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Los argentinos del Titanic. Valentía y coraje en heladas aguas

Los dos compatriotas que sufrieron el mayor desastre naviero comercial dieron muestras de la gallardía criolla en los momentos difíciles. Edgard y Violet, inhundibles.

Historia
Titanic

Se suele decir con sorna que tenemos argentinos en todos los hechos trascendentales de la Humanidad. Es parte de nuestro genio de ser argentino. Pero a principios del siglo XX no era tan inusual cruzarse con compatriotas, en el hervidero de un mundo con inmigrantes yendo y viniendo por el Atlántico. Tampoco era improbable debido a que muchas familias de extranjeros radicados en el país, con sus ahorros, decidían enviar a sus hijos a estudiar a los países de origen, o simplemente, retornar. Argentina no era un país fácil, una sociedad de castas en los albores del Centenario, y nuestros abuelos lucharon más de lo que se reconoce para hacerse la América. Violet Jessop y Edgard Andrew, hijos de británicos nacidos en el país, eran solo dos entre miles que vivían entre dos mundos. No es casualidad entonces que estuvieran en el Titanic en el frío domingo nocturno del 14 de abril de 1912. Y no fue magia que ellos, los únicos argentinos en la mayor catástrofe naviera comercial, de 2.223 tripulantes, cientos de niños, sólo se salvaron 711 personas, por negligencia y cobardías en verdad, resultaran héroes criollos en las heladas aguas del Atlántico Norte.

Llevó cuatro años de construcción y navegó cuatro días el transatlántico que “ni Dios podía hundir” La joya de los astilleros ingleses, gemelo del Olympic y Gigantic -luego del hundimiento del Titanic se llamó Britannic, por las dudas-, todos estos gigantes con graves siniestros, había costado 1.250.000 libras, un mozo de la compañía propietaria White Star Line ganaba 3.10 libras al mes, medía 268 metros de eslora, como once pisos de altura, pesaba unas 50 mil tonelada, y podía transportar 5 mil personas. Tenía nueve cubiertas, canchas de variados deportes y pileta olímpica, y, supuestamente, lo mejor en seguridad con un doble fondo y un casco dividido en dieciséis compartimentos estancos sellados -algo decisivo para que el barco se parta en dos al irse a pique, a partir de este desastre los barcos abandonaron el sistema. Zarpó de Liverpool con lo más granado de la alta sociedad mundial, y entre sus 350 pasajeros de primera estaban un Guggenheim y un Taylor, familias de pedigree norteamericanas. De los 800 de tercera, aproximadamente, la mayoría eran mujeres y niños que aspiraban concretar el sueño americano. Casi mil era la tripulación estable que moriría con su capitán, E. J. Smith, el mismo que casi se hunde un año antes con el Olympic. Y una de las mozas del Titanic era Violet Jessop, bonaerense, que atendía a los encumbrados viajantes, ministros, dueños de empresas, afamados deportistas y damas de alcurnia. Unos pisos abajo, el cordobés  Edgard Andrew compartía chanzas con sus compañeros de segunda clase, algunos de los 305 en total, la maestra Winnie Troutt, el empresario Jacob Milling, el matrimonio de Charles y Alice Louch, y el minero Frank Andrew, sin ningún parentesco. Y recordaría sus años mozos en Río Cuarto mostrando fotos, tal vez alternando alguna melodía de las Sierras, quizá mate en mano.

Nacido en Córdoba en marzo de 1895, Edgard era hijo de Samuel y Annie, ingleses de Yorkshire, y quienes habían llegado en 1870, durante los planes de colonización agrícola del presidente Sarmiento. Samuel era mayordomo en la estancia El Durazno, una de las seis de las 300 mil hectáreas de San Ambrosio, que había heredado Adelia Harilaos por el fallecimiento de Ambrosio Olmos en 1906, uno de los políticos centrales de la Generación del 80, amigo de Julio Argentino Roca, gobernador provincial, y rico latifundista. El último, y séptimo hijo de los Andrew, creció a la vera de un palacio en medio del campo, con estanques artificiales, estatuas de ángeles, palomares, una piscina olímpica, un puente chino y una capilla gótica -hoy una escuela agrotécnica destacada en la producción de dulce de leche, miel y quesos-, y asistió a la primaria en Río Cuarto.

