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Buenos Aires - - Lunes 18 De Octubre

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Mary Clarke. El hada bienhechora del lugar

De rea de poca monta a la alta sociedad porteña, Clara la Inglesa en cuarenta años cambió su destino en el Río de la Plata. Y, además, fue pionera de la comunidad británica en el país.

Historia
Mary Clarke

Hacia finales de 1700 los ministros ingleses tuvieron la brillante idea de poblar Australia y Nueva Zelanda con presos y criminales, atrapados en el exigente y represor sistema judicial de la Corona. Más de 160 mil personas fueron trasladadas en las peores condiciones a civilizar Oceanía en menos de un siglo. Entre ellas, se encontraba Mary Clarke, condenada a siete años de cárcel en Londres por un delito desconocido en 1797. Un sangriento motín en ultramar, sucesivos matrimonios, el manejo de una fonda donde se reunían los patriotas y los comerciantes británicos, y otros negocios, la convierten en Clara, la Inglesa, una notable integrante de la clase alta de Buenos Aires, con amistades con los Rosas y Ezcurra en pleno dominio del rojo punzó. La dama de alcurnia ganada en estas costas formó parte de la primera inmigración de los hijos del Imperio como Pringles, Brown y Sársfield. Un arribo sajón que se remonta allá lejos y hace tiempo, envuelto en leyenda, como ya lo señalaba el compatriota de Mary, William Mac Cann en “Viaje a caballo por los provincias argentinas”, “desde el primer momento los súbditos británicos han frecuentado el Río de la Plata como comerciantes y contrabandistas…también tenían el monopolio de esclavos…pero pocas circunstancias ostentarían un aspecto más notable que la primera llegada de mujeres inglesas a este territorio. El “Lady Shore” partió de Inglaterra”, con 66 mujeres sentenciadas, entre prostitutas y delincuentes menores, y que serían las primeras inmigrantes en el Cono Sur. Y Mary ocuparía distinta el sitial de “El hada bienhechora del lugar”, le decían sus paisanos, en la polvorienta pero intrigante aldea llamada Buenos Aires.

La presencia británica en Sudamérica se remonta añeja a la idea de fundar un nuevo Londres en 1558, momento de la breve alianza de las casas reales españolas e inglesas, que incluía la pretensión de enviar 400 colonos europeos, y que quedó en la nada con la muerte de la reina María I, aunque daría un Londres en Catamarca, pueblo de paso obligado de cualquier diplomático de la Corona en el Sur. Luego vinieron los ataques de corsario, los más famosos del pirata Francis Drake, y, con el Tratado de Utrecht de 1713, la posibilidad del “Asiento de Negros” en Buenos Aires, atrayendo a esclavistas al Río de la Plata. Con ellos llegarían los comerciantes, la mayoría contrabandistas, y saladeristas, que incrementarían los cuatro ingleses de 1774, 57 en 1804, a 126 en 1810, invasiones británicas mediante. De todos modos, durante el virreinato resultaría esporádico el arribo de ingleses salvo hechos circunstanciales como los 72 sobrevivientes del “Lord Clive”, un imponente barco de sesenta cañones, que fue hundido en la defensa de Colonia, Uruguay, en 1762.  La mayoría de los intrépidos marinos terminó internado en Córdoba y dieron orígenes a familias patricias como los Vélez Sársfield. La otra pequeña oleada británica ocurriría en 1797 con el “Lady Shore”, con una tripulación muy diferente.       

En junio de 1797 zarparía de Falmouth una fragata a Botany Bay, Australia, con una tripulación de 25 marineros, 75 soldados del Regimiento de Nueva Gales del Sur y 68 presos, de los cuales solamente dos eran hombres.  En esta cárcel flotante las reas estaban encerradas desde febrero, y los soldados a partir de marzo, por lo que resultan verosímiles las alianzas y conspiraciones antes de iniciar una dura travesía. La mayoría de las mujeres apenas superaba los veinte, como Mary Clarke, nacida en Londres presumiblemente en 1778.  “Debían mantenerse lejos a las mujeres” era la orden del capitán Wilcock que tenía que atender dos focos sediciosos, la licenciosa vida de sus subordinados, y, más preocupante, los ideales revolucionarios y libertarios de una tropa compuesta por franceses, alemanes e irlandeses. El 1 de agosto sería el día elegido para el motín cuando los franceses se apoderan de los fusiles, los soldados leales distraídos con las reclusas, y acuchillan al capitán, arrojándolo por la borda, entre ellos el suizo alemán Lochard. Al día siguiente bajan a los oficiales ingleses a un bote, rumbo al cercano Brasil, y enfilan a Montevideo con bandera francesa, con lo cual son bien recibidos porque España estaba aliada de Francia contra Inglaterra.

