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Las ideas de la emancipación

San Martín y Bolívar: dos personalidades muy distintas, a las que todos los latinoamericanos les debemos muchísimo.

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Siguiendo los hechos descriptos en nuestras dos crónicas anteriores, es preciso decir que la mañana del 16 de abril de 1810, un hombre desensilló frente al predio de la familia Rodríguez Peña. De las colonias más distantes, los porteños recibían secretamente a los mensajeros que traían noticias de cada uno de los protectorados españoles en permanente estado de sublevación.

Ese día, el hombre que dejó su caballo en la actual calle Viamonte, era un emisario venezolano. Revelaría los detalles del levantamiento que tendría lugar el 19 de aquel mismo mes en Caracas. Las que traía parecían noticias muy alentadoras. Repasando los hechos, la Capitanía de Venezuela había llegado a organizar un levantamiento, mediante el cual se terminaría creando un gobierno comandado por criollos. El ambiente del Virreinato del Río de la Plata era claramente permeable a este tipo de noticias.

Como sucedió con España, Napoleón había tomado Portugal y el rey Juan VI se vio obligado a hacer algo que nadie había hecho antes: trasladar la corte imperial a Brasil. Jamás había existido una corte imperial tan cercana al Río de la Plata: los virreyes componían el más alto grado de nobleza en Sudamérica. Tenera la corte de Juan de Portugal a unos pocos kilómetros producía una sensación muy particular. ¿Podía suceder lo mismo con Fernando VII en Buenos Aires? ¿Qué tal si se le ocurría instalar su corte a orillas del Río de la Plata? Brasil pasó a ser una región peligrosa para los rebeldes. La dignidad del territorio colonial portugués subió al carácter de reino inmediatamente. La monstruosidad que esto significaba, la deformación de las circunstancias, impactó fuertemente a la intelectualidad porteña.

Por su lado, los grupos secretos que recibieron al mensajero de Caracas, lo protegieron de dos factores que operaban en Buenos Aires. Los realistas que estaban del lado del virrey Cisneros y los portugueses que tenían socios imperialistas en toda la región. La aristocracia argentina veía la presencia de Juan VI como una oportunidad para hacer buenos negocios.

Aunque parezca mentira, por entonces José de San Martín juró lealtad a Fernando VII que había reafirmado su posición en Cádiz, único bastión que Napoleón no había podido tomar en España. San Martín se incorporó al Regimiento Borbón de Caballería y fue ascendido por la corona española a Teniente Coronel. Las actividades secretas del libertador sudamericano, mientras tanto, estaban ligadas a independentistas más cercanos a Moreno que a Saavedra.  Sin embargo, pese a su corazón de héroe, se mantuvo lejos del país durante los años que antecedieron a la Revolución de Mayo.

En este contexto, las noticias de Caracas resonaron de manera especial en la secreta rebelión criolla. Durante las tertulias que solían organizarse en la casona de la familia Rodríguez Peña, los jóvenes se aislaban y hablaban sobre el “abril caraqueño” en secreto, recorriendo los jardines que daban a lo que sería la calle Pizzurno.

Pero, ¿qué buenas nuevas traía el representante del cabildo de Venezuela? Se dice que entre las imprentas y librerías de Buenos Aires, apareció en abril de 1810 un documento secreto denominado las Cartas de Colombia, Terra Firme y la Nueva Granada. Con este nombre se referían los españoles al territorio continental que ocupaban los países del Mar Caribe y parte del Pacífico. Conformaban una colonia diversa desde el punto de vista étnico, cuyos representantes estaban en permanente lucha contra la corona. Este amplio territorio extendía su influencia hasta Ecuador.

Tomando una configuración geográfica semejante, nació un concepto nuevo, surgido de tantas luchas internas que azotaron el Caribe. Nueva Granada había decidido ser una República. Finalmente, y pasados muchos años, daría origen a la Gran Colombia, un modelo multinacional desarrollado por Bolívar. Es preciso dejar claro que la idea era propia más de la megalomanía napoleónica que del independentismo criollo. Los países liberados se irían integrando a Nueva Granada según una serie de adhesiones políticas, hasta que el Río de la Plata y Centroamérica pertenecieran a toda una gran república. La “Genuina América”.

