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Manuel Belgrano: mi salud es nada cuando se trata de la Patria

A 251 años de su nacimiento, Belgrano sigue siendo un prócer disminuído, “mediocre”, diría Sarmiento, pese a las victorias clave por la Independencia, o ser el verdadero Padre del Aula criollo.

Historia
Manuel Belgrano

Cómo debemos entender a Manuel Belgrano fue un tema del estado argentino tan viejo como su misma existencia. Al año siguiente de fallecer en un anonimato atroz, Bernardino Rivadavia impulsa su inmediata canonización en el panteón nacional, con cuatro días de luto y homenajes. Mitre y Sarmiento completarían la operación romántica y liberal, que aún repetimos escolarmente, e instauran a Belgrano entre los sacros próceres, hombre de virtudes cívicas impolutas antes de guerrero de pensamiento y revolucionario, enfrentado así a las tendencias que podían discutir la concepción del ciudadano modelo de la Generación del 80.  Lo interesante en el caso de Belgrano, que ha sido objeto de renovados estudios en estos últimos años de neorevisionismo, desde Carlos Segreti a Daniel Balmaceda, es que en sus frases emerge un estadista distinto en medio de la fiebre revolucionaria, uno que guerrea pero marcha con los libros para instruir a sus soldados. O que promueve caminos alternativos de la Independencia, como la famosa coronación de un rey inca, algo que hubiese sido el comienzo de la Patria Grande de San Martín, Bolívar y, a su pesar, Artigas. Un Estadista para una Argentina posible. Retazos de su vida, un héroe colectivo no de mármol, nos devuelven “una generación nueva en quien reposa toda la esperanza de la Patria”, uno que sacrificaba bienestar y fortuna por un proyecto de libertad y fraternidad. No es casual que las últimas míticas palabras de Belgrano hayan sido “Ay, Patria mía”,  en el día que Buenos Aires tenía tres gobiernos.  No es casual.

Manuel Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano nació en Buenos Aires el 3 de junio de 1770. Sus padres, Domingo y María Josefa, y sus trece hermanos, se transformaron en una aristócrata familia porteña hasta que en 1788 un escándalo de fraude en la Aduana, que salpicó a un inocente Domingo, arruinó la reputación de la familia, una que hundía notables ancestros italianos en la jurisprudencia, la medicina, el clero y la milicia. Belgrano dominaba a la perfección la lengua del Dante. En aquel fatídico año familiar, Manuel estuvo implicado a la distancia, debido a que una vez egresado del Colegio San Carlos a las 17 años, bajo la tutoría en filosofía de Luis Chorroarín -quien incluiría el sol a la bandera nacional en 1818-, parte a España, donde se graduaría de abogado en 1793.  Pero en al año de su graduación de bachiller, un faro desde París encenderían la mecha revolucionaria que traería al Río de la Plata, “como en la época de 1789 me hallaba en España y -ocurrió- la revolución de Francia… se apoderaron de mí las ideas de libertad, igualdad, propiedad y solo veía tiranos a los que se oponían al hombre, fuese donde fuese, no disfrutasen de unos derechos que Dios, y la naturaleza les habían concedido, y aún las mismas sociedades habían acordado su establecimiento directa o indirectamente”, recordaba en sus “Memorias”, escritas en los altos de sus interminables campañas,  y misiones diplomáticas, posteriores a 1810, “tengo el don de dormir poco”, señalaba a medianoche cuando se acercaban a su tienda, en medio del monte tucumano.

En 1794 regresaría a Buenos Aires para ocupar el flamante Consulado, desde donde partían sus planes en fomento de la agricultura o las creación de la Escuela de Dibujo y Náutica, pero sobre todo en donde bregó por el comercio libre entre las provincias y fortalecer las economías regionales, como aparecen en los artículos posteriores del diario virreinal el “Correo de Comercio” Entre varios proyectos, allí plantea en 1809 cañaverales en Jujuy, la explotación comercial del Río Bermejo, lineas crediticias a la producción local, y la primera industria nacional textil en base al lino, más resistente que el algodón, en San Isidro, y manejada por mujeres -por quienes abogaba igualdad de oportunidades en trabajo y educación.

