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Buenos Aires - - Lunes 18 De Octubre

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Marcelo T. de Alvear. El niño bien que se le cayó el pelo

Presidente argentino recordado por un mandato de prosperidad y garantías institucionales, revolucionario en 1890, presidente del Jockey Club en 1912, su trayectoria pública marca un derrotero del radicalismo.

Historia
Marcelo T. de Alvear

Aquella frase de Hipólito Yrigoyen, en el duro presidio de la Isla Martín García, derrocado por el protofascista general Uriburu y civiles golpistas, describe con certeza a Marcelo Torcuato de Alvear. Sólo el Peludo sabrá por qué caían los pelos de un dirigente que vivió tironeado por lealtades y convicciones como pocos.  Hijo de las pocas familias aristocráticas reales del país, en su juventud Alvear supo empuñar armas en los adoquines argentinos y pavonearse en los salones franceses. Luego recibe la presidencia en París en 1922, un dedazo de su viejo amigo radical, Don Hipólito, y Don Marcelo se luce en las mieles de la posguerra mientras desanda muchos de los caminos que su propio partido había abierto, en una lucha intransigente de treinta años. Vuelve como salvador de la República en 1931 y, a los cuatro años, es el símbolo del contubernio con un gobierno fraudulento y venal. La tercera parte de su existencia vivió en Francia quien sostuvo la política petrolera nacionalista del general Mosconi, y defendió a las cooperativas cañeras en Tucumán. Alvear es uno de los presidentes menos recordado quizá porque su presidencia no contó con momentos épicos ni memorables. Ninguna cadena epopéyica de quien fue el primero en la radio. Sólo el paso normal de las instituciones y las libertades, que tanto extraña al neurasténico pulso argentino. Y tuvo un afán de concordancia nacional, con errores y aciertos, que tampoco es afecto de quienes juzgan a nuestros pueblos. Don Marcelo, un patricio que hizo política recién cuando dejó la presidencia, a menos que se considere el alma máter de una línea del radicalismo conservadora y liberal que goza de excelente salud según las últimas elecciones de 2021, “me consideraba con derecho al respeto de todas las clases sociales, porque supe gobernarlas con legalidad, orden y prudencia. Me apartan de su seno manos crispadas”, en su destierro de 1931, casi un testamento político.

Máximo Marcelo Torcuato de Alvear era el séptimo hijo del matrimonio del primer intendente de Buenos Aires, Torcuato, hijo del general díscolo de la Independencia, Carlos María, y férreo unitario,  y de Elvira Pacheco, hija de un general de Rosas. Venido al mundo el 4 de octubre de 1868 sus familias prácticamente sintetizaban los comienzos de la Patria, patriciado y pueblo.  La aristocrática vida de la mansión Alvear en la actual Juncal y Cerrito eran apenas interrumpida por los estudios del niño Marcelo, que a duras penas finaliza sus estudios secundarios en el Nacional Buenos Aires, y termina abogacía en 1891, en compañía de varios apellidos patricios que los acompañarían en la presidencia, entre ellos su futuro ministro Tomás le Breton. Pero la política no le era ajena, en fin fue en su casa que se lanzó la candidatura del presidente Roca en 1879, y se lo encuentra entre los fervorosos organizadores del meeting del Jardín Florida del 1 de septiembre de 1889, nacimiento de la Unión Cívica, puntapié del radicalismo. Allí conocería a Leandro N. Alem, de quien fue secretario hasta el suicidio del caudillo en 1896, participaría de una y mil conspiraciones contra el Orden Conservador, y sería del grupo de los “galerita”, paradójicamente en principio subyugados por el carisma de Alem, fueron los antipersonalistas de los veinte. También conocería a Hipólito Yrigoyen en las vísperas de la Revolución del Parque de 1890, con quien colabora activamente en el siguiente levantamiento radical de 1893 –incluso el líder radical nombraría a Don Marcelo ministro del efímero gobierno revolucionario. Otra curiosidad, que pese a que el gobierno de José Uriburu lo consideraba un elemento sedicioso, fue teniente coronel en 1897 en Pigué, bajo la amenaza de guerra con Chile.

