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Mariano Moreno: revolución y libros

La sangre de una nueva república argentina bullía en sus venas, Mariano Moreno fue uno de los primeros ideólogos de la Nación por venir.

Historia
Mariano Moreno

El mar y Mariano Moreno estaban predestinados. Como también un naciente país y un fogoso abogado que, en solo seis meses de secretario de la Primera Junta, impulsó la economía y la educación, con el norte de un pueblo libre y soberano. Un posta que retomaría el general San Martín a su llegada, un año después de la muerte de Moreno en 1811. Y que, luego, la generación de Alberdi y Sarmiento retomarían, en especial el sanjuanino, que con sus dotes de periodista y polemista podría haber sido un morenista más de la Sociedad Patriótica de 1812. Fue durante la gestión de Moreno, antecedente de las políticas educativas de Sarmiento en la Dirección de Escuelas de Buenos Aires, que se transformaron los colegios que dependían del Cabildo en Escuelas de la Patria y que repartieron entre los pobres el “Tratado de las obligaciones del hombre”, un texto inspirador en la construcción de futuros ciudadanos. Además, un libro que las clases pudientes debían “adquirir en las casas de venta” y servía de base común a los maestros en la calificación, y se distinguía con menciones de la Junta a los mejores promedios.

Había solamente cuatro colegios en la órbita de la Junta, y más de treinta privados, pero en una situación difícil, sin organización, acorde a los nuevos tiempos. Fresca en la memoria de Moreno, y por eso prontas medidas que sostengan la educación, estaba la clausura por el Virrey de la escuela de dibujo, escultura y náutica, en 1796, y que había sido la base de “excelentes jóvenes que pudieron dirigir las embarcaciones a Europa, Lima, La Habana… hasta que mandó la ignorancia y se retrocedió tristemente”, narra su hermano Manuel Moreno en Vida y Memorias de Mariano Moreno (1812). Y, en ese espíritu, el decreto que instaura una Biblioteca Pública de Buenos Aires, luego Biblioteca Nacional, un 13 de septiembre de 1810. A partir de 1954, se estableció esa fecha como el Día del Bibliotecario en Argentina.

“La Junta se ve reducida a la triste necesidad de criarlo todo”, aparece en la Gazeta de Buenos Ayres número 15, un jueves 13 de septiembre, a menos de cinco meses de la Revolución de Mayo, y en un periódico que fue órgano de la Revolución con la dirección del vocal Manuel Alberti, sigue: “Ha resuelto la Junta formar una Biblioteca Pública, en que facilite a los amantes de las letras un recurso seguro para aumentar sus conocimientos. Las utilidades consiguientes de una biblioteca pública son notorias… toda casa de libros atrae a los literatos con una fuerza irresistible, la curiosidad incita a los que han nacido con una positiva resistencia a las letras, y la concurrencia de los sabios con los que desean serlo produce una manifestación recíproca de luces y conocimientos, que se aumentan con la discusión, y se afirman con el registro de los libros, que están a mano para dirimir las disputas”, cierra un texto que cree en la fuerza de la palabra para crear mundos de libertad, y en eso se anticipa también a Sarmiento, y a la vez un preámbulo de Nicolás Avellaneda en su rol de padre de las bibliotecas populares medio siglo después.

“La biblioteca complementa a la escuela y la vivifica sirviendo como un auxiliar para el maestro y como un incentivo de curiosidad… Porque es la biblioteca de distrito la que pone en manos del habitante en las poblaciones lejanas, libros atrayentes y útiles generalizando los conocimientos donde quiera que haya un hombre capaz de recibirlos”, decía el presidente Sarmiento en los fundamentos de la ley de Bibliotecas Populares, cuyo texto redactó Avellaneda en 1870.