Partícipe de las invasiones británicas, en su carácter de sargento mayor combate fieramente en 1807 en las cercanías del Convento de Santo Domingo, en donde descansan sus restos, y el hogar paterno, sitio de sus ultimos alientos. La Revolución de Mayo de 1810 lo encuentran en primera fila, particularmente Belgrano articulando a las milicias con los iracundos revolucionarios de la jabonería de Vieytes, y la Legión de los Infernales de French y Beruti. Vocal de la Primera Junta Patria, Belgrano dona su sueldo para financiar expediciones militares, y su extraordinaria biblioteca a fin de la futura Biblioteca Nacional “Me hallaba de vocal en la Junta provisoria, cuando en el mes de agosto de 1810, se determinó mandar una expedición al Paraguay, en atención a que se creía que allí había un gran partido por la revolución, que estaba oprimido por el gobernador Velasco y unos cuantos mandones...La Junta puso las miras en mí para mandarme con la expedición auxiliadora, como representante y general en jefe de ella: admití porque no se creyese que repugnaba los riesgos, que sólo quería disfrutar de la capital, y también porque entreveía una semilla de división entre los mismos vocales, que yo no podía atajar, y deseaba hallarme en un servicio activo, sin embargo de que mis conocimientos militares eran muy cortos, pues también me había persuadido que el partido de la revolución sería grande, muy en ello, de que los americanos al sólo oír libertad, aspirarían a conseguirla”, refería Belgrano de sus esperanzas que se vieron desechas al observar la resistencia de los pueblos del Litoral y Misiones ante un ejército patriota “porteñoNi siquiera seducía su progresista “Reglamento para los indios de los Misiones”, uno de los antecedentes de la Constitución Nacional según Juan Bautista Alberdi, que contemplaba la distribución de las tierras “a prorrata entre todos los pueblos para que unos y otros puedan darse la mano, y formar una Provincia respetable de las del Río de la Plata”, amén del reparto de “instrumentos para la Agricultura, como de ganados para el fomento de las crías”. Disponía además el uso del idioma castellano, aún respetando la lengua indígena,  la administración local de Justicia, el gobierno de las subdelegaciones confiada a hijos del país -funda Curuzú-Cuatiá-, y la representación de los pueblos por diputados ante el congreso nacional.

Derrotado en Paraguary y Tacuarí, sin ningún tamborcito, una invención de Rafael Obligado, que no hace ninguna justicia los 700 valientes correntinos contra los dos mil paraguayos, Belgrano de todos modos filtra el deseo independentista a Asunción, y luego, a la Banda Oriental, donde nombra de lugarteniente a José de Artigas. A su regreso se lo enjuicia por la fallida (sic) al Paraguay, ningún oficial declara contra suyo, y restituído en su cargo, se lo envía a reconocer la independencia paraguaya organizada por Gáspar Rodríguez de Francia pero inspirada en la correspondencia entre Belgrano y Cabañas, quien lo había derrotado en las armas “Debemos tratar de inspirar sentimientos patrióticos, no sólo a los que somos oriundos de españoles, sino con mucha particularidad a los naturales del suelo Americano, y para atraerlos y reunirlos a nosotros, inspirándoles amor al servicio” diría Belgrano, un revolucionario permanente.  

