Ser Argentino. Todo sobre Argentina

Luna Park. Astro de Buenos Aires

El mayor centro cultural y deportivo porteño dio techo, y veredas, a los sucesos argentinos. Una historia viva y vibrante que ninguna gestión podrá demoler.

El Palacio de los Deportes porteño albergó entre sus paredes a las expresiones y pasiones de nuestro país. Sus techos de hierro, gradas de hormigón, aún retumban con los ángeles del sentimiento popular. Ligado a los hechos que marcaron a los argentinos, el multitudinario funeral de Carlos Gardel y Julio Sosa, los cierres de campañas de todos los partidos, las peleas de Martín Karadagian, la visita de Juan Pablo II y Frank Sinatra, el Adiós Sui Generis de Charly García y Nito Mestre, o al auge de la comedia musical con el Drácula de Pepito Cibrián, la locura de unos inmigrantes dieron la corona a la calle que nunca duerme, la avenida Corrientes. Pero fue el boxeo quien incrustaría sus kilates, y su mitología maleva nacida en “la lucha por la vida, por el triunfo y por la luz de un fósforo”, metáfora de la filosofía rantifusa y suicida de una ciudad, “cuando las peleas eran algo corriente como los partidos de fútbol, era vox populi que al Luna Park había que llegar en subte, porque el termómetro de una buena pelea lo marcaba la gente en los vagones…el medidor de la pelea estaba ahí, se podía vibrar la ansiedad de la gente, el entusiasmo por ver a algún nuevo campeón, un enfrentamiento inolvidable, un knock out, la noche podía deparar todo”, recordaba Osvaldo Principi; uno más de los hombres que se hicieron en el Luna Park de guantes, fintas, puños arribas y caídas, Campeones de la Vida.

 

A diferencia del Madison Square Garden en New York, el Chicago Stadium, el Palais des Sports en París, el Ibirapuera en San Pablo o el Palacio Peñarol en Montevideo, solventados por corporaciones o municipios, el Luna Park de Buenos Aires fue una quijotesca empresa de dos inmigrantes arribados en el contigente -pobre- de casi 4 millones, una mano atrás y otra delante, hacia fines del siglo XIX. Domingo Pace había venido en 1872 de Italia, con sólo dos años, e hizo una sólida carrera en el mundo del entretenimiento administrando la célebre Plaza Euskara en 1882, cuando la pelota vasca era el principal deporte porteño, y, veinte años más tarde, los campos de la Sociedad Sportiva, de la Sociedad Rural de Palermo y del Velódromo Municipal. En 1910  instaló un parque de diversiones en la calle Corrientes 1065, luego mudó a la calle Rivera 641 -actual Gascón- y, en 1916, obtuvo la concesión de los terrenos de Corrientes 1066 (frente al anterior, hoy Plaza de la República, Obelisco) para ofrecer además espectáculos de teatro, al aire libre. Ya para esa época Gustavo Meyers le sugirió el nombre de Luna Park, una denominación común de Europa en estos solares de esparcimiento masivo, especialmente en Francia y España. En aquellos primeros años de estrenos del naciente sainete criollo, orquestas de tango, kermesses y atracciones mecánicas, que en los crudos inviernos obligaba a Pace a alquilar el techado circo Hippodrome de Carlos Pellegrini y Corrientes, aún el boxeo era inexistente debido a la prohibición que pesó sobre ese deporte en Capital Federal hasta 1923. Durante décadas el boxeo fue practicado clandestinamente en galpones, potreros y residencias, entre ellas el petit hotel de Félix Bunge, actual Museo Popular de Arte Popular José Hernández, una de las cunas del pugilismo nacional, pasión argentina.

 

Precisamente uno de los protegidos de Bunge, Luis Ángel Firpo, resultó promotor del ascenso del boxeo en el Luna Park desde el 14 de septiembre de 1923, cuando 2500 personas, a 30 centavos la entrada, pudieron escuchar la famosa pelea con Jack Dempsey desde Nueva York, en un milagro tecnológico de la radiofonía local, y que inspiraría uno de los más famosos cuentos de Julio Cortázar, “Circe” del libro “La vuelta al día en ochenta mundos” Meses después fallecería don Domingo, y el manejo del coliseo pasaría a su hijo Ismael, y un amigo de la infancia que había sido campeón argentino amateur de peso liviano, José Antonio Pepe Lectoure. La gloriosa página del Luna Park empezaba a escribirse, puño a puño, segundos afuera.

Años Dorados: ¡Al Colón! ¡Vamos al Luna!