Sin embargo, en Mariano Moreno, hombre de leyes y no de sables, a pesar de aceptar las sentencias de muerte para contrarrevolucionarios como Liniers, sin proceso alguno, temía que este nuevo estado revolucionario engendre una población militarizada ávida de poder. En el mismo decreto de la fundación de la Biblioteca, cita Tulio Halperín Donghi: “Los pueblos compran a precio muy subido la gloria de las armas; si el magistrado no empeña su poder y se celo de precaver el funesto término a que progresivamente conduce tan peligroso estado, a la dulzura de las costumbres sucede la ferocidad de un pueblo bárbaro…Buenos Aires se halla amenazado de tan terrible suerte; y cuatro años de gloria –desde el armado de los milicias en las Invasiones Británicas de 1806- han minado sordamente la ilustración y virtudes que las produjeron. La necesidad hizo destinar provisionalmente el Colegio San Carlos para cuartel de tropa; los jóvenes empezaron a gustar de una libertad tanto más peligrosa, cuanto más agradable, y atraídos por el brillo de las armas, que habían producido nuestras glorias, quisieron ser militares, antes de prepararse como hombres”, remata un certero diagnóstico.

Sabido que los caudillos y sus ejércitos, sean federales o unitarios, fueron casi todos héroes de la Independencia desde edades muy tempranas. Fueron soldados antes que ciudadanos. Moreno advertía el peligro y tomó acciones concretas, como el famoso decreto igualitario contra los honores a los miembros de la Junta, y que escondían dos propósitos. Minar la fuerza de Saavedra, un rival político que retaceaba el paso revolucionario y, a la vez, demostrar el poder de la sociedad civil frente a las armas. Saavedra acusaría a un ya fallecido Moreno, y su doctrina emancipadora: “Las máximas de nuestro Robespierre son detestables”, aunque unos años después es el general San Martín que parece rehabilitar el pensamiento de Moreno: “Ojalá tuviéramos un Cromwell o Robespierre, que a costa de algunos, diese la libertad y esplendor de que es tan fácil nuestro pueblo”. “No sé qué cosa funesta se me enuncia en el viaje”, confiesa Moreno antes de embarcarse en el buque “Fama” y sella con la vida su destino de mar. Apenas parte el barco su esposa María Guadalupe Cuenca, nacida en la actual Bolivia, recibe una caja con un abanico negro. 

La mar y el fuego de Moreno

Mariano Moreno podría haber nacido en Chile. Pero una tempestad frente al Cabo de Hornos hizo naufragar el barco donde viajaba  Manuel Moreno y Argumosa. Y Don Manuel decidió instalarse en Buenos Aires, empleado de las Cajas Reales, y casado con Ana María Valle, una porteña, tuvo varios hijos. El primero, Mariano, vino al mundo un 23 de septiembre de 1778 en el seno de una humilde familia. Sin embargo, “unos ojos grandes con pupilas llenas de luz y la mirada llena de asombros más una prodigiosa memoria e inteligencia” superaron los obstáculos, una viruela que le dejó huellas y un reumatismo que nunca lo abandonó, y consiguió estudiar leyes en la prestigiosa Universidad de Chuquisaca habiendo solamente asistido de oyente a la Escuela de San Carlos por falta de medios.

La generosidad de Mariano Medrano y Fray Cayetano Rodríguez le abrieron las bibliotecas porteñas, tal cual hizo el canónigo Terrazas en sus días en el Alto Perú. Y junto a las teorías libertarias de francesas e ingleses, en especial Filangieri y Smith, encontró el amor en María Guadalupe. Volvió con la familia a Buenos Aires, instalado en la calle De la Piedad al 100 –hoy Bartolomé Mitre–, y fue uno de los 49 abogados y empleados de la Real Audiencia que se postulaban a la defensa frente a los invasores británicos de 1806, aunque después se abstuvo de participar de los combates. Durante esos años adquiere renombre en varios pleitos como asesor del Cabildo, de donde sale la muy citada “Representación de los labradores y hacendados”, un primer esbozo del librecambismo, y otras causas de bien público inéditas en la Colonia como la defensa de los derechos de una mujer, cuyo marido pretendía desposeerla de una legítima herencia. Dice Moreno en sus alegatos que el marido podría administrar los bienes de su cónyuge, “solamente cuando voluntariamente se los haya entregado”. Hubo que esperar hasta la Ley 17711 de 1969 para hacer realidad este pensamiento moreniano.

