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Nicolás Avellaneda. Enseñemos a leer y leamos

Más conocido como el presidente de la inmigración, y la federalización de Buenos Aires, fue además un notable escritor y gran lector. Rescate de un olvidado artículo de 1870.

Historia
Libro leer y leamos

“Avellaneda poseyó, innatas o adquiridas, algunas de las prendas externas más raras y valiosas del escritor. Tenía la expresión brillante, el hallazgo de la imagen, la sonoridad musical, la línea armoniosa de la frase” destacaba el severo Paul Groussac, director de la Biblioteca Nacional, de Nicolás Avellaneda. Se habían conocidos en marzo 1871 y, el por entonces ministro de Justicia, Culto e Instrucción Pública, envió a su Tucumán al intelectual francés, en una tarea educativa y científica. Despreciado por el porteñismo, que lo burlaba, “Chingolo”, Avellaneda desarrolló en la presidencia de Sarmiento una impresionante labor pública, que llevó de 30 mil a 100 mil alumnos en las escuelas del país. Siempre el tucumano reconociendo el liderazgo sarmientino aunque Groussac, y varios que lo secundaron en la tarea, admitieron el avellanedismo como el real motor en la alfabetización de la Nación. Una de las herramientas clave en este proceso para el joven funcionario resultó la instrumentación de las Bibliotecas Populares, a través de la Ley 419. “La sociedad moderna ha inventado la Biblioteca Popular; y estamos desde entonces llamados a tomar participación en el apostolado sublime”, escribía en un artículo olvidado de 1871, “El libro y su lectura”, uno de los mejores alegatos por la educación popular y la relevancia de la lectura, sin aplicación que valga.

“Cincuenta bibliotecas, desde Quilmes a Humahuaca, han nacido bajo los auspicios de la Ley Nacional, demostrando que no es un pérdida entre nosotros la invocación que se hace de los sentimientos generosos”, ponderaba Avellaneda sobre la normativa sancionada el 23 de septiembre de 1870 -Día Nacional de las Bibliotecas Populares- Que no pocos dolores de cabeza les causó debido a la fuerte oposición provincial, entre ellos la del santafesino Nicasio Oroño. Planteaban los legisladores opositores que significaba un nuevo avasallamiento del poder central, uno más en el avance juridisccional estatal que se estaba consolidando a partir de la presidencia de Mitre. El ministro Avellaneda expresó que buscaban la contrario, en tanto que la intención era llegar a la mayor cantidad de lectores posible mediante una subvención, al alcance de todas las asociaciones del país que quisieran aprovecharla. Esta alianza entre el Estado y la sociedad civiles representaba, al mismo tiempo, el argumento central para rebatir los cuestionamientos sobre el gasto público -a la largo plazo, sería la gran debilidad al apoyar en demasía el financimiento en el voluntarismo asociacionista-. Finalmente, con el doble propósito de alentar la circulación de los libros —hasta el momento estaba acotada a las metrópolis, subraya Javier Planas— y fomentar el hábito de la lectura, se libra la ley, semejante a la legislación norteamericana.

“Art. 1.° Las Bibliotecas populares establecidas ó que en adelante se establezcan por asociaciones de particulares en las ciudades, villas i demás centros de población de la República, serán auxiliadas por el Tesoro Nacional en la forma que determina la presente ley”,  el primero de los siete artículos que pone en Buenos Aires una “Comisión Protectora de las Bibliotecas Populares” que decidirá las asociones -y luego, los libros- en correspondencia a esta ley, en vigencia hasta 1986.

