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Padre Castañeda. El Tábano de la Independencia

El periodista y escritor, inventor del género gauchipolítico, que funda literatura y periodismo criollo. Un franciscano defensor de las Leyes del Gaucho frente a quienes “han sepultado para robarles a los pueblos la libertad”.

Historia
Padre Castañeda

"El padre Castañeda enemigo por carácter, por profesión, por naturaleza, por educación y por genio, de todo lo que es orden, tranquilidad, luces, prosperidad y gloria, sólo se ha empleado, desde que aprendió a escribir en trastornar la quietud de los pueblos, en predicar la desunión de las familias y en portarse como un verdadero fraile. ¿Qué haremos con este padre? Más vale dejarlo, que ocuparse en rebatir los sarcasmos que escribe. Rebuzna cielitos, vomita periódicos, y en los periódicos y en los cielitos sólo se encuentra hiel, perversidad y alientos de su corazón protervo", en la editorial del diario porteño El Pampero, 1829, atacando a la pluma más combativa de los proyectos unitarios, precursor furioso de los Sarmiento del mañana. Verba que se leía y payaba en las pulperías, el cura quizá el primer periodista estrella criollo, y anticipando la gauchesca de Hilario Ascasubi y después. El Padre Castañeda en una década lanzó innumerables periódicos y sueltos cuestionando el régimen liberal, desde un ideario católico y popular, reivindicador del orden, la comunidad organizada y las tradiciones,  que haría escuela en la política doméstica. Los denostados cielitos eran versos gauchipolíticos, “librarse del Sapo del Diluvio/ El Sapo es Rivadavia o Rivaduvio”, que demolían a la hegemonía portuaria y mercantil, en defensa del federalismo de cuño bonaerense. Castañeda, un tábano que picaba y picaba.  

Artículos de papel barato a medio camino entre la ficción y la realidad, sueños, vigilias y retruécanos, inventando heterónimos especialmente femeninos, y explotando el texto entre líneas, de larga pregnancia en las formas de hacer periodismo en Argentina. Ese el estilo del Padre Castañeda. ¿O acaso el Facundo sarmientino no comparte el realismo delirante del Congreso de Matronas de Castañeda, que parece un capítulo salido de la novelística de César Aira? “Nuestros periodistas ignoran que él fue quien esparció en el surco la semilla del pan que hoy ellos comen” diría Juan José de Soiza Reilly, maestro de Roberto Arlt, y Adolfo Saldías completaría en 1907, que fue el creador de “ese poder que se llama la prensa, como que por él y contra él principalmente, se sancionaron las leyes sobre libertad de imprenta que han prevalecido por setenta años”.

Contra los hipócritas de la sabiduría

“Las matronas conocernos ya ä los tinterillos y papelistas, porque en los cuatro periódicos están retratados con todos sus pelos y señales; le confieso á vd. que de poco tiempo ä esta parte; quiero decir, desde que nos los han dado aconocer, los miramos con el mayor desprecio y repugnancia, porque son unos hipócritas de la sabiduría, que también la sabiduría tiene sus hipócritas, tan circunstanciados, y circunstancieros, como los puede tener la religión”, firmaba Doña Ya Estoy Despierta, en e pliego Paralipomenon, 1821, uno de los tantos seudónimos femeninos que usaba Castañeda para sus explosivas publicaciones, salidas por entero de su fértil inventiva, “en la época en que eran ocho suponía él que eran cuatro dirigidas por varones y los otros cuatro por señoras descontentas de la cobardía de los hombres”. Así  describe Guillermo Furlong uno de los entreveros que armaba entre sus propias creaciones, apuntando por elevación a los periódicos unitarios de Pedro Feliciano Sáinz de Cavia y los Varela, “amigos de la Ilustración –y el extranjero-”. Este culto lector, alta categoría académica en la carrera eclesiástica por sus posibilidades de reflexión y difusión del dogma, nació el 3 de enero de 1776 en Buenos Aires, retoño de un linaje de guerreros de la España ancestral. Egresado de la Orden Franciscana en 1793 (o 1798), en 1800 se ordena de sacerdote, algunos biógrafos señalan en Córdoba; otros en Buenos Aires, en la Iglesia del Pilar de la Recoleta.

