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Orígenes del Pato. El Deporte Nacional

Venido de Europa, reinventado por los gauchos que lo hicieron el divertimiento pasión de multitudes, el Pato fue perseguido y severamente penado. Por popular y argentino.

Historia
Pato deporte nacional

“Es más criollo que el caracú” o “el Pato es genuinamente argentino” son algunas de las expresiones de los tradicionalistas que en 1938 restituyeron en el podio al deporte nacional por excelencia, El Pato. O que se volvieron a escuchar, “el Pato se originó en Las Pampas”, cuando se intentó hace un tiempo encumbrar al fútbol, un invento inglés. Fueron los criollos que adaptaron a su cultura ecuestre viejas tradiciones europeas y dieron un tinte autóctono, que expandía la justa en espíritu de camaradería, y derivaba en fiestas populares, en la campaña profunda y las aldeas desde el siglo XVII a mediados del XIX. Siguió clandestino, duramente perseguido por los gobiernos argentinos, amenaza de azotes en el rosismo, y recién fue rehabilitado el 16 de septiembre de 1953 por Juan Perón, a instancias del sacerdote Pedro Grenón “Vuela el símbolo del juego,/por el campo arrebatado,/de los unos conquistado,/de los otros presa luego; vence, entre hálitos de fuego,/varios jinetes a rodar;/otros súbito avanzar/pisoteando a los caídos,/y en el aire sacudidos,/rojos ponchos ondear”, canta en el Himno del Payador el Santos Vega de Pastor Obligado.

Los españoles introdujeron el caballo vía México -que por otra parte, se había originado en América del Norte millones de años antes, y cruzado a Asia, cuando Alaska aún estaba unido al continente oriental-; y cuenta la leyenda que Hernán Cortés para impresionar a Moctezuma presentó una corrida de gallos.  Este violento juego conocido en España, que era una variación de la persecución de la oca en Francia, se expandió rápidamente, a medida que crecían los caballares salvajes, entre los aborígenes y sectores rurales de Centroamérica y Norteamericana. En México se llamó Cortagallo y los navajos usaban pavos. Celebrado generalmente en las fiestas de junio de San Juan, la corrida de gallos consistía de un jinete cuchillo en mano tratando de desenterrar un gallo vivo y, luego, se lo disputaban varios hasta despedazarlo. A veces, la prenda del vencedor consistía en buscar una mujer con el nombre Juana y ofrecerle el animal; algo que en la descripción bonaerense de Thomas Hutchinson de 1865 continuaba en Argentina.

Yendo al sur, fueron los españoles que trajeron este juego al Río de la Plata pero hubo que hacer una salvedad en el animal. Los gallináceos también fueron importados por los españoles, aún se recuerda la emoción del inca Atahualpa al escuchar el canto de un gallo en las horas finales, y el precio de emplumado era mayor que un cordero. Imaginemos que en las primeras décadas de la “desventurada Buenos Aires” apenas vivían unas 300 personas, en su mayoría criollos hijos de los asunceños de Juan de Garay, y vestían con cueros, casi las telas desconocidas. Así que cuando se pensó en la corrida de gallos, ante la miseria, se utilizó el ave que más abundaba, el pato.

 