Nicolas Avellaneda

“Libros como nuncios de la verdad que pertenece a los hombres”

Palemon Huergo (presidente), Pedro Quiroga (secretario), David Lewis (tesorero), Ángel Carranza (vocal), Juan José Montes de Oca (vocal) y Ángel Estrada (vocal) fueron los primeros en modificar la existencia en el momento de doce bibliotecas, trepando al techo de 156 bibliotecas en 1875, “Tres años solo han bastado para ver realizadas la (sic) predicciones del Señor Ministro. Tenemos ya 156 Bibliotecas populares establecidas en 133 pueblos.Según el censo de 1869, habían en toda la República 180 poblaciones urbanas: de manera que solo quedan 47 que aun no tienen Bibliotecas. Fe y constancia en nuestra noble tarea, que no está distante el día de nuestro completo triunfo”, cerraba el  Boletín de la Comisión. Recordemos que en aquel censo de 1869 de 1.800.000 habitantes se contabilizaban 336.000 personas que sabían leer y escribir  pero que sólo podría hablarse de un total de 196.000 alfabetizados correctamente.

“Difundamos su conocimiento, hagámanos sus ejecutores y sus agentes; y el llamamiento permanente consignado en la ley, y la cooperación ofrecida a los que quieran promover el adelanto intelectual a su país por la difusión de buenos libros, determinirán una nueva dirección a la caridad pública, haciendo brotar ese raudal de la beneficencia y del patriotismo…para que se dispersen por su pueblo y por el mundo, como nuncios de la verdad que pertenece a los hombres”, escribía Avellaneda en 1870, en uno de los artículos reunidos en “Escritos”, doce tomos de su obra dispersa en periódicos, boletines, esquelas y papeles privados, y que se recogieron tras su fallecimiento en 1885.

“Leamos para ser mejores”

“Avellaneda ha sido un jurisconsulto, político, legislador, estadista, con aplicación concienzuda y superioridad; en el fondo, lo que ante todo y sobre todo ha perseguido es la excelencia literaria, el culto a la belleza artística, el triunfo del estilo”, cerraba la semblanza Groussac del autor de la Ley Universitaria de 1885, antedente del espíritu libertario de la Reforma de 1918. Citemos los fragmentos finales “El libro y su lectura”, una oda al leer a la altura de las letras mayores del siglo XIX, José Hernández, Lucio V. Mansilla o Sarmiento. Una luz que sigue iluminando a favor de la educación popular, promoviendo el acceso irrestricto al libro, el arma revolucionaria de la cultura de los pueblos:

El libro es enseñanza y ejemplo. Es luz y revelación. Fortalece las esperanzas que ya se disipaban; sostiene y dirige las vocaciones nacientes que buscaban su camino a través de los sombras del espíritu o de las dificultades de la vida. El joven oscuro puede ascender hasta el renombre imperecedero, conducido como Franklin por la lectura solitaria.

El libro da a cada uno un testimonio de su vida íntima. Es el confidente de las emociones inefables, de aquellas que el hombre ha acariciado en la soledad del pensamiento y más cerca de su corazón. Así la lectura del libro que nos ayudó a pensar, a querer, a soñar los días felices, es el conjuro de sus bellas visiones desvanecidas por siempre en el pasado.

Cuando puedo sustraerme a lo que me rodea, y releo mis antiguos libros, parece que se renueva mi ser. Vuelvo a ser joven. Lo que pasó está presente; y creo que por un momento que puedo envolverme de nuevo en la suave corriente de los sueños desvanecidos, cuando repitiendo con acento enternecido el verso de Lamartine o de Virgilio, los llamo y los nombro con las voces de mi antiguo cariño.

Enseñemos a leer y leamos. El alfabeto que deletrea el niño es el vínculo viviente en la tradición del espíritu humano, puesto que le da la clave del libro que lo asocia a la vida universal. Leamos para ser mejores, cultivando los nobles sentimientos, ilustrando la ignorancia y corrigiendo nuestros errores, antes que vayan con perjuicio nuestro y de los otros a convertirse en nuevos actos”

 

Fuentes: Avellaneda, E. Escritos literarios. Buenos Aires: Colección Estrada. 1955; Groussac, P. Los que pasaban. Buenos Aires: Taurus. 2001; Planas, J.Las bibliotecas populares en la Argentina entre 1870 y 1875: La construcción de una política bibliotecaria. Informatio, 19 (1), 66-88. 2014. Memoria.fahce.unlp.edu.ar

Imágenes: El Arcón de la Historia / Freejpg

Fecha de Publicación: 03/03/2022

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