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Museos de la Ciudad: Buenos Aires de brazos abiertos

El 6 de octubre celebra el Día de los Museos del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. Empecemos la visita, y a reconocernos, desde la vereda.

Historia

Los museos porteños en el horizonte pospandemia son la primera línea en la recuperación de los encuentros de vecinos y turistas del país, y el mundo. Desde hace tiempo trabajan en recuperar la memoria activa de una cosmopolita urbe, faro cultural de Hispanoamérica, con acciones que invitan a ser protagonistas de la historia. Y que se puede empezar apenas pisamos sus veredas.

El Moderno revitaliza en verde la fachada de la vieja tabacalera de San Telmo y entabla la promesa del diálogo sustentable activada en su acción cultural y social en barrios periféricos, escuelas y plataformas virtuales. El Museo Sivori del Rosedal, con su alma popular de la Vieja Guardia de “El Café de Hansen”, invade glorietas y bancos con propuestas participativas. O nos basta recorrer un día de sol por el jardín andaluz del Museo Larreta, uno de los secretos para descubrir y respirar en Belgrano,  y observar a los practicantes de jardinería, o aprendices a caballete, amablemente cobijados en una casa neocolonial, inspirada en el frente en la vieja aduana porteña. Y si caminamos por el Abasto se nos aparece Carlos Gardel latiendo aún en una centenaria casa chorizo, el regalo eterno del Zorzal Criollo a su madre, y que fue recientemente modernizada.

Una primera vista a los edificios de estos museos anticipa colecciones y relatos para apasionar.  Vayamos al Museo de la Ciudad, espacio de referencia de la cultura y las costumbres porteñas, que nace en 1968 por la insistencia de José María Peña a las autoridades municipales, en plena demolición con la apertura de la avenida 9 de julio. Dos años después se consigue un conjunto de edificios patrimoniales en el cruce de las calles Alsina y Defensa, con vecinos a la Iglesia de San Francisco, el Café Notable La Puerto Rico y la Plaza de Mayo. Kilómetro cero no sólo de la historia ciudadana sino argentina, se decide ocupar primero el edificio de la Farmacia de la Estrella fundada en 1895, aún en funcionamiento. Allí vivió, entre otros, el Barón Silvestre Demarchi, el primer cónsul italiano en el país.  Enfrente se encuentra la denominada Casa de los Altos Elorriaga, la única que conserva un primer piso de la época revolucionaria, y que perteneció  primero a Juan Bautista Elorriaga, un conocido comerciante y contrabandista de la colonia. Para el novecientos era un hotel lleno de voces y esperanzas de la inmigración.  

Junto a los Altos Elorriaga,  y por Alsina, encontramos la casa de María Josefa Ezcurra, cuñada de Juan Manuel de Rosas, que se constituyó hacia 1830, y que  se conserva hoy en día. Por ahí pasaron figuras de la bohemia del siglo XX como el líder de Sumo, Luca Prodan. A la vuelta, y por Defensa, se encuentra la italianizante Casa de los Querubines, decorada con graciosos ángeles, en distintas poses, y balcones tradicionales, joyas ambos del siglo XIX. En verdad dos casas gemelas, con el tiempo fue un hotel económico y tuvo entre sus pasajeros a Niní Marshall.        

Si le sumamos el edificio ecléctico de 1880 de Alsina 416; la casa de departamentos de Alsina 440, construída en la década del treinta; la de Alsina 484, erigida en 1912;  la que alberga desde 1920 la bicentenaria “Librería del Colegio”, hoy de Ávila; y una de las sedes actuales del ministerio de cultura nacional, un edificio de la década del cuarenta en Alsina 465 que aún conserva el logo de la fundacional agencia de publicidad Walter Thompson en la puerta, tenemos en cien metros un diccionario, a cielo abierto, de la arquitectura porteña de tres siglos.       

La casa de Don Félix

“En la artesanía hay un contacto directo del hombre con la materia que no debe perderse y que es una alternativa lícita que hay que conservarla y hacerla crecer” recordaba el gran artesano en cuero Rodolfo Grandi (1939-2010) Y en esta senda trabaja el Museo de Arte Popular Hernández en el Barrio Parque, la Casa de los artesanos del país en Buenos Aires, y uno de los más federales en acciones de la Ciudad.   Este edificio diseñado por Pierino Piccaluga es un petit hôtel de dos pisos, parecido a muchos vecinos del barrio, y contaba con una elegante escalinata de mármol y rejas, perdidas en el ensanche de la avenida Libertador en 1935. Se ingresaba a un zaguán y, seguido, a un amplísimo comedor comunicado a las habitaciones de sus dueños, Félix Bunge (1894-1935) y su padre Federico, unos ricos terratenientes que vivían más en el campo, en General Villegas, que en la ciudad. Allí Félix comienza su amor por las tradiciones argentinas e inicia una colección de objetos del país profundo, “sables, bayonetas, pistolas,  kepies, lanzas, espadas, boleadoras, medallas y uniformes” decía un cronista en 1924, y que fue el punto de partida de la colección actual.    

