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Lucio Norberto Mansilla. El Héroe de Vuelta de Obligado

La grieta nacional nos hizo olvidar de un general de la Nación que peleó con San Martín, con Artigas y Rosas por la Independencia y la Soberanía. Su notable hijo, Lucio V., tuvo en el padre el modelo y el ejemplo.

Historia
Lucio Norberto Mansilla

En el país que es deporte nacional ocultar y viciar la historia, una práctica admitida por Sarmiento, pocos ejemplos como el general Lucio Norberto Mansilla. Prácticamente olvidado, salvo algún intento de comisión homenaje en los ochenta, el padre de los más famosos Lucio V. Mansilla y, ahora, Eduarda Mansilla, llevó la mácula inaceptable de comandante de la Confederación Argentina en los tiempos de Juan Manuel de Rosas. Poco importaba si Liniers, Artigas, San Martín y Alvear confiaran en su valentía y talento militar. Tampoco que Rivadavia admirara su gestión de gobierno en Entre Ríos. Y menos que haya guiado a los patriotas en la resistencia frente la invasión anglo-francesa de 1845, la Segunda Guerra de la Independencia según el Libertador San Martín. Cuñado del Restaurador de las Leyes, compartió  con él el barco de exilio y el repudio, e igual, bregó por la defensa de la Argentina, tanto que Napoleón III, antiguo enemigo,  renombró en su honor una calle de París como Rue d' Obligado, Rue d' Argentine a partir de 1948. Diría el historiador Adolfo Saldías, “El General Don Lucio Norberto Mansilla es una de las figuras más culminantes del antiguo ejército argentino. Como general táctico, como ciudadano y como hombre público tomó parte distinguida en los principales acontecimientos que se sucedieron durante los primeros cincuenta años de vida independiente de su país; y su nombre, vinculado a las glorias argentinas”, en una breve excursión al legado de un Héroe Nacional.         

La historia de Mansilla es prácticamente la trama vital de los soldados de la Independencia en el Cono Sur, que se pelearon desde las planicies de Maipú a los barros de Ituzaingó, y que terminaría en los campos de Caseros en 1852. A su foja brillante de armas aunaba una instrucción superior a la media, “filósofo positivista”, halagaba Saldías, y un don de gente que le permitía hablar con el gaucho y con el rey, en un aura de dandy irresistible en los salones –y damas- de la época; algo que influenciaría al gentleman escritor de su hijo. Iniciado en las armas en el Tercio de Gallegos, en las dos defensas heroicas de Buenos Aires  contra las Invasiones Británicas de 1806 y 1807 con catorce años,  el virrey Liniers destaca el valor y, a la par,  sus conocimientos de agrimensor, uno de los primeros criollos, y lo habilita a instalar una escuela de matemática. “Al grito de LIBERTAD, ceñí la espada, abandonando el halagüeño porvenir, y la posición social obtenida, y me puse al servicio de mi patria", escribiría en sus Memorias, citadas por Saldías. Tras la Revolución de Mayo pasa a la Banda Oriental bajo los órdenes patriotas Artigas, French, Rondeau y Alvear, expulsando a los españoles y portugueses, condecorado con el Benemérito  a la Patria por su arrojo en  la fortaleza "El Quilombo",  situada a orillas del río Yaguarón, herido gravemente por un fusil. El Libertador San Martín encarga tareas de reclutamiento a Mansilla en San Juan, en la previa a la gesta del Cruce de los Andes, con la grado de capitán, y participa en las batallas de Chacabuco, Curapaligüe y Maipú, en los órdenes del general Las Heras, por lo que obtiene una medalla chilena con la firma de O´ Higgins.    

Vuelto al país en 1820, amigo de Sarratea y Alvear, los dictatoriales pre unitarios porteños,  en el mal llamado Año de la Anarquía  -en todo caso era sólo en Buenos Aires, tres gobernadores en un día, el día que fallece el general Belgrano-, entra en contacto con los caudillos federales Estanislao López y Francisco Ramírez, a quien ayuda vencer definitivamente a Artigas en Las Tunas, con mil hombres contra los tres mil del Padre de los Pobres uruguayo.  Formado parte del estado mayor de Ramírez se negó a “desenvainar mi espada contra Buenos Aires”, en un ataque al aliado de los porteños, el gobernador López de Santa Fe, y esa defección frustró no solamente la ofensiva del Supremo Entrerriano, que había separado las provincias mesopotámicas de las Provincias Unidas, sino que signó el fin de su aventura política, luego asesinado por la caballería de López –pero consiguió que escape la bella esposa Delfina en Río Seco, algunos dicen el motivo real de la retirada de un despechado Mansilla.  A Ramírez lo sucedió Ricardo López Jordan en Entre Ríos, aunque en un confuso episodio, de tiros y duelos de medianoche entre cuarteles,  Mansilla consigue que el congreso provincial lo nombre gobernador y llame a elecciones,  con el acuerdo del gobernador de Buenos Aires, Martín Rodríguez, en los inicios de la paz entre las provincias litoraleñas y el gobierno central, antecedente del Tratado del Cuadrilátero –tratado federal previo a la Constitución.     