Las mujeres son repartidas en casas para trabajos domésticos, y los soldados y marinos integrados a la vida social, luego de un breve paso por la Real Cárcel de la Ciudadela. Sin embargo las desconfianzas del gobernador de Montevideo, Bustamante y Alsina, hacen que sean todos trasladados del otro lado del charco. A los hombres así se los destina a la construcción del canal de San Fernando. Pero las mujeres, que habían sido repudiadas por pastores protestantes retenidos del buque “Duff” en la Banda Oriental, corren mejor suerte en Buenos Aires y casi la mayoría –se mencionan 68 mujeres en un informe de un alférez realista, y otras versiones hablan de 75 reclusas originales del “Lady Shore”- son acogidas en casas de familias, dejándose adopten el medio de vida. Un par asistiría al primer protomedicato del Río de la Plata, el doctor Miguel O´ Gorman. Algunas vivirían en el anonimato y, en la prostitución, en Montserrat, cerca de la Calle del Pecado, o en Luján. Muchas ocultarían sus orígenes, y se llamarían Marías y Anas, convertidas al catolicismo, en tiempos que protestante era sinónimo de pacto con el diablo en el Virreinato. Pero una de ellas tendría un destino que quedaría inmortalizado por Charles Darwin. Ella era Mary Clarke.   

De presa a la fonda anfitriona de los revolucionarios y los comerciantes extranjeros

“Junto con el capitán Fitz Roy visitamos a Doña Clara o Mrs. Clarke. La historia de esta mujer es extraordinaria”, deja asentado Darwin en su Diario sobre la visita de noviembre de 1832, en compañía del capitán del “Beagle”, “Alguna vez fue muy hermosa. Embarcada por un crimen atroz convivía a bordo con el capitán. Poco antes de llegar a la latitud de Buenos Aires, conspiró con otras mujeres convictas para asesinar a todos a bordo, menos algunos marineros. Mató el capitán con sus propias manos y con la ayuda de algunos marineros condujo el barco a Buenos Aires. Aquí se casó con una persona de gran fortuna a quien heredó. Tan extraordinaria fue su labor como enfermera de nuestros soldados, después de nuestra desastrosa tentativa de ocupar la ciudad, que todo el mundo parece haber olvidado sus fechorías. Hoy es una mujer vieja y decrépita, con un rostro masculino y evidentemente todavía con una disposición feroz. Son sus expresiones más comunes: “Yo los colgaría a todos juntos, Señor”, “Lo mataría, Señor”. Para ofensas más pequeñas: “Le cortaría los dedos” Tiene esta digna anciana todo el tipo de hacer cosas, más que de amenaza”, cierre el intimidado el naturalista, propulsor de la teoría del evolucionismo. Este cuadro nada benévolo difiere de otros como el de Thomas Love, fundador del primer diario de una colectividad en 1826, The Bristish Packet and Argentine News, que habiendo vivido ocho años encima del bodegón de Clara, la Inglesa, en la actual calle 25 de Mayo, entre la Piedad (Bartolomé Mitre)  y Cangallo (Perón), entrega impresiones más favorables de Mary, como su bondad y hospitalidad.  Con respecto a las acusaciones de Darwin sobre la participación de Clarke en el motín del “Lady Shore”, y que eran sostenidas por el primer encargado de negocios norteamericano Forbes, la minuciosa investigación de Juan María Méndez Avellaneda no encuentra pruebas documentales que las reclusas hayan tomado parte de la revuelta ni del asesinato del capitán. Tampoco del “crimen atroz” que se le imputaba a Clarke, descontando si cabe de “crimen”, claro, la venta de su cuerpo.

Lo cierto es que arriba a Buenos Aires como “María Clara” en setiembre de 1798, el nombre que su “marido condicional” Conrad Lochard, supuesto matador del capitán inglés y origen de los rumores de ella como también asesina, había declarado en Montevideo. Poco se sabe de la londinense hasta que reaparece en un censo de 1807 como “María Clara Jonson”, casada con un próspero zapatero asturiano. Por esa misma época emerge una referencia de Alexander Gillespie, un oficial invasor, que habla de las “mujeres culpables del “Jane Shore” (sic)…nuestras compatriotas desterradas desempeñaron papeles distinguidos…dos mujeres, que antes habían sido criminales pero ahora estaban casadas…enfermeras de los derrotados soldados confinados en la Residencia”, en las que posiblemente se encontraba Mary. En un testamento de 1808, aparentemente enferma, y en una práctica que repetirá en 1819, 1839 y 1843, notándose el aumento patrimonial y la habilidad comercial, se declara como “María Clara Johnson, natural de Londres, hija legítima de Thomas y Ana…vecina de esta ciudad” Fallecido su esposo, hereda una pequeña fortuna que reinvertiría en la fonda y hostería mencionada, uno de los centros de la vida nocturna junto al cercano Los Tres Reyes del genovés Bonfillo. Se casa con el norteamericano Thomas Taylor, un aventurero marino que participa de los primeros años de la Independencia como corsario bajo bandera –incluso se afirma que fue él quien izó por primera vez la celeste y blanca en el Fuerte, hoy Casa Rosada