Padre Castañeda

En 1802 publica “El alma de los brutos“, “una de tantas ficciones del tan fecundo cuanto inescrupuloso periodista...Compuso versos. Sus versos son muy malos. Pero son hermosos, que es mejor. Bajo la grosera contextura de sus bravas estrofas, se puede ver flotar el alma recién nacida de un artista. Su opúsculo sobre los brutos, es simplemente encantador”, diría Soiza Reilly. Participa en las invasiones británicas asistiendo ambos lados pero gana la confianza de las tropas irlandesas. Como lo haría con la Revolución de Mayo, justifica la intentona imperial por la “corrupción de la administración española”. Comienza a colaborar con la prensa montevideana y el 25 de mayo de 1815, sin oponerse directamente al rey Fernando VII, esgrime un defensa de la soberanía popular, que hace que los jóvenes y la masa lo lleven en andas por la Plaza de la Victoria, aunque el director supremo Álvarez Thomas niega el ingreso al Fuerte. Aquel lustro combatiría a los directatoriales, los proto unitarios. Ese mismo año solicita un aula para instalar una escuela de dibujo, que funcionaría en el Consulado porteño, y es designado como capellán de la cárcel, pese a las resistencias de los superiores religiosos. La década siguiente lo tendrá indiscutible de árbitro y formador de una incipiente opinión pública, sobre todo, en la campaña.

El Señor Gauchi-político

La carrera periodística de Castañeda puede dividirse en dos periodos, uno que se extiende de 1819 a 1822, asentado en Buenos Aires, y otro que llega a fines de 1829, con pasos por distintas provincias del Litoral. “Despertador Teofilantrópico Místico-Político”, “Desengañador Gauchi-Político, Federi-montonero, Chacuaco Oriental, Choti-protector y Puti-republicador de todos los hombres de bien que viven y mueren descuidados en el siglo 19 de nuestra era cristiana”, “Suplemento al Despertador Teofilantrópico Místico-Político”, “Paralipomenon al Suplemento del Teofilantrópico”,  “La Matrona Comentadora de los Cuatro Periodistas” y “Doña María Retazos de varios autores trasladados literalmente para instrucción, y desengaño de los filósofos incrédulos que al descuido, y con cuidado nos han enfederado en el año veinte del siglo diez y nueve de nuestra era cristiana” son hojas sostenidas por devotos suscriptores que, de acuerdo a Claudia Román, “En todos ellas hay algunas imágenes que, literalmente, se vuelven una pesadilla recurrente –de Castañeda-: las “gauchas ahorcajadas” que ocupan la Plaza de Mayo; los “tinterillos” y lectores de libros de “pasta dorada”, cómplices y azuzadores de una filosofía que saca de su centro al pacto de sujeción para reemplazarlo por el pacto social y en ese movimiento, habilita el desenfreno en el que los “emponchados” amenazan a los curas mansos; y los hombres que se quedan solteros, unidos a los libros antes que a los deberes de sostener una estructura patriarcal que garantice la paz y el orden para la patria”. Escribía Castañeda de una de estas pesadillas, en medio de las misiones al extranjero como las de Bernardino Rivadavia, su mayor enemigo declarado, “soñé noches pasadas que me habían echo diputado de Sud-América acerca de las córtes extranjeras, toda mi comision se reducia á que buscase por hay un príncipe que se obligase á mantenernos en libertad, en igualdad, é independencia, ofreciéndole por parte nuestra que seriamos”.

“El Señor Gauchi-político,/Que después de Dios no hay otro,/Con la gran Comentadora/Componen un cielo entero”, cantaba Castañeda/María Retazos mientras Rivadavia, en tanto ministro de Martín Rodríguez, luego el primer presidente argentino, lo desterró dos veces a Kakel Huincul, en Maipú, y una al Fortín de Areco, ambos en la provincia de Buenos Aires; y otra a Catamarca, de donde escaparía a Montevideo, y terminaría bajo la protección en Santa Fe del caudillo Estanislao López. Firme opositor a las reformas eclesiásticas que propone el gobierno rivadaviano, declamaba en sus páginas, “¡Americanos! Unión, virtud, espíritu nacional, y uniformidad en la acción; todo, todo ha de ser obra nuestra, pues solamente lo que fuere obra nuestra podrá ser conservado por nosotros; empecemos por nuestra religion santa, prosigamos por todo lo demas, y acabemos atrapando nuestros pantanos para que no vaya por el suelo esta Ciudad, que ni ha sido fundada, ni edificada por nosotros; lo demás todo es soñar, y más soñar para despertar después entre cadenas”. A su paso Castañeda en los pueblos dejaba testimonio real de una profunda labor educativa, abriendo escuelas primarias mixtas para criollos e indios, inspirado en el rígido método lancasteriano –Castañeda fue de los pocos que recordaron al educador Manuel Belgrano en 1820-. Además colaboró con el progreso de futuros pueblos como Pilar, en Buenos Aires, impulsando la construcción de puentes, caminos y la primera iglesia. Hacia 1823 se instala en San José del Rincón, Santa Fe, algunos años más tarde, en 1827, se trasladó a Victoria, Entre Ríos, fundando allí una biblioteca. San Juan y Corrientes reclamaban al ilustre franciscano.  “Los frailes de este Padre son los libros que reparte gratis a la amable juventud; las balas del fusil el ABC”, decía de él mismo, educador, ahora instalado en Rosario del Tala, siendo frecuente las misiones pastorales a los pueblos originarios del Chaco.  