Flia Andrew

Siguiendo el camino de su hermano Silvano Alfred, que había estudiado en Europa ingeniería naval y era delegado del ministerio de marina argentino en New York en 1912, Edgar llegó a Londres en 1911 para cursar la misma orientación. Allí en Collegiate Schooll de Bournnemouth, al sur de Inglaterra, estaba Edgard cuando recibe carta de Silvano informándole que se casaría el 27 de abril, con una rica viuda norteamericana, y renunciaría a su puesto en la Armada nacional. Además ofrecía un excelente trabajo en Fisher & Norris, propiedad de su futura esposa, y uno de los mayores contratistas de la defensa estadounidense. También recibió otra misiva, totalmente distintinta. La de Josefina Cowan, retoño de inmigrantes ingleses afincados en el barrio de Belgrano porteño, y de quien había quedado enamorado, en unas breves vacaciones familiares de los Cowan en Córdoba. Le decía Josefina que estaría en Londres el 14, o el 15, con la familia completa. Así que pronto Edgard se propuso sacar pasaje para el Oceanic, que zarpaba a New York el 17, y disponer los días de paseo con su amada por Covent Garden o el Picadilly. Pero una huelga de carboneros hizo que la White Star Line cancele las otras partidas y solamente ofrezca el seductor viaje inaugural del Titanic. Para un joven de dieciesiete años, pese a la amargura del fallido encuentro amoroso, habrá sido tentador observar de cerca los detalles de semejante soberbia máquina, que hoy yace fantasmal a 3700 mil metros.

 

El Leonardo Di Caprio argentino

“No puede imaginarse cuanto siento el irme sin verla y tengo que marchar y no hay remedio (…). Figúrese Josey que me embarco en el vapor más grande del mundo, pero no me encuentro nada orgulloso, pues en estos momentos desearía que el Titanic estuviera sumergido en el fondo del océano”, despachó profético Edgard, unos días antes de abordar en Southampton el 10 de abril al mediodía, pero no como se repite, a la amada Josefina, sino a la madre.  En la misiva se lee el saludo Mrs Josey Cowan, que se utiliza para dirigirse a mujeres casadas, y en la despedida, Andrew escribió “reciba mi más puro afecto para usted y Josefinita y familiares”, en una investigación de Enrique Dick, autor de “Una valija del Titanic”, historiador, escritor y sobrino nieto del joven náufrago -varios familiares de Andrew aún viven en Villa General Belgrano. En las paradas finales envió postales Edgard con la imagen del coloso a su hermano Wilfred, ahora mayordomo de la estancia cordobesa, y a su amigo, Rómulo Despósito, que estudiaba en Turín reproducción lechera, becado por la señora Olmos. A propósito de las visiones proféticas, en 1898 había tenido éxito un cuento “La catástrofe del Titán” de Morgan Robertson, muy semejante al naufragio catorce años después, nombre familiar y choque de iceberg, incluso pronosticaba la insuficiencia de botes salvavidas; y el multimillonario Vanderbilt, que las primeras noticias del hundimiento la daban muerto, no subió a último momento por “extraños sueños”

