cuales se han multiplicado también de modo que cubren casi todas las campañas circunvecinas y viven en cuevas subterráneas que cavan ellos mismos, y cuya embocadura parece un cementerio por la cantidad de huesos que la rodean”, aparece contemporánea en una queja de un sacerdote, en medio de los mataderos que recibían a los visitantes en los cuatro puntos cardinales. Otro sacerdote, Fray Feuilée, comentaba en sus diario de observaciones (1708), “todos estos vastos campos están llenos de toros, vacas, mulas, caballos errantes y salvajes, y de una infinidad de perros que se multiplican todos los días en tan gran número, que se temía que su multitud y su ferocidad interrumpieran el comercio que se tenía con el reino de Chile. Esos animales ya habían devorado a muchos viajeros y habían comenzado a hacer intransitables los caminos. Los habitantes tenían intenciones de exterminarlos: nos dijieron que para ello habían mandado buscar veneno en Europa con el propósito de envenenar la carne de muchas vacas, que esperaban matar antes de que el veneno hubiese llegado, y que por esa vía procurarían liberarse para no convertirse en su presa y no verse expuestos todos los días a sus rabias y a su furia”.

Los informes de Nicolás Delgado en la Banda Oriental en 1808 –la cuna de la raza perro cimarrón según la Federación Cinológica Internacional desde 2009- demostraban por primera vez la correlación entre el incremento de la rabia y los miles de canes sueltos, merodeando las puertas de Buenos Aires y Montevideo. Se calculaba en la época que la tercera parte del ganado era exterminado por las jaurías. Con la influencia de los saladeros, y las naciente clase ganadera, la guerra sin cuartel a los perros marcaría el primer siglo patrio.

Una descripción de estos perros la brindó en 1806 Alexander Gillespie, en su libro "Buenos Aires y el Interior", uno de los prisioneros de las fuerzas británicas que conformarían la colonia inglesa, "Su pelo  es más duro y tupido que el de la especie doméstica. Se alimentan de sus compañeros en la llanura y tienden mucho a disminuir la existencia general del ganado"   Quienes en cambio les tendrían en alta estima serían dos litoraleños, caudillos de los años de la Independencia y la Organización Nacional, nomás separado por el Río Uruguay. “Dígale a su amo que cuando me falten hombres para combatir a sus secuaces, los he de pelear con perros cimarrones”, fue la respuesta del Padre de la Patria José Artigas al comandante portugués Lecer en 1817, en un condición desesperante, abandonado por Buenos Aires y Montevideo, y acariciando a su fiel Charrúa, un valiente cimarrón que murió en el campo de batalla contra el invasor imperial. Unos años después Justo José de Urquiza paseaba delante de sus ejércitos con Purvis, otro cimarrón nombrado como el almirante de la fuerza anglofrancesa que bloqueó el Río de la Plata en 1845. Otro estanciero rico, Juan Manuel de Rosas, solamente tuvo perros en el exilio inglés, y en sus famosas “Instrucciones”, recomendaba tener pocos, limitados a los cascos. Los perros,  a diferencia de los países europeos, son los grandes ausentes en relatos literarios y pinturas de aquel periodo, alguna referencia perdida en el cuadro de Prilidiano Pueyrredón “Un alto en el campo” (MNBA), quizá en el sentimiento incompasivo que definió bastante largo a los criollos con respecto a los canes. Esto del cariño desmedido a los canes es algo nuevito, nuevito, que poco tiene que ver con la repulsa que causaban los cimarrones por la destrucción de la hacienda.  

“Acechándonos con ojos brillantes”

Todo el siglo XIX sería de un exacerbado sentimiento contrario a los perros, y ya en 1820 se organizan regulares excursiones para exterminarlos, “se encomendó su solución a las tropas, pero éstas pronto se resistieron a la desagradable faena. Luego se encomendó la matanza a celadores de policía y hasta a los mismos presos, que eran licenciados al efecto y armados con lazos y estacas”, indica el historiador Norberto Ras. No era para menos, tal cual aparece en “Andanzas de un irlandés en el campo porteño (1845- 1864)”, “La estancia  estaba llena de esos perros en los espadañales o en las lagunas secas con cañas y juncos, donde se escondían durante el día. Había cientos de ellos y a la noche oíamos a las vacas mugir y a los perros ladrar. No era nada seguro perderse ni tener ovejas en el campo. A la mañana siguiente de una tormenta me encontré con que tenía sólo 400 ovejas. Entonces seguía la senda por donde las habían llevado los perros y vi en el camino unas 80 de ellas muertas y otras tantas malamente mordidas”. Incluso para un espíritu naturalista como el de Estanislao Zeballos era demasiado, y en "Viaje al país de los araucanos" pone la cuota de pánico que cundía en las parajes patagónicos,  en los prolegómenos de la autodenominada Conquista del Desierto, "No cesaban  de aparecerse en cuadrillas al flanco del monte, acechándonos con ojos brillantes y un aspecto tal que pudiera pintarse como emblemas del hambre. Nos seguían con la vista, con la lengua afuera, fatigados y hasta rabiosos. Los más osados se deslizaban entre los altos pastizales y aparecían de repente entre nosotros mismos".  

El final de la historia, y de las temidas jaurías, ocurriría con la división forzada del campo y el poder omnímodo  de los terratenientes. Sin embargo, “una realidad por todos conocida es la existencia de perros asilvestrados o cimarrones que por su estado, no pueden ser incorporados y deben ser tratados como predadores. Estos perros son los que matan otros animales (ovinos o vacunos pequeños, aves, liebres, guanacos) que debieran tener igual guarda por parte de las organizaciones de protección de animales”, señala el  presidente de la Federación de Instituciones Agropecuarias de Santa Cruz (FIAS), Miguel O Byrne, y puntualizaba en www.agrositio.com.ar, “desde lo productivo, por ejemplo en Tierra del Fuego, hoy quedan 270.000 lanares cuando en las décadas del 70-80 había 600.000 al menos. Al irse los ovinos de la zona de bosques, ahora hay vacunos, pero muchos menos en proporción debido a los ataques de los perros cimarrones y por consiguiente se han perdido decenas de puestos de trabajo”,  graficaba el productor patagónico no en 1818, ni 1918, sino en 2018. En las pampas y el desierto todavía aúlla el cimarrón.

 

Fuentes: Abregú Mittelbach, G. Perrerías en revista Todo es Historia Nro. 13 Mayo 1968. Buenos Aires; Rípodas Ardanaz, D. Viajeros del Río de la Plata 1701-1725.  Buenos Aires: Academia Nacional de Historia. 2002; Rodríguez, O. Perros cimarrones en la región del Plata en Argentinambiental.com; Perros cimarrones, azote de Buenos Aires en Elarcondelahistoria.com

Imagen: Freepik

Fecha de Publicación: 14/04/2022

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