Pato Della Valle

Pato, Plaza de Mayo, 1610  

El 6 de junio de 1610 el primer cronista del precedente del Pato fue el jesuita Diego Torres Bello. Con motivo de la beatificación de San Ignacio de Loyola escribe que delante de la iglesia se realizaron “inuenciones”, competencias ya tradicionales, donde dos grupos de jinetes “corrieron algunos patos delante de nuestra iglesia” Y la iglesia de Compañía de Jesús, antes de su actual emplazamiento en Alsina y Bolívar, se encontraba a la mitad de la actual plaza de Mayo, a la altura de la calle Defensa. En la detallada investigación de Luis García del Soto, se habla de que fueron dos grupos de treinta jinetes, “desnudos y pintados como los indios” con taparrabos nomás; antes habían participado en el también popular juego de la caña, que consistía en marcar al rival. Asimismo señala que jugaron españoles e hijos de españoles, ni indios ni gauchos, unos exóticos en el núcleo urbano, otros que recién aparecerían con las vaquerías desde 1730 “A todos causó admiración verlos así a ellos como a los caballos que parecían incansables, corriendo, corriendo, en tanta incomodidad”, que seguramente transcribe la peligrosidad de la disputa en angostas calles y la persecución de patos vivos. Los jesuitas en los Valles Calchaquí llevaron el juego a los indios a campo abierto y, allí, parece que el animal era un gallo. El naturalista Félix De Azara daría una primera versión de la justa criolla en el siguiente siglo, definitivamente reinventada por el gauchaje, “juntan para esto dos cuadrillas de hombres de a caballo y señalan dos sitios apartados como de una legua (cinco kilómetros aproximados), luego cosen un cuero en el que se ha introducido un pato que deja la cabeza afuera, teniendo el referido cuero dos o más manijas o asas, de las que se toman los dos más fuertes de cada cuadrilla en la mitad de la distancia de los puntos asignados y metiendo espuelas tiran fuertemente hasta que el más poderoso se lleva EL PATO, cayendo su rival al suelo si no lo abandona; el vencedor echa a correr y los del bando contrario lo siguen y lo rodean hasta tomarlo de alguna de las manijas, tiran del mismo modo, quedando al fin vencedora la cuadrilla que llegó con EL PATO al punto señalado”, cierra aunque otras versiones contemporáneas hablan de un cuero de muchas argollas, “agarrado y con el brazo levantado por una cuadrilla de guasos-gauderios (gauchos)”, Malaspina; cuadrillas que podían llegar a los doscientas. Por lado.

Pato deporte

“El hombre que se llevaba el pato, enderezaba para el primer rancho, seguido de todos los demás; y, en seguido, no sólo se cocinaba el pato, sino también una gran porción de carne, para alimentar a los que habían tomado parte. Mientras se aderezaba la cena, se mandaba alguien a los ranchos vecinos, para convidar a las mujeres; y, al llegar éstas, empezaba el baile, que duraba toda la noche”, contaba Guillermo Hudson en “Cuentos de la Pampa”, “Para el gaucho, que se apegaba a su caballo desde la niñez, casi con la misma espontaneidad que un parásito al animal a cuyas expensas vive, el pato era el juego de todos los juegos. Ni pudo haber habido un juego mejor adaptado para hombres cuya existencia o cuyo éxito en la vida dependió tanto de su equitación, y cuya gloria principal era poder mantenerse a caballo en todo apuro; y cuando eso no era posible, dejarse caer graciosamente y de pie, como un gato. La gente de la pampa tenía una afición loca a este juego, hasta que llegó el tiempo en que se le ocurrió a un Presidente de la República (Rozas, en el original) ponerle fin, y con una plumada lo suprimió para siempre”, comentaba resignado el escritor anglosajón que supo como ninguno mirar Las Pampas. Pero, en verdad, en el apogeo del juego “bárbaro y salvaje” que entretenía al pobrerío, a mediados del 1700, empezaron una catarata de prohibiciones como aquel bando de Luján de 1796 que “excomulgaba y prohíbe entierro en camposanto” a quien practique pato -y naipes- en sus calles.

Porque peligrosamente el escenario era callejero en varias apiñadas ciudades coloniales, andar tironeando un pato vivo en una bolsa de cuatro lazos, al galope, y lo siguió en el joven país, en Córdoba se dictó una prohibición en 1874. Detrás de estas medidas se escondían otras menos dogmáticas, el creciente valor de los ganados, los campos y de las labores agropecuarias en los albores de la Revolución de Mayo. Y en el horizonte alambrado, en la decadencia de juego, el fin de la Era del Gaucho “¡Pato! juego fuerte/del hombre de las Pampas,/tradicional costumbre/de un pueblo varonil”, versificaba un joven y romántico Bartolomé Mitre en 1839.