No descuida la intensa vida social de un muchacho adinerado, Alvear impone Mar del Plata como espacio de veraneo de la clase alta, e interviene en la introducción pionero del automóvil, el tiro y el boxeo –mucho más tarde en París impulsaría la entrada de Argentina al Comité Olímpico.  Hacia 1898 conocería a la barítono portuguesa Regina Pacini en el Teatro San Martín y la cortejó ocho largos años, ya instalado en Francia en la mansión “Cour Volant”, hasta que se casaron el 26 de abril de 1906. La artista sería fundamental en el apoyo irrestricto a las artes y la cultura que caracterizó a la presidencia Alvear, con la Casa del Teatro como uno de los puntos encomiables. Gana una banca de diputado en 1912, sin haber participado de la campaña ni de la lucha de los comités populares, la revista Caras & Caretas publica de epígrafe a su foto entre los nuevos legisladores, fruto de la primera elección democrática argentina, “En viaje” (sic), pura lealtad a Yrigoyen resulta su cargo, y apenas retorna, el Jockey Club lo nombra presidente.          

El presidente Yrigoyen lo designa ministro en París, algo inmejorable para Don Marcelo que estaba más a gusto con Picasso y Stravinsky que en la amansadora de la Casa Rosada, y allí surge la primera discrepancia con el estadista radical. Alvear, como lo mostraría en varias oportunidades, la Guerra Civil Española o la Segunda Guerra Mundial, manifiesta preferencias por los aliados, España republicana, Inglaterra y Francia específicamente, discrepante de la histórica neutralidad de la diplomacia argentina y la defensa de la autodeterminación de los pueblos “Hay que ser radical en todo y hasta el fin, levantando el espíritu sobre el medio y el ambiente, cualquiera que estos sean, teniendo muy presente siempre que la Argentina... no debe identificarse sino con proposiciones perdurables de la esencialidad determinante del Congreso" le telegrafiaba molesto Yrigoyen a Honorio Pueyrredón y Alvear en Ginebra, en la infame reunión de la Sociedad de las Naciones de 1920 que asfixiría a los derrotados, e incendiaria un continente, con el nazismo, fascismo y franquismo como fatal desenlace.  Alvear toma el guante, responde a su “amigo” que son diferencias de forma y no de fondo la irresoluta postura argentina ante las potencias, y reaviva las disputas que caracterizan al radicalismo desde 1891 –y, acotemos, cualquier partido moderno. Sin embargo, como hasta el último aliento, Yrigoyen confía en Alvear, “hay que cuidarlo a Don Marcelo”, repetía y repetía, y le entrega la presidencia en bandeja de plata, con el respaldo de los 460 mil votos del 2 de abril de 1922. En la estrategia del Peludo estaba que Alvear, el niño bien, contendría a los reaccionarios, de adentro y afuera, y continuaría el reformismo democrático iniciado en 1916, acompañando los profundos cambios sociales y económicos devenidos del aluvión inmigratorio y el incipiente industrialismo. Eso no pasó. Y Alvear fue su Juárez Celman.

 

Presidencia Alvear 1922-1928: “Mi gobierno verá siempre con simpatía las luchas cívicas”

“Mi gobierno verá siempre con simpatía las luchas cívicas en cuyo desarrollo, bajo las garantías que extenderá, para todos en todos los momentos, el poder de la Nación, se muevan los sanos entusiasmos de una democracia que, para felicidad de la Patria, es en todo enérgica y de potente vitalidad –Destaco- la intensidad casi apasionada con que nuestros conciudadanos ejercitan sus derechos y cumplen sus deberes cívicos” puntualizó el presidente Alvear ante el Congreso en 1923. Su gobierno fijó desde un principio el respeto a las instituciones y las formas. La corrección alvearista frente al desborde yrigoyenista.  Por ejemplo volvió a presentarse periódicamente al cuerpo legislativo, como establece la Constitución, y, hablando de formas, apelar al Congreso en cada una de las catorce intervenciones federales, que siguieron siendo la tónica del radicalismo en el poder. Reanudó la visita presidencial a instituciones oligárquicas como el Jockey Club y la Sociedad Rural, olímpicamente ignoradas por Don Hipólito –pese a que el reformismo del presidente saliente no tocó sustancialmente el modelo agroexportador, es más, legisló a su favor . Todo esto podría haber pasado desapercibido sino fuera que el supuesto continuador del Peludo nombró un gabinete con conocidos enemigos del líder, fundamentado a ellos en sus capacidades intelectuales, y permitió que se agrave la disonancia en las propias filas del partido gobernantes, personalistas y antipersonalistas, yrigoyenistas y antiyrigoyenistas, azules y rojos, bípedos y galeritas.  A tal punto llegó el enfrentamiento que los legisladores radicales se negaron a dar quórum  en el discurso inaugural del presidente de 1924 y que Alvear, en búsqueda de apoyo a la gestión, diera luz verde al “Contubernio”, una alianza entre socialistas, conservadores y radicales liberales, apoyados por terratenientes, multinacionales y banqueros, y que sería un triste antecedente de la Concordancia de la Década Infame, y la Unión Democrática que enfrentó a Juan Perón en 1946.