vuelta de Obligado

Mansilla, progresista gobernador de Entre Ríos

“Poco queda por hacer al magistrado de un pueblo que quiere ser libre, libre, y que respeta la autoridad, obedece las leyes, se anima a la industria y al trabajo, y marcha por el orden a la abundancia y la felicidad…yo espero, pues, que todos nos persuadamos de que la época de la libertad es la época de la justicia, de la virtud, de la moderación, de la sabia economía, de las grandes acciones; que para restablecer el país a este estado, se necesitan sacrificios” pronunciaba al coronel Mansilla en Paraná el 13 de diciembre de 1821, asumiendo la gobernación, ratificado en elecciones, y que impulsaría la constitución provincial, la primera del país, al año siguiente, con el aporte de las mejores mentes criollas como Pedro Agrelo y Domingo  de Oro.  Con el objetivo de acercar a las provincias del litoral a la unión constitucional, Mansilla encaró un proyecto liberal que en tres años organizó la administración pública y la justicia, estimuló la educación y limitó a la Iglesia, creó un cuerpo de policía y fundó varios puertos y aduanas, entre ellos el de Paraná. Desbarató un complot de uruguayos y entrerrianos para asesinarlo, comandados por el coronel Lavalleja, ellos suponiendo que no participaba de los lucha contra los brasileños por alianza con Buenos Aires, y detiene a varios de ellos, perdonándoles la vida,  entre los cuales se encontraba Justo José de Urquiza. Treinta años después se repetiría la escena con los roles invertidos de vencedor y derrotado. Por otro lado, el 30 de mayo de 1823 dirige al invasor general Lecor en Uruguay,   “los gobiernos del litoral argentino exigen que se reclame a la corte del Brasil la desocupación de la provincia de Montevideo, que es parte de ella” A fines de ese año, en Gena, Entre Ríos, bate a invasores brasileños y pasa a cuchillo a la afamada caballería imperial. Un par de años después, en el Guerra contra Brasil, sus furiosas cargas son esenciales en los triunfos de Ombú, Camacúa e Ituzaingó; última que se libró sin su famoso general carioca Bentos Manuel, humillado en la primera batalla por Don Lucio.

Desiste de la reelección a la gobernación entrerriana, pese a que tres veces se lo aclama en el cuerpo legislativo, convencido que la renovación de los mandatarios es clave para una futura república, e integra el Congreso Nacional en 1824, en los lineamientos de la política rivadaviana. Apoya Mansilla la constitución unitaria de 1826, sosteniendo que el país no estaba maduro para un régimen federal, y como jefe de Estado Mayor en 1828, decide retirarse a la vida privada con la inminencia de la guerra civil que coronará a su cuñado, Rosas – Lucio casado en segundas nupcias dicen con la más hermosa dama porteña, Agustina Ortiz de Rozas. El gobernador Viamonte lo designa Jefe de Policía de Buenos Aires en 1834, realizando una importante tarea de modernización, y accede a la Cámara de Representantes dominada por el rosismo, durante diez años.  Fue un orador fogoso compeliendo al gobierno argentino a reclamar por las Islas Malvinas, año a año.       