“Servicios particulares que ha hecho al gobierno” era el fundamento para que se exima de impuestos al pujante negocio de Mary en 1816, una manera elegante de encubrir sus servicios de “soplona”,  tal cual figura en un expediente criminal del jefe de policía Díaz Vélez, bajo el mandato del Director Supremo Pueyrredón. Por su comercio pasaban comerciantes, diplomáticos y soldados, espías de distintas varas de las potencias, a unas cuadras de la Capitanía del Puerto, y el clima de agitación se cortaba con una pluma. O una mentira. Acusó Clarke en 1818 al supuesto coronel Bellina Skupieski, que había sido contratado en Nueva York para colaborar con el Ejército de los Andes por Martín Thompson, de difamar a San Martín y la administración criolla, “unos pícaros ladrones”, parece dijo el polaco en una regada cena. Sin embargo la acusación no se comprobó, la pareja del supuesto coronel muy amiga de Mariquita Sánchez de Thompson, que no le agradaba mucho la ruda Mary, y Clarke debió pagar las costas judiciales, y pasar un mes enclaustrada en la Casa de Ejercicios Espirituales, aún hoy en pie en el barrio de Constitución. Este proceso parece originó el segundo testamento, en la cual aparece beneficiada con una propiedad Francisca Tela de once años, que no era su hija sino una niña que adoptó de una vieja compañera prostituta del “Lady Shore”. Una niña que desheredó mujer en 1839 porque Panchita desconfiaba del cura Picazarri, confesor de la devota católica Mary, que en la ciudad de férula rosista parece que “captaba bienes” de las viejas damas.

De la fonda a las tertulias con Manuelita Rosas

Continúa administrando fonda y hostería hasta 1829, aunque se mudaría a una cercana, propiedad de Cornelio Saavedra en 1822. Allí funcionaría el British Commercial Room, el primer club exclusivo, sólo para británicos, y que tuvo una influencia duradera en las relaciones económicas de Inglaterra y la naciente República Argentina “-Se muda- a una pequeña pero elegante casa que ella se ha hecho construir en la calle 25 de Mayo –acota en 1829 el cronista del British Packett- confiemos que ella recibirá todas las atenciones que su filantropía le ha hecho merecer”, en lo que acertadamente señala Méndez Avellaneda, cambia su entorno de connacionales y marinos, malandras y aventureros,  a la clerecía local y la sociedad porteña femenina, más cerca de Retiro y los solares de culto que se empiezan a erigir en la zona –Rosas autoriza una iglesia protestante en 1831.

Los últimos años de Mary Clarke, la antigua rea, la colaboracionista de invasores y patriotas, transcurren de respetable dama de oropeles y agasajos. Y ella hace de la fiesta de Santa Clara, los 12 de agosto, una cita obligada de la crema y nata porteña “Doña Clara Taylor ofreció una selecta recepción y fiesta en su casa de 25 de Mayo. Entre los concurrentes estaba doña Manuelita, hija de su Excelencia el Gobernador, su tía Josefa –Ezcurra-, el Reverendo José Picazarri, el Comandante Maza de la Artillería de Marina –ajusticiado luego acusado de conspirar contra Rosas- y don Juan P. Esnaola –responsable de la versión contemporánea del Himno-…la banda del cuerpo mencionada ejecutó música durante la comida…se bailaron minués…todos encantados con las atenciones y la hospitalidad de la anfitriona”, en un fresco del status y poder de quien firmaba las cartas como la “patriota Clara” El 12 de agosto de 1842 ofrece un banquete casi de despedida, que originaría un nuevo testamento con albaceas de lo más granado de la sociedad, Josefa Ezcurra entre ellos, y declara un patrimonio de casi 40 mil pesos, una real fortuna en ahorros y propiedades, y dividendos en libras esterlinas, en un banco de Londres. Clara Johnson, así figura en su tumba de La Recoleta, es enterrada el 29 de julio de 1844, con los ritos protestantes, y una numerosa misa en La Catedral, recordada por el grueso del clero –había hecho fuertes donaciones a las instituciones de Fe. Así terminaba sus días una pionera en la construcción de la colectividad británica, que en la máxima oleada de fines del siglo XIX alcanzaría los 70 mil inmigrantes.

“La pequeña prostituta o mechera de Londres, la convicta usada por los marineros del Lady Shore, en el amigable ambiente porteño se convirtió en una figura popular y querida, con una posición económica importante”, remata Félix Luna destacando la “generosidad y amplitud” de este país. ¡O qué país generoso!, diríamos desde serargentino.com.

 

Fuentes: Méndez Avellaneda, J. M. El motín de la Lady Shore en revista Todo es Historia. Nro. 265 Julio 1989. Buenos Aires; Luna, F. Segunda Fila. Buenos Aires: Planeta. 2014; Grahan-Yoll, A. La colonia olvidada. Tres siglos de presencia británica en la Argentina. Buenos Aires: emecé. 2000.

Imagen: Historias con lupa

   

Fecha de Publicación: 05/10/2021

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