 

“Siendo preciso enarbolar Bandera y no teniéndola la mandé hacer blanca y celeste”

Enviado a las orillas de Rosario en febrero de 1812 para defender las costas de un probable ataque de los realistas, que solamente al año siguiente sería conjurados en tierra por San Martín en San Lorenzo, instala las baterías Independencia y Libertad. Impulsado por el recoconocimiento oficial de la escarapela celeste y blanca, y “que estas Provincias se cuenten como una de las naciones del globo… siendo preciso enarbolar Bandera y no teniéndola la mandé hacer blanca y celeste”,  enfatizaba a fin de que se diferencien en el fragor de la batalla, Belgrano el 27 de febrero de 1812 ordena a Cosme Maciel izar la bandera símil a la insigina, blanca arriba, celeste abajo, al frente de la Batería Independencia, “Soldados de la Patria… juremos vencer a nuestros enemigos interiores y exteriores, y la América del Sud será el templo de independencia, de la unión y de la libertad. En fe de que así lo juráis, decir conmigo: ¡Viva la Patria!”, por lo que quedaba claro que no se juraba a la bandera, sino que se juraba vencer a los enemigos de la Revolución. Algo que Buenos Aires no entendió. Reprobado por el Triunvirato, no llega a conocer la desaprobación de Rivadavia, y hace bendecir  la enseña el 25 de Mayo de 1812 en Jujuy,  por el canónigo Juan Gorriti. A riesgo de una sanción, Belgrano decide retirar su bandera del Ejército del Norte, y son los criollos que la empiezan a flamear, en agosto de 1812 en la Iglesia San Nicolás -actual Obelisco de Buenos Aires-, y la convierten en estandarte patrio, “dos listas azul celeste y una blanca en el medio”, en casas, barcos, carros y cualquier lanza que clave un paño zurcido. Y fue entonces la que acompañó a Belgrano en el Éxodo Jujeño, que lo cobijó en Tucumán cuando decidió desobedecer nuevamente al gobierno central, que ordenaba el retiro hasta Córdoba, y que lo llevó a la gloria en Las Piedras, Tucumán y Salta, frente a los soldados realistas que lo doblaban en número.

La Asamblea del Año XIII  otorga honores y dinero al valiente militar que detuvo el avance español, y posibilitaba el camino de la Independencia, y Belgrano responde humilde, “yo no he tenido más parte en la acción del 24 -de septiembre de 1812, Batalla de Tucumán- que la que ha tenido el último de mis camaradas, en quienes ví un espíritu prodigioso y una constancia a prueba para conseguir que la Patria se constituya con toda dignidad” Y con los 40 mil pesos, el educador decide, “para la dotación de cuatro escuelas públicas de primeras letras en que se enseñe a leer y escribir, la aritmética, la doctrina cristiana y los primeros rudimentos de los derechos y obligaciones del hombre en sociedad hacia ésta y el Gobierno que la rige…Las escuelas se construirían, según su voluntad, en cuatro ciudades, a saber: Tarija, ésta [escribía desde Jujuy], Tucumán y Santiago del Estero (que carecen de un establecimiento tan esencial e interesante a la Religión y al Estado, y aún de arbitrios para realizarlo)” Ya en sus años de periodista abogaba por la educación, una necesidad insatisfecha que tiene más de 200 años,“El amor a nuestros semejantes es obra de la naturaleza, pero el dirigirlos hacia los deberes de verdaderos ciudadanos es una sagrada obligación que nos impone la sociedad”, diría quien en 1818 se llenaba de felicidad viendo a los “paisanos aprender”, sus soldados a quienes obligaba a alfabetizarse.

