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Monte Cervantes. El Titanic argentino

El 22 de enero de 1930 empezaba la increíble saga del lujoso barco alemán que se hundió dos veces a pocos kilómetros de Ushuaia. Sí, dos veces.

Historia
Monte Cervantes

“Bueno, esto ya se está poniendo bravo, capitán, le voy a ordenar a mi gente que se vaya. Usted ya tiene que venir con nosotros” dijo uno de los marinos argentinos, especialmente contratados por la Hamburg South American Line para asistir una mole de 14 mil toneladas. Se iba a pique el Monte Cervantes, un carguero reconvertido en lujoso transatlántico. El capitán Theodor Dreyer, veterano de la Primera Guerra Mundial, solamente recordaba que éste era su último viaje y que lo esperaba el casamiento de la única hija en Europa. Era el día siguiente del 22 de enero de 1930, cuando una roca traicionera, las denominadas “Pan de Indio”, en los alrededores de los islotes Les Eclaireurs, Tierra del Fuego, había herido mortalmente a su barco, su orgullo. Dreyer ya había salvado valientemente al embarque completo, la mayoría familias pudientes argentinas, encallando la joya de los astilleros alemanes, el tercero de su clase en el mundo. Y prosiguió Roberto Moura, sobreviviente de la tragedia marina con final feliz distinto al Titanic, un relato vívido a Mario Markic, “El capitán le contestó que tenía primero que buscar algo en el puesto de comando. Desde allí, les hizo la venia a los marinos argentinos y les dijo: ‘chau, hasta siempre’. El muchacho nuestro pareció comprender lo que iba a pasar y ordenó la retirada del Monte Cervantes, que se hundió unas 20 horas después, con su capitán a bordo”, en las heladas aguas del Canal de Beagle. Pero esa muerte del gigante de hierro, unida eterna a la romántica determinación del capitán, no fue la primera. El Monte Cervantes se hundió dos veces.

La buena fortuna nunca acompañó al navío de gallarda porte. Botado el 25 de agosto de 1927 en Alemania, en los astilleros Blohm und Voss, el 3 de enero de 1928 se hizo a la mar este paquebote desgraciado de la famosa serie de los Montes. Desgracia que comenzó con un incendio mientras se enlistaba. Y continúo en la travesía inaugural de turismo, ya que cumplía también funciones de buque de carga entre Europa y América, porque embistió un témpano en el Ártico y debió ser remolcado a Noruega por el  rompehielos soviético Krassin. Este gigante de 159.7 metros de eslora por 20.1 de manga, y que en sus dos clases disponía de comodidad para 2.250 pasajeros, quienes viajaban a una velocidad de 15 nudos debido a cuatro poderosos motores de 6800 HP,  había partido del Puerto Nuevo de Buenos Aires en la mañana del 15 de enero de 1930, con 1.120 pasajeros y 380 tripulantes. Cinco mil personas fueron a despedir a un palacio flotante que zarpó rumbo a Puerto Madryn y Punta Arenas (Chile), con algunas de las más adineradas familias argentinas. Aún no estaban de moda los cruceros a los mares australes, así que no se quisieron perder un espectáculo único, entre ellos la geógrafa y educadora Josefina Passadori.  Y los  1.120 pasajeros y 380 tripulantes no se le perderían.

Primer hundimiento: 1930

El 21 de enero amarró en Ushuaia el imponente Monte Cervantes. Y triplicó de inmediato a la población fueguina que apenas llegaba a los 800, contando a los 200 presos de la Penitenciaria Federal, entre ellos célebres reos como el anarquista Simón Radowitzky y el Petiso Orejudo, Cayetano Godino. Pasearon en algo más parecido a un rancherío que una ciudad, tomaron algunas fotos a los presos a rayas que trabajaban en las calles, y volvieron a la embarcación, mucho más atractiva con sus amplios salones o la completa biblioteca. La noche anterior habían celebrado un divertido carnaval; vale imaginar un minuto a esa isla flotante, toda iluminada, altiva y despreocupada, en medio de la oscuridad abismal del Estrecho de Magallanes, y no cuesta mucho asociarla con el otro barco inmenso que terminó a miles de metros en los helados mares del norte en 1912.

Fiambres surtidos, pescado en escabeche, ensalada de papas, omelette, milanesas antárticas, quesos, frutas y café, el menú que resultó la última comida del Monte Cervantes porque cerca de las 13 del 22 de enero de 1930 un tremendo ruido hizo que la tripulación y los pasajeros se sobresaltaran en la sobremesa de la cubierta. Avanzaban al este, proa al faro Les Eclaireurs, cuando acto seguido se escucha la detonación del tanque de combustible. Una roca había abierto un tajo letal cercano a la quilla, de veinte metros, y los camarotes inferiores se inundaban con rapidez.

Aquí empiezan las polémicas. El práctico de los canales fueguinos, el argentino capitán Rodolfo Hepe, había señalado un paso más seguro pero el capitán Dreyer se empeñó en acercarse peligrosamente al faro para que el pasaje disfrute un mejor panorama. Fue el fin para el Monte Cervantes y el alemán, que no dudó que la mole calzara en la rocas para que el rescate sea efectivo. Y vaya que lo fue. Porque no solamente no perdió ni a un sólo hombre, mujer y niño, que fueron socorridos en los 28 botes -este barco sí tenía además salvavidas para todos, no el Titanic-, sino que con la asistencia del transporte Vicente López y los fueguinos, que rápidamente concurrieron en ayuda, hasta pudo rescatar la mayoría del equipaje antes que el paquebote diera vuelta campana. Esto ocurrió veinticuatro horas después del impacto y arrastró a la única víctima, voluntaria, el capitán Dreyer. Unos días después otro Monte alemán, el Monte Sarmiento, regresaría a Buenos Aires con los afortunados sobrevivientes, que recibieron en el infortunio la hospitalidad de puertas abiertas de los fueguinos: el único hotel tenía cuatro habitaciones, varios durmieron en el Penal, y allí comieron la misma comida de los detenidos -quienes donaron la mitad de sus raciones a la tripulación y pasaje.