Y mientras se celebran fiestas en los pisos ricos y pobres del Titanic, a las 23.40 del martes 14 de abril de 1912, un macizo iceberg, alto como un cerro blanco, chocó del lado del estribor, un poco más adelante del mástil. Había sido divisado a 500 metros, aunque no hubo posibilidad de maniobra a la velocidad máxima, 22 nudos. Para los telegrafistas no era novedad porque los barcos en la zona emitían alertas  de cascotes helados, y los vigías estaban alertados, aunque no llevaban largavistas ni luces, en la noche cerrada. Estas deficiencias, sumadas a otros como la imprudencia, luego cobardía, del empresario de la compañía, Joseph Ismay, que ordenó acelerar, y que nada había pasado, pese a que el diseñador de la nave aseguraba que luego del impacto se hundiría en 90 minutos, y la falta incomprensible de los botes, destinados a un poco más de mil, sumaron para que fuera a pique a las 2.20 del 15 de abril, en la zona próxima de Cape Race, con aguas bajo cero “Y se levantaron los sonidos más horribles que jamás haya escuchado un mortal”, recordaría Arhibald Gracie. Dos horas después llegarían al horror de cientos de cuerpos flotando, en una danza macabra,  entre restos del Titanic, los primeros buques, como el Carpathia que rescató a los 711 sobrevivientes. Otro como el Californian, que podría haber socorrido antes a las víctimas por cercanía, estaba a menos de veinte millas, debieron divisar las bengalas, se negaron a concurrir por órdenes de los capitanes.

En las dos horas fatales se sucedían escenas deleznables en la cubierta en el Titanic, como las del mismo multimillonario Ismay que fue de los primeros en abordar los botes pese al grito “primero mujeres y niños” -8 de cada 10 mujeres y niños se salvaron; 8 de cada 10 hombres, murieron-; frente al extremo heroísmo, de hombres que a los tiros aseguraban el descenso a los botes plegables, “ninguna mujer se quedará a bordo porque Benjamín haya sido un cobarde”, firmaba Guggenheim en un nota a su esposa dada el criado, que también obligó a que lo abandone; y escenas delirantes, no fehacientemente documentadas, de la orquesta alegre interpretando ragtime. La que nos interesa es la de Edgard que se saca el chaleco, que también escasearon, y se lo entrega a la maestra Winnie. Ella quería conocer a su sobrino en Estados Unidos. Lo último que se sabe de Andrew es que habría saltado al mar tras colaborar con la desesperante evacuación, antes que la explosión de las calderas haga volar por los aires decenas de cuerpos. Troutt vivió cien años y se encargó que el mundo supiera quién había sido el Leonardo Di Caprio cordobés (cabe aclarar que su versión nunca pudo chequearse debidamente). En el país, la revista Caras y Caretas fue la primera que informó sobre la muerte de Edgard, con foto y un breve artículo, ese mismo 1912. Desde 2020 un museo virtual recuerda al valiente riocuartense Andrew edgarandrewtitanic.wixsite.com/museovirtual, con imágenes impactantes de la valija de Edgard como las pantuflas, libros, un tintero, zapatos, un diario personal y fotos del Río Cuarto de novecientos. Falta alguna calle que lo homenajee a sobra de tanto apatriada o cobarde.  

 

“Miss Insumergible” o Violet Jessop

Violet nació el 2 de octubre de 1887 y fue la mayor de nueve hermanos. Sus padres, William Jessop y Katherine Kelly, inmigraron desde Dublín a la provincia de Buenos Aires, se presume al paraje Paso Mayor, partido de Coronel Rosales, cercano a Bahía Blanca, donde el padre trabajaría circunstancialmente. “Un cielo azul deslumbrante, el sol del amanecer reflejando las innumerables tonalidades de delicadas flores que cubrían el campo como una espesa alfombra. Tres jinetes al galope se acercaron a nuestro puesto. Mi padre y dos tíos adoptivos -todos eran tíos para mí en ese entonces- volvían a desayunar después de terminar de despedir a las ovejas que se habían extraviado (...). Ese es mi primer recuerdo de las pampas ”, escribió Jessop en su memorias, que con el enorme éxito de la película “Titanic” (1998), los sobrinos decidieron publicar.

