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Buenos Aires - - Jueves 20 De Enero

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Los crímenes mafiosos argentinos. Maten al chancho

En el verano de 1933 el país se conmocionó con el secuestro y asesinato de Abel Ayerza, obra de la mafia comandada por el temible Chicho Grande, Juan Galiffi. Un crimen que dejaría manchada de sangre a Rosario, al igual que a una sociedad que pedía pena de muerte..

Historia
Abel Ayerza

Hacia principios del treinta la Argentina vivía varios fuegos cruzados. A un gobierno fascista del presidente golpista Uriburu, que amparaba al infame Polo Lugones (h), inventor de la picana eléctrica en tortura para criminales sin proceso legal y disidentes al régimen, la situación económica y social acuciante, el salario básico del obrero permaneció sin aumentos diez años al igual que durante el menemismo, se sumaba la década dorada del crimen organizado, la mafia. Los principales centros urbanos sufrían el apriete de mafiosos, en su mayoría italianos, hermanados a varios criollos desclasados, que podían traducirse en la tradicional protección a los secuestros extorsivos espectaculares. Raramente terminaban en muerte de la víctima por los famosos códigos (¿un criminal tiene códigos?), y, claro, por la mala prensa a una industria floreciente. No fue así lamentablemente para Abel Ayerza, acribillado en un campo cordobés de Corral de Bustos luego del pago del rescate. Y cambió para siempre la percepción nacional de una ciudad entera, la ciudad de los asesinos del joven aristócrata, Rosario, de ahora en más tildada eternamente de la más alta de criminalidad y corrupción policial, como la instauración de una mecánica de sospecha y delación permanente del vecino, que haría estragos en las siguientes décadas, trágico clímax de la última dictadura, “el delito puede estar agazapado en cualquier humilde o vistoso peatón. Llegará entonces el momento en que, para cualquier habitante de la urbe, exista una amenaza pendiente de su cabeza, supeditada tan solo a los designios de la casualidad”, reflexionaba el diario Crítica, en cumplimiento los medios masivos de ayer y hoy, amplificar los miedos.

Abel Ayerza

Abel Ayerza

 

El día que todo cambió fue una madrugada común y silvestre, bien silvestre. Ayerza, en compañía de sus amigos Santiago Hueyo y Alberto Malaver, y el mayordomo Juan Bonetto, volvían del cine de Marcos Juárez, a veinte kilómetros de su estancia El Calchaquí. Abel era hijo del célebre Abel Ayerza (padre), un célebre cardiólogo de principios de siglo, y que en 1917 resolvió las intoxicaciones con arsénico en Bell Ville; por lo que la familia adquirió una extensa propiedad en la región cordobesa. Los Ayerza representaban el poder de las clases altas, al igual que sus amigos, Hueyo, hijo del ministro de Hacienda del presidente fraudulento Justo. Pero Abel, Coco para los amigos, era ajeno al entramado del dinero, inmerso en una errática carrera de Medicina, y desconociendo que la herencia de su padre era más bien nominal que efectiva. Esa noche del 23 de octubre Ayerza paró por las señas de un hombre junto a un Buick –un auto que increíblemente ya había participado en otros atracos de los sicilianos-  y escuchó en cocoliche de Santos Gerardi, “¿Sabe dónde queda Marcos Juárez?” Cuando estaba por completar la oración salieron de la noche Pietro Gianni, Juan Vinti y José Frenda, apuntando con winchester. Romeo Capuani esperaba con el auto encendido mientras maniataban a Malaver y Bonetto, y partieron con rumbo desconocido. Les costó identificar Ayerza ya que no conocían el rostro, y a Hueyo lo liberarían horas después cerca de Rosario para pedir el rescate. Abel teminó en un improvisado sótano de unos verduleros de Corral de Bustos, los hermanos Di Grado.

Juan Vinti

Fue inmediato el impacto de la noticia, pese a que Hueyo hizo lo imposible en permanecer anónimo, con la amenaza de la mafia, debido a que poco antes estas mismas huestes de Chicho Grande, que dominaba las hermandades mafiosas de Rosario y Buenos Aires, habían secuestrado a un famoso médico israelí en pleno centro porteño, Jaime Favelukes. El rescate de Ayerza fijado en 120 mil pesos no pudo ser entregado por incesantes lluvias en la zonas aledañas de Marcos Juárez y los delicuentes idearon un plan alternativo que haría la transacción en Rosario.