La Semana de la Revolución de Mayo no halla a Moreno activo en el Cabildo, solo el 22 de Mayo que es “forzado” por Martín Rodríguez y permanece sin hablar, “acurrucado en un rincón, cabizbajo, la noche era fría y húmeda”, recuerda Vicente López. Entonces, ¿cómo un abogado más cercano a los españoles de Félix de Álzaga termina siendo el ala más revolucionaria de los patriotas? Incluso su inclusión en la Primera Junta fue tardía y a instancias de Matheu y Larrea, quienes estaban para defender los intereses realistas. Uno de sus principales biógrafos Gustavo Levene, y en una línea que podría adscribir en parte José Carlos Chiaramonte, imagina tres ejes que concuerdan con la actualidad política del momento: Moreno conocía como nadie las leyes indianas y el sistema económico colonial, de hecho, rápidamente liberó el comercio con los flamantes puertos de Ensenada, Maldonado y Río Negro –exclusivo para barcos esclavistas–, las dotes de escritor político, no hubo palabra escrita de los primeros patriotas que no saliera de la informada y filosa pluma del joven doctor, y, por último, esta juventud: “¿Cómo negar que si la revolución supone una búsqueda urgente de lo nuevo, los hombres mozos…son los más adecuados para, sin vacilaciones, empujar la historia”, acota Levene. En esos pocos meses sentó las bases futuras para un pensamiento constitucionalista, que maduraría después de Caseros, y republicano, bajo el lema “es preferible una peligrosa libertad a una quieta servidumbre”. Y, además, y eso ya queda en las neblinas de la historia, inspiró la leyenda moreniana del radical “Plan de Operaciones”, aquel contenía la instauración de un estado en revolución permanente americano y que se ampliaría hasta “el Río Grande”, y las cesiones a los ingleses, entre varios polémicos ítems. El historiador Carlos Sagreti finiquitó el debate centenario demostrando que era fruto de un contrarrevolucionario español en la corte de Río de Janeiro en 1814, aquella que planeaba unirse a Fernando VII para recuperar las colonias.           

Moreno, hasta la victoria siempre  

Para conseguir el ideal revolucionario hace falta recurrir a medios muy radicales”, repetía a fines de 1810 un cada vez más solitario Moreno en la Junta Grande. Castelli y Belgrano, sus laderos en el sector independentista, marchaban organizando ejércitos en los provincias, “donde la adhesión de los pobladores nos dice que ahora mandamos en los corazones”. Solo recibe a los representantes de las provincias, aunque no para discutir en un congreso previo a la emancipación, sino para integrar el gobierno aún ligado a España. Moreno renuncia, aunque permanece en el cargo de secretario hasta casi fin de año, e intenta insubordinar al Regimiento de Estrella del Sur el 1 de enero de 1811, junto a French. Teme por su vida, sueña que lo asesinarán asfixiado a “cordel” y solicita a Saavedra los medios, y las cartas, en representación de la Buenos Aires revolucionaria en Londres. Muere en altamar frente a Brasil, también rodeado de leyendas y mitos de un supuesto asesinato, y es arrojado con honores al Atlántico. Quien lo acompaña es Tomás Guido, futuro “lancero” del general San Martín.

“Moreno no se resignaba a esperar el resultado, sino que lo preveía, y quería precipitar las decisiones para negociar luego, si era preciso, sobre los hechos consumados”, comentó el socialista Alfredo Palacios en el centenario de su fallecimiento. Con su muerte, afirmaba Jorge Abelardo Ramos, “la tendencia morenista, que era la generación civil y militar de la gran revolución hispano-criolla, quedó sin su base” y, parece ampliar Juan María Gutiérrez: “El pueblo no había conseguido su independencia, pero aquel gran patriota le preparó el porvenir americano que es hoy su modo de ser definitivo”. “La fraternidad puede salvarnos de la pasiones interiores, que son enemigos  más terribles para un Estado que intenta constituirse que los ejércitos de las potencias extranjeras…El pueblo no debe contentarse con que seamos justos, sino que debe tratar que los seamos ferozmente”, son algunas de las máximas de Mariano Moreno, un hombre adelantado a su época y a los problemas argentinos.

 

Fuentes: Goldman, N. ¡El pueblo quiere saber de qué se trata! Historia oculta de la Revolución de Mayo. Buenos Aires: Sudamericana. 2009; Halperín Donghi, T. Revolución y Guerra. Formación de una elite dirigente en la Argentina criolla. Buenos Aires: Siglo XXI. 2002; Chiaramonte, J. C. Ciudades, provincias y estados: orígenes de la Nación Argentina. Buenos Aires: emecé. 2007

 

Fecha de Publicación: 16/09/2020

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