De niña se instalaron en Buenos Aires porque Violet pasaba meses en el Hospital Británico debido a hemorragias en los pulmones. Diagnóstico: tuberculosis. Los médicos afirman a los padres que tenía solamente tres meses de vida y recomiendan Mendoza. Salvada milagrosamente, en 1903 fallece el padre, y la madre opta en retornar a Gran Bretaña. Al igual que Edgard Andrew, Violet Jessop pierde de adolescente al padre. En 1908 instalados en Londres, la joven debe tomar el trabajo de azafata naviera de la enferma madre. Primero como parte de la tripulación del Orinoco de Royal Mail Line. Dos años más tarde, se unió a la White Star Line, y estaba a bordo del Olympic, que chocó contra un barco de guerra, bajo el mando del mismo capitán del Titanic, aunque seriamente averiado pudo atracar. Al año siguiente, en el infausto navío de leyenda, fue una de las primeras en abordar los botes, debido a que los superiores obligaban a sus empleados de baja categoría a subirse para alentar a los viajeros de categoría.  A un océano oscuro, mortal. Muchos ricos, en verdad, no querían el rescate aferrados a la ilusión de una nave prometida como indestructible y, eso, hizo que los primeros botes de 60 toquen agua solamente con veinte personas. Esta ilusión le costaría cara a muchos, enfrentada al realismo del hombre que puso en las manos de Violet un recién nacido.

Y que una vez en el bote de rescate,  calentando a la criatura, "Todavía estaba agarrando al bebé contra mi cinturón salvavidas de corcho duro que llevaba cuando una mujer saltó hacia mí y agarró al bebé. Parece que lo había dejado en la cubierta del Titanic mientras iba a buscar algo, y cuando regresó, el bebé se había ido. Estaba demasiado congelada y entumecida para pensar que era extraño que esta mujer no se hubiera detenido a decir ‘gracias’”, recordaría en su libro, y completó la anécdota diciendo que décadas después apareció un señor en la puerta de su casa, aquel niño, agradeciendo haberle salvado la vida.

Nada amilanó a la brava Violet y en 1916 servía en la Cruz Roja a borde del barco hospital HMHS Britannic, hermanito del Titanic y el Olympic, que fue entregado por demoras por el astillero. Y temores, fundados. La mañana del 21 de noviembre de 1916 el Britannic chocó contra una mina, en plena Gran Guerra, otros hablan de un submarino alemán, y comenzó a hundirse otra joya británica, más rápido que el Titanic, en menos de una hora. Se salvaron unas mil personas, incluida la enfermera Violet, y treinta murieron en el Mar Egeo. “Salté al agua pero fui succionada por la quilla del barco que golpeó mi cabeza. Me escapé, pero años después, cuando fui a mi médico debido a muchos dolores de cabeza, ¡descubrió que una vez había sufrido una fractura de cráneo!”, confesó en las memorias, y aseguraba que fue su largo cabello que la salvó, ya que un marino jaló de él, y la llevó inconciente a la superficie.  Algunas fuentes la ubican residiendo en Buenos Aires entre los veinte y los treinta.  Jessop continuó su carrera en el mar pasados los sesenta años y se retiró al pueblo Great Ashfield, Inglaterra,  donde se remontó a sus inicios en el campo argentino. Construyó una quinta llena de plantas, como las que gustaban a su papá, y crió gallinas. En mayo de 1971 la "Insumergible" Violet murió a los 83 años. La bonaerense que iba a vivir tres meses sobrevivió a tres magnas catástrofes. Y la yapa: hubo un casi argentino ahogado, otra víctima en el Titanic, el uruguayo Ramón Artagaveytía, un administrador de campos en Olavarría, y que había sobrevivido al gran desastre del hundimiento del América en el Río de la Plata, cuarenta años antes. Pero esa es otra historia.

 

Fuentes: Balmaceda, D. Historias inesperadas de la Historia Argentina. Tragedias, misterios y delirios de nuestro pasado. Buenos Aires: Sudamericana. 2009; Dick, E. Una valija del Titanic –y otras historias de mar y tierra de la familia Andrew–. Buenos Aires: Buenos Aires. 2002; www.bbc.com/mundo/

Imágenes: Edgarandrewtitanic.wixsite.com/museovirtual / Rafael Castillejo.

Fecha de Publicación: 06/10/2021

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