Recién en este punto tomaron intervención las policías porteñas y rosarinas, enemigas íntimas, ya que a hasta ese momento habían sido tibios rastrillajes de los cordobeses. A todo esto, el gobierno nacional veía con suma preocupación que la investigación derive hacia Rosario porque allí estaba el comisario Félix de la Fuente, repetidamente sospechado de contubernio con los mafiosos, y, como es usual a cualquier gobierno, el presidente fraudulento Justo venía negando que existirían mafias en Argentina. Así que decidió enviar a un discípulo de Polo Lugones, el brutal comisario Víctor Fernández Bazán, que empezó a romper huesos en Córdoba y Rosario a cualquiera que hable italiano. Por supuesto, la investigación no avanzaba, y los días para Ayerza se acortaban.

“Quédense tranquilos. Mañana va a estar en libertad. O pasado”

Fueron las palabras que escucharon el 30 de octubre de 1932 en el centro rosarino Horacio Zorraquín Becú y Mario Peluffo, dos amigos de la familia Ayerza, que llevaron el dinero y se lo entregaron a Salvador Rinaldi. Éste pasó el mensaje a su suegra María Sabella para que envíe el telegrama inmediato a Córdoba pero era analfabeta y pidió el favor a Graciela Marino, a quien denominaban “la Flor de la Mafia” “Manden al chancho, urgente” fue el mensaje, que la leyenda popular -y la prensa- tergiversaría en “Maten al chancho, urgente”, algo que ninguno de los implicados confirmó en ninguna declaratoria, incluso en los “hábiles interrogatorios” que estremecían la Penitenciaria Nacional -en la actual Plaza Las Heras. Lo cierto es que para el primero de noviembre los rudimentarios verduleros de Corral de Bustos, el eslabón más débil de la organización criminal, empezaban a sentir la guerra de nervios, con el sanguinario Bazán rompiendo huesos sin ton ni son. Así que el 1 de noviembre de 1932 Vinti y Pablo Di Grado sacaron a Ayerza del húmedo sótano, en donde dormía sobre cajones con el apellido de los italianos, y lo subieron a un carro chacarero rumbo a un maizal en Chañarito. Lo hicieron bajar y lo mataron por la espalda. Lo enterraron allí mismo pero a los veinte días resolvieron cambiar la ubicación, la histeria nacional iba en aumento, Gerardi inexplicablemente había sido detenido y liberado en Neuquén, y lo vuelven a sepultar, ahora desnudo, casi a ras de suelo, en Colonia Carlitos, Santa Fe. En el colchón de los Di Grado estaban ya los siete mil pesos por los servicios, de los 120 mil.

Telegrama Ayerza

Cuando parecía que el Caso Ayerza bajaba en la cresta de la ola, el Caso Martín reactivaba las alarmas en enero de 1933. El secuestro del hijo de uno de los fundadores de la Bolsa de Comercio de Rosario fue un nuevo golpe de la mafia, con un rescate aún más grande, luego aparición con vida, y renovó las preguntas sobre qué había pasado con Abel. Ardían las discusiones en las calles y en los despachos por “mano dura” Así que el Ejecutivo decidió de manera populista, como lo haría varias veces a lo largo de la Década Infame, y puso la artillería del aparato estatal en manos del oscuro Miguel Ángel Tentorio, un turbio brazo de los conservadores que mostraba sus habilidades hostigando sindicalistas y negociando con hampones en Santa Fe. A éste se sumó Bazán, desplegando a su servicio las picanas nacionales, sin ningún fiscal ni juez en el procedimiento, y fue cuestión de días que confesaron Carmelo Vinti, hermano mayor de Juan, y José de la Torre -el enlace entre Corral de Bustos y Rosario. Ambos secuestrados en Santa Fe y cruelmente vejados en Buenos Aires. de la Torre permaneció postrado meses, Vinti falleció acribillido en el interrogatorio, supuestamente porque quiso atacar a los oficiales con un cortapluma. Era manco.

En 1937 el juez Luis Agüero Piñero, que tomó las declaraciones bajo tortura como legales, y que no sumarió a las fuerzas policiales que en su desconfianza, brutalidad y negligencia coayudaron a que pasen los días para Abel, condenó a perpetua a Gianni, Gerardi, de la Torre, los hermanos Di Grado -cuya chacra se transformó hasta bien entrados los cincuenta en un sitio de interés turístico-, Vinti y Capuani, y penas de doce a veinte años para María Sabella, Rinaldi y Marino. Carlos Rampello, un perejil que Bazán torturó en los primeros días, que nada tenía que ver en el caso -aunque en las confesiones arrancadas con suplicio, que llegaron a atarlo a un auto en marcha, contó algunos detalles que ligaban estos secuestros a la banda de Galiffi-, fue abuelto, sin derecho a reclamos. A todo esto en 1933 Chicho Grande manejaba los hilos plácidamente en su casa-mueblería de la calle Pringles al 1200 de Buenos Aires, a unas diez cuadras de la comisaría.