Se puede decir que la historia mayor del Luna Park arranca con la primera pelea el 12 de marzo de 1932, cuando el Torito de Mataderos Justo Suárez perdió su título de campeón argentino con Víctor Peralta, y termina con el combate de Jorge Roña Castro en diciembre de 1989 frente a Miguel 'Puma' Arroyo, y que fue implorado por los aficionados en el momento que Tito Lectoure percibió el derrumbe del box. Casi medio siglo en su emplazamiento definitivo en Corrientes y Bouchard, medio siglo de grandes deportistas, en el ring, en el histórico gimnasio o su inconfundible bar, como Pascual Pérez, Nicolino Locche, Ringo Bonavena, Horacio Saldaño, Víctor Galíndez, Horacio Saldaño, Víctor Galíndez, Horacio Acavallo, José María Gatica, Gustavo Ballas, o el mejor de todos, Carlos Monzón.  Esta historia gloriosa arrancaría con una demolición debido a la apertura de la Diagonal Norte y la avenida 9 de Julio, que tiraría abajo no solamente al viejo Luna Park sino a la Iglesia de San Nicolás de Bari, y un eterno peregrinaje de los jóvenes Pace y Lectoure con sus matchs de boxeo y variopintos espectáculos por el teatro Coliseo, o las canchas de River Plate y Boca Juniors. Finalmente encontraron un terreno del Ferrocarril Buenos Aires al Pacífico, que se arrendó por módicos 700 pesos mensuales -un peso salía verlo solamente entrenar a Firpo- por la amistad personal de Lectoure con el presidente ferroviario Patricio O`Farrell. Argentina entraba en el Crack del 29, y golpe de 1930, con un proyecto demencial porque eran zonas fangosas, y turbias; de hecho Pace se resistió unos meses a la nueva sede, en una frontera de piringundines y mafiosos mezclados entre esforzados obreros y estibadores.

 

La construcción del Luna Park fue un prodigio ya que el edificio requirió hincar pilotes, pues el terreno era un pantanal, con lotes ganados recientemente al río. Las tribunas se montaron sobre estructuras de perfiles metálicos, que luego fueron recubiertas con gradas de cemento armado. En enero de 1931 apareció el tímido ring y el 6 de febrero de 1932, con la construcción a medio terminar, tres escuálidas tribunas habilitadas, se celebraron “unos bailes de carnaval animados por la Orquesta de la Guardia Vieja (dirigida por Ernesto Ponzio y Juan Carlos Bazán) La entrada costó un peso con cincuenta y las mujeres pasaron gratis, pero la convocatoria estuvo muy por debajo de las expectativas de sus dueños por culpa del mal tiempo”, cuentan Guido Carelli Lynch y Juan Manuel Bordón. Pasarían dos años más para que fuese techado por la empresa Mariani & Hnos, responsable constructora de varias importantes fábricas bonaerenses, y otro triunfo de la ingeniería industrial porque había que superar un vano de casi 40 metros. En un principio cabían 18 mil espectadores, el primer gran estadio cerrado en Argentina, en tiempos del velorio multitudinario de Carlos Gardel o los concentraciones masivas de nazis argentinos, radicales y sindicalistas,  y que se ampliarían en 1940 a 20 mil. Con esta capacidad daría cabida a lo mejor del boxeo, con el buen ojo de Pace, y luego ayudado por el mánager Lázaro Koci, críticas mediante debido a las acusasiones de monopolio de la actividad – en Martínez en los cincuenta se intentó una alternativa con el Estadio Ebro, que fue saboteado por los directivos del Luna. A mediados de los cuarenta los llenos apoteóticos ocurrían en los enfrentamientos del Mono Gatica y Alfredo Prada, que reproducía el enfrentamiento peronistas versus antiperonistas de las calles, y que tuvo su clímax el 12 de abril de 1947 con la mandíbula fracturada de Gatica. Otra nota sobre el rol del Luna Park en la política, que había tenido un antecedente cuando los golpistas del 4 de junio alegaban al presidente Castillo que realizaban la autodenominada Revolución porque en un acto de los comunistas del 1 de mayo de 1943, izquierdistas no revolucionarios quienes volvían de las sombras tras tres décadas de proscripciones y vejámenes, habían los militares visto “demasiadas banderas rojas” (sic) Y, claro, el cinematográfico encuentro de 1944 entre Eva Duarte y Juan Perón, que no fue la primera vez que se veían debido a que se conocieron antes en un estudio radial.