En el frente económico la presidencia Alvear tuvo tres grandes problemas, la crisis de la industria de la carne, la reforma arancelaria y la deuda pública. En cada uno de estos frentes pudo sobreponerse más que por méritos propios, que lo hubo en el caso de las negociaciones con los frigoríficos norteamericanos y los empresarios del azúcar, por el periodo de recuperación y expansión  de la economía nacional entre 1924 y 1926, impulsado por la reanudación del tráfico internacional tras la Gran Guerra, viento de cola de Los Años Locos, y una incipiente tendencia a la sustitución de importaciones. Durante la presidencia de Alvear se produce la fuerte llegada de la industria automotriz norteamericana.  Al finalizar el mandato la renta nacional había aumentado a 100 millones oro, se bajó el circulante, el crecimiento se ubicaba en un 8% anual, la balanza comercial empezaba inédita a dar superávit, y, síntoma de la bonanza, salarios en alza y un ambiente social y cultural de excepción, 650 mil inmigrantes se radicaron en el país. Una cuestión pendiente fue la deuda pública, con un Estado que aumentaba el gasto con empleo estatal y equipamiento del Ejército y la Armada –se fundó incluso un astillero para submarinos- Este problema sería trasladado a la próxima presidencia sin solución pese a que las tres administraciones radicales exhibieron una rigurosa ortodoxia monetaria.  

En lo social, hubo un retroceso en la legislación social, derogación de la ley de jubilaciones y las leyes de salario mínimo, y la exigencia de que los pagos a los trabajadores sean en moneda nacional. Tampoco se continuó con los planes de nacionalización del petróleo, una bandera del radicalismo desde el lejano 1893, ni tampoco se solidificó la política anti trust del mandatario anterior. Se detuvieron las obras públicas como la vía férrea de Patagones a Nahuel Huapi o la de Puerto Madryn a Esquel, que eran caminos alternativos al puerto de Buenos Aires. En lo internacional, también se diferenciaría de su predecesor, abogando el retorno de la Argentina a la Liga de las Naciones, que discriminaba países, y obvió la tradicional postura antiimperialista nacional, en el avance norteamericano en el Continente. Tal era la diferencia entre los “amigos” Alvear e Yrigoyen que el día que se inaugura el monumento a Leandro N. Alem en 1925, el presidente Don Marcelo afecto a los grandes actos –inauguraría también el de su pariente Carlos María, dicen el más caro de la historia nacional,  montado en el peor lugar posible, fuera de perspectiva, en La Recoleta-, no invita al sobrino del caudillo, Don Hipólito, que se contentaba con ver el boato alvearista desde el auto. Ambos dirigentes se saludaron fríamente a la distancia y recién se reencontrarían frente a frente, luego del regreso de Alvear en 1922 a Buenos Aires, en una cena en la casa de Yrigoyen de la Calle Brasil, un diciembre de 1928.  

En la “coqueta Villa” de París, a donde retornó apenas abandonó la Casa Rosada en octubre del 28, confundido por los gritos que vivaban a Yrigoyen, los mismos que ahora lo denostaban, un 8 de septiembre de 1930 diría de su “amigo” al diario La Razón, exultante con la caída del tirano al igual que el diario Crítica de Natalio Botana, “Tenía que ser así. Yrigoyen, con una ignorancia absoluta de toda práctica de gobierno democrático, parece que se hubiera complacido en menoscabar las instituciones. Gobernar, no es payar…más le valiera haber muerto al dejar su primer gobierno (sic); al menos, hubiera salvado al Partido… Mi impresión, que transmito al pueblo argentino, es de que el ejército, que ha jurado defender la Constitución, debe merecer nuestra confianza y que no será una guardia pretoriana ni que esté dispuesto a tolerar la obra nefasta de ningún dictador”, cierra de los mismos hombres que lo detendrían en 1932, en la misma isla que su amigo Don Hipólito,  y los desterrarían. Dos veces.