Los dormitorios daban a un jardín y, más atrás, a una caballeriza, en la cual Bunge tenía sus preciados caballos que solía exhibir en paseos por la señorial avenida Alvear. Félix era todo un personaje que salía a correr muy temprano en compañía de un gran danés y un sportsman que impulsó el boxeo argentino. Y eso ocurrió en el mismísimo jardín del actual museo con el Buenos Aires Boxing Club, donde se hicieron los primeros golpes de guantes en la ciudad antes de levantar la prohibición (1924) La caballeriza pasó a ser un gimnasio equipado con modernos aparatos y entrenó al “Toro de las Pampas”, Luis Ángel Firpo, aquel de la histórica pelea con Jack Dempsey, match inmortalizado por Julio Cortázar. También hacían “fierros” las patotas de la Liga Patriótica, que salieron en hordas a golpear y violar a partir de la Semana Trágica de 1919. Con Firpo, y varios boxeadores apadrinados por Bunge, al frente.

A fines de los veinte desmantela el ring, y el gimnasio,  y las estrellas son los asados criollos donde acuden la aristocracia y los primeros tradicionalistas, “con asado y puchero a la criolla. Champagne, cigarros y café fue lo único extranjero, orquesta, tango y vals” Y todo ocurrió en ese jardín, y ala posterior del museo, y que sufrió modificaciones en los setenta y en los dos mil.

Un museo en la Siberia porteña

Ese parque con museo había sido la Siberia al fondo…lo más lejos posible del tumulto” describe Néstor Sánchez en “Siberia Blues” a un  espacio físico y psicológico ubicado en el Parque General Paz, Saavedra, hacia los cuarenta. Y continúa un linaje de escritores porteños que describen “donde la urbe y el desierto se juntaban en un abrazo combativo cual dos gigantes en  una singular batalla”, aparece en “Adán Buenosayres” de Leopoldo Marechal. Un halo de misterio, una cifra de ciudad y provincia, que también sobrevuela al Emilio Gauna de Adolfo Bioy Casares en “El sueño de los héroes” Todos parecen comentar a pie de página el solar  indicado para el Museo Saavedra, que abre sus puertas con el título de Museo Municipal el 6 de octubre de 1921. En Corrientes 939 inicia sus actividades e instaura la fecha para recordar a los museos de la Ciudad. Tras un paso por las avenidas Cerrito y Quintana, en 1941 el Concejo Deliberante resuelve destinar el edificio existente en la ex estancia Saavedra para el museo, al tiempo que otorga el nombre del presidente de la Primera Junta patria.

Más de 23 mil piezas que atestiguan el paso de Buenos Aires como capital del Virreinato, de la provincia y de la Nación, con tesoros notables como la iconografía rosista, la colección de Leandro N. Alem o los doce metros dibujados a tinta de “Buenos Aires a vuelo de pájaro” por Jean Dulin (1915),   se resguardan en lo que fue la casa de Luis María Saavedra (1829-1900), sobrino del prócer. Saavedra compra en 1864 a los herederos de Albertsen de Aroe, un danés pionero en la zona, una “chacra con su población y todo” y, en 1871, más terrenos a los hermanos White, quienes fundaron el primer hipódromo de la Ciudad, asociado con un circo, en el actual Parque Sarmiento.

Entre 1870 y 1880 se encaran las reformas en el casco de la chacra, actual sede del museo, bajo la dirección del arquitecto Manuel Domínguez. Construída como una casona de arquitectura italianizante, tiene una planta en U y un pórtico de líneas corintias, aunque también aspiraba a dialogar con las quintas aledañas de mediados del siglo XIX. La principal actividad económica de Saavedra consistía en la cría de caballos y toros de raza, criados en su estancia de Arrecifes, y que eran puestos a punto para las ventas en el barrio porteño fundado en 1873. Sus hijas Estela y Tomasa se dedicaron con éxito a la  cría de patos y gallinas, y llegaron a tener miles de animales que comercializaban en un zona que ya había sido solar de abastecimiento porteño en la Colonia. Hacia fines del siglo XIX se la conoce como “La Chacra Los Eucaliptos”, que fueron plantados por el mismo Saavedra, o “La Chacra del Lago”, debido a un lago artificial que se mantiene como un enclave de esparcimiento de todos los porteños. Así, el Museo Saavedra, conjunción de una historia social y ecológica de Buenos Aires,  siempre tiene cosas nuevas para contar.

  

Fuentes: Museo de la Ciudad. Buenos Aires: CPPHCABA. 2003;  El Museo y el barrio. Un recorrido por el Museo de Arte Popular José Hernández y Barrio Parque. Inédito;  Museo Histórico de Buenos Aires Cornelio de Saavedra. Buenos Aires: DGMMinCABA. 2011

 

Fecha de Publicación: 06/10/2020

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