Pato deporte nacional

“Pierdo más soldados en el Pato que peleando con Paz, Lavalle y Madariaga. Juntos”

El último decreto que firmó Cornelio Saavedra en la presidencia de la Junta Grande, un 20 de junio de 1811, “Que de ninguna manera se puede jugar pato y cualquiera otro que sea perjudicial a dichas sementeras y el ganado, bajo las penas de seis meses de presidio y diez pesos de multa”, en un medida que sumaba a la larga lista de leyes que comprometían a los “vagos y malentretenidos”, y que se remontaban a los virreyes. Si raleaban los animales era por la explotación indiscriminada que sostendrían los terratenientes, entre ellos Juan Manuel de Rosas que prohibiría definitivamente el Pato en 1840 -y que los gobiernos de Buenos Aires “vacunos” refrendarían en 1889. Cuentan que Rosas justifica la medida, que podía contrariar el sostén de la plebe, en  “pierdo más soldados en el Pato que peleando con Paz, Lavalle y Madariaga. Juntos” En un tardío 1890, con el juego perseguido que sin embargo la paisanada jugaba en los campos de los patrones, Daniel Granada comenta que “nunca pasaban estas diversiones sin que hubiese que lamentar fracturas de brazos y piernas y porrazos tremendos; acabando ordinariamente a tiros y cuchilladas” Hudson corrobora, “A veces, en este trance, un par de jugadores atolondrados, furiosos por haber sido vencidos, desenvainaban sus facones para probar cuál de los dos tenía la razón o cuál era el de más valer; pero hubiera o no pelea, alguien se apoderaba del pato y se lo llevaba para ser él, en su turno acosado”.

De todos modos, en los años de la Organización Nacional se lo continúo considerando una de las expresiones culturales genuinas del argentino junto a la cuadreras (carreras de caballos), la sortija y las boleadas de ñandús. En “Cartera de un soldado” (1852) del  General José Ignacio Garmendia se detalla un juego de Pato con dos bandos numerosos disputándose a los pechazos una pelota de dos asas de cuero, con un ave muerta.  Para principios del siglo XX los participantes domesticaron el juego, reemplazando el infortunado pato por un cuero cocido de cuatro asas, organizando campeonatos y reglas. Fue en Luján en 1937, ciudad que prometía excomulgar a los aficionados del deporte criollo 150 años antes, que volvió el Pato oficialmente por la prédica del tradicionalista Alberto de Castillo Posse, quien establecería el primer reglamento oficial, e impulsaría la Federación Argentina de Pato en 1941. Finalmente el gobernador Fresco derogó la normativa de 1889 de la policía de Buenos Aires.

Pato deporte

“VISTO: El anhelo expresado por los aficionados al deporte denominado “EL PATO”, por intermedio de la Confederación Argentina del Deporte, en el sentido que dicho juego sea decretado Deporte Nacional; y CONSIDERANDO: que el origen de esta noble justa, de acuerdo con las investigaciones realizadas por numerosos historiadores, es auténticamente Argentina, puesto que dicho deporte era ya practicado por nuestros gauchos en los albores de la nacionalidad, y el mismo lleva puesto e impreso el sello de reciedumbre de jinetes diestros como eran y son los jinetes de nuestros campos; que su práctica desde entonces ha sido ampliamente superada desarrollándose actualmente en forma reglamentada; obteniendo el reconocimiento correspondiente como una actividad deportiva organizada y alcanzando amplia difusión y apoyo popular; que tales circunstancias son factor determinante para establecer sin lugar a dudas que al deporte “EL PATO” con exclusión de cualquier otro debe declárarselo “DEPORTE NACIONAL”; que es deber del Estado velar por que las nobles costumbres de raíz histórica pura como lo es “EL PATO”, sean amparadas y apoyadas oficialmente, exaltando el sentimiento de nacionalidad y amor sobre lo realmente autóctono”, firma el presidente Perón el decreto 17490, el 16 de septiembre de 1953; que recién el 31  de mayo de 2017 sería refrendado por la Ley 27.368 “Y allá van, todos unidos” cantaba el Santos Vega, al Pato, la Fiesta del Coraje Criollo.

 

 

Fuentes: García del Soto, L. El Pato, la fiesta del coraje en revista Todo es Historia. Nro. 127 Diciembre de 1977. Buenos Aires; Páez, J. Del truquiflor a la rayuela. Panorama de los juegos y entretenimientos argentinos. Buenos Aires: CEAL. 1971; Pedro Grenon S.J., El juego del pato en Revista Historia  N° 4. Buenos Aires. 1956. Elhistoriador.com.ar; Pato.org.ar

Imágenes: Argentina.gob / Buenos Aires Turismo

Fecha de Publicación: 16/09/2021

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