En Ushuaia, así como en su ciudad natal, el distrito Blankenese de Hamburgo, calles llevan el nombre del valiente marino. Meses después un tribunal alemán exculpó a Dreyer -y a la compañía desestimando el reclamo de algunos pasajeros que perdieron valiosas joyas, bienes y caudales-, a pesar de que en las cartas náuticas argentinas figuraba como paso “no recomendado”, y fijó en las cartas mundiales que “A) El faro Les Eclaireurs está en el islote más al Norte y más al Este del que figura en la carta n°: 65 y manda corregir esta. B) Denuncia un bajofondo a los 282° y 700 metros, al Norte del faro” El orgulloso Monte Cervantes haría de advertencia de hierro casi un cuarto de siglo, nomás.

Y se va la segunda: 1954

Argentina atravesaba a mediados de los cuarenta un serio problema de insumos, debido a las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial y el apenas velado boicot económico norteamericano enemistado con el peronismo, lo que motivó a la empresarios locales soluciones ingeniosas. En especial con materias críticas como el caucho y el acero, era dorada de los desarmadores y desguaces, Juan Manuel Fangio subsistió comprando camiones vetustos en la Patagonia,  o bienes de producción como los motores, y el general Manuel Savio adquirió viejos ventiladores molineros para la planta de Altos Hornos Zapla. Y allí estaba la mina de oro del Monte Cervantes en Tierra del Fuego, con las hélices asomadas, llamando a los emprendedores.

En 1943 se iniciaron las tareas para su reflotamiento por parte de la empresa Salvamar, de Leopoldo Simoncini, y quien contaba con los estudios técnicos de los ingenieros Offerman y Krakenhagen y varios especialistas y buzos alemanes e italianos. Una de los mayores tesoros eran sin duda los motores, con apenas tres años de uso, más que otros botines en cajas fuertes, que las leyendas aseguran fueron vaciadas por los buzos que trabajaron sobre el barco una década. Incluso establecieron un campamento cercano al faro y, mientras instrumentaban el sistema de aire comprimido que permitiría reflotarlo para llevarlo unas millas a Ushuaia, erigieron una pequeña casilla amarrada a la misma quilla. Uno de ellos, Heinz Steffens, le contó a Héctor Monsalve que otro buzo encontró un cuerpo en una esquina del puente con un agujero en la cabeza. “Quizás Theodor Dreyer fue atrapado en una burbuja y luego se disparó a sí mismo”, dice Monsalve, uno de los mayores coleccionistas del paquebote y su memorabilia, y dando por tierra otras leyendas que hablaban de que el capitán se había fugado a Chile, angustiado por el error fatal. Por años la mujer en Alemania ofreció jugosas recompensas a quienes encuentren a Don Theodor, vivo o muerto.

A las tres de la tarde del 7 de octubre de 1954 al fin era el gran día. La mole había vuelto a emerger tironeada en abanico por los barcos de la Armada Argentina Chiriguano, Sanavirón y Guaraní, y al remolcador de la empresa Salvamar, Saint Cristopher. Fueron veinte minutos de gloria que el Monte Cervantes navegó nuevamente, acompañado en su imponencia por varias embarcaciones menores fletadas por Simoncini, que invirtió 100 millones de pesos en la proeza. Y ocurrió el desastre que hundió de nuevo al Monte Cervantes, al menos por ahora, y en menos de diez minutos. Las líneas de acero que unían el barco alemán al potente Saint Cristopher se cortaron, algunos hablan de una mala maniobra del capitán, y para desesperación de quienes habían trabajado diez largos años, surgió una columna tipo erupción de ballena en la proa. Momentos de desesperación, las demás embarcaciones de la Armada cortaron los lazos, menos el Chiriguano, que quedaba atrapado, con la cierta amenaza de acompañar al Monte Cervantes a unas profundas aguas del Canal de Beagle “Tengo tan grabado este hecho y aún me parece ver el desesperado esfuerzo de uno que remaba frenéticamente para separarse del hongo de succión, y dos o tres tripulantes con hacha cortando los cables que los aferraban al casco que se hundía”, rememoraba el capitán Ricardo Hermelo, a bordo del Chiriguano. Decenas de lanchas de apoyo de Salvamar se salvaron milagrosamente del gigantesco hongo que se tragaba todo. Lo que no se salvó fue Simoncini de presentar quiebra, aunque seguramente a esa altura lo que menos importaba a Don Leopoldo, viendo el sueño de su vida, sumergido y congelado. Hoy el silencioso “Aviso” en el casco de madera del Saint Cristopher, anclado en la ciudad de Ushuaia, una advertencia a quien ose reflotar un barco maldito.

 

Fuentes: Naufragio del Monte Cervantes. 1930. en La Razón. Historia Viva. 1905-1980. Buenos Aires; Markic, M. Misteriosa Argentina 2. Diario de viaje. Buenos Aires: El Ateneo. 2015 y tn.com.ar; Hermelo, R. Barco de pasajeros Monte Cervantes: Sus dos hundimientos en www.centronaval.org.arEldiariodelfindelmundo.com

Imagen: Gobierno Tierra del Fuego

Fecha de Publicación: 22/01/2022

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