En el Bajo Perú se dedicó a reorganizar las destruídas provincias y promover una insurrección civil, pero la indiferencia de Buenos Aires y los errores en la guerra, pierde una batalla casi ganada en Vilcapugio, por un clarín que desconcertó a los criollos, y el desastre en Ayohuma, precipitan nuevos cuestionamientos, y vuelve a destituirse su comandancia. El reemplazo es José de San Martín, quien opina de Belgrano “es lo mejor que tenemos en la América del Sur”, y se encuentran personalmente, sólo se conocían por cartas, el 17 de enero de 1814 en la posta de los Algarrobos -y no en Yatasto el 30 de enero, como se repite hasta el cansancio, de acuerdo Daniel Balmaceda, apoyado sólidamente en el trabajo de Julio Benencia. Luego coincidirían unas semanas en Tucumán, en donde surgió la famosa versión de la voz “aflautada” de Belgrano, por la malicia de un descontento Manuel Dorrego en un desfile con pase de mando, y que tuvo la inmediata reprimenda del Libertador, quien se encargó de castigar severamente a Dorrego. José María Paz, también contrario con el manejo militar de Belgrano, alguien que jamás se vanaglorió saber de la guerra pese a resultar “el general más metódico que conozco en América”, alababa San Martín, el genio de la Cruce de Los Andes, se encargaría de esparcir el amaneramiento de Don Manuel, luego de la vuelta de la fallida misión a Europa en 1815, en busca del reconocimiento de Inglaterra, y una paz decorosa con España. Buenos Aires sola quedaba en pie contra el Imperio de Fernando VII y toda la restauración monárquica europea.

Siempre se divierten los que están lejos de las balas, y no ven la sangre de sus hermanos, ni oyen los ayes de los infelices heridos; también son esos mismos los a propósito para criticar las determinaciones de los Jefes: por fortuna dan conmigo que me río de todo, y que hago lo que me dicta la razón, la justicia y la prudencia, que no busco glorias sino la unión de los Americanos y prosperidad de la Patria”, sostendría un resignado Belgrano de las burlas y humillaciones, y que también jugó un papel primordial en la declaración de la Independecia del 9 de julio de 1816, ya nuevamente instalado en Tucumán como jefe del Ejército de Observación del Perú.

Tres días antes Belgrano expondría a los congresales  un modelo de organización monárquica republicana en la Provincias Unidas del Sud, y su “alocada” idea de un monarca inca. Nada alocada según el historiador Miguel Ángel De Marco, en una arista que despunta el Belgrano estadista, “con respecto a la coronación de un inca como rey de las Provincias Unidas, varios contemporáneos señalan que el general tuvo una finalidad práctica: promover la rebelión de los aborígenes del Alto Perú contra los realistas. Al reconvenirlo Anchorena privadamente “por una ocurrencia tan exótica que los había expuesto a peligro de un trastorno general en toda la República”, Belgrano le respondió que lo había hecho con aquel objeto” En la mente de Belgrano estaba resistir el mayor tiempo posible, con cualquier medio, mientras San Martín emprendía la gloriosa liberación de Chile y Perú, en un plan continental. No viviría para verlo.

 

“Se buscase por nosotros mismos la ruina”

“Ya la máquina está muy cascada…Mi salud es nada cuando se trata de la Patria” repetía cuando los síntomas hidropesía, que lo acompañan desde 1813, se agravan al galope. Sin embargo, los tres años que pasa en el Norte coordinaría las acciones de las tropas de gauchos de Martín Miguel de Güemes, y organizaría administrativamente y militarmente la región. En 1818 nace su hija, Manuela. A regañadientes marcha a Santa Fe a contener el alzamiento del caudillo López,  y una vez que se llega al armisticio en abril de 1819, se retira al campamento de Cruz Alta, Córdoba. Vive en la extrema pobreza junto a sus raídos soldados, ignorado por el director supremo Pueyrredón, sumamente dolorido, y sus amigos dicen que viaje a Córdoba para tratarse. El general Belgrano prefiere morirse allí porque “al menos los paisanos vendrán a rezarme” De todos modos, tiene fuerzas de ocuparse de la esposa enferma de San Martín, que en ese momento era un traidor negándose a derramar sangre de hermanos en guerra fraticidas, y le remite en carte, “COMPAÑERO Y AMIGO MUY QUERIDO: La Señorita (sic) Remedios, con la preciosa y viva Merceditas, pasó de aquí felizmente, y según me dice el conductor del pliego, había seguido bien hasta Buenos Aires”