“Al arma, al arma Ciudadanos”

“La América no quiere ser luterana, ni inglesa, ni francesa, ni portuguesa: quiere tener una política que sea peculiarmente suya, y no trasladada de los libros filosóficos cuyas páginas solo sirven para envolver la pimienta, el comino y las demás semillas que antes se conservaban mejor en mates, calabazas y porongos”, en una inquietante línea de Castañeda que resurgiría en “Alpargatas, sí; Libros, no”, más de 100 años después. “Los Deberes del Hombre”,”Obras Póstumas de Nueve Sabios que murieron por Retención de Palabras”,  “Buenos Aires Cautiva” y “La Nación Argentina Decapitada por el Nuevo Catilina Juan Lavalle” son los títulos postreros que circulaban más que ninguna otra hoja en todo el Interior, pidiendo leña, “Al arma, al arma Ciudadanos” contra el golpe de Lavalle de diciembre de 1828 –y reclamando sangre por el fusilamiento de Manuel Dorrego, impulsado según él por los “tinterillos”,  y los extranjeros (sic) como José María Paz y Carlos María del Alvear. Castañeda fue también un temprano precursor del porteñismo acérrimo inflado de patrioterismo-. “Honorables representantes de la Nación Argentina: por órden del chileno (sic) Juan Lavalle estoy condenado á muerte sin más delito que ser porteño, y defensor de los derechos de mi provincia; perdono á mis asesinos; pero pido, y suplico á los representantes de la nación, ….desplegen toda su autoridad contra esos foragidos hasta concluirlos, y que despues de escarmentar á los unitarios desunidores se sirvan dictar leyes llenas de equidad que hagan gloriosa á la Nacion Argentina”.

Los biógrafos no concuerdan en los motivos por qué se retira de la arena política el Padre Castañeda en 1830. Quizá la derrota de Lavalle por Juan Manuel de Rosas y López en 1829, las posibilidades ciertas de una convención federal en Santa Fe, o una requisitoria de sus protectores federales de bajar los decibeles. Lo cierto es que los dos últimos años pasará misionando hasta que fallece el 11 de mayo (o marzo) de 1832 en Paraná. Tampoco es clara la causa de la muerte, natural según Vicente Cutolo, o mordido malamente por un perro,  en la versión de Saldías. Rosas, entonces gobernador de Buenos Aires, solicita que sea enterrado en la Ciudad que tanto quiso y defendió desde una perspectiva federal, y el general  Lucio N. Mansilla, miembro de la Legislatura porteña – a la cual detestaba Castañeda-,  dijo que era “Un hombre tan filantrópico como tú; un patriota tan moderado, no muere jamás en la memoria de sus conciudadanos […] ven a ser conducido entre el sentimiento del pueblo federal, á quien siempre supiste defender, aun en medio del mas ominoso poder despótico”, en otra paradoja, ya que el rosismo representaba otro aspecto temido por el Padre, la alianza entre la hegemonía y las montoneras. “Soñé noches pasadas que el pueblo era un soberano, y que todos los ciudadanos estaban ya decididos á no respetar mas ley que la que ellos mismos se impusiesen”, estampaba esperanzado el Padre Castañeda. Con la advertencia este adalid de la libertad de prensa, medio que pensaba fundamental para garantizar la soberanía popular, al igual que la educación masiva, "el pueblo ignorante ya es cautivo aunque nadie venga conquistarlo”. Dichos al viento en 1821.

 

Fuentes: Román, C. La prensa de Francisco de Paula Castañeda. Sueños de un reverendo lector (1820-1829). Buenos Aires: Universidad de La Plata. 2014; Furlong, G. Fray Francisco de Paula Castañeda. Un testigo de la naciente patria argentina 1810-1830. Buenos Aires: Ediciones Castañeda, Colección Perspectiva Nacional. 1994; Saldías, A. Vida y obra del Padre Castañeda. Buenos Aires: Arnaldo Moen y Hermano Editores. 1907.

Imagen: Buenos Aires historia

Fecha de Publicación: 11/05/2022

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