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Los amigos de San Martín: Beltrán y Guido

Reservado en su confianza, San Martín tuvo pocos a quienes defendió ante las calumnias, en el caso del sacerdote, o confidentes como Tomás Guido.

Historia
Los amigos de San Martín: Beltrán y Guido

Sabido es que José de San Martín era un hombre reticente a entablar relaciones. Apegado a la austeridad y a la disciplina, cálido en cambio entre casa como lo demuestran sus intensos vínculos familiares, entre sus contemporáneos se comentaba que detestaba la vida de la sociedad y los gestos teatrales de las reglas de cortesía. Allí las dificultades de encontrar para los historiadores actuales muchos vínculos afectivos que rompan el molde de bronce. Por eso recordar a los pocos que accedían a su círculo de confianza sirve para dar una mirada humana despegada del cartón. Y, además, ensanchar el reconocimiento a nuestros padres fundadores que lideraron una Revolución.

Cuando Fray Luis Beltrán retornó a su tierra natal de Mendoza, perseguido junto a los chilenos sobrevivientes del desastre de Rancagua, el general San Martín quiso interiorizarse de este curioso fraile a través de Bernardo de O´Higgins. El militar transandino tenía una postura ambigua sobre quien había sido capellán del director supremo José Miguel Carrera, rival de los patriotas debido a sus intereses particulares en las revoluciones americanas. Incluso en 1814 O´ Higgins, Juan Mackenna y otros chilenos independistas firmaron un documento dirigido a San Martín pidiendo la prisión de Beltrán y más personas del carrerismo presentes en el Ejército de los Andes, en especial al religioso sindicado directamente en la ruina de la ciudad chilena de Concepción. Por otro lado, reconocía sus extraordinarios aportes en la ingeniería militar y sus conocimientos que excedían la mecánica y llegaban incluso al diseño de indumentaria de combate. Sin embargo, el olfato del Libertador pudo más y no solamente lo designó capellán de su naciente fuerza con base en la “ínsula cuyana”, sino que prontamente lo dejó a cargo del Parque y Maestranza en El Plumerillo. En medio de la desolación del paraje, Beltrán se convirtió en leyenda y fue el Vulcano del Ejército, el Forjador Mayor de las Armas de la Independencia de América. Cuenta Bartolomé Mitre: “En medio del ruido de los martillos que golpeaban entre siete yunques y de las limas y sierras que chirriaban, dirigiendo a la vez a 300 trabajadores, a cada uno de los cuales enseñaba su oficio, su voz casi se extinguió al forzarla, y quedó ronco hasta el fin de sus días”.  

Dicen que, consultado por San Martín por cómo transportar el material bélico por las cordilleras, el Fray inmutable contestó: “Si los cañones necesitan alas, las tendrán”. Acompañó al paso libertario en Chile y Perú, fundiendo cañones incluso durante la marchas de las tropas, y llegó al grado de teniente coronel conservando sus hábitos franciscanos. Colaboró decisivamente con las victorias de Junín y Ayacucho codo a codo con  el ejército bolivariano, ambas batallas el ansiado fin de la emancipación americana, pero sufrió de injurias del mismo Bolívar que lo trajeron a Buenos Aires junto a Gerónimo Espejo, a instancias de San Martín. Una vez retornado contribuyó a la fabricación de armas para la defensa del Río Uruguay y estuvo con las tropas de Carlos María de Alvear en la batalla de Ituzaingó contra el imperialismo brasileño, pero su salud se resintió gravemente. Falleció en Buenos Aires en 1827 y sus restos se encuentran en algún lugar del Cementerio de Recoleta porteño.

La Independencia vino en barco

Más cercano en los afectos a San Martín fue sin duda Tomás Guido. Primos lejanos, ambos patriotas, su relación comienza en Buenos Aires en 1812, no en Londres como sostiene la versión tradicional según Ricardo Piccirilli, y con la desapercibida llegada del teniente coronel junto a otros americanos, como escribió el diplomático argentino Manuel Moreno desde el Viejo Continente: “En el George Canning se dirigen los amigos Larrea, Aguirre, Zapiola, Alvear, Vera, Chilavert y otros cuantos oficiales escapados de Cádiz”. En el “cuantos oficiales” estaba un tal José de San Martín. Con el correr de los años, y los intereses comunes de una Patria Grande, la relación se estrechó cada vez más, no solamente en los sentimientos, sino por las extraordinarias aptitudes militares y diplomáticas de Guido. Es sabido que en el Plan Continental sanmartiniano tuvo una fuerte influencia el asesoramiento estratégico de Tomás. Y que fue fundamental para convencer al Director Supremo Juan Martín de Pueyrredón en el apoyo de las Provincias Unidas al gobernador de Cuyo, y las promesas de un gran ejército en ciernes. Fueron trascendentales sus gestiones diplomáticas posteriores en Chile y Perú, en lo que era efectivamente el ya coronel Guido el “fiel lancero” de San Martín.

Amigos para la eternidad

No solamente el Libertador reconocía las dotes de Guido en la diplomacia, sino que desde Rivadavia a Urquiza, pasando por Rosas, solicitaron sus servicios y fue un alto representante de los intereses nacionales en el mundo. Entre tanto, continuaba una intensa correspondencia con San Martín exiliado en Europa, a veces intentando que escriba unas ansiadas memorias, y llegó a ofrecer su “pluma débil”; otras sirviendo de fuente privilegiada de información de las desgracias y porvenires de una joven nación. Basta para comprobar el fuerte lazo de amor entre estos grandes hombres la carta que dirigió San Martín a Guido mientras intuía un doliente ostracismo tras Guayaquil, a bordo de la fragata Belgrano: “Mi amigo: usted me acompañó de Buenos Aires uniendo su fortuna a la mía. Hemos trabajado en este largo periodo en beneficio del país lo que se ha podido. Me separo de Usted pero con agradecimiento, no sólo a la ayuda que me ha dado en las difíciles comisiones que le he confiado, sino que su amistad y cariño personal me ha suavizado mis amarguras y me ha hecho más llevadera mi vida pública. Gracias y gracias y mi reconocimiento”.  Sus restos, con los de Juan Gregorio de Las Heras, descansan junto a las cenizas del Libertador en la Catedral de Buenos Aires. América los saluda y reconoce eternamente.

Fuentes: Pasquali, P. San Martín confidencial. Correspondencia personal del Libertador con su amigo Tomás Guido (1816-1849). Buenos Aires: Planeta. 2000; Busaniche, J. L. San Martïn Vivo. Buenos Aires. 1950; Mitre, B. Historia de San Martín y de la emancipación americana. Buenos Aires: Centro Editor de América Latina. 1981. 

     

 

   

   

Fecha de Publicación: 16/08/2020

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