Marcelo T. de Alvear

De líder radical a garante del fraude: “Sería necesario que tuviésemos un clima distinto”

En marzo de 1931 los radicales, ante la apertura democrática del gobierno de facto, llaman a Don Marcelo para que se encargue de reorganizar el partido. Si bien había sido presidente, muchas de las decisiones más importantes habían pasado por sus ministros, o resultado del aparato político impreso por Yrigoyen.  Nunca había estado en un cargo de peso partidario. Podríamos decir con Félix Luna que por primera vez hacía política. Vuelve a Buenos Aires el 25 de abril con los vítores de yrigoyenistas y anti, en el prestigio de ser uno de los últimos radicales fundacionales –mucho del pensamiento político de Alvear hundía raíces en el liberalismo de democracia restringida del siglo XIX. Un auténtico “boina blanca” organiza el sistema City, llamado así por el lujoso hotel que lo hospedaba, que en el fondo, refrendado por la Convención Nacional de 1931, no era otra cosa que atemperar la intransigencia del Viejo Caudillo, y buscar las caminos para participar de un sistema que se intuía a todas luces fraudulento.  Esto no lo salva de la deportación de julio de 1931 ni la prisión, y nuevo destierro,  de 1933, año del fallecimiento de su mentor Yrigoyen. En París remataría su adorada mansión, y si bien nunca pasó apremios concretos, en su vida fue dilapidando la enorme fortuna que heredó, de varias herencias, comenzando con los vastos terrenos de Don Torcuato en 1928. Al morir su cuenta bancaria era de 213 pesos.

Le aseguro que mucho me cuesta abandonar esta vida tranquila en un ambiente de cultura y alta intelectualidad en Francia, a incorporarme de nuevo a la vida política activa, donde he recogido tantas amarguras” escribía un abatido ex presidente a un amigo en 1934, cuando vuelve al lodo gaucho.  Durante ese año entra en negociaciones con el presidente fraudulento Justo, que había sido su ministro –Alvear casi el inventor de la carrera política de Justo, tenían una relación tirante parece en la varias veces que Don Marcelo humilló entre amigos a Justito. Y se produce la “segunda muerte de Yrigoyen”, enfatizan los correligionarios intransigentes, y el radicalismo levanta el abstencionismo, un principio básico del partido en oposición a regímenes antipopulares, previa aprobación en bloque de leyes cuestionables del Ejecutivo.

El fraude patriótico de 1936 es avalado por el alvearismo, y repudiado por los jóvenes radicales, que se irían nucleando en el FORJA de Arturo Jauretche y Raúl Scalabrini Ortiz. Luego sobreviene el escándalo  de CHADE (Compañía Hispano Americana de Electricidad), varias veces denunciada por precios abusivos y falta de inversión, que solicitando una extensión en la concesión de 25 años, es apoyada por el bloque radical a cargo de los antipersonalistas. Versiones afirman que Alvear, que se entrevistó con el presidente de la compañía en Barcelona, recibió pagos para financiar la campaña de 1937 y la Casa Radical “¿Para qué levantó la abstención en 1935?”, se preguntaban los forjistas en 1939, “para votar las leyes a los ingleses que constituyen el Estatuto Legal del Coloniaje” Perdidas las elecciones fraudulentas presidenciales con un radical de provincias, que también había sido su ministro, Roberto Ortiz, el partido pasa momentos de zozobra en la falta de una postura clara de Alvear, solamente decidido en el apoyo incondicional a los grupos antifascistas –y reeditando su posición proaliados, con banquetes en la embajada británica. Solamente la decisión del presidente Ortiz de normalizar las instituciones, a través de elecciones limpias, produce un resurgimiento del radicalismo, que vuelve a dominar la Cámara de Diputados en marzo de 1940. Pero Alvear se encontraba gravemente enfermo, recluído en su quinta de Don Torcuato, y fallece el 23 de marzo de 1942, fulminado por una crisis cardíaca, al lado de su esposa Regina.

“Sería una prueba de cultura cívica que los partidos políticos en lucha pudieran llegar hasta su electorado a decirle lo que piensan, cómo encaran los problemas de gobierno futuros y presentes, y que el electorado decidiera de acuerdo con lo que cada candidato le dijera. Pero para ello sería necesario que tuviésemos un clima distinto del que está reinando actualmente en la República”, aseveraría Don Marcelo al final de una inusual carrera pública, que lo llevó de la riqueza al llano, más que un aristócrata liberal, achacan unos, o un radical conservador y antipopular, interpelan otros,  Alvear un exponente de los límites de la República y la Democracia para el liberalismo argentino. Con boina blanca.

 

Fuentes: Luna, F. Alvear. Las luchas populares en la década del 30. Buenos Aires: Schepire editor. 1974; Del Mazo, G. El radicalismo. Notas sobre su historia y doctrina 1922-1952. Buenos Aires: Editorial Raigal. 1955; Losada, L. República, democracia, libertad. Marcelo T. de Alvear y las ideas políticas en la Argentina de las décadas de 1920 y 1930. Prismas - Revista de Historia Intelectual. Vol. 20 Nro. 1.  2016. Universidad Nacional de Quilmes 

 Imágenes: Ministerio de Cultura Argentina // Historia Hoy

Fecha de Publicación: 04/10/2021

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