“Me es sensible separarme de vuestra compañía, porque estoy persuadido de que la muerte me sería menos dolorosa, auxiliado de vosotros, recibiendo los últimos adioses de la amistad. Pero es preciso vencer los males, y volver a vencer con vosotros a los enemigos de la Patria que por todas partes nos amenazan”, deja a sus escuálido cuerpo a las orillas del Río Tercero, y retorna Tucumán. En medio de una revuelta, se pretende encarcelarlo engrillado. Entristecido decide el regreso a Buenos Aires en un estado de menesterosidad y postración tal que debía ser asistido para movilizarse, sufrió la indiferencia de autoridades oficiales durante todo el viaje -en Córdoba volvió a padecer un intento de cárcel por falta de pagos-, teniendo que depender de las dádivas de los comerciantes locales de las fondas en los que apenas dormitaba.

Pasa unas semanas en una quinta de San Isidro en marzo de 1820, y el gobierno de Buenos Aires gira un exigua ayuda económica, Belgrano, siempre con su hidalguía, dio “las gracias, bien persuadido que el estado de las rentas no le permite usar de la generosidad que me manifiesta, sin que merezca tanto favor”, cuenta Mitre.

Pocos días después, se instalaba en su casa natal de calle Regidor Pirán (hoy Av. Belgrano) número 420. Desde allí reclamaría al gobierno los sueldos adeudados,  últimas disposiciones familiares y recibiría algunas pocas visitas; entre ellas la de su discípulo Gregorio Aráoz de Lamadrid quienes tenían mutua estimación -y quien tendría un poncho verde regalo de Belgrano…y el sable de San Lorenzo de San Martín, obsequio del Libertador. Precisamente Lamadrid dejó testimonio en sus memorias de su charla con el general Belgrano el 9 de junio de 1820, en cita de Ulises Lanza:“Encontré al general, sentado en su poltrona y bastante agobiado por su enfermedad. Mi vista le impresionó en extremo, no menos que a mí la suya, y apenas se tranquilizó tiró con su mano de la gaveta de un escritorio que tenía a espaldas de su silla, y sacando los apuntes de mis campañas que había escrito yo en Fraile Muerto en el año 1818, por orden suya, me los alcanzó diciendo: - Estos apuntes los hizo usted muy a la ligera, es menester que usted los recorra y detalle más prolijamente y me los traiga” A las siete de la mañana del 20 de junio de 1820 fallecía Manuel Belgrano con tres gobernadores en Buenos Aires, Idelfonso Ramos Mejía, Miguel Soler y el Cabildo. Y si, Ay, Patria Mía. Solamente la noticia de su muerte apareció en “El Despertador Teofilantrópico”, “Triste funeral, pobre y sombrío, que se hizo en una iglesia junto al río, en esta capital al ciudadano, brigadier general Manuel Belgrano”, escribió el combativo “gauchipolítico” Padre Castañeda en su periódico.

 “Trae las buenas ideas sociales, el deseo de progreso y de cultura, la conciencia de los principios de libertad que debian requerir luego al auxilio de aquellas espadas”, sentenciaba el Sarmiento de 1859,  al tiempo que solicitaba sangre de gauchos e indios que abonen la Argentina, en el corolario de la primera versión de la tradicional historia de Mitre. Belgrano es un mucho más que eso, contra aquellos empeñados en agrietar, “-luchando a que- se buscase por nosotros mismos la ruina”, advertía, el General ofrecía su corazón criollo, “(en lo) que puedo ser útil con mi persona, con mis cortos conocimientos, o sea del modo que fuese, a la causa sagrada de la Patria”, pensador, educador, revolucionario, estadista, patriota.

 

Fuentes: Lanza, U. “Manuel Belgrano, en puño y letra: análisis de su vida al servicio de la Patria a través de sus escritos” en Belgrano y su tiempo. Buenos Aires: Academia Nacional de la Historia. 2020; Mitre, B. Historia de Belgrano y la Independencia Argentina. Buenos Aires: El Ateneo. 2015; Segreti, C. “Cuatro notas en cuento a temas belgranianos” en Anales 4  Instituto

Fecha de Publicación: 03/06/2021

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