Vuelta de Obligado

Vuelta de Obligado: la Segunda Guerra de la Independencia

“¡Allá los teneís! , considerad el insulto que hacen a la soberanía de nuestra patria al navegar, sin más título que la fuerza, las aguas de un río que corre por el territorio de nuestro país. ¡Pero no lo conseguirán impunemente! ¡Tremola en el Paraná el pabellón azul y blanco y debemos morir todos antes que verlos bajar de donde flamea! Cuando la banda comenzó los acordes del himno, este fue coreado con inenarrable emoción. Nunca se dijo con tanta fuerza el último verso del estribillo:¡O juremos con gloria morir!” fue el grito del Comandante en Jefe del Departamento Norte Mansilla, quien venía de la defensa del territorio nacional frente a Bolivia. Aquel 20 de noviembre de 1845 Vuelta de Obligado, a unos kilómetros al norte de San Pedro, asistió “a uno de los más bellos y heroicos hechos de nuestra historia”, escribiría Manuel Gálvez de la batalla desigual entre la Confederación Argentina y las dos potencias mayores de la época, Inglaterra y Francia. Treinta y cinco cañones, cuyos calibres iban del 4 al 24, repartidos en cuatro baterías, un poco más de dos mil gauchos, indios y soldados atrás, en los orillas del río, contra 113 cañones en modernos buques artillados –y los que habían robado al Almirante Brown-, calibres del 24 al 80, con mil quinientos experimentados marinos e infantes franceses e ingleses, que en nombre de la civilización, protegían a cien barcos mercantes.  Pasarían con miles de disparos en cascos solamente para sufrir seis meses de un tremendo calvario, los gauchos inventaron un sistema de cañones móviles a caballo, el terror de la escuadra imperialista, y en Tonelero,  San Lorenzo y otros parajes del Paraná se escribirían páginas de gloria del ejército argentino, quizá las últimas victorias de fuerzas armadas populares argentinas.  En ninguna refriega cayó en manos enemigas la –buscada- bandera de la Confederación Argentina, con las inscripciones federales. Rosas, para disgusto de los Alberdi y Mitre, se transformó en el mundo después de San Martín y Bolívar en la máximo defensor de la causa americana, y el mismo Libertador ofrece en enero de 1846 a ponerse a los órdenes de su viejo subordinado,  Mansilla.  

“El señor general Mansilla recibió en la tarde del 20 un golpe de metralla (hemos visto y pesa más de una libra  -medio kilo aproximadamente-) en el lado izquierdo del estómago, sobre las distintas costillas y, según hemos conocido, ha fracturado a varias de éstas. Cayó sin sentido –disparando hasta la última munición-, sufrió por muchas horas desmayos, vómitos, y otros molestos accidente que fueron calmando gradualmente”, en el informe que envían a Rosas los médicos de campaña, que estuvieron asistidos por las mujeres nicoleñas, entre ellas Petrona Simonino, y firma del doctor Sabino O´ Donnell, bisabuelo de Pacho. Demás está decir que estuvo Mansilla a las pocas semanas en la denodada persecución de la escuadra invasora y fue el responsable de la decisiva batalla en El Quebracho, cuando con cañones mejor apuntalados, y los experimentados tiradores del Regimiento Patricios, al grito “Viva la soberana Independencia Argentina”, demolió lo que quedaba de los barcos anglo-franceses en mayo de 1846, que volverían astillados a Montevideo. Rosas lo llama una de las “columnas de la Federación”, el otro era Urquiza (sic), y con la batalla de Caseros de 1852, derrota del rosismo,  queda en el ojo de las represalias unitarias, aunque salva el nombre con la defensa a la propiedad que llevó a cabo como policía porteña, ante los saqueos de los tropas desbandadas y del ejército multinacional libertador. Vuelto brevemente a Buenos Aires, iba en el mismo barco de Rosas a Europa, concibe a pedido de Urquiza en 1860 un plan de defensa de las fronteras de Buenos Aires, anticipándose al Plan Roca, pero su nombre causaba aún recelo, y continúa con sus gestiones en representación de los intereses nacionales en la corte de Napoleón III. Regresó al país en silencio en 1868 y declaró sus simpatías por la obra organizadora de Urquiza, disintiendo con la Guerra contra el Paraguay, para terror –una vez más- de sus amigos porteños. Falleció víctima de la Fiebre Amarilla el 10 de abril de 1871 este Soldado de la Independencia. Los recodos del Río Paraná, y cualquier otro mojón del territorio nacional, saludan a Lucio Norberto Mansilla,  unos de nuestros máximos próceres, uno que aquel día  glorioso de 1845 a la criolla, “no pregunto cuántos son, sino que vayan saliendo”, hizo morder el polvo a los intereses extranjeros –y no tan lejos. 

 

Fuentes: Uzal, F.H. La batalla de la soberanía en revista Todo es Historia. Año II nro. 19. Buenos Aires. 1968; O´Donnell, P. La gran epopeya. El combate de la Vuelta de Obligado. Buenos Aires: Aguilar. 2012; Saldías, A. Historia de la Confederación Argentina. Tomo I. Buenos Aires: Hyspamerica. 1987, Mansilla, Lucio Norberto. Cutolo, V.O. en Nuevo diccionario biográfico argentino. Buenos Aires: Elche. 1975

Imágenes: Argentina.gob / Los Andes

Fecha de Publicación: 20/11/2021

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