Desigualdad, Mafia y Fascismo: la Argentina de Roberto Arlt

entierro Abel Ayerza.jpg

 

El Astrólogo, Erdosain, “Los siete locos” o “Los lanzallamas” de Roberto Arlt no son solamente obras literarias cumbres de la literatura argentina sino que terminan siendo modos de aproximación a la identidad nacional. Y no sólo de una época. Como si pareciera un escena más de cualquiera de estas novelas, la Legión Cívica, a la cual Ayerza pertenecía, esperó el cajón en Retiro y marchó a la Recoleta cual manifestación fascista, camisas blancas, al grito de “¡Ayerza, serás vengado!” En los discursos del cementerio se condenó la inmigración indiscriminada, aunque el país hacía una década que empezaba a expulsar más que a recibir por la dura situación económica, y la debilidad legalista del Código Civil. Nombres patricios propugnaban militarizar la sociedad y prometían “bala” a los italianos, judíos y, en especial, a los pobres “Las calles son ahora sucesiones de jardines sombríos, con pinos funerarios que el viento dobla, como en las soledades del Chubut. Criados con saco negro y cuello palomita levantan la guardia frente a las negras y marmóreas guaridas de sus amos. Ruedan automóviles silenciosamente”, en “Los Lanzallamas” de Arlt. Parafraseando a Don Jorge Luis, si en vez de leer “Ficciones” hubiésemos leído “Los siete locos”, el país sería distinto, un poco más real, otro.  Uno de los bisnietos de Vinti a Osvaldo Aguirre acotaría que muchos de estos italianos habían trabajado para patrones del campo, grandes latifundistas, y que a uno de ellos un terrateniente había violado una hija;  práctica habitual por centurias en la relación del señor de la estancia y sus empleados gauchos y gringos en nuestras pampas, el resabio del “derecho de pernada”

“El pobre Abel Ayerza secuestrado es una desgracia para nosotros”, ficcionaliza Ricardo Canaletti un diálogo del repugnante Polo Lugones, que fue jefe de policia simplemente porque era amigo del presidente golpista Uriburu, y su padre el poeta Leopoldo -y su hija, la detenida-desaparecida Piri, una saga trágica la de los Lugones-, “debió ocurrir el secuestro para que pongamos las barbas en remojo y el gobierno impulse de una vez por todas las pena de muerte. Y la silla eléctrica. No habrá problema”, redondeaba Lugones en diciembre de 1932, mientras exhibía con orgullo sus herramientas de trabajo al corrupto inspector Vaccaro, pinzas eléctricas y sillas que se incrustaban en los genitales, entre otras sutilezas. El Ejecutivo giró el proyecto Lugones de pena de muerte el 6 de diciembre, que inventaba además la figura de individuos en “estado peligroso”, o sea legalización de la criminalizacion de la portación de cara, apoyado por los medios, y amplios sectores de la mayoría silenciosa “Constituye una aberración utilizar la vida de un hombre como medio de intimidación social” tronaba el socialista Alfredo Palacios frente al bloque de la Concordancia conservadora, liderada por Matías Sánchez Sorondo -que a propósito, era uno de los invitados habituales de la sesiones de torturas en la Penintenciaria Nacional. Pasaría aprobado el proyecto Lugones en mayo de 1933 pero jamás fue tratado en Diputados, uno de los tantos de pena de muerte que inconstitucionalmente fueron elevados. De todas formas, Lugones y su barras, no los precisaban.

“Tengo la sensación de que me arrancaron el alma con una tenaza, la pusieron sobre un yunque y descargaron tantos martillazos, hasta dejármela aplastada por completo”, sigue un derrotado Arlt, y el Astrólogo, el numen del fascismo argentino en papel, “sonrió imperceptiblemente y repuso, “Y el alma se queda a ras de piso, como si quisiera escapar de un bombardeo invisible”. No bombardeen más.

 

Fuentes: Caneletti, R. Crímenes sorprendentes de la Historia Argentina. Buenos Aires: Del Bolsillo. 2021; Aguirre, O. Historias de la Mafia en la Argentina. Buenos Aires: Grupo Editorial Norma. 2010; Amícola, J. Astrología y fascismo en la obra de Arlt. Buenos Aires: Weimar. 1984

Imágenes: Infobae

Fecha de Publicación: 27/11/2021

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