El plan parecía perfecto, pero una increíble diversidad de opiniones encendía las veladas porteñas donde la política internacional era la protagonista. No resultaba sencillo imponer algo tan ambicioso entre los porteños. Los ciudadanos de Buenos Aires, o al menos quienes vivían aquí y frecuentaban los círculos intelectuales y políticos, tenían una intensa raigambre europea. Eran capaces de armar un nuevo mundo en cada discusión. Una utopía distinta surgía de sus mentes inquietas en cada una de sus charlas.

Manuel Belgrano pensaba que había que restituirle el poder al Imperio Inca y crear una monarquía sudamericana venida de los antiguos reyes peruanos de Cuzco. Por lo tanto, se deduce que imaginaba el posible resurgimiento de otra gran corona. Debía restaurarse en América Central el Imperio Azteca. Tomás deAnchorena le respondió públicamente a Belgrano diciendo: resulta que ahora vamos a cambiar un rey español por un miembro de la casta de los chocolates.

Mariano Moreno, por su lado, era incondicionalmente admirador de la Ilustración e imaginaba una serie de repúblicas autónomas regidas por las virtudes de un Pacto Social al estilo Rousseau y Diderot. Decía: “felizmente se observa en nuestras gentes, que sacudido el antiguo adormecimiento, manifiestan un espíritu noble, dispuesto para grandes cosas y capaz de cualquier sacrificio que conduzca a la consolidación del bien general” (“Vida y Memorias del Dr. Mariano Moreno, secretario de la Junta de Buenos Aires”, publicado en Londres hacia 1812). Creía en los movimientos comunitarios y en la acción patriótica como base de la construcción de la independencia. Los hermanos Rodríguez Peña, mucho más prácticos, imaginaban que lo mejor era acordar con la corona británica.

Los ingleses serían los únicos capaces de espantar a Fernando VII. La Revolución Industrial había fijado nuevas reglas comerciales que podían favorecer a Sudamérica. Dentro de los términos de una nueva república, las condiciones propicias para producir carbón permitirían ubicar a la región en un lugar privilegiado. Entonces el acuerdo con Inglaterra pondría a Buenos Aires en condiciones diferentes a las que se dieron durante las invasiones de 1806 y 1807.

Si a esta diversidad de proyectos le sumamos el bonapartismo de las Milicias Saavedristas, terminamos entendiendo que las pretensiones de los emancipadores caribeños se hicieron humo entre las manos de los revolucionarios argentinos. Del emisario que traía noticias del 19 de abril venezolano, jamás se volvió a saber algo. Su figura se perdió en la oscuridad de la historia, en esos huecos que permanecen mudos frente a la falta de documentos. Pero cabe preguntarse: ¿era factible gobernar un país tan grande que uniera a América Latina completa? ¿Podía existir algo así? ¿A quién beneficiaría?

Una señal de aquel proyecto revivió en circunstancias posteriores demostrando que el sueño de 1810 no había muerto aún. Cuando San Martín se unió a las luchas por la independencia, regresando a Buenos Aires, fundó un espacio para hablar de estas cosas y planear el futuro americano en la Logia Lautaro. La idea de armar una gran nación que llegara desde el Caribe a la Patagonia no murió en el patio de los Rodríguez Peña.

Cuando Simón Bolívar citó al General San Martín en Guayaquil fue para insistir con este colosal proyecto. Allí hablaron. Pensaron. Evaluaron todas las posibilidades de la existencia de una gran república dividida en estados autónomos. América. La América Completa tal vez parecía excesivamente napoleónica para las preferencias ideológicas de San Martín. Igualmente, nunca develó los contenidos de la discusión que tuvo con Bolívar. La llamada Carta de Pérez, un documento encontrado en 2013 dentro del Tesoro del Archivo Nacional de Quito, reveló, después de mucho tiempo, que ambos líderes no llegaron a un acuerdo.

Las diferencias entre aquellos hombres fueron tan grandes que derriban el mito moderno que se construyó sobre ellos. Los héroes latinoamericanos abrazaban proyectos distintos. Silenciosamente, Bolívar miró hacia el norte. San Martín, hacia el sur. Ambos prosiguieron con sus tareas y no volvieron a hablar sobre aquel asunto, que nació en un sueño, para hundirse en otro aún más profundo.

Para acceder a las entregas anteriores de las Crónicas de la Argentina desconocida clickear en los siguientes links:

Fecha de Publicación: 07/04/2019

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